viernes, 21 de marzo de 2008

VER SALIR A JESÚS



Se nos deshace la vida. Se nos escapa en cada segundo: “vivir es caminar breve jornada”. Y sin embargo, a veces el tiempo concita una plenitud, una pleamar del ser. Eso sucederá mañana en Úbeda, cuando despunte apenas la luz e inunde –aún tímida– el Llano de Santa María. Serán las siete de la mañana: y se abrirá la puerta de La Consolada y el “Miserere” elevará su oración, su cántico antiguo. Y saldrá Jesús Nazareno… Jesús... Serán apenas unos minutos. Será un silencio. Un relámpago de nostalgias. Será el escozor de una lágrima vieja –de un viejo recuerdo– en la punta emocionada de las pupilas. Y luego se reanudarán las golondrinas y las toses y el sol enseñoreado ya en las espadañas y en los cipreses cuajados de pájaros que chillan.

¿Existe el “ser” de los pueblos? Si “el pueblo” es algo debe ser un proyecto común de futuro, que sí, que tiene que escuchar las voces de los muertos para poder comprenderse, pero que sobre todo tiene que mirar hacia adelante. No creo, por tanto, que para ser “buen ubetense” haya que estar mañana cuando amanezca en Santa María. Y sin embargo…

…sin embargo, mañana cuajarán el minuto y el suspiro una alianza de “ubetenses de las dos orillas”, que diría Juan Pasquau. La salida de Jesús no es retórica ni lírica postiza: en el recinto amplio e iluminante de la plaza de Santa María congregará la luz del amanecer muchas generaciones de ubetenses. Hay, claro, que disponer el alma para sentir esa presencia del infinito, ese volver por un instante las personas que queremos y murieron: hay que saber verlas apoyadas en aquel árbol, esperando en aquella esquina, rezando bajo el balcón de las monjas, ya vacío. Y hay que saber declinar el “Miserere” en la soledad y en el silencio, escuchando los susurros eternos que han sido bordados por los silencios y las soledades que cada Viernes Santo desfallecieron frente al rompeolas de La Consolada. ¿Se puede ser ubetense sin “ver salir a Jesús”? ¡Por supuesto! Pero quien no acuda a la salida de Jesús cuando amanezca el Viernes Santo no podrá sentir esa comunión –esa “común unión”– con los ubetenses muertos, con sus propios muertos. Porque muchos de los que se fueron, mañana volverán. ¿En el chillido de los gorriones?… ¿En la luz victoriosa?… ¿En la cantinela vieja de la campanilla?… ¿En la quebrada lástima de las trompetas?… ¿En nuestro propio estremecimiento cuando se rompe el “Miserere”?… No sé: hay que estar allí para sentir esa emoción. Y es que mañana, cuando el corazón tremole su límpida melancolía, sabremos cuánto pesa el alma: y algo nos empujará hacia nuestro fondo mientras sentimos –oh paradoja– que nos elevamos. Que ascendemos en el tiempo. Para buscar otras lágrimas que allí se lloraron, para sentir otros siglos que allí se vivieron. Para saber otras plegarias y otras emociones y otras ausencias, que vivimos encadenados en nuestras tristezas y eso lo entendemos cuando el “Miserere” se anuda en los hilos de la sangre.

(Publicado en Diario IDEAL el 20 de marzo de 2008, Jueves Santo)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Vuelvo a repetirlo, que suerte tiene la cofradía de Jesús de tenerte como hermano! Lleva toda la Semana Santa saliendo en el Ideal. Contigo se va a hacer tan famosa la cofradía de Jesús Nazareno de Úbeda como la de Jaén.
Un devoto de Jesus.