miércoles, 5 de marzo de 2008

DIOS EN LO PEQUEÑO -Reflexiones sobre la fe y el laicismo-



Habrá quien se pregunte si es correcto mirar el mundo desde la desesperanza y el desencanto. No sé, pero lo cierto es que no ofrecen nuestros días muchas oportunidades para la felicidad ni para el optimismo. Es como si viviéramos un tiempo agotado en el que todo parece diluirse, desdibujarse, confundirse: como si cada momento cayeran gotas de lejía sobre el carboncillo de la vida. Y sin embargo, tenemos que encontrar asideros para el alma: porque no se puede vivir eternamente sobre los restos del naufragio, que es el único programa de futuro que nos ofrece nuestro tiempo histórico.

Y es aquí, en este laberinto, donde tiene sentido la fe. Pero la fe es algo que daría para mucho más que para este artículo. Apuntalemos, pues, sólo unas cuantas reflexiones sobre ella.

Por ejemplo, no creo que la fe que ofrece la jerarquía eclesiástica española sea un tablón sobre el que levantar un ímpetu del alma: la tormenta es demasiado fuerte y poco consuelo encuentran los tormentos del espíritu en esas manifestaciones partidistas, sectarias, radicales. Allí, la sensación de pérdida, de orfandad es mayor aún, como si la Iglesia hubiera desandado todo el camino que trabajosamente desbrozó el cardenal Tarancón: abrir las manos y tender puentes. Cuando veo a los cardenales y los obispos clamar contra el laicismo, no me viene a la mente la fe pequeña en que busco mis esperanzas y en la que construyo mis refugios: las plazas abarrotadas desde las que claman las sotanas serias y circunspectas se me figuran una tribu asiática que llama a la lucha contra los infieles, no la Iglesia del Jesús de las Bienaventuranzas.

No hay otra sinceridad posible para ser cristianos que vivir nuestra fe en lo íntimo de los corazones: y para ello, el laicismo –que algunos repudian confundiéndolo con odio a la religión– es imprescindible. Porque la fe, la creencia en lo divino, puede ser algo maravilloso cuando se siente en las noches infinitas frente a las constelaciones y el océano, cuando nos sabemos pequeños y nos sobrecoge lo inabarcable del universo. Pero puede, por el contrario, convertirse en algo peligroso –piedra o quijada que levantar contra el hermano– cuando se pretende con ella construir un espacio social o político que rija los destinos de los que creen, de los que creen en otros dioses y de los que no creen en ninguno.

Allá yo con mi fe: allá el vecino con la suya. Es eso lo que nos dice el laicismo, esa es la profunda invitación a vivir más intensamente como creyentes. Porque el laicismo nos ofrece, definitivamente, la oportunidad de alcanzar la mayoría de edad de nuestra creencia: el laicismo nos deja en íntima comunión con nuestra fe, sin intermediarios, sin apoyos externos, solos Dios, nosotros y nuestro credo en el fondo de nuestras conciencias.

El laicismo nos dice que no necesitamos al Estado para creer. Ni los impuestos, ni las escuelas. Ni ejércitos que nos protejan o que expandan nuestra fe. El laicismo nos ofrece la oportunidad de dar a Dios lo que de Dios es sin negar al César lo que al espacio cívico de convivencia corresponde. A Dios, las dudas, las certezas, el alma, las melancolías de Semana Santa... al César el compromiso político, los deberes cívicos, el respeto a las ideas de los demás. ¿Contra qué laicismo, pues, clama la jerarquía, contra qué ataques, contra qué persecución?

No siento mi creencia –frágil creencia, temblorosa creencia– amenazada. Porque la mía es una fe que se aleja de las multitudes y de los altavoces, que se refugia en la memoria y en el espíritu para crecer. Una fe que busca a Dios en lo pequeño y que mira en dirección de lo profundo para encontrar argumentos. No sé si podremos construir una fe compartida y común, pero si esto es posible sólo puede ser a base de sumar vivencias, interrogantes, dudas.

Me gusta pensar como un creyente en la frontera: el que no duda no cree, que dijo Unamuno. Porque estamos siempre en la frontera de algo, que la vida es territorio fronterizo entre la nacimiento y la muerte. Los hay que han levantado castillos de certezas sobre rocas de seguridad: dudo que tengan el alma esponjosa y tierna. Más bien deben tenerla reseca y cuarteada, por no ejercitarla. El alma se ejercita en las emociones, en la vibración de los sentimientos: hay que zarandear al alma con las dudas que vienen de la visión del mal del mundo para que se fortalezca y crezca.

Mi fe –que es insegura y siente los azotes lacerantes de la duda– se refugia a menudo en sus vivencias. En sus mejores vivencias: algunas de ellas están en los días de Semana Santa.

He sido un niño y un adolescente y un joven y me hecho adulto delante de la puerta sur de San Isidoro, una tarde de Jueves Santo. Por el Rastro he visto vibrar las trompetas anunciando la tragedia del látigo sobre la espalda de Dios, y me metido apretujado con la gente emocionada por la calle Gradas para coger sitio antes de que el sol anuncie la media tarde y la nostalgia elevada. Y en el Claro Bajo –la primavera declinando apuntes líricos en los naranjos– he sentido como se elevaba la fe sobre un silencio primero, sobre un vendaval de incienso luego, sobre el olor de la flor y la música temblorosa unos instantes después. Y allí me han venido recuerdos, y allí he tejido una melancolía y allí he anhelado ser recuerdo de mis hijos y mis nietos un Jueves Santo en el que no estaré, y he vivido y sentido las campanas del espíritu tocar a rebato, ofreciendo una plegaria de dudas y naufragios. Entre la niebla estaba Dios –sereno rostro de un Dios ultrajado–, como entre las azucenas se queda una certeza diminuta, un hilo débil que cose el corazón antes de que un definitivo desasosiego lo desgarre para siempre: el “Desconsuelo” nos ha dicho muchas veces que no todo pasa. Se hace camino al andar, pero el Jueves Santo andamos un camino de emociones cardenales que otros ensayaron antes que nosotros, en el que otros han dejado su cabeza reclinada, mirando en la dirección de la tarde por entre las filas larguísimas y silenciosas de los penitentes de La Columna.

En esa belleza de lo pequeño, de los recuerdos que reconstruye cada Jueves Santo el taller de nuestro espíritu, allí cifro mi fe, mi esperanza, mi credo. Es ahí donde está el Dios que enjugó las lágrimas de la mujer adúltera y lloró ante el sepulcro del amigo Lázaro, el Cristo que se embelesó ante el canto de los pájaros y el traje de los lirios, el Dios que despreció a los mercaderes de la fe y se enterneció con la limosna de la viuda. Allí –cada Jueves Santo– en mis recuerdos y mis soledades, encuentro un evangélico Cristo de lo pequeño, que es más amor que el Jesús juzgador y despreciador de las concentraciones episcopales.

(Publicado en LA COLVMNA, núm. 13, febrero 2008)

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