jueves, 13 de diciembre de 2012

JUAN EL EXISTENCIALISTA





En realidad, San Juan de la Cruz no ha dejado nunca de estar de actualidad. Es una de las figuras del Siglo de Oro español que mejor ha resistido el paso del tiempo y que más fresca ha conservado su vigencia: porque hace cuatro siglos San Juan de la Cruz comenzó a pensar y a escribir sobre cosas que no se convertirían en «temas centrales» de la literatura o de la filosofía hasta el siglo XIX y XX. Juan de la Cruz resulta cercano en todos los aspectos porque está atravesado por un sentimiento religioso y existencial plenamente actual: el santo de Fontiveros es el primero que se ocupa de la duda y la angustia que a la fe le plantea la invisibilidad de lo divino.

Se ha destacado mucho la poesía de San Juan de la Cruz, pero se ha obviado el carácter heterodoxo de su obra en cuanto que existencialismo extemporáneo, no se ha estudiado esa capacidad anticipatoria de una filosofía agónica que sólo sería posible tras la liberación del pensamiento en el Siglo de las Luces. En cualquier caso, San Juan de la Cruz es el primer poeta que mira en la dirección de Dios con encogimiento, con temor, con dudas y a veces también con rabia: «Como el cierto huiste, / habiéndome herido: / Salí tras ti clamando ¡y eras ido!», clama el poeta contra un Dios que juega al escondite. No es por eso la poesía de San Juan de la Cruz la poesía de un hombre que cree: es sobre todo —en un adelanto de la fe según Miguel de Unamuno— la poesía de un hombre que quiere creer y que con sus versos interroga el infinito silencio de Dios. No escribe San Juan de la Cruz desde la luminosa atalaya de los puros y de los ortodoxos que no conocen la duda: el «frailecico» es un hombre que escribe desde «la noche oscura del alma», esto es: desde el pozo de la duda. San Juan de la Cruz no escribe sobre la luz y ni siquiera escribe sobre la búsqueda de la luz: la poesía de San Juan de la Cruz es en sí misma una búsqueda de la luz. «La fe es el secreto y el misterio», dice San Juan en su Declaración de las canciones de amor entre la esposa y el esposo Cristo, sus bellísimas notas sobre el Cántico espiritual. Y es, precisamente, en el Cántico espiritual —uno de los poemas de amor y búsqueda más bellos y más desgarrados de todos los tiempos, uno de los poemas religiosos menos ortodoxos que se han escrito— donde se condensa todo ese existencialismo sanjuanista, que es un viaje hacia el interior de «el secreto y el misterio».

No es gratuito que San Juan de la Cruz comience a escribir el Cántico espiritual en la prisión de Toledo. Secuestrado por quienes dentro de la propia Iglesia se oponen a la reforma del Carmelo que postula junto a Teresa de Ávila, Juan de Yepes sufre el espanto de la tortura y de la soledad. Y es allí, cuando todo parece perdido, donde la angustia y la duda comienzan a apoderarse de él. El «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» es el grito más desgarrador de la historia de todas las religiones, la queja más radicalmente existencial de cuantos se hayan escrito nunca: en el Cántico espiritual es como si San Juan de la Cruz no hubiese querido más que desarrollar ese abandono de Jesús en el Gólgota, ese miedo cósmico ante el dolor y el abismo, ante la muerte y la ausencia de Dios. Desde el interior de la cárcel, desde la privación radicalmente injusta e inexplicable a la que se ve sometido, piensa el carmelita en los «bosques y espesuras», en el «prado de verduras, de flores esmaltado», pero no es sino para sentirse más condenado, no es sino para acrecentar la duda y el tono angustioso de su pregunta: él, un hombre que adolece, pena y muere, no quiere ya más heraldos de lo divino ni más intermediarios ni más mensajeros, porque no saben decirle lo que quiere. «No quieras enviarme / de hoy más mensajero, / que no saben decirme lo que quiero» no son versos heterodoxos: son, directamente, versos heréticos, porque indican una renuncia de San Juan de la Cruz a la intermediación de la Iglesia, porque suponen una denuncia a la incapacidad del lenguaje ampuloso —el lenguaje «vaticano»— para expresar la intensidad de la experiencia religiosa y para calmar la sed de divinidad de las almas enriquecidas por la duda. Nada de eso le sirve ya a San Juan de la Cruz, y su encierro en la cárcel lo único que hace es rebelar el fondo de su espíritu: el fraile sólo quiere ya que Dios resuelva la ecuación de su duda y sane la herida que le ha provocado en el alma. «Acaba de entregarte ya de vero», le exige el fraile herido al Dios esquivo. El alma de San Juan está «llagada de amor», y más aún, se está «muriendo de amor, a causa de una inmensidad admirable que por medio de estas criaturas se le descubre sin acabársele de descubrir, que aquí le llama no sé qué, porque no se sabe decir». He ahí, en sus propias palabras, el San Juan de la Cruz atrapado —en una hermosísima y dolorosísima paradoja— entre la belleza del universo que lo conmueve y lo predispone hacia Dios y entre un Dios que no se acaba de descubrir y del que, por lo tanto, siempre queda algo que perfilar, algo que confirmar. Ese algo que es precisamente lo definitivo, lo resolutorio, la clave que permitiría convertir la fe, que es una duda, en una certeza: «esto que no acabo de entender me mata», dice San Juan en una frase conmovedora y que encontrará ecos magníficos en los existencialistas más honestos del siglo XX.

Esa honestidad existencial está ya en San Juan de la Cruz, que renuncia a jugar con trampas: pone todo en juego cuando invoca al Dios escondido, desesperado, arrebatado por la ira de quien quiere ver y oír y tocar lo que se ama y se desea y sólo obtiene la oscuridad, el silencio y la ausencia como respuesta. La Canción 9 del Cántico Espiritual es el punto culminante de esa interrogación casi enfurecida que el alma de San Juan de la Cruz pone a los pies de Dios, pidiéndole que se muestre para sanar el corazón que ha llagado y para reparar el corazón que ha robado. «¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste? Como si dijera: ¿Por qué, pues le has herido hasta llagarle, no le sanas, acabándole de matar de amor, pues eres tú la causa de la llaga en dolencia de amor?», dice San Juan antes de exigirle a Dios el único remedio que en verdad puede acabar con la duda: «véante mis ojos».

San Juan sabe que no se muere quien ve a Dios, sabe que lo único que mata son la duda y la angustia; por eso, «determinantemente», «sintiéndose el alma con tanta vehemencia de ir a Dios como la piedra», el carmelita le pide a Dios, le exige, que le descubra su presencia, porque «la dolencia de amor» —la duda íntima, la noche oscura del alma— sólo pueden curarse «con la presencia y la figura». Todo el Cántico Espiritual se resuelve en este punto: el fraile encadenado en la soledad y por la incertidumbre, el santo reformador que vacila, ha mostrado toda su alma. La duda es desnudez y desamparo, profunda y desgarrada humanidad, y eso que supieron captar los existencialistas como Camus, había sido ya anticipado muchos años antes por San Juan de la Cruz.

¿Por qué nunca ha perdido su actualidad San Juan de la Cruz? Porque es un santo que existe en la expresión de nuestros propios sentimientos, porque habla de lo que nosotros sentimos y porque en su voz reconocemos nuestra voz que vacila.

(UBEDA IDE@L, Núm. 13, noviembre de 2012)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Magnífica y arriesgada lectura del Cántico Espiritual, muy innovadora.
Antonio.