lunes, 4 de mayo de 2009

UN JINETE EN LA TORMENTA




Tal vez fuera el hecho de que el protagonista contase su historia en primera persona y que los lugares que aparecían en la novela –el Monterrey, el Martos, la Casa de las Torres, la Plaza del General Orduña, la Plaza de Abastos, el Instituto de Bachillerato con sus alas azul y rosa, las huertas de San Lorenzo…– nos fuesen conocidos y formasen parte de nuestra realidad, o, ya desaparecidos, hubiesen formado parte de la vida de nuestros padres o nuestros abuelos, que nos contaban las vidas que habían vivido en ellos, o el que muchos personajes retratasen a personas de carne y hueso que nosotros veíamos en las calles, como veíamos al padre de Muñoz Molina en su mostrador de mármol gris vendiendo las verduras de la huerta cuando los sábados bajamos a la plaza de Abastos con nuestra madre, o tal vez que nos hablase de lugares que nos resultaban tan lejanos y llenos de vida como los aeropuertos o la ciudad de San Francisco y de la posibilidad de vivir una aventura sexual con la hija de un comandante del Ejército Republicano en un lugar como Nueva York, con la música de Jim Morrison o Janis Joplin de fondo, o quizá todas esas cosas hiladas con la maestría de una prosa serena, sin alharacas líricas pero bellísima y plagada de memorias que eran nuestra propia memoria y de esperanzas de huir que eran nuestra propia esperanza de huir, fueron las que hicieron de “El jinete polaco” una novela inaugural para los que éramos adolescentes en la Úbeda de la década de 1990. Yo leí por vez primera esa novela de Antonio Muñoz Molina cuando tenía 16 años y me disponía a matricularme en 3º de BUP en el mismo Instituto en el que había estudiado el escritor: tengo intacta la memoria de los caminos que abrió en mí aquel libro lleno de memorias y densidades en el que yo podía reconocerme y en el que podía identificar situaciones que me eran familiares, porque ese teniente Chamorro que hablaba de revolución social y del reparto de la tierra durante el almuerzo en los descansos en la huerta me recordaba a mi abuelo Juan hablando de la guerra que perdió mientras comíamos en los días fríos de diciembre, en la aceituna, cuyo horizonte también nublaba la perspectiva de mis vacaciones de Navidad. Pero Muñoz Molina fue, también, la certeza de que era posible vivir una vida de aventuras sosegadas –a mí siempre me ha parecido que esa vida de traductor que bebe whisky tras una cortina de humo en una taberna neoyorkina, mientras espera a Nadia Galaz y va reconstruyendo la memoria de una ciudad que lo oprimía, pero a la que se siente unido por lazos sentimentales y morales mucho más profundos de lo que él mismo quisiera reconocer, tiene mucho de antihéroe romántico, de derrotado a lo Humphrey Bogart o de algunos de los personaje de los cuadros de Edward Hopper, que son un testimonio de soledades– y de que había mundo y posibilidades más allá de las murallas derruidas que cercan Úbeda, aunque luego la vida y las circunstancias se hayan encargado de hacer una fotografía de nuestra vida que se parece tanto a la de Félix, ese heroico personaje de la novela.

Me piden ahora que escriba una semblanza de Antonio Muñoz Molina, y no sé que escribir, porque la realidad de Muñoz Molina como escritor –supongo que es esa la faceta que interesa a los lectores de un periódico de domingo– se mezcla con mi realidad personalísima de lector, y al sentarme delante del folio en blanco descubro que la semblanza de este hombre recto es un poco la semblanza de la propia herencia intelectual en la que yo me reconozco y de la que ahora me doy cuenta tanto debo a aquel chico tímido que se crió en la Plaza de San Lorenzo. No sólo porque a través de Mágina y de los personajes de las novelas de su “ciclo ubetense” nos ha ofrecido a muchos ubetenses otra visión de la realidad, de nuestra realidad, sino sobre todo porque en Muñoz Molina hemos encontrado muchas veces la voz que impone serenidad en medio de la tormenta, la voz española que en el momento actual condensa lo mejor de la herencia liberal y socialista, y que dice las verdades que son verdad para su conciencia sin importar lo que opinen tirios y troyanos.

¿Una semblanza de Muñoz Molina? No sé, pero tendría que hablar (si dispusiera de muchos folios para escribir) de lo paradójico que siempre me ha resultado que Úbeda haya tratado “tan bien” a este hijo suyo –ya saben: Hijo Predilecto y Medalla de Oro de la Ciudad– cuando no hay una sola página de su obra que no sea una crítica certera y serenísima de la realidad gris de este pueblo que compartimos, un dardo sin acritud dirigido al corazón mismo de quienes siguen enrocados en su ombliguismo provinciano y casposo. Pero también tendría que hablar de los horizontes que la obra de Muñoz Molina ha abierto, de la visión cruda que ofrece de la realidad de estas tierras del sur o de la dignificación del trabajo físico –él puede escribir con conocimiento de causa sobre qué es la aceituna, el frío, el dolor de los riñones– y de los hombres que pasaron privaciones y necesidad para que España pudiera ser mejor de lo que era y que ahora deben sentir una especie de desolación porque sus sueños han sido puestos en almoneda, y tendría que decir –aunque creo que ya lo he dicho antes– que Muñoz Molina es hoy por hoy uno de los últimos herederos de la tradición republicana y patriótica, y que por ser patriota –patriota, no patriotero– con “las zonas templadas del espíritu” nos ha dado a muchos el aliento necesario y los argumentos revividos de unos hombres que en la década de 1930 quisieron que fuera posible una España civil, laica, una educación pública que igualara a los hombres en la posibilidad de construirse un futuro mejor.

¿Una semblanza de Muñoz Molina? Podría haber dicho que nació en Úbeda un 10 de enero de 1956, que ha sido articulista en el Ideal de Granada o en ABC o en El País, que es Premio Nacional de Literatura o miembro de la Academia, y haber reseñado sus novelas, sus libros, o haber reflexionado sobre su fino instinto para apreciar las profundidades de los pintores que tanto le gustan, pero al final no estaría diciendo nada de este hombre que ya no se conozca, o tal vez no estaría diciendo nada que a mí me importase ahora, porque aquellos títulos y méritos –los premios, la condición de Académico– eran algo que me deslumbraron cuando era adolescente y leí por primera vez “El Jinete Polaco”, pero ahora ya no, ahora me quedo con el hombre desnudo que es Muñoz Molina. El hombre que debe ser más o menos el mismo que iba a la aceituna y que vendía lechugas o acelgas todavía húmedas en el puesto de su padre, el que soñaba con vivir en Nueva York y ahora vive allí, en un barrio donde los nombres de las tiendas le recuerdan la Plaza de Abastos de su pueblo, pero también el hombre que sabe mirar la belleza de una obra de arte sin renunciar al deber ético y cívico de acercarse con la minuciosidad del platero al sufrimiento de los débiles –que son esos que reconoce en los rostros de sus padres y de sus abuelos y de los ubetenses que perdieron la guerra, como mi propio abuelo–, o a la penosa situación de la educación pública, al vapuleo al que los nuevos reyes de las taifas nacionalistas someten a la patria española, el hombre, digo, en el que yo creo que vibran los ecos de Azaña o Prieto o de Fernando de los Ríos, y que es un hombre que no hace ostentaciones ni se exhibe y que quiero pensar que es el mismo al que siendo yo adolescente y tímido me acerqué una Noche de Reyes, mientras la cabalgata pasaba por la Plaza del General Orduña, para pedirle un autógrafo, porque entonces yo también quería ser un jinete en la tormenta, arrojado a este mundo e imaginando que huía, con mis sueños de San Francisco y de la isla de Wight y mi cara implacable de Mágina.

(Versión ampliada del artículo publicado en Diario IDEAL el día 3 de mayo de 2009)

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