viernes, 31 de octubre de 2008

SOCIOLOGÍA DEL CEMENTERIO



Lejos queda la noche en que Baroja y Azorín abandonaron su reunión en la churrería del Callejón de San Ginés para, Fuencarral arriba, visitar el cementerio abandonado en que descansaba Larra y allí realizar el juramento de su generación. Esta anécdota dice mucho de cómo nuestros abuelos veían a la muerte, que ya no está de moda. Porque la muerte ha tenido su tiempo –prácticamente toda la historia– pero en esta edad postmoderna y vacua lo apropiado es esconderla, como si alguno de nosotros pudiésemos escapar a su mirada. Por eso es imposible que ninguna generación de nada surja al amparo –bellísimo amparo, tenebroso amparo– de un cementerio abandonado: ahora las generaciones surgen en discotecas de chinchinpúm o en cenas glamurosas.

A mí me gusta visitar alguna vez el cementerio: para poder sentir esa especie de paz que da el convencimiento de que aquello es el hogar definitivo que nos aguarda. Y también porque toda la historia de la humanidad es el afán de hacer de la muerte una belleza: de ahí la triste hermosura de los cementerios, que son un recuento de nombres y de fechas que dicen historias de gentes que no conocimos, que murieron mucho antes de que nosotros fuésemos. Por eso es una obligación conservar los viejos cementerios –los patios viejos y melancólicos de cada cementerio– con sus lápidas rotas de nombres gastados o sus cruces de hierro carcomidas por el moho. Esos patios de los cementerios dicen mucha historia de las ciudades: están llenos de nombres de mujeres jóvenes que murieron de parto y de nombres de niños muertos de sarampión, están adornados con nombres que en su tiempo fueron grandes –aquí un prior de colegiata, allí un torero que soñó con triunfar– y de gentes asesinadas en la guerra o de héroes de África, llenos de alcaldes y de escritores y de gentes ya olvidadas a las que subieron al cementerio, una tarde de mayo, por un camino silencioso y rodeado de trigales y pájaros. (Luego, claro, estaban los pobres y los suicidas, todos los que no se enterraban en aquellos patios cuajados de templetes con rejas de forja, los arrojados a la pura tierra de los rincones apartados, junto a las tapias caídas en que hurgaban los perros hambrientos, pero eso es otra historia.)

Cada cementerio dice una historia y una sociología de su ciudad. Yo he sentido en Granada las lecciones vivas de su cementerio de San José, uno de los más hermosos del mundo, asomado a la Vega y protegidos sus costados por los montes de La Alhambra. Pero hay ciudades que, aborrecedoras de todo su pasado, aborrecen también los patios antiguos de su cementerio. Así Úbeda, donde se está acabando con la sociología romántica del viejo patio de arcadas herrerianas que, nostálgicas del silencio, convergen en la ermita: se arrancan lápidas centenarias y los mármoles de colores transforman la sobriedad de esas tumbas de un tiempo en que reinaban el cólera y las guerras. Y es que alguien debería saber que cuando se mutila un cementerio se dilapida una lección de historia.

(Publicado en Diario IDEAL, ediciones de Jaén y Almería, el 30 de octubre de 2008)

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