lunes, 5 de noviembre de 2012

AUNQUE HAYA FALLADO





Hace cuatro años, muchos fuimos raptados por el encanto que destilaba Barack Obama desde su mítico discurso en New Hampshire, que abría para el mundo las puertas de una débil esperanza.

En aquel noviembre mi mujer comenzaba el último trimestre del embarazo de nuestro hijo. Yo quería que ganase Obama porque estaba convencido de que el mundo sería mejor si se superaba la época del espanto y el horror que había supuesto el gobierno de George Bush II. Escribía yo entonces que la victoria de Obama era la victoria de la posibilidad de la decencia sobre aquellos que piensan que todo vale, sobre los que asientan sus ideas sobre el sufrimiento de los más débiles. Han pasado cuatro años desde entonces y Obama ya no es una promesa, porque ha gobernado y se puede hacer balance de su gestión. Ciertamente Obama, que llegó a la Casa Blanca revestido de una aureola de mago capaz de sanar con su sola presencia en el Salón Oval todos los males del mundo, ciertamente Obama no ha cumplido todas las expectativas que el mundo depositó en él. Los conflictos de Irak y Afganistán que comenzaron los neocons (esos hombres y mujeres sin piedad dispuestos a hundir al mundo con tal de que el mundo reconociese como cierta su dicotomía entre el mal y el bien) no han sido resueltos, esa afrenta a los derechos humanos que es Guantánamo sigue abierto y los Estados Unidos siguen sin implicarse en la lucha contra el cambio climático, por ejemplo. Pero es cierto que la política demócrata ha permitido a los Estados Unidos sortear la crisis mejor que el neoliberalismo talibán que padecemos en Europa, es cierto que su tasa de paro es menor que la de la Unión Europea, es cierto que los Estados Unidos no son ya una especie de perro rabioso suelto sobre el mapa de la Tierra, es cierto que las minorías raciales y las mujeres han visto amparados unos derechos contra los que los republicanos acechan sedientos de sangre, y es cierto que su reforma sanitaria (todo lo limitada que se quiera, pero histórica sin lugar a dudas) ha servido para aliviar el sufrimiento de millones de estadounidenses. Es cierto que hoy Estados Unidos es un país más decente que hace cuatro años, y eso no es poco, porque costará mucho limpiar la dura herencia moral y económica que dejaron Bush y su gobierno de halcones sin alma.

Sin embargo, yo no quiero que mañana gane Obama por lo que ha hecho o ha dejado de hacer. Sé que Obama no va a cumplir todo lo que ha dicho, pero también sé que Romney sí lo cumplirá. Por eso es necesario que gane Obama: porque Romney y todo lo que representa la ultraderecha que lo encumbró a la candidatura a la presidencia son un grave peligro para los derechos de las mujeres y los negros y los hispanos; un peligro para los derechos de los enfermos amparados por la ley sanitaria de Obama que los republicanos derogarán; un peligro para una enseñanza que se verá sometida al disparatado argumentario de los integristas cristianos… Basta con repasar las declaraciones de conspicuos republicanos próximos al Tea Party, que controla toda la energía del Partido Repúblico, acerca de las mujeres violadas y demás para sentir escalofríos al pensar en una victoria de Romney. Es necesario que gane Obama aunque le haya fallado a la esperanza del yes, we can, simplemente porque Romney no va a fallarle a los suyos. Tiene que ganar Obama aunque haya fallado: simplemente porque los republicanos no van a fallar y van a cumplir todas sus promesas, que son amenazas.

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