martes, 20 de noviembre de 2012

EN LA MENTE DE LOS VERDUGOS





El problema, sin duda, es mío: por esta manía de pensar que cuando alguien es víctima de un crimen horrible es capaz de transformarse aumentando su capacidad de sensibilidad para ponerse en el lugar de los que sufren, aliviando su dolor; o por creer que cuando alguien ha sido beneficiado con el perdón para sus crímenes horribles asume el compromiso firme de no volver nunca a causar dolor. La realidad, sin embargo, nos demuestra que esto no es así y que es muy fácil que las víctimas encuentren mil razones para convertirse en verdugos, y que los verdugos que fueron perdonados una vez inventen teorías nuevas para volver a causar dolor. En la medida en que los pueblos están formados por personas, la psicología social puede ser una suma de psicologías individuales: la psicología de un pueblo sobre el que se cebó el drama de la historia, es la psicología de las personas que lo componen y que poseen la memoria de las heridas y de las lágrimas, de las ausencias, de los desaparecidos; la psicología de un pueblo autor y cómplice de un crimen inenarrable, es la psicología de quienes entonces sabían y callaron y de quienes mataron y fueron perdonados, la psicología de sus hijos y nietos hecha de memoria que quiere olvidar no sólo crimen sino también el perdón que lo siguió.

Pensar que, pese a tantas evidencias, las personas son buenas o pueden ser buenas después de haber padecido el horror o de haberlo cometido y haber sido perdonadas, es un error que, en estos días, encuentra su justa réplica en Gaza y en Alemania.

¿Qué menos podía esperarse del pueblo judío, del Estado de Israel, nacidos del sufrimiento más grande de la historia de la humanidad, del mayor crimen jamás cometido, que menos podía esperarse que la piedad para con los niños? En realidad todos los niños de la historia son iguales: víctimas inocentes de la furia de los adultos y de su sinrazón. Los niños asesinados por el ejército israelí en estos últimos días recuerdan demasiado —sus mismas caras cenicientas, su mismo rictus de dolor, sus mismos ojos cerrados— a los niños asesinados por los alemanes en el Holocausto: por eso el crimen de Israel es tanto más grande, tanto más grave, tanto más imperdonable por más que quiera justificarse en el fanatismo de quienes tienen en contra. Porque Israel, levantado sobre la memoria de aquellas decenas de miles de niños asesinados, se ensaña ahora con los inocentes. “Quien salva una vida salva al mundo entero”, dice el Talmud de los judíos. ¿Y su dios y sus profetas no dice a quién mata quien asesina a un niño, a un solo niño?

El otro caso que me provoca naúseas es el del pueblo alemán. En 1945 las potencias aliadas vencedoras de la Guerra Mundial tenían razones sobradas para haberlo diezmado, para haberlo aniquilado, para haberlo reducido a la servidumbre: había aupado al poder a un criminal y a su corte de depravados, durante años los habían jaleado y arropado, se habían lanzado con ellos y con absoluto convencimiento a una guerra despiadada y a la comisión de crímenes nunca vistos en la historia de la humanidad. Los que no participaban, sabían; y los que sabían, callaban y se beneficiaban de los crímenes, del trabajo de los esclavos. Los pocos alemanes decentes que se sacrificaron para oponerse al nazismo no justificaban aquel perdón que llovió sobre los alemanes en 1945 y sin embargo el perdón llegó. Por eso, que quienes pudiendo haber sido dispersados, destruidos como pueblo, borrados como sociedad de la faz de la historia y no lo fueron y fueron integrados en la sociedad de las naciones democráticas, viendo como se corría sobre su crimen un silencio y el olvido, que aquellos sean ahora los que ensoberbecidos se arroguen el derecho de machacar el futuro de pueblos enteros y de entregar a la miseria, la pobreza o la desnutrición a niños de Grecia, de Portugal o de España sólo puede provocar perplejidad y rabia.

Qué paradojas cómicas tiene a veces la historia: en estos días del otoño de 2012 los criminales y las víctimas de los años negros de Europa, los alemanes y los judíos respaldando en las encuestas y en las elecciones las políticas de la rabia y el odio que practican Benjamín Netanyahu y Angela Merkel, los dos pueblos que protagonizaron el Holocausto —los unos como criminales, los otros como corderos sacrificados— hermanados en su condición de verdugos colectivos. Qué difícil entender lo que estos días piensan millones de ciudadanos de esos estados: no hay nada que cause tanto pavor como intentar ahondar en la mente del verdugo.

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