miércoles, 16 de noviembre de 2011

TIEMPO DE PARAR, TIEMPO DE PENSAR





Los que son más sabios y están más preparados que nosotros expresan con más facilidad y más certeza la situación en que vivimos. Por eso traigo aquí las reflexiones que dos Premios Nobel de Economía y uno de los mayores intelectuales españoles del momento han hecho en la prensa en las tres últimas semanas. Creo que pueden ayudar a conformar cierta conciencia política de cara a las elecciones del domingo.

La primera reflexión es la que Santos Juliá hizo el pasado 6 de noviembre. Retrata con una precisión que espanta la situación dramática que vive la sociedad española y el ambiente político previo a las elecciones:

«Una crisis tan profunda y duradera como la que estamos viviendo ya no es una crisis, es otra cosa. Algo se nos ha roto entre las manos y nadie sabe cómo repararlo, tal vez porque no tiene remedio. No se trata solo de que la fiesta, en efecto, ha terminado: al cabo, todas terminan, sería insoportable todo el tiempo de fiesta. Se trata, o eso barruntamos, de que las cosas nunca volverán a ser como fueron en los años de euforia; que es preciso abandonar la idea de que, como esto es una crisis, algún día saldremos de ella. Esto ya no es una crisis, es un derrumbe, o mejor, una amenaza de ruina.»
«Ninguna metáfora expresa mejor el estado de espíritu dominante que la visión de esos aeropuertos desertizados por aviones y pasajeros: tan nuevecitos todos, tan limpios y, sin embargo, qué desolación, como las de esas autopistas por las que circula de vez en cuando un automóvil, o esas ciudades fantasma donde ni un alma se ve por las calles. Es la ruina de lo no estrenado, en la que nada ha tenido que ver la desregulación de los mercados, ni la codicia de la nueva oligarquía financiera. O más bien, de ellas sacó provecho una clase política que creyó asegurar su poder sembrando todo el territorio de promociones inmobiliarias, de aeropuertos, de líneas de alta velocidad, de autopistas, de subvenciones, de cadenas de televisión. Es como la triste cosecha de la mayor quiebra del pacto socialdemócrata de posguerra: habernos dejado llevar por el señuelo de la mano invisible, cuando los mercados derramaban dinero a espuertas, que los gobiernos vertían generosamente en políticas destinadas a pescar votos en caladeros segmentados
«La profundidad de la grieta es tan honda y su duración tan fuera de control, tan inconmensurable, que por necesidad han de sonar a hueco los programas aplicadamente elaborados por los partidos políticos para las próximas elecciones. Páginas y páginas de buenos propósitos, de promoveremos, reforzaremos, reformaremos, como si tuvieran en su mano promover, reforzar, reformar. Antes de proponer nada, sería menester un diagnóstico crítico, nada complaciente, de lo ocurrido en las dos últimas décadas, un diagnóstico que huya de los golpes de pecho, abomine de los "relatos" y rasgue los velos que ocultan la simple realidad de que hemos vivido muy por encima de nuestras posibilidades
«Quizá ninguna campaña electoral habrá discurrido en un clima de tanto escepticismo sobre la capacidad de nuestros partidos políticos, no ya para remediar, sino ni siquiera para diagnosticar verazmente esta nueva realidad que ha sucedido a los años en que los mercados no eran los malos de la película sino el séptimo de caballería que había venido a librarnos de los fantasmas del pasado. Escépticos y todo, la mayoría iremos a votar, no cabe duda, pero seguramente lo haremos sin la más mínima esperanza de que el resultado de nuestro voto, vaya a quien vaya, sirva para modificar ni un milímetro el curso de las cosas. Ha sido tan abrupto el despertar del ensueño, que será menester una buena ducha de agua fría antes de tomar la exacta medida de esta cosa a la que aun no sabemos cómo nombrar pero a la que algún día habrá que enfrentarse a fondo, por más que su feo rostro aparezca púdicamente oculto en los programas electorales.»
La segunda reflexión que asumo como propia es que realiza, también el 6 de noviembre, Joseph E. Stiglitz, relacionada a las causas que han provocado la justa y necesaria aparición de las protestas de los indignados y a lo que estos quieren, que resulta tan básico, tan elemental, que espanta darse cuenta de que tengamos que pelear por eso a estas alturas:

«Los especuladores que contribuyeron a colapsar la economía global tributan a tasas menores que quienes ganan sus ingresos trabajando.»

«Los manifestantes de España y de otros países tienen derecho a estar indignados: tenemos un sistema donde a los banqueros se los rescató, y a sus víctimas se las abandonó para que se las arreglen como puedan.»

«Para peor, los banqueros están otra vez en sus escritorios, ganando bonificaciones que superan lo que la mayoría de los trabajadores esperan ganar en toda una vida, mientras que muchos jóvenes que estudiaron con esfuerzo y respetaron todas las reglas ahora están sin perspectivas de encontrar un empleo gratificante
«En un nivel básico, los manifestantes actuales piden muy poco: oportunidades para emplear sus habilidades, el derecho a un trabajo decente a cambio de un salario decente, una economía y una sociedad más justas. Sus esperanzas son evolucionarias, no revolucionarias. Pero en un nivel más amplio, están pidiendo mucho: una democracia donde lo que importen sean las personas en vez de el dinero, y un mercado que cumpla con lo que se espera de él.»
«La desregulación de los mercados lleva a crisis económicas y políticas. Los mercados sólo funcionan como es debido cuando lo hacen dentro de un marco adecuado de regulaciones públicas; y ese marco solamente puede construirse en una democracia que refleje los intereses detodos, no los intereses del 1%. El mejor Gobierno que el dinero puede comprar ya no es suficiente.»
Y cierro con la que posiblemente sea la más desoladora: la de Paul Krugman del 30 de octubre. ¿Por qué es la más desoladora? Porque demuestra, partiendo del caso de Islandia, que las cosas podían haber sido de otra manera y que el sufrimiento de tantas y tantas familias, de tantos y tantos niños hijos de parados y excluidos, se podía evitar y es gratuito y responde a unos intereses ideológicos muy concretos.

«Mientras todos los demás rescataban a los banqueros y obligaban a los ciudadanos a pagar el precio, Islandia dejó que los bancos se arruinaran y, de hecho, amplió su red de seguridad social. Mientras que todos los demás estaban obsesionados con tratar de aplacar a los inversores internacionales, Islandia impuso unos controles temporales a los movimientos de capital para darse a sí misma cierto margen de maniobra.»

«¿Cómo le está yendo? Islandia no ha evitado un daño económico grave ni un descenso considerable del nivel de vida. Pero ha conseguido poner coto tanto al aumento del paro como al sufrimiento de los más vulnerables; la red de seguridad social ha permanecido intacta, al igual que la decencia más elemental de la sociedad.»

«Y nos enseña una lección al resto de nosotros: el sufrimiento al que se enfrentan tantos de nuestros ciudadanos es innecesario. Si esta es una época de increíble dolor y de una sociedad mucho más dura, ha sido por elección. No tenía, ni tiene, por qué ser de esta manera.»

1 comentario:

Anónimo dijo...

Jóder, el último párrafo es demoledor. Gracias por la antología.