martes, 15 de febrero de 2011

TEORÍA DE LA LUZ





La naturaleza de la luz ha sido tema recurrente para filósofos y físicos de todos los tiempos, que han querido llegar hasta el meollo de esa bellísima radiación determinando un contenido exacto que la atrape y la defina. Conscientes de que el ojo humano la distorsiona a la par que la apresa, los hombres sabios de todos los tiempos han teorizado sobre qué sea la luz. Y sin embargo, ninguno de esos hombres del pensamiento o de la ciencia ha podido determinar una manera tan perfecta, tan inteligible y tan próxima a todos los mortales de comprender qué sea la luz y cuál sea su naturaleza como la de los pintores. Porque si para un físico determinar la corporeidad y los elementos y estructuras de la luz es un reto, para un pintor es una absoluta necesidad moral: la pintura existe para poder aprehender, para poder detener, para poder inmortalizar la luz, de tal manera que sólo hay pintura si hay diálogo con la luz.

Después de la teoría de la relatividad parece científicamente posible viajar en el tiempo: bastaría con poder inventar una máquina que se moviese a una velocidad superior a la de la luz. Y sin embargo, los pintores han conseguido hacernos viajar por esa magnitud a fuerza de lograr lo contrario, conquistando la detención de la luz, paralizándola en la magia trascendental de la que habla Cees Nooteboom. Al detener la luz, la pintura detiene el tiempo o más exactamente nos entrega algo que ha sido puesto fuera del tiempo —«el tiempo queda anulado mientras contemplamos el cuadro», señala Nooteboom—, fuera de la fugacidad, entregado a la eternidad. No cabe en el cuadro la ordenación secuencial de los sucesos porque el tiempo no tiene cabida al ser todo lo pintado imperio de una inaudita luz atemporal.

Hasta el fin de semana próximo se expone en el Hospital de Santiago de Úbeda la obra pictórica de Antonio Utrera Quesada, un sabioteño con cara grande de hombre bueno y con vocación universal. En su obra, la luz ha sido cercada, acosada amorosamente hasta quedar reducida a su forma más pura, hasta conseguir desnudarla de todo aditamento y toda superfluidad. Pasada por el prisma blanco del lienzo, la luz entrega su meollo íntimo descompuesto en pluralidad de colores robustos, donde la pincelada larga, amplia y rotunda constituye un espacio mágico. Pienso en «El Merendero II», un cuadro que nos permite adentrarnos en el señorío de la luz y que nos embarga con la epifanía de un mundo que no se espera. ¿Qué es la luz y qué el tiempo? Esos colores que sin vacilación se adentran en el primitivo recinto del lienzo, transfigurándolo en un mosaico que teoriza todos los matices y quiebros de la luz.

Utrera Quesada eleva la luz a la categoría de absoluta protagonista de su obra. Si en muchos pintores la luz es un medio —el medio para resaltar imágenes, situaciones o figuras— en los cuadros de Antonio Utrera la luz es un fin en sí misma, tal vez el único fin de la obra de arte, como si no tuviese el pintor más afán ni más interés que el de pintar la luz, de tal modo que hasta la sombra de las vistas de Illescas o de Castellar o de unas casas arribadas en un lago, son sombras cuajadas por la pincelada en una especie de ardentía oceánica, umbrosa y a la par luminiscente, como si el cerdamen hubiera entendido y apresado el prístino anhelo del óleo que quiere eternizarse en el tiempo sin tiempo de la luz sin velocidades. Utrera Quesada pinta la luz con un magisterio que embelesa al que contempla sus cuadros. Asomados a ellos entendemos el símbolo y la realidad de la pintura, su unidad material y su elevación espiritual capaz de apresar, de agarrar con puño de fuego, el estallido fundador de los segundos. Porque en la pintura de Utrera la luz no es un elemento ajeno a los volúmenes y los espacios, ya que son los propios árboles o el agua o las personas las que desprenden una luminosidad que es creencia y afirmación de un acto de fe artística: la luz de Utrera Quesada es un dios que no puede negarse. Ante sus cuadros, no se puede ser creyente de la sombra ni ateo de la luz.

(IDEAL, 10 de febrero de 2011)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Manolo, sin ánimo de ofender, pero eso de pintar la atmósfera se les decía a los pintores de la escuela flamenca, al hiperrealismo de la época, vamos. Creo que en eso has patinado un poco, pero bien, me ha gustado mucho la reflexión. Iré a verla. Un saludo.
S.Ydañez.