viernes, 10 de agosto de 2012

SAN LORENZO






En diciembre de 1855 el Ayuntamiento de Úbeda se planteó derribar la iglesia de San Lorenzo dado su, decían, “estado ruinoso”. Años antes, en 1842, el obispado había suprimido la parroquia de San Lorenzo y en 1843 ordenó su cierre, no consumado gracias a la tenacidad de los vecinos, que mantuvieron el culto en el templo y que apunto estuvieron de amotinarse el 10 de agosto de 1843 ante el anuncio de que no podían celebrar la festividad de San Lorenzo. Después de los sobresaltos decimonónicos, San Lorenzo se convirtió en un templo apartado y otoñal, del que cada 14 de septiembre salía la procesión del Señor del Consuelo acompañado por la Virgen de Juanica “La Cuella”. En julio de 1936 el templo fue asaltado y perdió la mayor parte de su patrimonio artístico –se perdió el Señor del Consuelo, se salvó la “Virgen de la urna”–. Llegó abril del 39, volvieron banderas victoriosas y San Lorenzo permaneció cerrado a cal y canto, al cuidado de Francisca “La Campanera”, que no tenía ninguna campana que tocar y que sola vivió en la sacristía del templo abandonado hasta la década de 1990. Ella plantó en los años 50 el brote de hiedra que, desbordante, acabaría abrazando la espadaña de San Lorenzo hasta imprimir un carácter en la vieja iglesia: San Lorenzo –la única de las viejas parroquias ubetenses de fábrica renacentista– se convirtió en un bellísimo baluarte romántico sometido a los caprichos del tiempo.

Tras unas obras de mantenimiento en la década de los 60, San Lorenzo sirvió de almacén de viejos altares y retablos, de tronos de las cofradías y de bártulos de los artistas locales. Y poco más hasta que en 1990 la Cofradía de Jesús Nazareno acarició lo que pudo haber sido la salvación definitiva de la iglesia: la conversión de San Lorenzo en capilla de Jesús, asumiendo la cofradía la restauración integral de la iglesia, entonces todavía regularmente conservada. Pero aquello no pudo ser porque en el camino se cruzó el obispo García Aracil, de infausta memoria. Dada la magnitud de su esfuerzo, razonablemente pedían los hermanos de Jesús que la cesión de San Lorenzo fuese “mientras existiese la cofradía”; pero el obispado –al que mucho no le importaba la salvación de San Lorenzo– ofreció una cesión nada más que para veinticinco años. Y después se vería si San Lorenzo continuaba en manos de la cofradía de Jesús o si ésta se encontraba con sus enseres en la calle y el obispado disponía a su antojo de San Lorenzo. La avaricia del obispado tronchó el deseo de la cofradía de Jesús y la salvación de San Lorenzo.

San Lorenzo continuó cerrado; como Santo Domingo y Madre de Dios del Campo y San Bartolomé, templos ubetenses sometidos desde 1936 a un proceso de abandono, de ruina y de expolio de los elementos artísticos que conservaban. El obispado no ha hecho nada por salvar San Lorenzo, y las autoridades –mandatadas por las leyes de protección del Patrimonio Histórico para salvaguardarlo– tampoco. En 2009 ofreció el Ayuntamiento una permuta al obispado: a cambio de terrenos municipales valorados en cien millones de pesetas San Lorenzo pasaría a ser propiedad municipal. Pero al obispado le parecía que la ruina que ya era San Lorenzo valía más. Y al Ayuntamiento le viene faltando desde entonces bemoles para hacer que se cumplan las leyes de protección del patrimonio histórico, claras como el agua. Hoy es evidente que si no se interviene con urgencia el templo acabará viniéndose abajo.

Pese a todo, parece que San Lorenzo tiene una última oportunidad: como sucediera en 1843 hay un grupo de vecinos empeñados en denunciar las vergüenzas de las autoridades “civiles y eclesiásticas” en el tema de San Lorenzo, exigiendo su inmediata restauración. No se amotinarán, como hicieron sus tatarabuelos, porque lo único que exigen es que se cumpla la ley, lo que en España parece ser esperar un milagro similar al de que San Lorenzo no acabe convertido en un montón de escombro sobre el que algún alcalde inaugurará un cartel que diga “Aquí estuvo la iglesia de San Lorenzo”.

(IDEAL, 9 de agosto de 2012)

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