martes, 28 de agosto de 2012

ENSEÑANZA OLÍMPICA






Los Juegos Olímpicos enseñan muchas cosas, también a quienes hasta que llegan no somos capaces de sentarnos delante de la televisión para darnos un atracón de deportes o, precisamente, más esos para los que llegado el momento el deporte es sólo deporte, sin aditamentos ni hinchadas que lo convierten en algo tan desesperante como los comentaristas deportivos de la radio. La primera cosa que enseñan los Juegos Olímpicos es que hay deporte más allá del fútbol; la segunda, que hay vida tras la frontera de la hecatombe económica y la avaricia de los poderosos; la tercera, que los valores de la antigua Grecia y del paganismo mediterráneo siguen siendo actuales.

De todas las enseñanzas olímpicas, esta reivindicación del paganismo es la más importante y la más necesaria. Es curiosa la historia de los pueblos del Mediterráneo, que hicieron de la luminosidad un modo de vida en el que la vida del hombre lo es todo y se convierte en medida del universo entero: hasta los propios dioses paganos son dioses humanos, demasiado humanos. (El paganismo es eso: mirar el mundo desde la atalaya de los ojos humanos inundados de luz.) Desde esa centralidad de lo humano, los griegos crearon la democracia, que es el gobierno de la voluntad de las personas libres, sin sometimiento al fatalismo de Dios, la economía o el presupuesto. La centralidad de lo humano explica también el nacimiento de los Juegos Olímpicos, que apelan al esfuerzo personal, al afán de superación, al reto de uno mismo con sus propias limitaciones: que ponen al ser humano en cueros con su fondo abismal. Es esa la gran enseñanza de lo que ha acontecido en Londres durante las últimas semanas: que el ser humano ha jugado desnudo, sin banderas ni patrias, sin ejércitos ni economías, sin organizaciones ni intermediarios. El ser humano ha sido rival honesto y limpio del ser humano, y cuando uno veía a Bolt pelear contra el viento se sentía más humano, más reconciliado con la luz interior que nos hila en la cadena de los seres mejores de nuestra historia. Los deportistas, buscando fuerzas en el entramado íntimo de su sangre y sus músculos, lo que en realidad hacían era anunciar una posibilidad para todos nosotros de sacudirnos a quienes someten lo humano a otras necesidades: son muchos los ejemplos de la historia olímpica que nos enseñan que los Juegos tienen una dimensión moral, que el deporte tiene una proyección ética.

Nuestro tiempo ha sometido lo humano a las necesidades de la economía. No es la primera vez en la historia que lo humano –esa exaltación vital de los viejos pueblos paganos– tiene que someterse a otras facetas de la realidad. La derrota de Roma trajo consigo un adormecimiento del discurso pagano, que es el discurso humanista, recuperado luego con el Renacimiento, que marca el florecimiento definitivo de la persona, de sus valores, de su dignidad. Es cierto que del Renacimiento acá la persona ha tenido que pelearse con entidades terriblemente mortíferas como los dioses, las razas, las clases sociales, el dinero, las patrias, las lenguas. Al final, sin embargo, los Juegos Olímpicos enseñan que todo lo que somos es esa capacidad para superarnos, para gritar el grito de la victoria o llorar las lágrimas de la derrota. Todo lo que somos y lo que tenemos es este cuerpo que gana y goza, que sufre y alienta, todo lo que somos es esta fuerza que se funde con el horizonte y el sudor.

(IDEAL, 16 de agosto 2012)