lunes, 14 de junio de 2010

A PROPÓSITO DE "LOLO"



Esta es una sección de historia y por ello, una sección condenada a mirar atrás. Contamos lo que sucedió hace diez, treinta, doscientos años. Contamos lo que pálidamente nos llega desde el desván de los recuerdos de nuestra infancia; contamos lo que sólo los mayores recuerdan y vivieron; contamos lo que ni siquiera los más viejos pueden recordar porque sucedió muchas generaciones atrás, cuando aún los pueblos y ciudades de Jaén batían sobre el aire sus murallas fuertes. Pero, ¿la historia es, realmente, pasado? ¿Sólo es pasado la historia? No, no se piensen. De hecho lo que ayer mismo sucedió ya es historia hoy y ayer –sábado de junio con nubes– sigue estando plenamente vivo en nosotros. Si vive un pasado, viven todos los pasados, de alguna manera, no sé yo de qué manera.

Ayer sucedió que Jaén suma un nuevo santo. Ayer sucedió que Manuel Lozano Garrido, “Lolo”, fue elevado a los altares. ¿Ayer ya es historia? ¿La beatificación de “Lolo” ya es historia? Puede, pero... ¿y la vida, y el ejemplo de “Lolo” ya son historia? Es difícil afirmar tal cosa, porque aún cuando no se sea creyente y todo esto de las beatificaciones y los santos y los milagros se figuren milongas “de curas”, aún así es imposible negarle a Manuel Lozano una serie de virtudes filosóficas, éticas y sobre todo humanas que lo mantienen en permanente candelero, que es el candelero de los asuntos esenciales que atañen al hombre. ¿Cómo puede ser historia el que escribió libros con títulos tan bellos como “Las golondrinas nunca saben la hora”? Ya les digo que más allá de las creencias religiosas de cada cual –más allá incluso de la ausencia de tales creencias– Manuel Lozano sigue siendo actual en la medida en que interpela al corazón de los hombres y lo hace en un tema tan radicalmente humano, tan fundamental en el entendimiento de la humanidad, como es el dolor. Otros sufrieron dolores similares a “Lolo”, se dirá, y no se reivindica su actualidad; porqué, pues la actualidad de este periodista de Linares. Ah, muy fácil: porque sigue siendo necesario encontrar una salida al dolor, al sufrimiento, y Manuel Lozano ofrece una salida: no ya la fe, reservada para los tocados por la Gracia, sino la alegría. Esa es la salida de Manuel Lozano, la que se dirige a cualquier persona sea cuál sea su credo: afrontar el dolor con alegría, mirar el dolor desde la rebosante alegría de estar vivos.

Difícil salida, sin duda, pero poderosa salida, vigorosa salida. ¿Única salida...?

Manuel Lozano nació en Linares el 9 de agosto de 1920, y se quedó huérfano de madre cuando sólo contaba 14 años. Desde muy pronto se vinculó a la tarea apostólica de Acción Católica, llegando, en plena persecución religiosa durante la Guerra Civil, a repartir clandestinamente la comunión, lo que le valió pasar en la cárcel el Jueves Santo de 1937. Con apenas 22 años afloran los síntomas de su trágica enfermedad, y en un año escaso se ve postrado en una silla de ruedas. En 1962 se quedaría, además, completamente ciego. He ahí la vida de entrega y de dolor de “Lolo”, que en abril de 1959 se describiría así mismo: “Treinta y nueve años. Soltero y andaluz. Maestro. Inválido desde hace casi dieciocho años. Reumatismo. La vida mía está circunscrita a una habitación”. Vida circunscrita a una habitación, donde con contadas escapadas pasa su vida y anhela cosas que a nosotros nos parecen tan normales, tan necesarias... “No nos es permitido soñar; ni amar a una mujer/ o a un hombre; ni pensar en un hogar; ni acariciar,/ con los dedos de la ilusión, las rubias cabezas/ de nuestros hijos”, escribiría en su “Oración de los enfermos”, destilando no amargura, no rencor, pero sí una tristeza íntima que no pudo derrotar a su exultante alegría... su alegría insultante para los que han aprendido a vivir regodeándose en sus dolores cotidianos.

Por detrás de esa sustancia vital –hecha de fe, de confianza en Dios, de enfermedad sin piedad– quedan su importante tarea como periodista y escritor, sus libros y sus artículos, los premios que recibe, los títulos que le otorga su ciudad natal; porque todo eso es la envoltura de un hombre que conservó siempre una especie de virginidad infantil en el fondo de su cuerpo atormentado por el sufrimiento, y desde ahí entendió la vida no como un reto, no como una lucha, sino como un camino abierto hacia Dios y hacia los demás. Ahí supo encontrar las palabras y los gestos y los comportamientos que le permitieron hilvanar –sin moverse de su sillón de ruedas, desde la noche oscura de la ceguera– un discurso universal sobre la alegría en el dolor, sobre la alegría vital como único antídoto como el dolor.

Escribo este artículo la víspera de la beatificación de Manuel Lozano. Supongo que mañana, como corresponde, se recordarán y reavivarán sus virtudes como creyente, su vida sustentada en la oración, su amor desbordado y desbordante por el Misterio Eucarístico, su entrañable relación de hijo con la Virgen, su confianza en las promesas de Dios. Pero a mí me interesa otra faceta de “Lolo”, más universal: su faceta de filósofo que se interroga sobre el sufrimiento. Su faceta como poeta –¡qué hermosas esas palabras suyas, del 3 de noviembre de 1959, cuando dice que “Hoy el día sabe a andén de ferrocarril”!–. Su faceta como luchador que no se resigna a ser vencido por las potencias que anhelan derrotar la alegría de lo humano. El ejemplo que con todo ello ofrece para estos tiempos de crisis. Porque hay una parte muy importante del mensaje de Manuel Lozano que urge reivindicar y actualizar. ¿Su “Decálogo del periodista” no sigue siendo plenamente necesario, por ejemplo, en estos tiempos en que la labor del periodismo queda sometida a las necesidades siempre espurias del poder? Creo que sí, creo que no ha pasado de moda y creo que no van dirigidas sólo a periodistas católicos esas palabras que dicen que “la verdad es un ascua que se arranca del cielo y quema las entrañas para iluminar”.

Ayer se beatificó a Manuel Lozano. Ha sido un proceso largo: la Iglesia suele tener prisa en elevar a los altares a los que para nadie pueden ser ejemplo –pienso en Escrivá de Balaguer–, pero opone todas sus burocracias cuando el hombre bueno desborda su ejemplo más allá de las fronteras de la propia comunidad de los creyentes. Cuando los caminos de Dios están tan claros como en el ejemplo de “Lolo” –el propio Manuel se encargó de iluminar con alegrías el sendero de su sufrimiento–, los caminos de la Iglesia se vuelven inescrutables... e inexplicables. Fue necesario que pasaran 23 años desde la muerte del linarense para que la Iglesia iniciase “el expediente”. Han sido necesarios 16 años para tramitar la beatificación, pese a que cada palabra de “Lolo” hablaba de una fe sin igual y ofrecía un ejemplo ejemplar, valga la redundancia. ¿Cuántos años serán necesarios para su canonización?

En realidad, da igual. Porque más allá de los trámites y de los títulos, Manuel Lozano –el periodista cristiano, el paralítico alegre, el varón de dolores que predica alegrías– impone su actualidad en cada una de sus palabras. La virtud de su ejemplo. No vivimos tiempos fáciles y los poderosos parecen conjurados para amargarnos la existencia. Por eso, ahora más que nunca, “Lolo” urge la actualidad de su vida, porque es necesario enfrentar a la crisis y sus angustias lo que Martín Descalzo describió como “escalofriante alegría” de Manuel Lozano. Escalofriante alegría: eso es lo que impide que “Lolo” abandone la primera página de la reflexión sobre lo humano. ¿Dejará alguna vez de ser necesaria la alegría? No, ¿verdad? ¿Cómo puede, pues, dejar de ser actual quien hace apostolado de la misma?

Su beatificación, ayer, devuelve a Manuel Lozano Garrido al centro de la reflexión cotidiana sobre el dolor. Así que como este es un artículo de historia, y muchos de ustedes seguirán pensando que la historia es pasado y como resulta que Manuel Lozano no es pasado, bien podemos comenzar el artículo diciendo que hace un día que “Lolo” ha vuelto a estar de actualidad.

(Publicado en IDEAL el 13 de junio de 2010)

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