"No me da la gana. No quiero que mi pensamiento me lo estén dictando a cada paso los vigilantes voluntarios de un sectarismo político del que ya no están a salvo ni las opciones más personales de la vida." ANTONIO MUÑOZ MOLINA

jueves, 3 de mayo de 2007

BREVE REFLEXIÓN SOBRE LA CALUMNIA

Me he resistido siempre a pensar que en los lugares en que debe habitar la caridad –como amor entendida– pueda anidar la calumnia como elemento definidor. Casi estoy convencido de que me equivocaba. Y al darme cuenta de mi error me han venido a la memoria aquellas palabras de Voltaire que leí en mis años de Granada y que decían que tenemos que resolvernos a pagar, en algún instante de nuestra vida, algún tributo a la calumnia. Cuando llega ese instante sólo cabe cumplir con el pago debido, apretando los dientes de rabia. Hay que pagar el tributo de la calumnia porque la calumnia es, a su vez, el tributo de cierta “notoriedad”. Aún cuando la notoriedad haya sido, nuevamente a su vez, el tributo exigido por intentar cumplir con el deber. El deber. Y el silencio. A ellos recurrió George Washington en relación con la calumnia: “Perseverar en el cumplimiento del deber y guardar silencio es la mejor respuesta a la calumnia.” Aunque el silencio roa las tripas.

Bueno, pues guardar silencio antes que calumniar a los que calumnian. “No estimes jamás por conveniente a ti lo que alguna vez te obligará a traicionar la lealtad, a abandonar el pudor, a odiar a alguien, a sospechar, a maldecir, ser hipócrita, a desear algo que necesita paredes y cortinas.” Lo dijo Marco Aurelio. Pero algunos nunca leerán al viejo emperador, para quien era más importante vivir sin perseguir ni huir.