Hay situaciones extrañas en la vida de un persona, por lo inéditas hasta el momento en que suceden, por lo inesperadas, por no esperárselas de quien las causa, por el resquemor que producen una vez causadas. Una de esas situaciones vivo yo en este momento: cosas de la vida laboral de los españolitos. Es cierto que el momento es paradójico y entristecedor. Hubo días en que anduvo mejor el ánimo que en estos del año recién estrenado. Pero aún así me gustaría agradecer, a través de este Cuaderno, las muchas muestras de afecto y de cariño que estoy recibiendo, incluso de personas de las que no me esperaba esos gestos. Uno cuenta con su familia y con sus amigos, pero siente algo muy especial cuando por la calle lo para alguien que no es amigo (aunque se le tenga cariño) y le muestra su perplejidad y su apoyo. También por teléfono he recibido estas muestras de cariño. Sólo me resta reiterar mi agradecimiento. Todos los que son (ellos lo saben) pueden tener por cierto que no olvidaré este gesto.
jueves, 10 de enero de 2008
sábado, 5 de enero de 2008
CARTA DE REYES

Se anuncia en la sonrisa de los niños, que es un refugio contra el bombardeo cotidiano de mentiras a que nos someten los políticos: vienen ya los Reyes Magos. He cerrado los ojos: tenía una cita con el niño que fui, ese que hacía guardia con su hermano Juan para poder ver a los Reyes, como si la felicidad tuviera forma. Y he sentido una melancolía y –para escribir la carta de Reyes– me he asomado al balcón alto y limpio de la noche de enero, buscando una tinta de sueños para trazar palabras sobre el cielo estrellado. (En la escarcha relucen las estrellas más lejanas: como la esperanza, nos llenan de luz pero no es posible tocarlas con los dedos, ni contarlas, porque son infinitas: cada una de ellas custodia la sonrisa de un hombre bueno que se fue.) ¿Qué pedirle a los Reyes?... Sin duda, un riñón para Luis Ruiz, que ya sabe que la realidad son trozos de cristal que al final hay que pisar descalzo, como dice Fito, pero que sabe también que frente a las estúpidas burocracias queda siempre el rincón solitario de una esperanza que no se rinde: la lluvia en el desierto tarda... ¡pero debe ser tan hermosa cuando besa la arena reseca!...
...¿Qué pedirle a los Reyes?... ¿Y si fuera posible el pan caliente para los niños de todos los continentes? ¿Y borrar las fronteras y cerrar los parlamentos y los ministerios y las alcaldías y los ejércitos y las selecciones? ¿Y si fuera posible una fuente de agua limpia en cada plaza del mundo? ¿Y una estufa allí donde haga frío y una manta en cada cama? ¿Y una vacuna para cada enfermedad y una sonrisa para cada enfermo? ¿Y si no nos trajesen colonias, corbatas ni juguetes? ¿Y si al despertar la mañana del día 6 viésemos que está el mundo limpio, como si Dios – arrepentido– hubiera pasado la bayeta sobre las manchas que dejó en la creación, como si nuestros ojos miopes volvieran a ser los de aquel niño cuyo cuerpo hace mucho que guardamos en los armarios de la memoria?...
Es difícil ser adulto: cuando se es niño o adolescente o joven –¡no sigamos robándoles las vidas con estúpidas leyes y pedagogías!– la vida tira los caramelos a manos llenas, en permanente cabalgata de ilusiones. Entonces uno se acuesta sabiendo que los zapatos estarán llenos, cada mañana, de vivencias y oportunidades y de ilusiones. Hoy, en la víspera de cumplir años, miramos hacia atrás con nostalgia: en la zozobra del vivir hemos descubierto que cada vez que plantamos una ilusión nos crecen los hijos de puta, que son una especie inextinguible. Y nos sentimos cercados e impotentes, derrotados. Pero no hay que rendirse: que traigan los Reyes fuerzas para oponer una ilusión a los verdugos de la esperanza. No hay que rendirse: miremos de frente, para que sigan brotando flores en nuestras pupilas. Y hay que atar lazos para no perder lo que amamos: ojalá pudiéramos sostener entre las manos la esperanza que tiembla y es un copo de nieve abandonado, la luz incierta de una vela, las cartillas de párvulos, nuestras primeras lágrimas, nuestra primera risa.
...¿Qué pedirle a los Reyes?... ¿Y si fuera posible el pan caliente para los niños de todos los continentes? ¿Y borrar las fronteras y cerrar los parlamentos y los ministerios y las alcaldías y los ejércitos y las selecciones? ¿Y si fuera posible una fuente de agua limpia en cada plaza del mundo? ¿Y una estufa allí donde haga frío y una manta en cada cama? ¿Y una vacuna para cada enfermedad y una sonrisa para cada enfermo? ¿Y si no nos trajesen colonias, corbatas ni juguetes? ¿Y si al despertar la mañana del día 6 viésemos que está el mundo limpio, como si Dios – arrepentido– hubiera pasado la bayeta sobre las manchas que dejó en la creación, como si nuestros ojos miopes volvieran a ser los de aquel niño cuyo cuerpo hace mucho que guardamos en los armarios de la memoria?...
Es difícil ser adulto: cuando se es niño o adolescente o joven –¡no sigamos robándoles las vidas con estúpidas leyes y pedagogías!– la vida tira los caramelos a manos llenas, en permanente cabalgata de ilusiones. Entonces uno se acuesta sabiendo que los zapatos estarán llenos, cada mañana, de vivencias y oportunidades y de ilusiones. Hoy, en la víspera de cumplir años, miramos hacia atrás con nostalgia: en la zozobra del vivir hemos descubierto que cada vez que plantamos una ilusión nos crecen los hijos de puta, que son una especie inextinguible. Y nos sentimos cercados e impotentes, derrotados. Pero no hay que rendirse: que traigan los Reyes fuerzas para oponer una ilusión a los verdugos de la esperanza. No hay que rendirse: miremos de frente, para que sigan brotando flores en nuestras pupilas. Y hay que atar lazos para no perder lo que amamos: ojalá pudiéramos sostener entre las manos la esperanza que tiembla y es un copo de nieve abandonado, la luz incierta de una vela, las cartillas de párvulos, nuestras primeras lágrimas, nuestra primera risa.
(Publicado en Diario IDEAL el 3 de enero de 2008)
miércoles, 2 de enero de 2008
AÑO NUEVO

Cuando llegó la Navidad, felicité a través de este cuaderno a todas las personas que quería, a todos los que se habían acercado alguna vez aquí a leer algo. Vaya, nuevamente, esa felicitación: ahora, para el año nuevo. Pero que nadie que no sea amigo ni persona por mí tenida en aprecio, se sienta felicitada, no sea que algunos que andan por ahí sueltos se crean que también a ellos les deseo felicidad.
El año ha empezado con la sangre un poco hervida. Pero será cuestión de ponerse a mirar de frente al futuro, que es la vida, y comenzar a vivir con los que queremos y nos quieren. El resto, ya lo sabemos, son polvo que pasa, personajes que un día puede hacernos daño: pero estamos obligados a no dejar que nos ganen la partida de la vida los que viven con la sangre agriada y con el sentido del respeto y de la dignidad averiado.
A María Luisa, a mis padres y hermanos, a mis amigos, a los que sinceramente admiran este cuaderno, a mis compañeros de trabajo, a los cofrades de la Sentencia con los que este año me tocará compartir experiencia nueva... a todos, de corazón, FELIZ AÑO 2008. El resto... que se jodan.
Salud y paz a todas las personas de buena voluntad, que, pese a algunos, siguen siendo muchas.
El año ha empezado con la sangre un poco hervida. Pero será cuestión de ponerse a mirar de frente al futuro, que es la vida, y comenzar a vivir con los que queremos y nos quieren. El resto, ya lo sabemos, son polvo que pasa, personajes que un día puede hacernos daño: pero estamos obligados a no dejar que nos ganen la partida de la vida los que viven con la sangre agriada y con el sentido del respeto y de la dignidad averiado.
A María Luisa, a mis padres y hermanos, a mis amigos, a los que sinceramente admiran este cuaderno, a mis compañeros de trabajo, a los cofrades de la Sentencia con los que este año me tocará compartir experiencia nueva... a todos, de corazón, FELIZ AÑO 2008. El resto... que se jodan.
Salud y paz a todas las personas de buena voluntad, que, pese a algunos, siguen siendo muchas.
lunes, 31 de diciembre de 2007
UN AÑO QUE SE VA

Pues se cumplen ya las horas del año en que nació este Cuaderno. Poco hay que decir en estas horas en que gusta despedirse de todo lo que un año trae: de lo malo, para que no vuelva a repetirse (aún cuando sabemos que lo malo es persistente y tenaz), pero también de lo bueno, con la esperanza de que vuelva a venir, cuando esta medianoche crucemos la esquina del tiempo, con fuerzas renovadas y nuevos ímpetus. Seguro que así seguirá este Cuaderno el año que viene. Y desde luego, seguirá agradecido a todos los que me han dado ánimos y me han brindado elogios por lo aquí escrito. A todos, un abrazo muy fuerte en estas horas emocionadas del adiós. A todos, el deseo más sincero de que seáis felices: intentadlo al menos. Merece la pena vivir la vida, que es corta y muy hermosa, como estas horas raudas.
ELOGIO DEL CAVA
¿Qué es el cava? Alguien responderá que un vino chispeante que se bebe en Navidad y en las bodas. Pero no, no es eso… o no es solamente eso: yo descubrí el cava –la honda significación del cava– en Cubellas (Barcelona). Era un sábado de agosto y con nubes marinas. Era una vieja taberna adornada de barriles desde los que directamente te servían el cava, acompañado de berberechos. (Donde en Andalucía se sirve cerveza o en Burgos vermut, en los pueblecitos de Cataluña –ese país entre las sierras y la mar– sirven cava.) Hasta entonces, el cava no había sido para mí más que un acompañamiento –exquisito acompañamiento– para los postres. Algo fugitivo, fugaz, de lo que se disfruta unas pocas veces al año. Y sin embargo aquel mediodía descubrí que el cava es más, mucho más.
Primero, el cava es algo que supera las burbujas y el frío que elevan su oración cuando la copa se llena: el cava no es la fiesta ocasional, porque no es de lo que acaba sino de lo que queda. Por eso no es el fuego de artificio de la botella al descorcharse: el cava es la uva que mama tierra y frío y los amasa en su interior, en hermandad de plenitudes; el cava es la tramontana de marzo y el calor de julio, la lluvia mansa y la botella verde. Y luego, el cava es un silencio que reposa en el roble –la tierra oscura que a lo oscuro vuelve–, donde la uva se hace llama y claridad para, ya al final y como en milagro bíblico, hacer que surja el oro. Porque pocos líquidos pueden evocar con la fuerza del cava la brillante mineralidad del oro.
Pero el cava –proyecto de tierra convertido en sol– es también la imagen de lo que somos. O de lo que soñamos ser, que la vida es una reconstrucción de los futuros que nunca viviremos. Porque el cava anuncia las espumas del mar. Y los atardeceres de verano sobre las mieses recogidas. O la risa del niño. O –ya vacía la copa sobre los manteles arrugados– la desolación del viejo en la feria acabada de la vida. Hay quienes dicen que leen el futuro en los posos del café. Nunca me he creído esas tonterías, pero soy creyente de la hondura poética que en el cava se guarda. Tal vez esto sea otra idiotez, un invento paranoico de poeta fracasado. Pudiera ser: pero nadie podrá convencerme de que no puede leerse la vida en cada copa de cava, que no se parece a la que antes bebimos y que será distinta a la que bebamos después. Y la vida es eso, una sucesión de diferencias.
Fuera de Cataluña no nos acercamos al cava con la asiduidad que debiéramos. Y eso empequeñece los horizontes de nuestra felicidad y de nuestras añoranzas. Ahora, la Navidad vuelve a brindarnos la oportunidad de llenar la copa y vaciar la risa y contagiar la charla. Y mirando el cava en la copa –reposado y frío– sabremos que lo nuestro es pasar. Como pasa la efervescencia de este vino exquisito y elegante que nos hace más felices: no porque se suba a la cabeza, sino porque llena el corazón. Si es que no nació del mismo corazón mineral del que descienden los átomos en los que somos vivos.
Primero, el cava es algo que supera las burbujas y el frío que elevan su oración cuando la copa se llena: el cava no es la fiesta ocasional, porque no es de lo que acaba sino de lo que queda. Por eso no es el fuego de artificio de la botella al descorcharse: el cava es la uva que mama tierra y frío y los amasa en su interior, en hermandad de plenitudes; el cava es la tramontana de marzo y el calor de julio, la lluvia mansa y la botella verde. Y luego, el cava es un silencio que reposa en el roble –la tierra oscura que a lo oscuro vuelve–, donde la uva se hace llama y claridad para, ya al final y como en milagro bíblico, hacer que surja el oro. Porque pocos líquidos pueden evocar con la fuerza del cava la brillante mineralidad del oro.
Pero el cava –proyecto de tierra convertido en sol– es también la imagen de lo que somos. O de lo que soñamos ser, que la vida es una reconstrucción de los futuros que nunca viviremos. Porque el cava anuncia las espumas del mar. Y los atardeceres de verano sobre las mieses recogidas. O la risa del niño. O –ya vacía la copa sobre los manteles arrugados– la desolación del viejo en la feria acabada de la vida. Hay quienes dicen que leen el futuro en los posos del café. Nunca me he creído esas tonterías, pero soy creyente de la hondura poética que en el cava se guarda. Tal vez esto sea otra idiotez, un invento paranoico de poeta fracasado. Pudiera ser: pero nadie podrá convencerme de que no puede leerse la vida en cada copa de cava, que no se parece a la que antes bebimos y que será distinta a la que bebamos después. Y la vida es eso, una sucesión de diferencias.
Fuera de Cataluña no nos acercamos al cava con la asiduidad que debiéramos. Y eso empequeñece los horizontes de nuestra felicidad y de nuestras añoranzas. Ahora, la Navidad vuelve a brindarnos la oportunidad de llenar la copa y vaciar la risa y contagiar la charla. Y mirando el cava en la copa –reposado y frío– sabremos que lo nuestro es pasar. Como pasa la efervescencia de este vino exquisito y elegante que nos hace más felices: no porque se suba a la cabeza, sino porque llena el corazón. Si es que no nació del mismo corazón mineral del que descienden los átomos en los que somos vivos.
(Publicado en Diario IDEAL el 27 de diciembre de 2007)
miércoles, 26 de diciembre de 2007
LA PUERTA DEL PARAÍSO
–Hallazgo bibliográfico al modo de Borges–

Por privilegio de la amistad que compartimos con el archivero de Úbeda hemos podido consultar los documentos que aparecieron, recientemente, en una chimenea tabicada del Palacio de las Cadenas. Entre ellos, hemos encontrado una joya bibliográfica: un pequeño libro, de apenas un centenar de páginas, en el que se describe nuestra ciudad tal y como era allá por los albores del siglo XVIII. Está escrito por Egbert La Rivière, militar francés, de Alsacia y de madre alemana, que debió llegar a Úbeda con alguna brigada francesa del ejército leal a Felipe V. Fue editado en 1719 en la famosa librería fundada en 1530 por Reich Schmelke y estaba situada en una de las casas aledañas a la sinagoga Maisel, de Praga. En ella se editaron durante siglos –hasta su destrucción por los nazis– algunos de los libros más fascinantes de la historia de la literatura europea, muchos de ellos olvidados hoy, injustamente.
Desconocemos la relación que La Rivière pudo tener con la comunidad judía de Praga, pero, por los datos que hemos podido recopilar, nos parece que tuvo acceso a los archivos sefardíes que el rabino Löw se trajo de su viaje a Polonia en 1550. En cualquier caso es innegable el valor de la obra del capitán francés, pues es de las pocas que nos describen una Úbeda aún intacta. Por ejemplo, los apuntes que realiza sobre la colegiata de Santa María son valiosísimos, aunque muchos nos tememos que tras la destrucción del templo en 1986, a manos de Isicio Ruiz Albusac, La Riviére tendría hoy que plegarse a la evidencia de que nada queda del templo que el conoció. Sí podría reconocer la capilla de El Salvador, que por suerte no ha sufrido la destrucción de la historia o la indiferencia de los hombres con la misma intensidad que el resto de los grandes edificios de Úbeda.
Por las notas aparecidas en su libro sabemos que en ella encontró lo que lo impulsó a viajar a España: creo que su alistamiento en el ejército borbónico estuvo guiado por el sólo interés de visitar el mayor número posible de ciudades españolas, especialmente andaluzas, para encontrar esa joya que describían los archivos sefardíes de Praga. Concretamente en el rollo núm. XXVIII del gran rabino de Bohemia Isaac Bouganim se describía la salida, en agosto de 1492, de la comunidad judía de una ciudad española, sin determinar el nombre para proteger a los que allí se habían quedado amparados en secreto por una importante familia. Según cuenta el militar alsaciano, aquellos sabios judíos le enseñaron a un maestro cantero el secreto de la interpretación de la simbología clásica y las claves para construir una puerta de igual hechura a la que Jehová levantó cuando expulsó a Adán y Eva del Paraíso. Y aquella puerta se había construido en la iglesia de un lugar apartado y sin que nadie, salvo el arquitecto amigo de los hebreos y la propia comunidad judía, conociesen la milagrosa simbología de la obra.
Suponemos que un aventurero como La Rivière vio en la guerra de Sucesión una oportunidad extraordinaria para poder recorrer España buscando esa puerta misteriosa. Desanimado ya y pensando que se había dejado embaucar por patrañas de viejos rabinos judíos, llegó a Úbeda la tarde del 6 de julio de 1707 como capitán del regimiento que trajo al Concejo las buenas noticias de la victoria de Almansa.
No queremos cansar más al lector con nuestras suposiciones sobre esta pequeña joya bibliográfica o sobre la biografía de su autor. Transcribimos uno de los capítulos de ese libro que La Rivière dedicó a El Salvador. Juzgue por él mismo la importancia de este libro el que esto leyere.
“Llegamos a Úbeda, una ciudad que antaño debió ser hermosa y próspera y que hoy está arruinada y con sus murallas y torres en lamentable estado, al atardecer del citado día. Entramos a la ciudad por una puerta que denominan del Losal y ascendiendo la pesada cuesta llegamos a un laberinto de callejones, entre los conventos de los dominicos y los carmelitas. Pasado el oratorio de San Juan de la Cruz encontramos una plazoleta presidida por la iglesia de Santo Tomás, junto a la que subsisten casas que fueron de la comunidad judía de Úbeda. Y fue en ese momento cuando pensé que podía haber llegado, por fin, a la meta de mi viaje.
Con este convencimiento entré a la dicha iglesia, pero no encontré en sus tres naves ni en sus portadas ningún elemento que pudiera parecerse a una puerta del Paraíso. Abatido, continué por la calle en la que se sitúa el fabuloso palacio que levantara el secretario de Carlos I. Y junto a él encontré la explicación a todas mis hipótesis y agradecí el tesoro conservado por el rabino Bouganim y pude deleitarme con la puerta misma con que Dios delimitó las fronteras del Paraíso tras el pecado de nuestros padres primeros.
Y es que el palacio del secretario imperial se sitúa entre la iglesia de Santo Tomás, en que antaño se enterraron sus familiares, y la capilla de El Salvador del Mundo, que mandó construir para su propio enterramiento y que fue construida por Andrés de Vandelvira, nos dijeron, allá por los 1500. ¿No podía la familia de los Cobos haber protegido una pequeña comunidad judía, poseedora de sabidurías antiguas, para construir un templo en el que Dios fuese alabado con todos los elementos del mundo antiguo, de las mitologías griegas y romanas y con el discurso de la historia judía? ¿No podría el arquitecto mimado por esta poderosa familia haber escuchado la leyenda hebrea, haber leído sus pergaminos escondidos y haber comprendido el misterio de la luz, que es la verdadera representación de Dios?
El caso es que entré a la dicha capilla de El Salvador por su sacristía, pieza digna de todo elogio en que las columnas han sido sustituidas por airosas figuras y que, toda ella, parece flotar como por ensalmo en un aire que predispone a la oración. Y fue, sí, al salir de esa sacristía cuando se produjo el milagro. Me pasó desapercibida al principio, pues sale uno de la sacristía y se queda extasiado ante el cofre dorado que el secretario del césar Carlos mandó construir para reposo de sus huesos: toda la capilla flota en un torrente de luz, que es de serenidad, y la cúpula se eleva, hermosísima, sobre el grandioso retablo de la Transfiguración. Y luego la reja, que separa el corazón íntimo de la capilla de la parte reservada al pueblo, y los arcos valientes que levantan las bóvedas... Pueden estar seguros los que lean esto que les resultará difícil encontrar en lugar alguno del mundo templo tan hermoso como este, hecho, según reza su reja de forja, sólo para el honor y la gloria de Dios. (Aunque presupongo yo que también tuvo algo que ver la vanidad de don Francisco de los Cobos, el fundador de tamaña obra.) El caso es que embelasado en las mil maravillas que guardaba la capilla (un San Juan niño, de Miguel Ángel, la música del órgano y un coro de niños llenando la iglesia de una música delgada, delicada), tardé en levantar la cabeza para mirar... ¡Sí!: la mismísima puerta del Paraíso, la más bella y original construcción que nunca ha hecho un ser humano. ¡Estaba allí, escondida, en un rincón, en una posición imposible, como si quisiéramos torcer los huesos de la rodilla para poder tocarnos la cabeza con los pies! ¡Y yo, que había recorrido media España buscándola, no la había visto a la primera! ¡Estúpido!
Ahora estoy seguro: la puerta de la sacristía de El Salvador de Úbeda es la puerta que los judíos enseñaron a Vandelvira a realizar según las trazas divinas, de acuerdo con los planos trazados en el desierto por Moisés: que la puerta tuerza el gesto para que sea difícil entrar por ella, porque no será fácil el camino de la gloria; que la luz y la magnificencia cieguen a los ciegos, incapaces de apreciar el rincón escondido y apartado por el que se llega a la hermosura en estado puro. Eso es lo que aquella puerta parecía decirme, eso era lo que había estado buscando durante tantos años, en tantas ciudades, en tantas batallas. Y estaba allí, esculpida en piedra roja, ganando al espacio el espacio imposible de un rincón, coronada por la Madre amorosa: la puerta más hermosa que nunca ideara mente humana, si es que realmente no fue idea por la mente de Dios y trazada sobre los pergaminos de los peregrinos por todos los patriarcas.
Tras aquella visión, me pareció vana toda pretensión de la capilla, sus portadas maravillosas en que la piedra ha sido tallada hasta en las puntas de su alma, agotando sus formas. Y me pareció vano el paseo grande que se abre frente a la portada principal del Salvador, una plaza grande y destartalada, vigilada por la torre oriental –como de catedral bizantina– de El Salvador, un paseo de árboles polvorientos y atardeceres lánguidos jalonado de palacios, con la colegiata mudéjar al fondo. Pero todo era vano, porque dentro de la capilla estaba la puerta del Paraíso: tal vez algún día descifren los hombres el mensaje de tanta piedra hecha alma, de tanto hierro hecho oro, de tanta madera convertida en calor de Dios. A mi me bastó, aquel atardecer de julio, con la contemplación de aquella puerta.”
Desconocemos la relación que La Rivière pudo tener con la comunidad judía de Praga, pero, por los datos que hemos podido recopilar, nos parece que tuvo acceso a los archivos sefardíes que el rabino Löw se trajo de su viaje a Polonia en 1550. En cualquier caso es innegable el valor de la obra del capitán francés, pues es de las pocas que nos describen una Úbeda aún intacta. Por ejemplo, los apuntes que realiza sobre la colegiata de Santa María son valiosísimos, aunque muchos nos tememos que tras la destrucción del templo en 1986, a manos de Isicio Ruiz Albusac, La Riviére tendría hoy que plegarse a la evidencia de que nada queda del templo que el conoció. Sí podría reconocer la capilla de El Salvador, que por suerte no ha sufrido la destrucción de la historia o la indiferencia de los hombres con la misma intensidad que el resto de los grandes edificios de Úbeda.
Por las notas aparecidas en su libro sabemos que en ella encontró lo que lo impulsó a viajar a España: creo que su alistamiento en el ejército borbónico estuvo guiado por el sólo interés de visitar el mayor número posible de ciudades españolas, especialmente andaluzas, para encontrar esa joya que describían los archivos sefardíes de Praga. Concretamente en el rollo núm. XXVIII del gran rabino de Bohemia Isaac Bouganim se describía la salida, en agosto de 1492, de la comunidad judía de una ciudad española, sin determinar el nombre para proteger a los que allí se habían quedado amparados en secreto por una importante familia. Según cuenta el militar alsaciano, aquellos sabios judíos le enseñaron a un maestro cantero el secreto de la interpretación de la simbología clásica y las claves para construir una puerta de igual hechura a la que Jehová levantó cuando expulsó a Adán y Eva del Paraíso. Y aquella puerta se había construido en la iglesia de un lugar apartado y sin que nadie, salvo el arquitecto amigo de los hebreos y la propia comunidad judía, conociesen la milagrosa simbología de la obra.
Suponemos que un aventurero como La Rivière vio en la guerra de Sucesión una oportunidad extraordinaria para poder recorrer España buscando esa puerta misteriosa. Desanimado ya y pensando que se había dejado embaucar por patrañas de viejos rabinos judíos, llegó a Úbeda la tarde del 6 de julio de 1707 como capitán del regimiento que trajo al Concejo las buenas noticias de la victoria de Almansa.
No queremos cansar más al lector con nuestras suposiciones sobre esta pequeña joya bibliográfica o sobre la biografía de su autor. Transcribimos uno de los capítulos de ese libro que La Rivière dedicó a El Salvador. Juzgue por él mismo la importancia de este libro el que esto leyere.
“Llegamos a Úbeda, una ciudad que antaño debió ser hermosa y próspera y que hoy está arruinada y con sus murallas y torres en lamentable estado, al atardecer del citado día. Entramos a la ciudad por una puerta que denominan del Losal y ascendiendo la pesada cuesta llegamos a un laberinto de callejones, entre los conventos de los dominicos y los carmelitas. Pasado el oratorio de San Juan de la Cruz encontramos una plazoleta presidida por la iglesia de Santo Tomás, junto a la que subsisten casas que fueron de la comunidad judía de Úbeda. Y fue en ese momento cuando pensé que podía haber llegado, por fin, a la meta de mi viaje.
Con este convencimiento entré a la dicha iglesia, pero no encontré en sus tres naves ni en sus portadas ningún elemento que pudiera parecerse a una puerta del Paraíso. Abatido, continué por la calle en la que se sitúa el fabuloso palacio que levantara el secretario de Carlos I. Y junto a él encontré la explicación a todas mis hipótesis y agradecí el tesoro conservado por el rabino Bouganim y pude deleitarme con la puerta misma con que Dios delimitó las fronteras del Paraíso tras el pecado de nuestros padres primeros.
Y es que el palacio del secretario imperial se sitúa entre la iglesia de Santo Tomás, en que antaño se enterraron sus familiares, y la capilla de El Salvador del Mundo, que mandó construir para su propio enterramiento y que fue construida por Andrés de Vandelvira, nos dijeron, allá por los 1500. ¿No podía la familia de los Cobos haber protegido una pequeña comunidad judía, poseedora de sabidurías antiguas, para construir un templo en el que Dios fuese alabado con todos los elementos del mundo antiguo, de las mitologías griegas y romanas y con el discurso de la historia judía? ¿No podría el arquitecto mimado por esta poderosa familia haber escuchado la leyenda hebrea, haber leído sus pergaminos escondidos y haber comprendido el misterio de la luz, que es la verdadera representación de Dios?
El caso es que entré a la dicha capilla de El Salvador por su sacristía, pieza digna de todo elogio en que las columnas han sido sustituidas por airosas figuras y que, toda ella, parece flotar como por ensalmo en un aire que predispone a la oración. Y fue, sí, al salir de esa sacristía cuando se produjo el milagro. Me pasó desapercibida al principio, pues sale uno de la sacristía y se queda extasiado ante el cofre dorado que el secretario del césar Carlos mandó construir para reposo de sus huesos: toda la capilla flota en un torrente de luz, que es de serenidad, y la cúpula se eleva, hermosísima, sobre el grandioso retablo de la Transfiguración. Y luego la reja, que separa el corazón íntimo de la capilla de la parte reservada al pueblo, y los arcos valientes que levantan las bóvedas... Pueden estar seguros los que lean esto que les resultará difícil encontrar en lugar alguno del mundo templo tan hermoso como este, hecho, según reza su reja de forja, sólo para el honor y la gloria de Dios. (Aunque presupongo yo que también tuvo algo que ver la vanidad de don Francisco de los Cobos, el fundador de tamaña obra.) El caso es que embelasado en las mil maravillas que guardaba la capilla (un San Juan niño, de Miguel Ángel, la música del órgano y un coro de niños llenando la iglesia de una música delgada, delicada), tardé en levantar la cabeza para mirar... ¡Sí!: la mismísima puerta del Paraíso, la más bella y original construcción que nunca ha hecho un ser humano. ¡Estaba allí, escondida, en un rincón, en una posición imposible, como si quisiéramos torcer los huesos de la rodilla para poder tocarnos la cabeza con los pies! ¡Y yo, que había recorrido media España buscándola, no la había visto a la primera! ¡Estúpido!
Ahora estoy seguro: la puerta de la sacristía de El Salvador de Úbeda es la puerta que los judíos enseñaron a Vandelvira a realizar según las trazas divinas, de acuerdo con los planos trazados en el desierto por Moisés: que la puerta tuerza el gesto para que sea difícil entrar por ella, porque no será fácil el camino de la gloria; que la luz y la magnificencia cieguen a los ciegos, incapaces de apreciar el rincón escondido y apartado por el que se llega a la hermosura en estado puro. Eso es lo que aquella puerta parecía decirme, eso era lo que había estado buscando durante tantos años, en tantas ciudades, en tantas batallas. Y estaba allí, esculpida en piedra roja, ganando al espacio el espacio imposible de un rincón, coronada por la Madre amorosa: la puerta más hermosa que nunca ideara mente humana, si es que realmente no fue idea por la mente de Dios y trazada sobre los pergaminos de los peregrinos por todos los patriarcas.
Tras aquella visión, me pareció vana toda pretensión de la capilla, sus portadas maravillosas en que la piedra ha sido tallada hasta en las puntas de su alma, agotando sus formas. Y me pareció vano el paseo grande que se abre frente a la portada principal del Salvador, una plaza grande y destartalada, vigilada por la torre oriental –como de catedral bizantina– de El Salvador, un paseo de árboles polvorientos y atardeceres lánguidos jalonado de palacios, con la colegiata mudéjar al fondo. Pero todo era vano, porque dentro de la capilla estaba la puerta del Paraíso: tal vez algún día descifren los hombres el mensaje de tanta piedra hecha alma, de tanto hierro hecho oro, de tanta madera convertida en calor de Dios. A mi me bastó, aquel atardecer de julio, con la contemplación de aquella puerta.”
(Publicado en Diario IDEAL el 20 de diciembre de 2007)
lunes, 24 de diciembre de 2007
LA TARDE DE NOCHEBUENA

A María Luisa, a mis padres y mis hermanos, a mis amigos (Alfonso y María del Mar, Pepe y Rocío, Paco y Mariem, Ramón -FELIZ CUMPLEAÑOS- y Mercedes, Pepe y Fernan, Javi y Pilar, Alberto -sin él no sería posible la aventura de escribir en IDEAL- y Susana, Juan y Luci, Pepe y Maria, Manolo y Mariló, Lázaro y Cati, Diego, Luis, Andrés y todos los Fuentes, Luis Carlos, Cristóbal y Jose, Leo y Tere, Nani y Pablo...), a todas las personas que quiero y que me quieren, con todo el corazón, en esta tarde que antecede a la Noche de Dios, FELIZ NAVIDAD, con el deseo de que pueda ser posible un mundo hecho para el Amor que nacerá esta Nochebuena.
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Puede que mi generación –los nacidos en los 70– haya sido la última en disfrutar de la autenticidad de las celebraciones. Lo pensaba la otra tarde, paseando, mientras veía como colgaban las luces de Navidad. ¡La Navidad en pleno mes de noviembre!
Las luces que se cuelgan para lucir dos o tres semanas antes de la Nochebuena, los mantecados en los supermercados desde el día de Todos los Santos, los anuncios de juguetes o de adornos navideños en pleno otoño, con los escaparates vestidos ya para las fiestas de Nochevieja... ¿No les cansa esto? ¿No se sienten empachados cuando llega la Navidad? ¿No desean que pasen cuanto antes esos días artificiosos y americanizados? Me va pasando lo mismo con la Semana Santa: bandas que ensayan todo el año –cada vez va siendo más fácil comprender las quejas de los vecinos–, infinitos actos cofrades desde dos meses antes... Todo se adelanta, todo se agranda, todo se alarga... nada llega ya en su fecha porque puede que ya no queden fechas para nada. Y esto satura, cansa, harta, hastía...
Los de mi generación fuimos los últimos en sentir la llegada de la Navidad con la fiesta en el colegio el 22 de diciembre, con las voces de los niños de San Ildefonso, con su retahíla de pesetas y números. Entonces, esa mañana tan especial en las aulas, sabíamos que llegaban unos días sencillos, mágicos... Pero entonces las Navidades comenzaban dos días antes de la Nochebuena, no pasado el día del Pilar. Con la Semana Santa ocurría igual: la Cuaresma tenía el poder mágico de hacernos revivir mientras oíamos las bandas ensayar en las noches oscuras de marzo y la ciudad, al llegar el Viernes de Dolores, se precipitaba en un torbellino de emociones que sólo se desplegaban con las palmas del Domingo de Ramos. Ahora, cuando los cohetes anuncian la fiesta del Borriquillo... ¡estamos ya tan hartos de cornetas y timbales y procesiones menores como de mazapanes y panderetas el 22 de diciembre!
* * *
A lo mejor me voy haciendo mayor y pienso que en esto de las celebraciones cualquier tiempo pasado sí fue mejor. Puede que la edad –y sus nostalgias– nos haga pensar que sólo la Navidad de nuestra infancia es verdaderamente navideña. Pero me resisto a abandonar la idea de que, más allá de añoranzas y recuerdos lacrimógenos, hay algo objetivo en este pensamiento mío. Cuando yo era niño tal vez no hubiera platos tan sofisticados –canapés, patés de lujo, algas liofilizadas o huevo hilado– en nuestras mesas ni trajes tan pomposos para los brillantes cotillones ni tantos regalos en la mañana de Reyes: pero todo tenía el sello de lo auténtico, de lo que por escaso se disfruta con todo el corazón. Fuimos niños de una generación que no careció de nada, pero que por no tenerlo todo sabía disfrutar lo que tenía.
Ahora nos preguntamos por qué nuestros adolescentes o nuestros niños están hartos de todo y son incapaces de apreciar el valor de nada. ¿Nunca hemos pensado que los tenemos hartos, atiborrados y que uno no disfruta de las cosas si carecen del valor de lo extraordinario? Los hemos idiotizado, comprándolos con mil artilugios, negándoles el derecho de aprender que la vida es algo precioso porque se fundamenta en la difícil consecución de la felicidad, ese don escurridizo en cuya búsqueda hay aciertos y fallos: los hemos hecho infelices porque los hemos atiborrado de miles de sucedáneos de la felicidad y les hemos robado la posibilidad de equivocarse.
La Navidad pierde su magia porque ya no dura un par de semanas sino tres meses. Y tres meses adobados con toda clase de artificios inútiles, fatuos, vanos. Cada vez menos sencilla, más artificial, más televisiva, más lejana, más comercial, más glamourosa, se ha convertido en algo inútil para llenar los corazones. Soy incapaz de descifrar el enigma del corazón de nuestros niños y no puedo alcanzar a averiguar si dentro de unos años, cuando sean adultos, sentirán nostalgia de las Navidades de su niñez. No sé si sus experiencias de hoy son de las que dejan huella convirtiéndose en vivencias o –simplemente– saturan y pasan, como el bombardeo publicitario de luces, lentejuelas y vajillas de lujo. Me temo que será esto último: lo efímero es el sello del capitalismo postmoderno, su actualización de la sentencia latina: consumamos y gastemos, que mañana moriremos.
* * *
La tarde de Nochebuena me gusta sentarme solo, en el brasero, cerrar los ojos mientras escucho algunas arias de ópera –Dios habla en la música delgada de la ópera– y recordar... recordar aquella tarde que fuimos mi hermano Juanito y yo a la cocina de la casa grande y mi abuela Juana nos dio el viejo belén de mi padre y mis tíos, guardado en cajas redondas de sombreros... recordar la emoción de sacar aquellas figuras de barro cocido, las casas de papel ya casi rotas, las casas de corcho, el matarife sin brazos, los Reyes a caballo, la cuna de madera del Niño Jesús, el arrugado cielo de papel seda... recordar las tardes que íbamos a San Bartolomé con mi padre a por musgo y maderas de olivo para hacer las montañas, la Nochebuena fría en casa de mis abuelos mientras mataban el cordero que luego asaban en las ascuas, la misa del Gallo con mi hermano Jose Miguel, la Nochevieja en que mis primos mayores se disfrazaban y bajaban a despertar a la abuela y las titas casi al amanecer, la madrugada de Reyes en que mis primas acudían a despertarnos para ver los camiones grandes con los que jugábamos encima de la cama de mis padres...
Que aborrezca la Navidad de ahora no hace que se me borren aquellos recuerdos. Vienen cada tarde del 24 de diciembre, como el canto triste que dice que “la Nochebuena se viene / la Nochebuena se va / y nosotros nos iremos / y no volveremos más”. Esa Navidad pasada, sencilla y sin lujos –y tal vez por eso capaz de clavarse en el fondo del aliento que somos– es la única que me sigue llenando, que vuelve para hacer recuento de los que se fueron, para hacernos ver que nosotros nos iremos y serán otros los que nos recuenten, que la Navidad es sobre todo nostalgia y que carece de sentido si no emociona y viaja al hondón de alma en que guardamos lo más precioso que somos. Algunos de los recuerdos más felices de mi vida están ligados a la Navidad; y me resisto a que me los roben los estúpidos anuncios de una marca de cava, el debate imbécil sobre si la lotería de Navidad debe anunciarla un calvo o un melenudo o los trajes de raso con que nuestras adolescentes se visten en Nochevieja como viejas momificadas para hablar en los cotillones sobre las expulsiones de Gran Hermano... Por eso revivo los recuerdos cada Nochebuena en el silencio de la tarde gris, cuando el sol cae en los horizontes perdidos y todos los siglos –los tiempos enteros– vienen hasta los latidos del corazón y los acompasan con el ritmo lento que tienen las cosas ciertas y perdurables.
Siempre he pensado que las cosas tienen sentido si llegan cuando les corresponden: la Navidad en Navidad, la Semana Santa en Semana Santa, el calor en verano, la nieve en enero, la Feria por San Miguel...
...Llueve mientras escribo esto. Las calles, el ambiente, la televisión, anuncian la Navidad. Dicen que ya se huele la Navidad, que ya es Navidad... los estadounidenses la han inaugurado oficialmente con el Día de Acción de Gracias. Pero yo he cerrado mis sentidos a esta Navidad y los guardo celosamente para que el próximo 24 de diciembre me devuelvan las emociones de la infancia, el temblor antiguo que esta fecha concita: nosotros nos iremos y no volveremos más. El 24 de diciembre volveré a sentir que me iré para no volver y que entonces se habrán perdido esos recuerdos, esa luz que viene a contarme su historia vieja de sonrisas y serrín.
Las luces que se cuelgan para lucir dos o tres semanas antes de la Nochebuena, los mantecados en los supermercados desde el día de Todos los Santos, los anuncios de juguetes o de adornos navideños en pleno otoño, con los escaparates vestidos ya para las fiestas de Nochevieja... ¿No les cansa esto? ¿No se sienten empachados cuando llega la Navidad? ¿No desean que pasen cuanto antes esos días artificiosos y americanizados? Me va pasando lo mismo con la Semana Santa: bandas que ensayan todo el año –cada vez va siendo más fácil comprender las quejas de los vecinos–, infinitos actos cofrades desde dos meses antes... Todo se adelanta, todo se agranda, todo se alarga... nada llega ya en su fecha porque puede que ya no queden fechas para nada. Y esto satura, cansa, harta, hastía...
Los de mi generación fuimos los últimos en sentir la llegada de la Navidad con la fiesta en el colegio el 22 de diciembre, con las voces de los niños de San Ildefonso, con su retahíla de pesetas y números. Entonces, esa mañana tan especial en las aulas, sabíamos que llegaban unos días sencillos, mágicos... Pero entonces las Navidades comenzaban dos días antes de la Nochebuena, no pasado el día del Pilar. Con la Semana Santa ocurría igual: la Cuaresma tenía el poder mágico de hacernos revivir mientras oíamos las bandas ensayar en las noches oscuras de marzo y la ciudad, al llegar el Viernes de Dolores, se precipitaba en un torbellino de emociones que sólo se desplegaban con las palmas del Domingo de Ramos. Ahora, cuando los cohetes anuncian la fiesta del Borriquillo... ¡estamos ya tan hartos de cornetas y timbales y procesiones menores como de mazapanes y panderetas el 22 de diciembre!
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A lo mejor me voy haciendo mayor y pienso que en esto de las celebraciones cualquier tiempo pasado sí fue mejor. Puede que la edad –y sus nostalgias– nos haga pensar que sólo la Navidad de nuestra infancia es verdaderamente navideña. Pero me resisto a abandonar la idea de que, más allá de añoranzas y recuerdos lacrimógenos, hay algo objetivo en este pensamiento mío. Cuando yo era niño tal vez no hubiera platos tan sofisticados –canapés, patés de lujo, algas liofilizadas o huevo hilado– en nuestras mesas ni trajes tan pomposos para los brillantes cotillones ni tantos regalos en la mañana de Reyes: pero todo tenía el sello de lo auténtico, de lo que por escaso se disfruta con todo el corazón. Fuimos niños de una generación que no careció de nada, pero que por no tenerlo todo sabía disfrutar lo que tenía.
Ahora nos preguntamos por qué nuestros adolescentes o nuestros niños están hartos de todo y son incapaces de apreciar el valor de nada. ¿Nunca hemos pensado que los tenemos hartos, atiborrados y que uno no disfruta de las cosas si carecen del valor de lo extraordinario? Los hemos idiotizado, comprándolos con mil artilugios, negándoles el derecho de aprender que la vida es algo precioso porque se fundamenta en la difícil consecución de la felicidad, ese don escurridizo en cuya búsqueda hay aciertos y fallos: los hemos hecho infelices porque los hemos atiborrado de miles de sucedáneos de la felicidad y les hemos robado la posibilidad de equivocarse.
La Navidad pierde su magia porque ya no dura un par de semanas sino tres meses. Y tres meses adobados con toda clase de artificios inútiles, fatuos, vanos. Cada vez menos sencilla, más artificial, más televisiva, más lejana, más comercial, más glamourosa, se ha convertido en algo inútil para llenar los corazones. Soy incapaz de descifrar el enigma del corazón de nuestros niños y no puedo alcanzar a averiguar si dentro de unos años, cuando sean adultos, sentirán nostalgia de las Navidades de su niñez. No sé si sus experiencias de hoy son de las que dejan huella convirtiéndose en vivencias o –simplemente– saturan y pasan, como el bombardeo publicitario de luces, lentejuelas y vajillas de lujo. Me temo que será esto último: lo efímero es el sello del capitalismo postmoderno, su actualización de la sentencia latina: consumamos y gastemos, que mañana moriremos.
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La tarde de Nochebuena me gusta sentarme solo, en el brasero, cerrar los ojos mientras escucho algunas arias de ópera –Dios habla en la música delgada de la ópera– y recordar... recordar aquella tarde que fuimos mi hermano Juanito y yo a la cocina de la casa grande y mi abuela Juana nos dio el viejo belén de mi padre y mis tíos, guardado en cajas redondas de sombreros... recordar la emoción de sacar aquellas figuras de barro cocido, las casas de papel ya casi rotas, las casas de corcho, el matarife sin brazos, los Reyes a caballo, la cuna de madera del Niño Jesús, el arrugado cielo de papel seda... recordar las tardes que íbamos a San Bartolomé con mi padre a por musgo y maderas de olivo para hacer las montañas, la Nochebuena fría en casa de mis abuelos mientras mataban el cordero que luego asaban en las ascuas, la misa del Gallo con mi hermano Jose Miguel, la Nochevieja en que mis primos mayores se disfrazaban y bajaban a despertar a la abuela y las titas casi al amanecer, la madrugada de Reyes en que mis primas acudían a despertarnos para ver los camiones grandes con los que jugábamos encima de la cama de mis padres...
Que aborrezca la Navidad de ahora no hace que se me borren aquellos recuerdos. Vienen cada tarde del 24 de diciembre, como el canto triste que dice que “la Nochebuena se viene / la Nochebuena se va / y nosotros nos iremos / y no volveremos más”. Esa Navidad pasada, sencilla y sin lujos –y tal vez por eso capaz de clavarse en el fondo del aliento que somos– es la única que me sigue llenando, que vuelve para hacer recuento de los que se fueron, para hacernos ver que nosotros nos iremos y serán otros los que nos recuenten, que la Navidad es sobre todo nostalgia y que carece de sentido si no emociona y viaja al hondón de alma en que guardamos lo más precioso que somos. Algunos de los recuerdos más felices de mi vida están ligados a la Navidad; y me resisto a que me los roben los estúpidos anuncios de una marca de cava, el debate imbécil sobre si la lotería de Navidad debe anunciarla un calvo o un melenudo o los trajes de raso con que nuestras adolescentes se visten en Nochevieja como viejas momificadas para hablar en los cotillones sobre las expulsiones de Gran Hermano... Por eso revivo los recuerdos cada Nochebuena en el silencio de la tarde gris, cuando el sol cae en los horizontes perdidos y todos los siglos –los tiempos enteros– vienen hasta los latidos del corazón y los acompasan con el ritmo lento que tienen las cosas ciertas y perdurables.
Siempre he pensado que las cosas tienen sentido si llegan cuando les corresponden: la Navidad en Navidad, la Semana Santa en Semana Santa, el calor en verano, la nieve en enero, la Feria por San Miguel...
...Llueve mientras escribo esto. Las calles, el ambiente, la televisión, anuncian la Navidad. Dicen que ya se huele la Navidad, que ya es Navidad... los estadounidenses la han inaugurado oficialmente con el Día de Acción de Gracias. Pero yo he cerrado mis sentidos a esta Navidad y los guardo celosamente para que el próximo 24 de diciembre me devuelvan las emociones de la infancia, el temblor antiguo que esta fecha concita: nosotros nos iremos y no volveremos más. El 24 de diciembre volveré a sentir que me iré para no volver y que entonces se habrán perdido esos recuerdos, esa luz que viene a contarme su historia vieja de sonrisas y serrín.
(Publicado en IBIUT, año XXVII, núm. 153)
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