martes, 26 de octubre de 2010

TONY JUDT




Tony Judt es uno de los intelectuales más sólidos y respetados de los últimos años. Aquejado por una terrible enfermedad, murió el pasado agosto no sin antes haber dictado un testamento político llamado a convertirse en manifiesto de cabecera de todos aquellos que seguimos pensando que son posibles –y necesarias, y útiles, siquiera para evitar volver al caos y las tragedias anteriores a 1945– la justicia social, la igualdad de oportunidades y la provisión de servicios públicos de calidad. Algo va mal es un ensayo breve, que habla de los grandes logros conseguidos por las sociedades europeas desde el final de la II Guerra Mundial y lo resume en un frase del poco sospechoso Ralf Dahrendorf, que afirmó que el consenso socialdemócrata significó «el mayor progreso que la historia ha visto hasta el momento», porque permitió tener oportunidades vitales a un número de personas desconocido hasta la fecha.

Este libro tiene muchos matices y en él late una humanísima y sincera indignación ante la disgregación y la desestabilización provocadas por la revolución conservadora de los últimos treinta años. Sin duda, lo que nos lo hace más cercano, más próximo, es ese tono personal de Judt, que pone delante de nuestros ojos el desguace intencionado de todo aquello que garantizó durante décadas que no se repetirían los errores de 1914 y 1939, provocados por las inmensas desigualdades de clase, por el resentimiento de los deliberadamente excluidos de lo básico, por la ambición de los poderosos y por su ceguera, por el hecho de que quienes vivían en el desamparo y la soledad social se echaron en los brazos de aquellos que propugnaron la rabia y la fuerza. ¿No está pasando ahora lo mismo? ¿No nos damos cuenta de que no es gratuito que el crecimiento de la derecha fascista por toda Europa coincida con la poda del Estado del Bienestar revestida de objetividad científica? La creciente ansiedad y confusión que generan los cambios en apariencia ingobernables que vivimos, producen temor y como cada vez tenemos menos protección del Estado, el miedo sólo encuentra consuelo en quienes abogan la violencia: «Cuanto más expuesta esté la sociedad, más débil sea el Estado y más fe injustificada se ponga en el mercado, mayor será la probabilidad de un retroceso político», dice Judt. Abandonados a nuestra suerte –se cuestionan nuestras pensiones, nuestro derecho a la protección por desempleo y a un trabajo digno, la escuela de nuestros hijos, nuestros hospitales–, con un Estado asaltado por los poderosos que consideran legítimo que acuda al rescate de los bancos pero no que trabaje para reducir la desigualdad, y con el mercado convertido en principio científico situado por encima de la voluntad democrática, estamos ya en las puertas mismas de ese retroceso político. Nuestros hijos heredarán una Europa más injusta y más desigual que la nuestra –«la desigualdad es ineficaz», dice Judt, con absoluta razón–. Pero ¿les estamos dejando también –con nuestra resignación ante los ataques al Estado del Bienestar– una Europa menos democrática?

Tony Judt se conmueve ante el sufrimiento generado por la revolución conservadora. Aumenta la pobreza en nuestras sociedades, y al leer a Judt nos acordamos con dolor de todas esas familias que viven en el paro y que no pueden satisfacer las necesidades de sus hijos, que van a una escuela pública laminada y que ya no sirve para garantizar el ascenso social mediante la «meritocracia»... «Actualmente nos enorgullecemos de ser lo suficientemente duros como para infligir dolor a los otros», dice Judt consciente de que la gran tarea de la socialdemocracia es conservar todo lo construido para aliviar el sufrimiento de tantos, dar la batalla ideológica por lo público. ¿Cuánto hacen que no leían un pensador político tan intensamente humano, tan emocionadamente humano? El número de excluidos del bienestar es cada vez mayor, pero también tiene que preocuparnos el que nos hayan excluido del debate público, donde los principios científicos de la economía han secuestrado la voluntad ciudadana.

Pienso con miedo en el futuro mientras releo algunas ideas básicas de este hombre recto: todo cambio económico no es para mejor, tenemos que volver a aprender cómo criticar a quienes nos gobiernan, los ricos no quieren lo mismo que los pobres, los que viven de su trabajo no quieren lo mismo que los banqueros y los especuladores, hay que pensar de nuevo el Estado, hay que cuantificar el daño que les estamos causando a tantos ciudadanos a los que se humilla para que accedan a servicios públicos básicos como el desempleo... ¿Por qué nos cuesta tanto poner fin a la impostura conservadora? ¿Tan poco nos importa volver al caos y ver llorar, mañana, a nuestros hijos?

(IDEAL, 23 de octubre de 2010)

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