martes, 17 de abril de 2012

OBSCENIDAD





En esta fotografía (tomada en una cacería anterior de Juan Carlos de Borbón, en la que no se rompió ninguna cadera) hay algo que la convierte en obscena. No la cara de satisfacción y felicidad de los cazadores: es la postura del elefante abatido lo que convierte la foto en pornográfica. Porque el elefante no está tendido sobre el suelo, completamente vencido: al morir con la cabeza apoyada sobre el árbol, con la trompa sorprendida por la muerte en esa postura imposible, atrapada entre el tronco y el cráneo, el elefante transmite la imagen de la lucha, de la resistencia a la muerte, de la huída de quienes lo acosaban con los rifles y los gritos, la imagen del pavor y el miedo. Hay que imaginarse al elefante huyendo de sus cazadores, ya con el plomo dentro del cuerpo, y tropezando al llegar a las proximidades del árbol quizá como consecuencia de un nuevo disparo, dejándose caer contra el árbol por la pura inercia de la vida, para no doblar completamente las rodillas, para no entregarse del todo y definitivamente a la muerte. Hay que imaginarse los minutos de agonía en esa postura incómoda, sin poder mover la trompa, hay que imaginarse el postrero intento de levantarse que indican las patas delanteras y los ojos todavía abiertos. No, esta fotografía no muestra un cara a cara entre el cazador y la presa, al verla no podemos imaginarnos al rey delante del elefante que corre a su encuentro, levantando el rifle y apuntando certero al entrecejo para conseguir que el elefante caiga de una vez, a plomo. No, esta fotografía muestra el enfrentamiento desigual: sólo el cobarde puede sonreír delante de un animal que ha muerto así, sólo el obsceno puede creer que un cadáver congelado en esa postura es un trofeo.

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