miércoles, 25 de abril de 2012

DOCE AÑOS Y UN DÍA






Puede sonar a condena: doce años y un día. Pero tal y como andan las cosas, tener un trabajo en el que además se tienen derechos (todavía) y en el que se cobra a final de mes, no puede ser una condena sino una especie de bendición.

Doce años y un día es exactamente el tiempo que hace entre a formar parte de la plantilla del Ayuntamiento, como funcionario interino, de lo que sigo. Hace 4.383 días yo comenzaba a trabajar cargado de ilusiones y también de ideas y proyectos, que se han ido desvaneciendo como los azucarillos en el café amargo de las corporaciones. Tanto tiempo después, lo único que me queda es el sentido del deber para con los ciudadanos ubetenses, que es lo que me obliga a cumplir con mi obligación. Es fácil desencantarse en una administración así: por lo mismo, tan bien es fácil sentirse derrotado, íntimamente derrotado.

En este tiempo, día tras día, he aprendido que hay lugares en los que no se recompensa la iniciativa o el esfuerzo y mucho menos el trabajo medianamente bien hecho. Como el incentivo es nulo, también he aprendido la lección de que lo importante no es dar más de lo que se pide sino dar lo que se pide, guardando fuerzas y esfuerzos para otros ámbitos de la vida. Y sin embargo, no puedo dejar de envidiar a esos amigos que viven su trabajo con verdadera vocación, con pasión, que se sienten correspondidos y que por eso dan el ciento y el uno: doce años y un día después de aquel 24 de abril de 2000, tengo la desolada certeza de que a mí me habría gustado trabajar así, con esa entrega y con esa generosidad. Toparse con un muro cada vez que se intenta esto, al final quita las ganas y el ánimo y uno se conforma con lo que hay y con lo que se le pide y por lo que se le paga, aún al precio de sentir profundamente desaprovechadas sus aptitudes y sus capacidades.

Doce años y un día después mi trabajo no me ha servido para cobrar mucho más que entonces (a fecha de hoy, con un hijo, cobro menos cien euros netos más que hace doce años), ni para pasar a la historia de la humanidad como un brillante gestor cultural. Pero si no me ha dado satisfacciones profesionales por ese lado, que es el que no depende estrictamente de mí, sí me ha dado mi trabajo otras satisfacciones personales y también profesionales. Las personales las tengo claras: en estos doce años he hecho amigos grandes en el Ayuntamiento, y puedo contar a muchas personas que han trabajado y trabajan conmigo o en otros departamentos municipales, y a las que quiero profundamente. En lo profesional también tengo claras las satisfacciones.

Mi trabajo, a diferencia del de otros compañeros funcionarios, permite algunas satisfacciones personales: no es lo mismo trabajar permanentemente detrás de un montón de papelotes que salir a la calle para llevar la música y la celebración. Y por eso, uno siente que está haciendo algo importante para sus ciudadanos cuando en la tarde del 28 de septiembre se encienden las luces del Ferial y la gente tiene un espacio en el que puede olvidarse de las penas del día a día, uno siente que está haciendo algo importante para sus ciudadanos cuando los ve disfrazados por cientos en la cabalgata de Carnaval, uno siente que está haciendo algo importante por sus ciudadanos cuando en el teatro la gente se ríe o se emociona con lo que pasa sobre las tablas, uno siente que está haciendo algo importante por sus ciudadanos cuando en alguna plazoleta se monta una barra de chapa en la que tomarse unas cervezas con los amigos. Pero sobre todo, uno siente que su trabajo es importante y hace felices a muchas personas cuando contempla las caras de los niños al paso de los Gigantes y los Cabezudos y, sobre todo, durante la Cabalgata de Reyes Magos. Esos dos días, el 28 de septiembre y el 5 de enero de cada año, cuando el trabajo parece que va a romper los diques de la paciencia y la resistencia personal y cuando todo parece conjugarse para que las cosas no salgan bien, cuando las cabalgatas echan a andar con su pregón de felicidad destinado a los niños, esos dos días, tengo la certeza de que estos doce años y este día no han sido en vano y de que gracias a mi trabajo muchos niños han sido felices. Trabajar con esa certeza también me ha ayudado en estos doce años y este día a soportar las miserias, las trampas, las zancadillas de la administración y a tener la conciencia clara del deber.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muchos ayuntamientos querrían tener gente como tú en puestos como el que tú ocupas, y a ti te tienen absolutamente desaprovechado y apartado... si te consideramos un recurso municipal, es sorprendente la incapacidad de los políticos ubetenses para desaprovechar los recursos humanos municipales para conseguir un ayuntamiento mejor y así nos va como nos va.