viernes, 6 de julio de 2007

LO DE SIEMPRE, POR LOS DE SIEMPRE


Sé que al escribir esto, algunos –mayormente los que para todo se la cogen con el papel progre de fumar– me tacharan de racista. Pues vale: como nunca lo he sido, es algo que me importa poco. Sobre todo si quienes lo dicen son los que están acostumbrados a dar lecciones de tolerancia, respeto y no sé cuántas cosas más con tal de que no les toque a ellos el chollo de tener que convivir con algunos especímenes. Así que los que crean que denunciar los abusos cometidos continuadamente por determinadas personas es racismo, que cierren este cuaderno y se vayan a uno en el que hablen de Heidi o Pichí o Alicia en el país de las maravillas.

La semana pasada nos llegó la noticia de la paliza brutal que ocho o nueve sujetos le propinaron a un funcionario municipal durante las fiestas de Linares-Baeza, sin que nadie tuviera coraje para frenar el ataque.

Algunos amigos nos comentan que en el nuevo ambulatorio de Úbeda determinados sujetos han impuesto la ley de la selva, de tal manera que cuando alguien de los suyos llega a la consulta tiene que pasar a que lo vea el médico le toque o no le toque. Y la mayoría guarda silencio, acobardada, cohibida.

Nos comentan que las piscinas municipales de Úbeda van, igualmente, camino de convertirse en territorio comanche porque los mismos sujetos (en este caso los zangalitrones de esos sujetos que se llenan la boca hablando de respeto y tolerancia) campan a sus anchas. Nos dicen que la gente tiene miedo de dejar sus pertenencias debajo de la sombrilla mientras se baña, porque estos sujetos no dudan en robar cuanto pueden. No sería de extrañar que dentro de poco la gente deje de ir a la piscina si el precio a pagar es tener que “convivir” con estas personas, sin que nadie se atreva a ponerle remedio.

Y la guinda tuvo lugar anoche durante las Fiestas del Renacimiento. El mismo sujeto que en la Feria de la Tapa le propinó una paliza a un camarero que tuvo el inmenso gesto racista de negarse a ponerle una cerveza que no había pagado, anoche pateó al cofrade de unas de las barras del Paseo del Mercado, ayudado por otros compinches, ante la parálisis de todos los que asistieron al espectáculo y con la policía haciéndose la sueca unos metros más allá y acudiendo diligente, eso sí, una vez que el agresor y sus marginados amigos ya habían tomado las de villadiego.

Si unos cuantos, amparados en su manida situación de marginalidad, son capaces de imponer su ley y sus normas y la mayoría asiste impasible e indefensa a estas agresiones, es síntoma de que una sociedad está enferma. No hay derecho a que la gente normal y corriente no pueda estar tranquila en una piscina, un ambulatorio o tomándose una cerveza porque esta gentuza se considera con derecho a todo. No hay derecho a tener que soportar la cantinela de que determinadas minorías están marginadas cuando esa minoría no hace nada por integrarse: la integración es un proceso a dos bandas, pero es fundamental para integrarse que los desintegrados acepten las normas de convivencia que la mayoría respeta... e impone. Es lógico que la mayoría rechace tener que vivir conmigo si lo que yo pretendo es vivir en normas paralelas o imponerle mis normas en una desquiciante ley del embudo. Y que sepamos, al menos por ahora, si voy al ambulatorio espero mi turno y si se ha pasado me espero al final; si voy a una barra pago porque me den una copa y no pateo la cabeza del camarero si no quiere servírmela gratis; y si voy a la piscina municipal no le robo el móvil o la cartera o el bocadillo al de la sombrilla de al lado mientras se baña. Y desde luego, si hiciese todo eso y la mayoría, razonablemente, no quisiera convivir conmigo, lo que no se me ocurría es decir que estoy marginado y que no me quieren o que me discriminan porque soy de tal o cual raza. Y es que en todo esto resulta difícil entender porqué las normas que sirven para mí y para cualquier persona normal no sirven para los que, si siguen marginados, es porque se niegan a renunciar a la ley del embudo que practican desde que se aprendieron la cantinela de la marginación, renuncia que es la única condición para que puedan ser aceptados por la mayoría.

Convivencia, integración: sí, pero aceptando las normas y las leyes de la mayoría, SOMETIÉNDONOS todos a las mismas leyes, porque no hay otras válidas. Salvo que los marginados que viven felices en su marginación lo que busquen son situaciones límite como la de Linares Baeza, en la que sólo la intervención del Alcalde de la pedanía evitó un nuevo Martos o una nueva Mancha Real. No nos olvidemos que en el juego de la vida el papel más fácil es el de hacerse la víctima. Y que no se olviden los eternos marginados de que la paciencia de la gente normal también tiene límites ni las autoridades de que cuando se deja a la intemperie la protección de los ciudadanos, y la gente se siente indefensa un día tras otro, se acaba como en Villaconejos, donde las gentes decentes se vieron obligadas a amotinarse contra los delincuentes para poner fin al régimen de terror. Durante muchas veces la gente, que literalmente vive acobardada por los marginados, puede asistir impasible a palizas, abusos o robos. Pero llega una vez en que la llama prende en la masa y entonces la masa es incontrolable: mejor poner remedios antes de obligar a la gente a perderse en la masa encendida.

Por cierto y para terminar: es curioso como la gente comenta, al hilo de la propuesta del Presidente del Gobierno de darle 2.500 euros a todo el que traiga una criatura al mundo, que ese dinero va a hacer que paran como conejas las sujetas de estos sujetos. Apañaos vamos.

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