lunes, 6 de septiembre de 2010

«LA ESTACIÓN»




Los libros de los mejores escritores centroeuropeos anteriores a 1939 describen un mundo que todavía tenía mucho de mágico, de sorprendente, un espacio abigarrado de nacionalidades y lenguas y culturas heredero de los grandes imperios multinacionales. En las novelas que retratan la vida bulliciosa y problemática de esa vasta extensión de territorios, uno puede recorrer el mapa europeo desde el vagón de un tren, sentado en los bancos mientras ve pasar los paisajes y las ciudades como una letanía de lugares que evocan otras edades del hombre, más precarias pero más intensas: Praga, Bratislava, Salzburgo... A veces, siento una melancolía imposible de aquellos trenes que unían París y las provincias austrohúngaras, y me imagino sentado en el vagón-restaurante, con un café caliente y espeso entre los platos y las copas vacías, masticando galletas de vainilla y nueces mientras, simplemente, veo pasar el paisaje. Seguramente aquellos vagones, aquella posibilidad de viajar sin prisa y sin destino, aquella Europa, se han perdido para siempre. Porque ya no existen los trenes que hicieron posible esa realidad.

¿Para siempre...? No crean. Hay algunos lugares que con el tiempo alcanzarán la condición de míticos –literariamente míticos, si quiera a nivel personal– porque permiten que los enamorados de los tiempos que no vivimos recuperemos lo que nunca tuvimos. Uno de esos lugares es el restaurante «La Estación», en Úbeda.

Situado en lo alto del barrio de San Millán, uno se acerca a «La Estación» con la sensación de entrar, pongamos por caso, en la Gare d’Austerlitz, apretando el billete que tiene que llevarnos a los Cárpatos o las tierras de los magiares, sintiendo que bufan los cilindros de la locomotora... Dentro, y con esa capacidad para sumergirnos en un espacio singular que sólo tienen los sitios extraordinarios, nos espera un equipo de profesionales de primera categoría, capitaneados por «el Ché» y compuesto por camareros tan amables que no parecen españoles y por cocineros selectos y por una bodega pequeña y exquisita que engolfa el paladar con evocaciones de otras tierras –a cada trago del blanco espumoso sentimos que trabaja a pleno rendimiento la caja de fuegos, que la máquina del tiempo funciona, que otra época se ha apropiado de nosotros y que somos extranjeros de la nuestra–. Uno quisiera que esa recreación de un vagón de un tren de hace ochenta o cien años que es el restaurante, consumiera mapas y raíles, serpenteando por la costa o por entre valles de nombres impronunciables. Pero el tren no se mueve y nosotros viajamos con la imaginación mientras nos sirven una ensalada de bogavante de exquisita presentación y mejor sabor, o un pulpo frito que sólo puede catalogarse de sublime. Porque en «La Estación» provocan nuestro paladar para estimular en las zonas desconocidas y ancestrales de nuestra mente la impresión de que nos dirigimos a otros lugares, vestidos como un escritor de fama de principios del siglo XX. Esa impresión se acrecienta cuando probamos el primer bocado de ventresca de atún, que parece salida de un fogón veneciano y tiene color de atardecer sobre el Adriático. O cuando el chocolate caliente del postre reviste con añoranzas vienesas el fondo de nuestra garganta.

Fuera de «La Estación» permanece inalterado el arco mudéjar del Losal; no nos hemos movido de ese despeñadero milenario de Úbeda y sin embargo la aventura iniciada por «el Ché» nos ha permitido, por unas horas, sentirnos protagonistas de una novela escrita mientras el mundo todavía podía ser feliz.

(Publicado en IDEAL el 2 de septiembre de 2010)

2 comentarios:

ANTONIO Y ROSA V. dijo...

Entiendo y comparto perfectamente las sensaciones que transmites en esta entrada.
Por su comida y por su trato, para mi es el sitio donde sin dudar voy cuando quiero pasar un buen rato o tengo algo que celebrar.
Le he mandado el enlace de la entrada al Che, seguro que le encantará.
Saludos

Anónimo dijo...

"camareros tan amables que no parecen españoles" Ahí te has pasado tres pueblos. Soy camarero, español y amable. No sé cómo te consientes tan alto despropósito, Manuel.
Me llamo Felipe.