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martes, 29 de mayo de 2012

CARA DE NIÑO





Los datos de la Federación de Entidades de Atención y Educación a la Infancia y la Adolescencia (FEDAIA) para Cataluña, y los datos de UNICEF y de indicadores europeos como AROPE y EUROSTAT para el conjunto del país, sólo pueden provocar estupor, indignación, hastío, rabia... a poco que se conserve un mínimo de decencia y sensibilidad. Los datos son demoledores y expresan la realidad mucho mejor que cualquier juego de palabras. Pero lo peor es que esos datos, referidos al año 2010, tienen que haber empeorado en estos dos años de abundamiento de la depresión económica y de los recortes del Estado del Bienestar: UNICEF indica que los Presupuestos Generales del Estado de 2012 inciden en el recorte del gasto público relacionado con los niños que se viene produciendo desde mayo de 2010, lo que forzosamente tiene que traducirse en un deterioro mayor de la situación de la infancia.

Si se conserva algún resto de sensibilidad, digo, los datos ponen de punta el vello del alma. Según UNICEF, un 26,5% de los niños españoles vivía, en 2010, en situación de pobreza. Dos millones doscientos mil niños. Pero según el indicador AROPE la cifra habría ascendido en 2011 al 29,8%: casi dos millones y medio de niños. De 2008 a 2010 un 10% más de niños (205.000) pasaron a vivir por debajo del umbral de la pobreza. Y el número de menores que vivía en la pobreza extrema era del 13,7% (más de un millón cien mil niños), casi cinco puntos más que en 2008, una cifra escandalosa sólo superada por Bulgaria y Rumanía. La pobreza crónica infantil ha crecido seis puntos de 2007 a 2010, situándose hace dos años en el 16,7%. Las prestaciones por hijo a cargo sin discapacidad de la Seguridad Social, ligadas a rentas muy bajas, han pasado de 760.000 en 2007 a 1.029.000 en 2010, lo que indica, según UNICEF, la repercusión que la crisis económica está teniendo en las familias con niños y adolescentes. Y es que según la organización, el desempleo se ha cebado especialmente en familias jóvenes con hijos pequeños: según EUROSTAT el número de hogares con niños con todos los adultos en paro era, en 2010, de 714.000, y el colchón que en un primer momento pudieron suponer los subsidios de desempleo estaría agotándose en muchos casos. Pero también la disminución real de los salarios –imparable desde la entrada en el euro– habría incidido en el aumento de la pobreza infantil: un 15,4% de los hogares con niños en los que al menos trabaja un adulto, viviría en situación de pobreza. Sólo Grecia y Rumanía nos superan.

Los estremecedores datos de EUROSTAT para nuestro país completan el mapa de la injusta situación en que estamos permitiendo que vivan nuestros niños. Su sola enumeración revuelve las tripas. El 5,6% de los niños vive en situación de privación material severa. Un 8,3% de los niños vive en hogares con muy baja intensidad de trabajo. El 44,2% de las familias numerosas se encuentran en situación de pobreza relativa. El 41,2% de las familias con niños no pueden permitirse ni una semana de vacaciones al año. El 37,2% de los hogares con niños no pueden hacer frente a gastos imprevistos básicos como la compra de unas gafas para sus hijos. El 22,6% de los niños españoles viven en casas con goteras, humedades en paredes, suelos o cimientos, o podredumbre en suelos o marcos de ventanas o puertas.

En el caso de Cataluña, donde el gobierno de CiU ha extremado con furia de fanático los recortes practicados a nivel general por los gobiernos de Zapatero y Rajoy, la situación sería especialmente preocupante. Las entidades sociales avisan de que cada vez atienden a más niños que se van a la cama sin cenar o que no desayunan antes de ir al colegio (un 4% de los niños catalanes viviría en esta situación). ¿Cómo no ligar esto al ajuste presupuestario y a la política de recortes? Según UNICEF, el gobierno catalán redujo en 2011 en un 74,6% (un 74,6%, sí, han leído bien) el presupuesto que destinaba a las ayudas a familias con niños. Una situación que UNICEF denuncia se ha generalizado en el conjunto del Estado, reduciéndose las ayudas y becas relacionadas con estudios, libros de texto y servicio de comedor escolar para familias con pocos ingresos. El panorama de reducción de inversión pública en protección social, agotamiento de las prestaciones por desempleo y reducción de los salarios, se agrava, según UNICEF, con la imparable subida de los impuestos y el incremento de los precios de los productos básicos y de la energía. Esto hace, según FEDAIA, Cruz Roja y UNICEF, que muchos niños no dispongan de material escolar o de ropa adecuada a la época del año o a actividades como las deportivas, que no puedan participar en las actividades extraescolares o excursiones y que tengan una alimentación deficiente (el número de hogares catalanes que no pueden comer carne o pescado fresco se ha duplicado desde 2007). Una situación muy complicada y dolorosa que no afecta ya sólo a las clases que tradicionalmente venían siendo usuarias de los servicios de asistencia social: Cáritas y Cruz Roja dejan claro que cada vez acuden más familias de “clase media” a requerir sus ayudas y su asistencia.

Todo lo anterior tiene repercusiones en la felicidad de los niños. La angustiosa situación de miles y miles de familias, está provocando que padres e hijos desarrollen problemas de salud mental, y déficit en la integración y relación así como en el aprendizaje, y ello sin hablar del empeoramiento de las condiciones de alimentación o de vida del hogar. Las organizaciones humanitarias tienen claro que lo que pasa en las familias se filtra a los niños, que en muchas ocasiones pueden llegar a sentirse culpables de lo que ocurre en su hogar.

Pero no estamos condenados a convivir con esta situación moral insoportable: aún suponiendo que la política de ajuste fuese inevitable (que es mucho suponer), decidir dónde se recorta y dónde no o dónde se incrementa la recaudación, obedece a criterios estrictamente ideológicos. Paloma Escudero, representante de UNICEF en España, reclama al gobierno de la nación que incluya en su agenda política la protección de la infancia, que en España se ve abocada a una situación de completo desamparo: “Los costes de no actuar ahora, no sólo afectan a los niños y a las familias más vulnerables ahora, sino que comprometen el crecimiento de la sociedad a medio y largo plazo”. UNICEF, en un desesperado llamamiento ético, pide a los políticos, a los agentes privados y a la sociedad en su conjunto que tenga en cuenta el interés superior de los niños a la hora de tomar decisiones, pues hasta el momento los niños y niñas, que son los últimos responsables de la crisis, son los que “están sufriendo sus consecuencias de forma tan o más grave que otros colectivos o grupos sociales”. Y ello, con el agravante de que en la infancia la visibilidad del impacto de la política de recortes es menor porque carecen de capacidad para enfrentarse a ella y a sus consecuencias, alerta UNICEF.

Las decisiones políticas no son neutras: hasta el momento han afectado a los más débiles, a los más vulnerables. En los niños, dice UNICEF, repercuten las decisiones políticas que reducen el gasto público en ayudas a familias o en becas, e impactan sobre ellos “las decisiones generales en materias de impuestos o deuda pública, o las reducciones de presupuestos destinados a servicios sociales, educativos o de salud”. La conclusión de Paloma Escudero es clara, tajante: “Los niños están siendo enormemente castigados por la crisis”, y por ello, UNICEF pide que todos trabajemos en una recuperación económica “con rostro humano”.

Los niños son lo único realmente sagrado e intocable. Una sociedad que permite que sus hijos –a los que debería dedicar sus mejores esfuerzos– se hundan en el pozo de la exclusión, de la miseria, de la tristeza cotidiana, es una sociedad esencialmente indecente. No todo es economía ni política deshumanizadas, no todo son leyes ni necesidades históricas: la ética, la dignidad humana, también tienen que contar. Por eso, desde un punto de vista estrictamente ético, si sumamos los datos que retratan la situación en la que viven cientos de miles de niños españoles y nuestra aceptación resignada de las políticas que han dado lugar a esta situación, sólo se puede llegar a una conclusión: España es un país indecente. Porque en nuestro país cada año que pasa, con cada norma que se publica en el BOE, hay más niños pobres y los niños pobres lo son cada vez más. Después de tantos años instalados en el oropel y la pompa, en la ínfula de creernos un ejemplo para el mundo, las organizaciones dedicadas a proteger a la infancia nos han puesto delante del espejo. Y queramos o no hemos visto nuestro verdadero rostro: “La pobreza ya tiene, definitivamente, cara de niño”. La cara de los niños pobres es la cara de España.

(SISTEMA DIGITAL, 23 mayo 2012)

sábado, 19 de mayo de 2012

EMERGENCIA DEMOCRÁTICA





Ni esperaron a la segunda vuelta de las presidenciales francesas: nada más conocerse la victoria de Hollande en la primera vuelta y el ascenso fortísimo del Frente Nacional, los que hasta entonces habían formado la guardia pretoriana de Merkel, comenzaron a titubear y a sugerir la necesidad de pensar en un giro político para potenciar el crecimiento económico. Draghi, Monti y Barroso hablaron de la necesidad de variar, siquiera minimamente, el rumbo impuesto por Angela Merkel a la política y la economía de la Unión Europea, y sólo Rajoy permaneció fiel al dogma de la Canciller alemana. ¿Qué ha pesado más para que estos líderes máximos del pensamiento neoliberal y de la ortodoxia fiscal hayan abierto un ventanuco en la sólida prisión ideológica construida por Merkel? ¿La previsión de la victoria de los socialistas franceses, con un discurso menos heterodoxo de lo que piensa, o el vértigo producido por el ascenso de la ultraderecha? No creo que la victoria de Hollande explique por sí sola el cambio de discurso en los hasta ayer defensores del rigor presupuestario y los recortes sociales: Monti, Draghi o Barroso saben que Alemania y los “mercados” poseen las herramientas suficientes para mantener a Francia dentro del corsé diseñado por Merkel. Pero intuyo que los líderes europeos comienzan a sentir sino miedo sí preocupación.

Hasta hace unos meses los líderes de la derecha europea estaban convencidos de que las sociedades europeas iban a aceptar, pasivamente, la poda indiscriminada del Estado del Bienestar, acobardadas por el mensaje de que las únicas opciones eran los recortes de los derechos sociales y cívicos, la supeditación a los dictados de los inversores y el apoyo económico a los bancos, o el caos. Y de pronto los acontecimientos se precipitan y descubren que en los cimientos virtualmente sólidos de unas sociedades aparentemente resignadas, se han abierto grietas profundas porque el terreno se mueve. La deriva radical de Hungría, la inestabilidad política de Holanda, el auge de la ultraderecha en Francia y la presencia en las calles de Grecia de milicias abiertamente fascistas, uniformadas y violentas, han puesto sobre la mesa el profundo cansancio, el incontrolable malestar que la política de Angela Merkel ha generado en la base social y que encuentra sus manifestaciones más precisas y dolorosas en el aumento de los suicidios en Italia, en el aumento de la pobreza infantil en Cataluña o en la devastación social griega. Y salvo Merkel y Rajoy o Artur Mas, presas de su propio fanatismo ideológico, el resto de líderes de Europa comienzan a estar preocupados. Cualquier pequeño gesto puede provocar la explosión del polvorín en que ha convertido a Europa la política neoliberal: el suicidio de Dimitris Christoulas delante del Parlamento griego pudo provocar un terremoto social. Y es tal la incertidumbre del momento, que nadie sabe cómo van a funcionar las correas de transmisión del hartazgo, de la rabia y del malestar social y de qué modo puede traducirse en las calles de Madrid o Roma el sufrimiento de un jubilado o un niño de Atenas.

El 22 de abril Marine Le Pen se hizo con uno de cada cinco votos: uno de cada tres obreros, uno de cada cuatro artesanos y pequeños comerciantes y uno de cada cinco pequeños empresarios y funcionarios, votaron al Frente Nacional. La composicion del voto neofascista francés comienza a parecerse mucho al del partido nacionalsocialista alemán en las elecciones de septiembre 1930: es el voto de los que tienen miedo, de los desorientados, el voto de los que se sienten estafados y claman venganza buscando desesperadamente un chivo expiatorio contra el que descargar la ira provocada por su creciente precariedad. Más preocupante es la situación griega, donde Amanecer Dorado —partido claramente fascista— han irrumpido con fuerza en un Parlamento desgarrado por los extremismos. ¿Es este el peligro real que otean en el horizonte los hasta ayer mismo lacayos de Merkel?

Angela Merkel ha fagocitado las instituciones de la Unión Europea: nacida con para impedir otra guerra en Europa, lo que sólo sería posible con una Alemania europea, la Unión se encuentra con la Europa alemana irresponsablemente impuesta por Merkel. Es imposible encontrar en la historia política de la Europa de la postguerra mundial y en la historia del proyecto europeo, un dirigente político que le haya hecho tanto daño como Angela Merkel al ideal europeo y a la estabilidad de la democracia. Merkel y el rigor inquisitorial de su dogma ideológico han hecho que un número creciente de europeos conciba la Unión Europea como una amenaza para su bienestar. El Pacto Fiscal impuesto por la canciller, y sumisamente desarrollado por gobiernos de todos los colores, ha conseguido agrietar la cohesión y la paz social de muchos países, permitiendo que por las fisuras se cuelen en tromba las consignas de lo que, eufemísticamente, se llama “populismo”, como si ocultando el nombre del alacrán se conjurase el peligro real de su aguijón. Cada vez que se merma un derecho y se impone un recorte en el gasto social, cada vez que la política se somete al dictado de “los mercados”, se le abre una puerta a los neofascismos. Es comprensible que los ciudadanos se pregunten “para qué sirve” la democracia si al final las decisiones las toman otros y los gobernantes solamente ejecutan los planes que otros diseñan. Y es inevitable que la rabia y la desesperación se apoderen de los ciudadanos y que estos se entreguen al discurso del caos y la violencia política. Sólo los irresponsables podían pensar que el sufrimiento generado por la política neoliberal no iba a tener traducción política. Ya tenemos el mensaje que lanzan las sociedades sin esperanza. ¿Quién entiende la angustiosa radicalidad de ese mensaje? ¿Alguien cree que Merkel va a cambiar el rumbo de la nave? No lo hicieron nunca los fanáticos, que prefieren que el barco se hunda antes que abjurar de su verdad.

Sobre los hombros de Francois Hollande recae una responsabilidad realmente histórica, tal vez la mayor y más pesada que un líder europeo ha tenido en cincuenta años. Si Hollande no libera a la socialdemocracia del entreguismo que de la Tercera Vía; si Hollande no encuentra un camino y un discurso propios para la socialdemocracia europea, capaces de devolver la esperanza y el crecimiento a nuestras sociedades; en definitiva, si Hollande fracasa, miles y miles de ciudadanos europeos creerán que no hay alternativas al sufrimiento y abrazarán, como sucedió en los años 30 —en otra época de sufrimiento social inimaginable provocado por la depresión económica y la ceguera de los dirigentes— los extremos del espectro político.

La política de demolición del Estado del Bienestar nos ha instalado en la pura emergencia democrática. Ya no es el crecimiento lo que nos jugamos: es la propia democracia lo que está en juego. La responsabilidad histórica de Hollande, y con él de todos los progresistas de Europa, es encontrar remedio a los males causados por ese huracán llamado Merkel.

(SISTEMA DIGITAL, 17 de mayo de 2012)

martes, 20 de marzo de 2012

LA PURA VIDA





Hay «artistas» que irrumpen en la historia y ciegan —como la explosión de una estrella— a quienes contemplan sus obras. Suelen, estos artistas, ser considerados «genios», «hombres únicos» y en ellos, los palmeros del mundo del arte cifran el nacimiento o el fin de las eras artísticas. Pero estos artistas, que crean como en estado de arrebato epiléptico —febriles, convulsos, inagotables— pueden agotar: su «genialidad» es tan intensa que provoca cansancio en los ojos, el fulgor y el brillo de su obra es de tal calibre que no puede ocultar la tramoya que se esconde debajo de la obra, e incluso declara, impúdica, cuán desnuda quedaría la misma si se la privase de la prolija literatura que la rodea. Este arte —siempre bajo los focos y los flashes— está bien para los mercados y los marchantes. Pero, ¿qué provecho saca el espíritu de él?

Por suerte para el arte y por suerte para el espíritu están también los artistas que crean como quien anda un camino pedregoso, como en una búsqueda o como en una travesía siempre amenazada de naufragio, que crean buscando la fragilidad que alienta dentro y a la que hay que dar forma fuera. Pienso en Velázquez. Pienso en Vermeer. Pienso en Edwar Hopper. Pienso en Antonio López. Pienso en todos esos artistas que crean desde la paciencia y la rectificación, pienso en la laboriosa pintura que se demora durante años en la distancia que separa el pincel y el lienzo, suspendida en la duda de los artistas que no quieren venderse ni traicionarse. Pienso en la pintura que hace de la austeridad y la contención una marca, un estilo. Una proclama. Un manifiesto. Pienso, por supuesto, en Antonio Espadas.

La pintura de Antonio Espadas no es una pintura que deslumbre: los óleos o las acuarelas de Espadas no ciegan. Pero sus cuadros obligan a mirar: como no ciegan, no hay que cerrar o entornar los ojos; como no deslumbran, los ojos se mantienen siempre abiertos delante de ellos, expectantes, saboreando cada trazo, adentrándose en ese espacio eternizado por la mezcla del lienzo o el papel y el óleo o la acuarela, cada vez más apresados y cómodos en la celda de la belleza que Espadas ha elevado. «¿Qué pinta Antonio Espadas?», parecen preguntarse nuestros ojos mientras recorren sus cuadros. Pero... ¿Antonio Espadas pinta? Uno contempla sus acuarelas y sabe que sí, que pinta con absoluto magisterio, con esa pincelada airosa y grácil capaz de apresar la belleza del instante, el silencio del campo o de los rincones más recoletos de Úbeda, la íntima densidad de lo realmente hermoso, su eternidad determinante. Hay una acuarela del Arroyo de Santa María que no es en realidad una pintura, sino un tratado sobre el otoño o el mes de noviembre, lo mismo que hay una acuarela sobre la Plaza de San Pedro —con esa extraña elegancia francesa del palacio de los Orozco— que no es el retrato acuoso de un lugar sino un manifiesto de la primavera o una cantata sobre abril. Pero... ¿y en los óleos?, ¿qué pinta Antonio Espadas en sus óleos?

Ah, en los óleos Antonio Espadas no es un pintor, sino una especie de amante voraz que araña con la espátula la superficie virginal del lienzo para que de su fondo silente vayan surgiendo las formas, la geometría de las calles y las torres, el desordenado velamen de los árboles, de los olivos, la incisiva insinuación de la luz, el vaho de los colores. Es como si todo estuviese dentro de la tela y el pintor tuviera sólo que ir buscándolo, escarbando entre la trama de los hilos invisibles. Ese arte despacioso, laborioso, ese arte como descubrimiento y como oración, es un arte que abre una puerta y nos invita a entrar por ella. Los cuadros de Antonio Espadas tienen fondo y exudan abandono. Son cuadros que sugieren y susurran una soledad: las plazas están vacías y votivas, los olivares permanentemente silenciados; nunca hay personas que trasieguen por el cuadro, sólo las piedras y los guijarros, la hiedra y los árboles verdecidos, sólo el cielo ora gris y lluvioso ora jubiloso y azul, como de Domingo de Ramos...

¿Qué pinta Antonio Espadas? Antonio Espadas pinta lo que sólo los artistas verdaderos pueden pintar. El vacío. La soledad. El silencio. El susurro. La emoción. La luz. La plenitud. La desnudez de lo dolorosamente humano. La pura vida.

(ESPADAS SALIDO. EL ÓLEO Y LA ACUARELA EN MIS PAISAJES. Sala de Exposiciones “Pintor Elbo” del Hospital de Santiago. Del 15 de marzo al 8 de abril de 2012)

miércoles, 13 de mayo de 2009

A LA MANERA DEL OLIVO



El olivo está “triste, cansado, pensativo y viejo”, es un árbol sobrio que contagia su emoción contenida y gris a la tierra que habita y a los pueblos que lo adoran. El olivo carece de efusiones líricas –su flor, en mayo, es apenas visible– y el color de sus hojas tiene como todo un tiempo encima y es resumen de todas las edades: ¿al mirar los olivos sobre el campo de Jaén, en las campiñas de Córdoba y Sevilla, no parece que el paisaje ensaya un desengaño, como si estuviese el viejo árbol de los troncos retorcidos vuelto ya de todos los viajes? Los trigales son una niñez revoltosa del campo, y los naranjos una adolescencia, y los viñedos el pregón de la risa oscura en las noches de fiesta. Pero los olivares y olivares de las tierras altas de Andalucía han puesto los paisajes y a sus habitantes de color taciturno, sobrio, como el propio olivo, que no es pródigo en vanidades. El olivo ha marcado un carácter para muchos andaluces, porque se puede ser andaluz a la manera del olivo y del aceite, que es una manera triste pero densísima: se contiene lo de fuera para que crezca y arraigue lo de dentro, nada se derrama para que nada se pierda en la vorágine de los días que pasan porque todo debe estar atado en el tiempo que queda.

Es ese el milagro del olivo, que no anuncia su riqueza –su flor es tímida, el fruto oscuro y pequeño, sus hojas apagadas y el tronco está hecho de tierra reseca– para luego desbordarla con la lentitud de lo que resume en su interior toda la fuerza de la creación: ahí el aceite, brillante, dorado, hermosísimo, que se despereza en chorros tranquilos de arroyo sin prisas, de río que no tiene mares a los que llegar, el aceite como una fuente amarilla con la que se ungió el cadáver de Patroclo y el cuerpo mismo de Cristo, el aceite como venero pálido que alumbró las noches de los muchos inviernos y que se escurrió con mil sosiegos por sobre las frutas cortadas o entre las carnes que había que conservar, y en el aceite están las lluvias de la primavera y el sol de agosto y la brisa de octubre, y es el aceite un compendio de los siete días en los que Dios hablaba, aunque no sabemos ver ese milagro porque no miramos en la dirección de la profundidad. El olivo es triste y es profundo, pero es generoso, como las manos de nuestros abuelos –llenas de callos y durezas–, que abrieron la tierra y la regaron con sus lágrimas y sus hambres, que al olivo le dieron nombre de madre y lo llamaban “oliva”, que recogían aceitunas y apenas podían luego aliñar sus vidas con el aceite, pero todo esto ya lo dijo Miguel Hernández.

El olivo imprime un carácter. El aceite es el carácter del olivo. Y también el carácter de las naciones del Mediterráneo, que desde hace muchos tiempos han honrado con aceite a sus dioses y bendicen el óleo de tierra y sol para que con el aceite bendito cubra Dios la frente de los recién nacidos y los ojos cegados de los muertos. El aceite que nos recibe en la vida y nos despide en la muerte, que nos acompaña y nos enseña con su silencio voraz, el aceite que horada orillas en las almas de tantos andaluces hechos a imagen y semejanza de los olivares y que hermana pueblos y religiones, el aceite que es madre de todos los dioses y de las tribus y de los solitarios y que ya estaba en las bodegas de Argo cuando Jasón y los argonautas navegaron en la noche del temporal, que es nuestra noche.

…Al pie de las murallas derruidas se extiende un mar de olivos. En la mañana de mayo el olivar anuncia una marea de platas, una pálida y suave evocación de todas las vidas. Están las olivas enfrascadas en sus pensamientos, reflexionando sobre el aceite que bulle ya en las arrugas de sus troncos. Y se agitan sus ramas, como si quisiera un dios anidar entre aceitunas.

(Publicado en PERLAS DE ANDALUCÍA, Revista de Ganadería, Agricultura y Pesca en Andalucía. Distribuida el día 13 de mayo de 2009 con los diarios Ideal, La Voz, Sur y ABC-Sevilla).

lunes, 13 de abril de 2009

¿QUÉ IGLESIA?



Durante los primeros días del mes del pasado mes de diciembre los periódicos de todos los países despacharon una noticia que debería haberle puesto la piel de gallina a todos los cristianos: el Vaticano se opuso a que se despenalizase la homosexualidad en el mundo. Francia, en nombre los veinticinco países de la Unión Europea, había anunciado su intención de presentar en Naciones Unidas una propuesta para que se despenalice la homosexualidad en el conjunto de la comunidad internacional. Europa, que tanto debe al humanismo cristiano, volvía a dar un paso adelante en la defensa de los derechos y la dignidad del ser humano y pretendía evitar que siguiera teniendo respaldo legal –y aún moral– la situación terrible que los homosexuales padecen en decenas de países asiáticos, africanos y americanos, donde legalmente pueden ser detenidos, encarcelados, vejados y torturados y en ocho países islámicos, además, asesinados vía pena de muerte. Y al Vaticano esta iniciativa le pareció un error porque “una declaración política de ese tipo crearía nuevas e implacables discriminaciones”, según el cardenal Celestino Migliore, que es el representante de la Santa Sede ante las Naciones Unidas. ¡Implacables discriminaciones!: a mí, me parece que lo que es implacable es la persecución que miles de personas sufren en todo el mundo por su condición sexual, que no deja de ser algo que les atañe a ellos y solo a ellos y que nadie causa ningún mal. Pero el Vaticano ve este asunto de otra manera –¿por qué el Vaticano siempre ve de otra manera los asuntos que causan tanto sufrimiento en el mundo?–, que es más o menos la manera en que lo ve un país tan civilizado, democrático e inspirado en los valores del humanismo cristiano como es Irán.

Siempre he pensado que la verdad es la verdad la digan Agamenón o su porquero, eso es cierto. El Vaticano puede defender que la verdad es que la homosexualidad es un crimen terrible y que eso es así aunque para defenderlo haya que cargar con un compañero de viaje tan desagradable como Irán. Lo que ocurre es que a veces la verdad no es tan fiera como la pintan e incluso los que se dicen representantes de Dios en la tierra pueden tener averiado el conocimiento de la verdad. Porque, aún suponiendo que la homosexualidad fuese el execrable crimen, el terrible pecado que la Iglesia oficial nos quiere hacer creer, ¿no es mayor pecado el de omitir la defensa de esos seres humanos consintiendo tácitamente los padecimientos a que son sometidos en tantos lugares del mundo, precisamente en nombre de Dios, de cualquier dios? Desconozco si cuando la Iglesia toma posturas políticas como ésta –no nos engañemos más: a veces la Iglesia también juega a la política, lo hemos visto muchas veces en España y se oye todos los días en una radio– sus representantes hablan después de haber estado muchos días sin leer el Evangelio. Sea cómo sea me parece que a la Iglesia de hoy –a nuestra Iglesia: a nosotros mismos, los cofrades, que somos Iglesia– le falta la frescura, la ternura y la pasión amorosa que destila el mensaje de Jesús.

Pedro Casaldáliga avisa del riesgo que para la revitalización del mensaje de Jesús supone una “Iglesia clericalizada”, esto es, una Iglesia alejada de las pulsiones de la calle, del suelo, de la realidad de la gente de carne y hueso. En ocasiones como ésta de que venimos hablando la Iglesia parece demasiado alejada del mensaje de Jesús: ¿nos imaginamos a Jesús sentado entre su legión de marginados, de sufrientes, de presas del dolor y de la exclusión, y levantándose para expulsar del grupo a la prostituta, al homosexual, al “rojo”...? No, yo no puedo imaginarme a ese Cristo, porque el mensaje de Jesús –volvemos a Casaldáliga– no fue un mensaje neutro: el Evangelio toma partido y lo hace claramente por los que sufren cualquier sufrimiento, para ofrecerles la posibilidad de la redención en la caridad, en la fraternidad y la comunión del amor y de la entrega, en la alegría de un Dios al que le gustaba comer con sus amigos, y beber buen vino y gozar de los perfumes y la charla en las noches de primavera debajo de las parras fecundas de Galilea. José Antonio Pagola ha descrito a Jesús de manera hermosísima: “Judío de Galilea, vecino de Nazaret, buscador de Dios, profeta del Reino de Dios, poeta de la compasión, curador de la vida, defensor de los últimos, amigo de la mujer, maestro de vida, creador de un movimiento renovador, creyente fiel, conflictivo y peligroso, mártir del Reino de Dios, Resucitado por Dios”. En esos títulos se resume todo el mensaje de vitalidad cristiana, toda la fuerza de su apuesta por transformar la realidad de los hombres: el “amaos los unos a los otros” no es un mero postulado estético, es un llamamiento profundo a la transformación radical –esto es, de raíz– del que escucha la palabra de Jesús. Transformación para la acción: el amor cambia a los hombres para que generen más amor: “Donde no haya amor pon amor y encontrarás amor”, que dijo nuestro San Juan de la Cruz. Y atendiendo a San Pablo podemos encontrar que el empuje del amor según Cristo es mayor aún: “el Reino de Dios no consiste en palabras, sino en acción”, en la acción de amar, en el ejercicio de la poesía de la compasión.

¿Sirve hoy la Iglesia a este Reino de Dios? ¿Es la suya –nos referimos a la Iglesia oficial, “clericalizada”, no a la Iglesia que este invierno ha dado de comer al hambriento en el comedor de Cáritas– una acción al servicio del amor sin condiciones? La Iglesia da síntomas de agotamiento: le faltan ese compromiso con el dolor del mundo y esa alegría que exhala el Evangelio. Carece de esa fuerza poética de la compasión del Nazareno. Está anoréxica de capacidad de ponerse en el lugar de los que sufren y lloran y parece incapaz de aguantar en la vera del camino cuando oye acercarse los cascabeles que anuncian el paso de los leprosos del siglo XXI.

A mí, como creyente, me gustaría una Iglesia que convocara menos manifestaciones en defensa de la familia y que se dedicara más a defender a la familia; yo quisiera formar parte de una Iglesia que se preocupa menos por la entrepierna de las personas y más por su situación económica o social: una noche de campamento, en La Barrosa, le planteábamos a Manolo Molina –y él asentía– que la obsesiva preocupación de la Iglesia por el sexo aleja a los jóvenes y a la parte más viva de los creyentes de los templos, donde por cierto nunca se oye clamar contra los empresarios que pagan mil euros o que despiden a las empleadas cuando se quedan embarazadas, que eso sí sería defender a la familia.

Yo quisiera ser Iglesia de una Iglesia que escuchara al Cardenal Martini –¡cuántos Carlo María Martini hacen falta en la Iglesia!– cuando dice que las preocupaciones de la Iglesia tienen que ser las mismas preocupaciones que tienen los jóvenes y los hombres de aquí y ahora.

A mí me gustaría que mi Iglesia estuviera llena de vida y que los templos no fueran un lugar donde las viejecitas –más o menos aburridas– van a dormitar la tarde del domingo sino el espacio alegre de celebración de un mensaje que revoluciona con la alegría y para la fraternidad entre los hombres.

A mí me gustaría ser tocado por la fuerza misteriosa de una Iglesia que está presente allí donde hay un hombre que sufre, una mujer que llora, un preso torturado, un homosexual ahorcado, un niño violado o explotado, una Iglesia que en medio del dolor alza su voz y denuncia el crimen y dice basta y pide que no se penalice el sufrimiento ni la diferencia y que sabe ver en la multiplicidad de las personas la riqueza de los hijos de Dios.

Y yo quisiera ser parte de una Iglesia que escucha atentamente las palabras de André Compte-Sponville –filósofo y ateo– cuando dice que hay que luchar “contra los fanáticos y contra el oscurantismo”, miembro de una Iglesia que sea aliada “de todos los espíritus libres, abiertos y tolerantes, crean o no en Dios”: ¿qué hace la Iglesia de Francisco de Asís votando en la ONU al lado de Irán o de Yemen, por el amor de Dios?, ¿qué hace la Iglesia de Erasmo de Rotterdam tendiendo la mano a los lefebvrianos Abrahamowicz y Williamson, que bromean con las cámaras de gas del nazismo –“Sé que las cámaras de gas existieron para desinfectar, pero no sé decir si provocaron muertos o no”–, mientras persigue a los teólogos de la Liberación que se juegan la vida en las selvas de África o de Iberoamérica?

Y me gustaría ser un creyente al que dejasen coger –con amores de hijo dolorido– la mano de la Iglesia y, como a un niño al que se le enseña a andar, ayudarle a caminar más al lado de Maximiliano Kolbe, Juan XXIII, Ignacio Ellacuría, Antonio Gutiérrez “El Viejo” o Kike Figaredo y menos al lado de Kiko Argüello, Lefebvre o Escriba de Balaguer. Y enseñarle a pronunciar más palabras como amor, gracia, auxilio, esperanza, caridad, fe, compasión en el dolor y en la amargura y en la angustia y en la soledad, y paz, y menos palabras como exclusión, pecado o portazo.

Y a mí, para terminar, me gustaría ser parte de una Iglesia más humana y menos romana, que es menos italiana y menos europea y más universal para ser más católica, una Iglesia mestiza que no vuelve a hablar en latín porque quiere seguir hablando en las lenguas en las que la gente reza y pide pan y trabajo, una Iglesia que come el Pan y el Vino con la alegría de una misa bajo los pinos de La Barrosa, una Iglesia de las personas que abre las manos y acoge y que reza con el corazón limpio porque como dice Casaldáliga la verdadera revolución cristiana sólo se podrá hacer a fuerza de mucha oración.

(Publicado en GETHSEMANÍ, núm. 26, abril de 2009)

sábado, 4 de abril de 2009

LA TRANSFORMACIÓN PENDIENTE






La imagen es una de las más bellas y perdurables de la historia del cine, apocalíptica, desesperada: en un fotograma de llamas y humo aparece, casi de pronto, una multitud de niños y ancianos y mujeres que lloran mientras llevan a sus bebés en brazos y de hombres desarmados –solo un arma llevan: la cruz de caña que alzan hacia el cielo y bajo las balas–, una multitud con miedo encabezada por el padre Gabriel, que camina sereno vistiendo un alba blanquísima y una estola dorada sobre su hábito de jesuita. Abraza con sus manos crispadas la custodia de oro que guarda a Jesús Sacramentado, mira hacia el horizonte breve de los verdugos, rodeado de esa multitud indefensa que levanta una cruz contra el horizonte denso de la selva apretada y la iglesia de palmas que devora el fuego.

En el siguiente fotograma los soldados se colocan –con la certeza de la maniobra mil veces ensayada– frente a la multitud de los hijos de Dios y cargan sus fusiles y disparan. Caen los viejos, las mujeres que dejan rojos de sangre sus vestidos de lino blanco, mueren fusilados los niños. Y el padre Gabriel sigue caminando: en su rostro no hay odio, ni miedo, en sus ojos sólo se refleja una desolación infinita y un convencimiento definitivo de que la Iglesia de Cristo es esa que camina con los que nada tienen, entre los que todo lo van a perder, la que anda hacia la muerte con los que han sido condenados por los poderes del mundo y por la Iglesia de Roma a entregarlo gratuitamente todo, hasta la libertad, hasta la vida.

Y avanzan los fotogramas. Y los soldados desaparecen pero siguen las balas acabando con las vidas de los que sólo ponen como parapeto, como trinchera, la custodia en la que resplandece el Cuerpo de Cristo: son soldados católicos, sus reyes –que son los de España y Portugal– comulgan cada día y su acción militar viene bendecida por el cardenal Altamirano, comisionado del Vaticano para ver si es conveniente entregar a los indígenas a la tiranía de la esclavitud (al final el cardenal aprueba la tropelía: ¡es tan fácil confesarse de crímenes tan horribles como ésta cobardía!), pero ni siquiera los detiene la visión de Jesús y disparan contra el sacerdote que lleva como una bandera de paz el Cuerpo que fue entregado por la redención de los hombres. Y así, las balas de las tropas católicas, las balas de los soldados justificados por el príncipe de la Iglesia cobarde, rompen el pecho del padre Gabriel, que cae –desmadejado ya, muerto ya– sobre la custodia dorada. La multitud huye de las balas, con el deber sagrado de salvar a sus hijos, de no entregar sus vidas ni sus libertades ni sus esperanzas rotas a unos reyes viles, por muy bendecidos por óleos vaticanos que estos reyes estén. Y cargan los cuerpos ensangrentados. Y uno de los indios se agacha y saca la custodia de debajo del cuerpo del jesuita asesinado y la alza como un nuevo mensaje y continúa caminando, impasible ante las balas, con Cristo alzado mientras la misión de San Carlos es ya una pura herida de fuego y cenizas.

Los últimos minutos de "La Misión", la espléndida película de Roland Joffé, son de una tensión inolvidable, de un dramatismo cósmico. Pero también son un llamamiento a la reflexión de los creyentes, un aldabonazo en nuestras conciencias de hombres que se reclaman cristianos. En el padre Gabriel, interpretado por Jeremy Irons, y en la piedad con que abraza el Cuerpo de Cristo en medio del vendaval de balas y sangres y camina con Él hacia la muerte, consciente de la potencia de su gesto heroico, se resume toda una lección de cristianismo. Ese padre Gabriel, mártir, es la imagen viva de una Iglesia doliente y comprometida que camina en medio del caos y del presentimiento de la derrota inminente, consciente de que todo el universo bellísimo cantado por los oboes sobre los horizontes vaporosos de las cataratas y los árboles inmensos, se desmenuza cada segundo en un instante de horror. Y la Iglesia, en esa encrucijada, no retrocede: antes al contrario encabeza la marcha de los que van a perderlo todo no teniendo nada.

El padre Gabriel renuncia a defender la Misión de San Carlos con las armas, que sí empuñan sus compañeros jesuitas los padres Mendoza y Fielding, pero renuncia también a avenirse a las razones criminales con las que el cardenal Altamirano vende la vida de los indígenas al yugo y al látigo de las coronas europeas. En la figura de Gabriel se materializa una Iglesia que desde la paz se compromete con la vida: es la Iglesia de la alegría y la felicidad que rezuma en cada frase del Evangelio de Jesús.

¿Y nosotros, los cristianos no del siglo XVIII en las reducciones del Paraguay sino en la Úbeda del siglo XXI, con quién estamos? ¿Y nuestra Iglesia de hoy, con quién se identifica, con ese padre Gabriel y su mensaje y su ejemplo de amor o con el cardenal Altamirano y su concupiscencia con los poderosos y con sus crímenes? No sé, pero tengo la sensación que esta Iglesia rouca y valera –el calificativo, genial, es de Jesús Tíscar– está más con los poderosos que con los que tienen hambre y sed de justicia, más con el cálculo político de determinadas opciones partidistas que con los que lloran, más haciendo cuentas para no perder nunca en el tablero de la historia que con los misericordiosos o los limpios de corazón o con los perseguidos por defender la justicia.

El padre Gabriel nos dice que la Iglesia, para ganarlo todo, tiene antes que perderlo todo: es ese el ejemplo del Jesús Torturado, del Jesús Asesinado en una cruz, del Jesús Resucitado que ahora celebramos en el esplendor barroco de nuestras procesiones. Cristo lo entrega todo para ganarlo todo por nosotros, y lo entrega desde el lado de los que nada tienen, de los que todo lo pierden, de los despreciados: Jesús está con las prostitutas, con la mujer adúltera, con los cojos y los ciegos, con los leprosos, con los niños... A ellos les habla, a ellos les promete un mundo mejor, es a ellos a los que quiere liberar de sus opresiones y de sus dolores, con ellos come y bebe y se divierte, que sus palabras son las palabras no del que regaña sino del que festeja. El suyo es un mensaje de redención y de alegría, pero no de una redención y una alegrías diferidas a un futuro indefinido: Jesús –como acertadamente señala José Antonio Marina– no habla del Reino de los Cielos, sino del Reino de Dios, esto es: de un proyecto de humanidad nueva aquí, en este mundo, un proyecto de amor y de entrega para ahora, para ya. Lo ha dicho Pedro Casaldáliga: "el Reino (...) es desafío, conquista, práctica, respuesta nuestra". Y el obispo poeta ha señalado que "la bienaventuranza se realiza en los pobres", debiendo entender pobres por todos los excluidos de nuestra sociedad.

Ahí esta Jesús: lo lleva el padre Gabriel entre sus manos antes de caer asesinado por no dejarse sobornar por los poderosos de la tierra. A Cristo le pasó lo mismo: resucitó, pero antes tuvo que entregar su vida para demostrar que el suyo no es un mensaje para después de la muerte, para dejar claro que Él no vino a jugársela para que luego ajustemos cuentas con Dios. No se trata de eso, y Jesús lo dijo claro: por eso no invita a hacer el bien, ordena la práctica del bien –del amor– como cumplimiento del proyecto de Dios –"Amaos los unos a los otros"–, porque Dios se encarna en el bien, porque Dios, que es amor, es el bien y por eso el mensaje de Jesús no tiene que producir sólo "un cambio psicológico, ni moral, sino una transformación ontológica", según Marina. Esa transformación desde la raíz, ese estar al lado de los que padecen y sufren cualquier padecimiento y cualquier sufrimiento, es la transformación pendiente de la Iglesia, nuestra transformación pendiente. Ojalá que debajo de nuestras túnicas, en nuestra soledad de penitentes, supiésemos entender esa lección suprema del amor que lleva a un hombre recto a empuñar el Cuerpo de Jesús como única bandera de la dignidad y la decencia del ser humano que ama frente al horror de los políticos, los banqueros o los obispos que han olvidado el mensaje del Sermón de la Montaña, esa revolución de los limpios corazones.

(Publicado en COMPARTIR, núm. XV, abril de 2009)

jueves, 2 de abril de 2009

¿DIOS VIAJA EN AUTOBÚS?



"Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida". Ese es el lema que figura en los autobuses de Londres y ahora en algunos de Madrid y Barcelona, aquí en España. En nuestro país, como era de esperar, el sector de la jerarquía encabezado por el cardenal Rouco y Varela ha respondido virulentamente a una campaña que Juan José Millás ha calificado, con toda sensatez, como “en absoluto agresiva”. Y así, frente al poderoso y sugestivo –y respetuoso y absolutamente protegido por el derecho fundamental a la libertad de expresión– planteamiento realizado por los grupos de ateos y librepensadores la Conferencia Episcopal Española ha vuelto, en palabras de Tamayo, a dar “muestras de intolerancia para con los increyentes”. El todopoderoso arzobispo de Madrid ha llegado a decir que la campaña ataca los derechos fundamentales de los creyentes y hiere su sentimiento religioso cuando toman el autobús, y más aún que “pretende arrancar la fe del corazón de los hombres”, constituyendo todo eso un abuso en el ejercicio de la libertad religiosa al que deben poner freno las autoridades no cediendo espacios públicos para esa publicidad.

Ante tal reacción creo que desde la honestidad de determinados creyentes –entre los que me incluyo– sólo cabe la incredulidad. ¿De verdad esto lo dicen los mismos obispos que pusieron el grito en el cielo cuando el gobierno catalán insinuó la posibilidad de equiparar legalmente las procesiones católicas a las manifestaciones cívicas o sindicales, limitando la posibilidad de su celebración? ¿De verdad hay católicos que se consideran con un plus de legitimidad para ejercer sus derechos por el simple hecho de ser creyentes? ¿Es cierto –y por más que nos pellizquemos no despertaremos de esa pesadilla– que los obispos piensan que una pancarta en un autobús atenta contra nuestros derechos como cristianos? Este tema, especialmente, me parece muy peliagudo: Javier Marías dedica cada año un artículo a quejarse de las molestias –ruidos, cortes de tráfico, etc.– que le ocasionan las procesiones católicas que discurren en Semana Santa por el Madrid de los Austrias, en el que vive. Si la jerarquía católica piensa que una pancarta –silenciosa y pacífica, al fin y al cabo– hiere los sentimientos de los católicos y no sé cuántos desastres más, ¿no está legitimando a aquellos que se sienten ofendidos o simplemente molestados con nuestras procesiones para que pidan la limitación de las manifestaciones públicas de la fe católica? Determinados sectores católicos deben entender de una vez que la calle, en cuanto que espacio cívico, no es privativa de ningún colectivo, por muy mayoritario que éste sea, sino el lugar de encuentro y expresión de las distintas opiniones y sensibilidades, y que tanto derecho tengo yo a ir vestido de morado por las calles de Úbeda la mañana del Viernes Santo como un ateo a plasmar en un autobús su pensamiento. Y a mí, como creyente, me gusta vivir en un Estado que no tiene religión y que ampara y protege todas las opiniones y creencias que pacíficamente se expresan, aún cuando algunos –se ve que excesivamente puntillosos o susceptibles– se sientan ofendidos si pierden el control de lo público, que es lo de todos y no lo de unos pocos. Pero esto es asunto de otro artículo.

Yo ahora de lo que quiero hablar es del interrogante intelectual que plantea el lema del “probablemente Dios no existe.” Porque me parece que es algo que tiene que obligarnos a reflexionar a los creyentes: ¿qué imagen de Dios estamos “vendiendo” los cristianos para que una empresa de marketing pueda hacer un lema tan atrayente como ese que liga la imagen de Dios a una vida amargada de la que no se puede disfrutar? Me parece que la Iglesia de hoy –la Iglesia de hoy somos todos nosotros– sigue vendiendo en demasía la imagen de un Dios justiciero o algo así, que sólo se dedica a prohibir y sancionar y castigar. Tal vez la mejor respuesta a ese lema que liga el disfrute de la vida a la negación de la existencia de Dios sea volver a leer el Evangelio, pero leyéndolo sin anteojeras, sin dioptrías calculadas por ideologías que nada tienen que ver con el mensaje liberador de Jesús. Si alguien es capaz de lanzar una bomba ideológica como esa, que dice imposible la unión de la creencia en Dios con el disfrute de la vida, es porque los creyentes nos hemos olvidado de que el mensaje de Jesús Nazareno es un mensaje de amor y sobre todo de ALEGRÍA. Y creo que los representantes oficiales de la Iglesia, en las misas de sus concentraciones políticas, difunden otro mensaje: excluyente, sectario. El mensaje de un Dios amargado y triste, que yo no identifico con ese Cristo que come y bebe con sus amigos y que predica la liberación y la hermandad de los hombres por los campos de Palestina.

A mí, el mensaje ateo no me ha cabreado. Yo no estoy dolido. Ni siento que se haya visto mermado el espacio público que ocupo como ciudadano español con inquietudes religiosas. Antes al contrario ese mensaje audaz me ha incitado a hurgar en mi herida de creyente, en mi condición de tambaleante seguidor de Jesús. A mí este mensaje me ha hecho reflexionar una vez más sobre la urgente necesidad de poner al día la Iglesia del Nazareno, convirtiéndola en defensora firme de la alegría y de la tolerancia, que son dos notas esenciales de lo evangélico. A mí me ha servido ese mensaje para darme cuenta de que hay que achicar las distancias abiertas entre las palabras y los actos de Jesús y las palabras y los actos de los creyentes, para que nunca más pueda identificarse el seguir a Jesús como un camino de amarguras y tristezas, o –peor aún– de soberbias y rencores. Sencillamente si esa es la imagen que damos es que nos hemos equivocado en casi todo. Si hay un mensaje que desliga a Dios y a la vida –al disfrute de la vida– la respuesta no puede ser tan torpe como la dada por los creyentes, con olor a rancio y a sacristía o a sectarismo de grupos que serán ultracatólicos pero son poco cristianos. La respuesta tiene que estar en la vida, en la vitalidad desbordante del mensaje de Jesús, que huele a mar y a campos en flor y a vino y a cordero asado y a risas de amigos y a mano que estrecha las manos de los que nada tienen y de todos los marginados, también de esos que ahora condena la Iglesia.

"Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida". ¿Hay que dar respuesta a ese reto intelectual que lanzan los que no creen? Para mí la respuesta está en volver al Evangelio y ver en que lugar Jesús no habla de amor al prójimo (a todos los prójimos, también a los separados y a los divorciados y a los homosexuales y a los que no piensan como nosotros) y es volver al Evangelio y ver cómo habría actuado Jesús en las situaciones de hoy en día. Por ejemplo, si no lanzó piedras contra la mujer adúltera, ¿duda alguien de que habría apoyado la propuesta de la ONU de instar a la despenalización de la homosexualidad? Por ejemplo, ¿duda alguien de que si uno de sus discípulos hubiera sido celíaco no habría buscado un pan que no lo dañara para dárselo en la Última Cena? Por ejemplo, ¿duda alguien que no estaría con los jóvenes fumándose un cigarro o bebiéndose una copa si el mismo Evangelio da fe de que le gustaba compartir ratos de fiesta con sus amigos? No sé, pero a mi me gusta pensar mi fe en estos términos y a veces me encuentro con que la Iglesia oficial, u oficiosa, está muy lejos de mi, que hice mi corazón de creyente a la sombra de unos pinos en La Barrosa. Y desde luego esa Iglesia enrocada en sus posiciones lanza retos intelectuales bastante más pobres que este que lanzan los ateos, lo que demuestra que la Iglesia que bajó al mundo en el Vaticano II vuelve ahora a estar perdida no sé dónde.

(Publicado en JESÚS, núm. 53, abril de 2009)

martes, 31 de marzo de 2009

SENTIMIENTO OCEÁNICO



Hay ocasiones en las que el alma siente como un ensanchamiento, como si fuese el espíritu un pulmón de eternidades que se expande para dar cabida dentro de sí a todos los aires en los que nos reconocemos como personas. Somos el resultado de las muchas herencias que han acariciado o agitado las veletas que un día alzaron nuestros padres sobre los hombros de nuestra existencia: nuestros yos –múltiples y a veces contradictorios– salen a la superficie de los días según los momentos. Y así, unas veces somos como quieren los vientos del este, y otras actuamos de acuerdo a los soplidos de los vientos empujados por el norte de nuestra alma. Hasta que de pronto el año trae un día, un momento, una ocasión en que todos nuestros vientos antiguos concurren en las plazas del ser. Es entonces cuando sentimos ese ensanchamiento, esa expansión de lo que somos, esa presencia en nosotros de lo que heredamos de todos nuestros mayores. Yo siento esa plenitud mía, esa pleamar de lo que soy, cuando el aire tenue de la primavera anuncia los días de la Semana Santa. Es entonces cuando la veleta de mi ser apunta al corazón, como queriendo señalar el amarradero en el que late la esencia viva y más íntima de lo que soy, como indicando el punto de llegada obligado de todos los vientos que me habitan.

André Compte-Sponville –filósofo, francés y ateo– ha hablado hermosamente del “sentimiento oceánico”. Yo no sabía que era lo que sentía en mi interior cuando la tarde del Sábado de Ramos alborotaba mis yos, hasta que leí que ese sentimiento se caracteriza “por una sensación de misterio y de naturalidad indisociables, una sensación de plenitud, de unidad, de simplicidad, de eternidad, de serenidad.” ¿No es eso, acaso, lo que muchos de nosotros sentimos cuando los cohetes anuncian en la fiesta de la Cofradía del Santo Borriquillo? ¿No volvemos ese día a ser cómo niños y parece que esperamos volver a sentir la mano de nuestro padre, guiándonos segura y protegidos por entre las multitudes que acechan la procesión en las aceras? ¡Nostalgias de Semana Santa!... En mí reviven esas nostalgias –y me crecen, y me nutren, y me dan alientos para el resto del año y para los desánimos y las caídas– desde la tarde de vísperas del Sábado erizado de presentimientos: ¿hay día más hermoso cada año que el Sábado en que toda la Semana Santa está intacta, envuelta en su preciado papel de recuerdos y de ilusiones? Ese día, esa tarde, todavía podemos inventar los capiruchos de los penitentes, el sonido de los tambores o el vibrar quejoso de los lamentos de Jesús, todavía podemos reescribir las lágrimas que nos acecharán cuando amanezcan violetas las ausencias de La Consolada… No creo que haya hermosura más intensa, ni más evocadora, que la de esas horas de vísperas de Sábado de Ramos que tanto enamoraban a Juan Pasquau, o yo al menos no vivo otras horas cada año como esas en que los primeros vencejos y los cohetes vivaces nos dicen que a la mañana siguiente comenzará, nuevamente, a ritualizarse toda la plenitud que amasamos en la sangre.

Y entonces sí, entonces –cuando sobre Mágina amanezca esplendoroso y verde el Domingo de Ramos – sentimos esa sensación de plenitud. ¿Qué misterio trae con sus olores y sus sonidos la Semana Santa? ¿Misterio?, el de sentirnos unidos a los que fueron antes que nosotros y son hoy –ya idos, ya muertos– en nosotros. Mientras escribo miro a mi hijo Manuel, que duerme en su cuna, a mi lado: y sé que me gustaría dejarle como herencia ese sentimiento de felicidad, esa nostalgia de las edades que pasan, esta añoranza del tiempo que se va escurriendo sobre el reloj incierto de la piel, ese álbum de emociones pequeñas y tímidas que reviven en mí cada Semana Santa. Porque tal vez para descubrirse más persona, más yo, necesite un día encontrarse este hijo mío con lo que de su padre haya dentro de su espíritu, y con lo que en su interior perdure de sus abuelos Juan y Lola, de sus tíos, de su familia de sangre y de mis amigos, que serán como otra familia para Manuel. Tal vez un día necesite buscarse o sienta en su interior ese estallido en plenitudes de las costuras de su alma, y puede que sólo encuentre una respuesta a sus ansiedades o a sus quebrantos mientras anuda sobre su túnica morada el cíngulo amarillo, o mientras lleva de la mano a sus hijos por los recónditos espacios del Viernes Santo, sintiendo revivir al niño que un día caminará de mi mano como yo caminé de la mano de mi padre y mi padre del suyo y… ¿Misterio de la Semana Santa decimos? ¿Serenidad, unidad, plenitud…? Es eso, y lo sentimos con tanta naturalidad cada año que apenas si podemos ponerle palabras que lo nombren: llegará el Domingo de Ramos y veré a mi hijo en la tarde amarilla, y entonces tendré la certeza de que formamos parte de una cadena, la seguridad de que somos eslabón de una herencia que se proyecta en el mañana. Cuando nació Manuel, Miguel Pasquau me escribió una bella felicitación en la que me decía que ya no soy el último eslabón de una cadena. Hay ya alguien que sentirá mañana lo que mis padres sienten en mí al paso del Señor del Borriquillo –la niñez que vuelve, la pelota de aserrín atada en el pulgar: los recuerdos del niño serio que fui– o lo que mi familia siente cuando en la madrugada del Viernes Santo desperezamos en nuestro interior las honduras más hermosas de nuestro ser. Sé que eso ya no se va a perder, que hay ya un corazón anhelante que mañana volverá a fundirse conmigo y con mis padres y con todos mis antepasados –estemos ya dónde la muerte haya querido llevarnos– sintiendo esto mismo que yo siento cuando los vencejos acordonan la procesión del Borriquillo o el esplendor de los romanos de la Humildad, en la tardes de la primavera. Y me gustaría que un día Manuel se sintiera unido a mí –con una unión que supera la pura sangre, los genes impuestos por la biología– acordándose de mi emoción de niño grande cuando Alfonso llama a mi puerta con urgencia –¡de prisa, que ya está el aire lleno de trompetas del Jueves Santo!– para llevar a María del Mar –mañana también a mi hijo– a ver la procesión de la Oración del Huerto.

La Semana Santa nos trae –me trae a mí– esa certeza de ser uno con un todo, no sé qué todo, como “la gota de agua o la ola son uno con el océano”. Hay momentos que no podría cambiar por nada del mundo –las vísperas vestidas de palmas, la tarde del Miércoles Santo, el amanecer del Viernes, las horas mágicas de los fondeaderos sentimentales de San Millán–, porque no podría ser no siendo en ellos. Ahora algunos miran con suficiencia de modernidad las vivencias de la Semana Santa: “cosas de beatos, de putisantos”, dicen para despreciarlas. ¿Estaremos condenados a quedarnos fuera del tiempo nuevo –tiempo incierto– los que para ser necesitamos abrevar cada año en las aguas recónditas, en los veneros limpios de la Semana Santa, esos que resistimos en un reducto de sentimientos que tremolan en las nostalgias no ya de lo que vivimos ayer sino de aquellas primaveras que no conoceremos y que vivirán nuestros hijos por nosotros, y nosotros en ellos, en sus lágrimas? ¡Quién lo sabe! Ahora, sólo queda apuntar en el folio flanco el apunte breve que pone sobre nuestro corazón la sonrisa de Manuel, tan pequeño y que tanto llena: estamos a punto de doblar la esquina de la Cuaresma y nos traerá la primavera otro Domingo de Ramos –penitentes amarillos, palmas enhiestas, tambores, cohetes… pájaros sobre el cielo limpio–, y allí estará Manuel con sus ojos dormilones viendo pasar la vida, comenzando a sentirse gota de un océano sin nombre por donde han navegado las emociones mejores de su padre.

(Publicado en la Revista JERUSALEM, núm. 20, abril de 2009)

sábado, 28 de marzo de 2009

LOS HOMBRES BUENOS



Ahora que pintan bastos para la historia, es bueno acercarse a esos pequeños detalles que permitieron que el mundo haya sido algo mejor o que permiten conservar cierta esperanza, algún consuelo. Estamos acostumbrados a pensar la historia en términos grandilocuentes, en parámetros de revoluciones, guerras y cataclismos sociales. Y a veces, aquí, junto a nosotros, a nuestro lado, caminaron y estuvieron los que transformaron una parcela del mundo sin gritos ni barricadas, sin gestos exagerados, sin derroches inútiles. La bondad es una pulsión de lo pequeño, pues no en vano nace en el corazón de los hombres, que es un músculo que a veces se agota y que no siempre ni en todos los cuerpos bombea sangre para alimentar sueños. Pero la bondad es capaz de realizar los cambios más profundos, las transformaciones perdurables: no sé qué sabio pidió una palanca y un buen punto de apoyo para mover el mundo, trastocando los ejes de rotación de la tierra, pero sé que nosotros, en los últimos cincuenta años, hemos visto como un pedazo de playa y un puñado de voluntades fueron capaces de trastocar la historia profunda de nuestro pueblo, fecundando de honduras tantas almas. Se cumplen ahora cincuenta años de los campamentos de Acción Católica, esa palanca con la que Antonio Gutiérrez y Manolo Molina y muchos cientos de jóvenes ubetenses modificaron el eje de rotación de la sociedad ubetense.

Es difícil aventurar qué hubiera sido de Úbeda si no se hubiera cruzado en su camino esa llama fulgurante de generosidades y entregas que fue Antonio Gutiérrez. No podremos conocer qué semillas hubiesen germinado o se hubiesen agostado en el corazón de tantos jóvenes sin la capacidad de reflexión que atesoraba Manolo Molina. Pero por suerte podemos hacer balance de su obra: es algo vivo y que supera los campamentos de La Barrosa.

Cuando “El Viejo” se marchó en el verano de 1959 a un campamento de Burgos, ya llevaba sobre sus espaldas una hermosa y triste historia de amores frustrados por la muerte y una ingente obra de ayuda a los necesitados. Es necesario releer las viejas actas del centro de Acción Católica para darse cuenta de la generosidad sin límites derrochada por Antonio Gutiérrez, para conocer la dimensión santificadora de su apostolado del amor hacia los pobres: faltaba pan y “El Viejo” buscaba pan, faltaban medicinas y “El Viejo” buscaba medicinas, faltaba consuelo para los desvalidos y “El Viejo” aportaba consuelos, faltaba tanto en aquella Úbeda y “El Viejo” buscaba tanto cuanto podía. La acción benéfica y social de Antonio Gutiérrez es sorprendente y puede que haya sido –injustamente– olvidada. Pero no se puede desligar esa vocación por hacer el bien, ese afán por materializar las bienaventuranzas, de la realidad del Campamento, que era un espacio en el que regalar a los niños que de tanto carecían un pliego de playa y un retazo de sol, un pedazo de Dios.

Luego, claro, está el hecho de que toda esa labor de bondad no responde a unos criterios políticos o sociales más o menos inconexos o peregrinos o fácilmente intercambiables. Porque ese despliegue de altruismo está anclado en unas convicciones profundamente religiosas, que en Antonio Gutiérrez se manifestaron de manera más sencilla, con la ingenuidad de los que siempre tienen corazón de niños grandes –yo, cuando veo a la Virgen de Guadalupe, siempre me sigo acordando de esas lágrimas felices con las que “El Viejo” le hablaba de sus cosas–, y que en Manolo Molina se elaboraron a partir de una reflexión sincera y honda sobre el papel de la Iglesia y sobre la condición moral del hecho de ser creyente. “El Viejo” era la entrega que empuja y reza como los niños, Manolo era la entrega que piensa y ora como los que aspiran a no dejar de crecer. “El Viejo” fue el Campamento, pero también los Donantes de Sangre, Cáritas, La Patera, las visitas a Los Prados y al Neveral… Manolo fue el Campamento, pero también las charlas lentísimas y sabrosas de las noches en La Barrosa que han educado –educado de verdad, como a hombres enteros– a tantos y tantos jóvenes ubetenses, también la Cofradía del Cristo de la Noche Oscura, que él siempre reclamaba con legítimo orgullo como obra de la Acción Católica de Úbeda más que de la familia salesiana.

Y a mí, sin embargo, hay algo que me sigue sorprendiendo de esos dos hombres grandes a cuya sombra se ha forjado tanta parte de lo que soy. Y es que fueron buenos, dieron mucho: pero nunca dejaron de ser hombres de carne y hueso, nunca jugaron a la santidad –“El Viejo” llegó a renunciar a la Medalla de Alfonso X al Mérito Civil–, ni al heroísmo, se equivocaron y lo reconocieron, se enfadaban sin razones, se encabritaban y discutían entre ellos pero yo vi a Manolo llorar como un niño cuando “El Viejo” se murió y estoy convencido de que era Antonio el que esperaba a Manolo esa tarde de agosto en que murió. Ser persona en toda la compleja dimensión de la persona, vivir como persona, morir como persona: no creo que se pueda acumular mérito mayor en la vida, y ese es el mérito no sólo de “El Viejo” y de Manolo Molina sino de toda la Acción Católica de Úbeda y de sus campamentos, que no han cesado de alumbrar personas. ¿Cómo sería la Úbeda de hoy si su destino no se hubiera cruzado con los destinos de Antonio Gutiérrez y Manolo Molina y de la JAC y del Campamento de La Barrosa? Pues eso, sería una ciudad con menos personas, tal vez con muchos y buenos ciudadanos –cosa difícil, por otra parte–, pero desde luego con menos personas, con menos hombres y menos mujeres que tienen un compromiso –a veces tenue, pero compromiso al fin–, alguna ilusión, varias esperanzas, y que sobre todo atesoran el convencimiento de que conociendo a esos dos hombres buenos que se llamaban Antonio y Manuel sus vidas fueron mejores. Porque gracias a ellos comprendieron el valor de la amistad, la belleza de la creación, la necesidad que el mundo tiene de los corazones generosos. Y eso es mucho, y eso es algo que una ciudad tiene que agradecer, tanto bien derramado.

¿Por qué un artículo sobre Antonio Gutiérrez y Manolo Molina en un anuario cofrade? ¿Por qué una reflexión sobre el valor de los campamentos de La Barrosa en medio del esplendor de las procesiones? Pues porque ese Campamento ha entregado muchos cofrades. Pero sobre todo porque “El Viejo” se fue a las infinitas playas de la eternidad vestido con la túnica de El Santo Entierro, y Manolo Molina conoció el agosto infinito y celestial ataviado con su túnica de La Noche Oscura. ¿Por qué hablar de ellos aquí y ahora? Porque fueron buenos, porque supieron ser personas, porque fueron cofrades de cuerpo entero: porque hicieron de su vida ejercicio de un cristianismo de los hombres buenos –¿puede haber otro cristianismo?– que tiene que invitarnos a reflexionar sobre nuestra condición de cristianos, apagando si hace falta el ruido de los tambores y las trompetas, que el bien se esconde en el silencio, ese corazón donde recordamos que seguimos hablando cada Martes Santo con “El Viejo” y con Manolo.

(Publicado en ÚBEDA, IMAGEN Y PALABRA, Núm. 11, marzo de 2009)

miércoles, 9 de abril de 2008

UN DISCURSO PARA ATERRIZAR



¿Marca el discurso de investidura de Rodríguez Zapatero un nuevo rumbo en la política del PSOE? Es pronto aún para saberlo, pero el complejo mensaje del 9-M a más de la percepción cada vez mayor de crisis económica, parece aventurar un cambio de rumbo en la política gubernamental. No en vano, el PSOE ha renunciado a pactos con los nacionalistas que puedan hipotecar las políticas de los próximos años: ¿hemos asistido a la puesta de largo del fin de la ensoñación nacionalista del PSOE? ¿Han pasado los socialistas de una política fuertemente mediatizada por las tensiones y cuestiones territoriales y trazada –erráticamente trazada– más por las presiones de los socios nacionalistas que por el propio convencimiento social de su necesidad, a una política que pone su punto de mira en los perentorios problemas de la gente?

Durante los dos últimos años el gobierno socialista se perdió en disquisiciones territoriales y estuvo a punto de naufragar por el tema de ETA. Sólo el radicalismo del PP ha salvado al PSOE de la derrota electoral. Ahora, la inminencia de la crisis económica –cuyos síntomas son cada vez más visibles– tira del gobierno socialista y vuelven a situarlo en el terreno del que nunca debió salir: los problemas de las personas.

Sin duda es bueno para ZP que los nacionalistas hayan acusado su discurso de ser “demasiado centralista”. Eso quiere decir que los focos ya no están puestos sobre unas cuestiones territoriales que cosecharon masivas abstenciones en los referéndum estatutarios. El discurso del candidato Rodríguez Zapatero ha vuelto a fijar la atención en los problemas que padecen amplias mayorías de este país. Y así, una parte considerable de su discurso se ha centrado en hablar de becas, pensiones, salarios. Y crisis económica. Porque no olvidemos que la crisis puede convertirse en la protagonista de una legislatura, asfixiando con su cruda realidad los altos vuelos reformistas que en su discurso ha dibujado el candidato Zapatero.

El PSOE acaba de aterrizar en la realidad de los españoles: ojalá la crisis económica no reviente el tren de aterrizaje.

(Publicado en www.fundacionsistema.com el 9 de abril de 2008)

jueves, 20 de marzo de 2008

LA PLENITUD DE LA LUZ



El Jueves Santo es, sobre todo, la luz. Es la luz que se cuela por las rendijas de la ventana y acaricia los ojos cerrados antes de que las trompetas rompan el aire de la mañana. Es la luz que inunda los tejados, que pinta de azul las risas, que prende los recuerdos. El Jueves Santo es la claridad transfigurada en el corazón, corriendo por la sangre como por una galaxia inexplorada, como con prisa para que revivamos y nos echemos a la calle. Es la luz que lo inunda todo, que a todo le da nombre nuevo, vida nueva, que a todo pone forma y límites y fronteras a estrenar, es la luz que nos hace transparentes, “iguales a los seres resplandecientes de gloria”, que cantó Espriu. El Jueves Santo es la luz que nos inunda los ojos de emociones fosforescentes, lejanas como el mar, altas como un anhelo de felicidad. El Jueves Santo, sí, es la luz. Es la plenitud de la luz.

* * *

El cielo del Jueves Santo está multiplicado y generoso. Desde que el sol haya desperezado –en el escalofrío del amanecer– los olivares, se habrá ido estirando la luz recién nacida: primero sobre la tierra y el rocío, luego sobre la fuente de la Alameda y los tejados de San Millán, definitivamente sobre todas las torres, sobre las espadañas y las azoteas, sobre Úbeda entera hasta colarse en nuestras camas. Es aún temprano y está la mañana añil, perezosa: no es aún ese “diamante purísimo del día” con que estallarán las horas cuando Jesús sude sangre debajo de un olivo.

La luz del Jueves Santo es una luz que acaricia: porque es como una patria de la felicidad poblada de puritos americanos, de pelotas de serrín, de arrezú. La luz de la mañana no es –aún– una luz sedimentada: no tiene aposentos ni estancias, no ha levantado el día tabiques para encerrarla, que eso sucederá luego, cuando las escuadras romanas guíen hacia el patíbulo al Señor de la Humildad. Pero eso será ya a la tarde, cuando el corazón desfallezca sus emociones hondas. Ahora, nos habrán despertado los tambores y las trompetas de la Oración del Huerto: y la serenidad del aire, del día comenzado, anuda una urgencia, un recuerdo, impone una elevación. ¡Hay que darse prisa y arreglarse! ¡Hay que tomar la calle y la memoria! ¡Hay que salir al apremio del mundo, que es Jueves Santo, que nunca volveremos a vivir un día como éste: que todos los Jueves Santos vuelven y se repiten pero nunca son iguales!...

No, no estará la luz sedimentada cuando saltemos de la cama y corramos a abrir los balcones para que se llenen los cuartos y los pasillos del trino de los pájaros y el retumbar de los tambores, de la alegría de las trompetas. Está la luz revoltosa, ligera: casi niña. Corre la luz, fluye incesante, para ir ocupando como un ejército victorioso todos los fortines de nuestro espíritu: hoy sí, hoy nos rendiremos a lo que mande el luminoso espíritu de la mañana. Porque nuestros recuerdos arderán en la hoguera de la claridad, en el fulgor de la nostalgia, con una fuerza tal que –ya lo cantó el poeta– podremos leer en el cielo una “extraña/ señal de amparo y reposo”. Y sentiremos el alma y sus melancolías recostadas, reposadas, amparadas de luz, por la luminiscencia de la mañana, en la llama del mediodía, que es Jueves Santo.

* * *

Será marzo el Jueves Santo. Estará la primavera aún desvalida, la mañana un poco fría antes de que el sol reine con todo su poder. Serán noticia –todavía– las flores y los brotes de los árboles y los primeros vencejos acabarán de irrumpir en los crepúsculos del día. Aún habrá flores en los almendros rezagados. Pero nosotros ya hemos madurado en la luz del Jueves Santo: no tememos a esta Semana Santa adelantada, que trae los acordes de la primavera sin haber realizado ni un ensayo general. Porque desde muy niños nos han doctorado en tambores y trompetas y túnicas y escalofríos y – aprobadas ya esas asignaturas primarias– sabemos ahora caminar, Dios adentro, por los senderos de la Semana Santa. Aunque sea primeriza la primavera.

Es un buen camino en la dirección de Dios la mañana del Jueves Santo.

Si no tuvieran otros méritos, tendrían las procesiones el mérito de hacernos un Dios a nuestra imagen y semejanza. Estamos en las aceras aguardando la procesión con una emoción antigua y sin embargo recién estrenada. Y presentimos la cercanía de Dios. Del Dios que se sentó sobre la tierra de la montaña para decir “bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, los misericordiosos, bienaventurados los hambrientos”. Sentiremos, sí, la cercanía de ese Cristo que curó a los mudos y los leprosos y a la mujer que padecía flujo de sangre y a los ciegos; un Dios sentado entre los niños, a las orillas del mar de Galilea, entre las redes y las barcas, bajo los árboles sedientos.

Doblará Dios la esquina entre las filas de penitentes verdes y blancos –ansia y quietud–. Y comprenderemos entonces la definitiva humanidad de Cristo, su radical cercanía a cada uno de nosotros: “Padre, pase de mi este cáliz”. Porque en la mañana que llena de claridad nuestros corazones para que podamos existir más plenamente –“se existe por instantes de luz” ha dicho Rafael Guillén–, tiene Jesús el corazón lleno de angustias y de sombras. Y es que recuerda el ungüento de nardo que sobre su cabeza derramaron en Betania pero presiente el látigo, las espinas, los clavos abriendo la carne y destrozando nervios, la asfixia en la cruz, la agonía lenta. Y tiene miedo: le duele su alma divina al pensar en el dolor terebrante que ha de sentir su cuerpo de hombre. Le duele sentir la muerte posando la mano sobre su hombro, tan próxima, tan urgente. “Pase de mi este cáliz y no se unte mi cadáver con ungüento de nardo”. Y Cristo, siendo Dios, es terriblemente hombre en ese mismo miedo nuestro, en ese desfallecimiento del ánimo, en ese poder más la carne y el cuerpo que tienen que doler y morir que la misión redentora y el espíritu divino.

Está escrito ya el mensaje de la radical humanidad divina de Jesús: pero para comprender su soledad hemos necesitado esta mañana, este Cristo orante y abandonado, esos discípulos adormecidos. Está en tinieblas el corazón de Jesús, que duda: nosotros, sin embargo, vivimos en la felicidad y la seguridad de la mañana, que todo lo pudo en nuestros corazones la procesión de la luz.

(Publicado en GETHSEMANÍ, núm. 25, marzo 2008)

jueves, 13 de marzo de 2008

SEMANA SANTA BONITA



Muchas cosas han cambiado en la Semana Santa de Úbeda desde que yo era niño y Judas llevaba, en el paso de la Santa Cena, la cara iluminada por un foco verde. Nuestros abuelos y nuestros padres –que aunque menos glamurosos y finos que nosotros no daban puntada sin hilo– tuvieron el ingenio de poner el pequeño foco verde distorsionando el rostro de Judas. ¿Motivo? Que la cara del apóstol traidor adquiriese un tono como de bilis para resaltar su maldad, aumentando el contraste entre el que vendió a Cristo y los apóstoles que miran amorosos el momento supremo de la primera consagración del pan.

Los que fuimos niños en los años ochenta, atajábamos las calles para coger sitio en la acera hacia la que miraba Judas. Sin embargo, muchas cosas han cambiado desde entonces en nuestra Semana Santa. En algunas, ciertamente, hemos mejorado. Pero en otras se nos ha contagiado como una fiebre de lo refinado que nos lleva a hacer cosas casi sin sentido, por no decir un poco estúpidas. Mucho temo que en todo esto tiene que mucho que ver la cosa de “promocionar” la Semana Santa de Úbeda, de convertirla en un “paquete turístico”. Como queremos –y parece que las cofradías también queremos– que vengan muchos turistas a ver nuestras procesiones, pues las estamos “haciendo bonitas”. Ahora se lleva mucho esto de “lo bonito”: se habla bonito, se escribe bonito, se anda bonito… se procesiona bonito. Lo triste es que lo bonito suele estar huero: bien está que concejales, empresarios y comerciantes quieran convertir la Semana Santa en un parque temático procesional, para mayor regocijo de turistas… ¡pero que hayamos entrado en este juego los cofrades! Yo, por ahora, seguiré vistiéndome de morado para encontrarme conmigo el Viernes Santo, no para que me fotografíe ningún turista somnoliento.

Es así: vamos hacia “la procesión bonita” y para ello son necesarios horarios y recorridos “bonitos”. Por eso se han puesto de moda la noche y la calle estrecha, definitivamente. Ahora todos queremos que nuestra procesión tenga su cuota de horas sin luz y su trocito de callejón. La Santa Cena –que es lo que toca en esta Revista– ya descubrió lo mona que queda la procesión en la calle estrecha cuando decidió que no era bonita por las calles Nueva, Sagasta o Ancha –¿hay alguna calle de Úbeda más hecha para las procesiones que la calle Ancha?–. Cierto es que se vio obligada a ello para no alargar su recorrido horas y horas (cosa que también está muy de moda en nuestra Semana Santa: ya que hacemos las cosas bonitas, pues que duren mucho) porque según parece le dieron en las narices con las puertas de El Salvador. ¡Y bien que lamentamos algunos que se perdiera aquel momento mágico, en que la soledad de la noche llenaba la plaza de Santa María con el aire primero y niño y elevado de la noche del Jueves Santo, mientras las trompetas vibraban en la caja de resonancias de la historia que es esa plaza!

Independientemente de estos apuntes realizados a modos de ejemplo, creo que es necesario y urgente que las cofradías de Úbeda se sienten a pensar, a reflexionar. Es necesario hacer un alto en el camino de la transformación, no ya para detenerla –cosa, ay, imposible– sino para, al menos, pensarla. Hasta ahora se han hecho cosas al tuntún, simplemente porque “son más bonitas”. Y así, hay cofradías que han desfigurado absolutamente lo que venían siendo. Por no hablar del destrozo que se ha hecho con el Viernes Santo, que era un día en que las procesiones cuadraban un espíritu particular, un día con un sentido profundo, unitario, digno de estudios más amplios por su particularidad visual y sonora.

¿Hay que cambiar horas, recorridos, duraciones, sonidos, estéticas? ¿Hay que llevar las procesiones a los callejones y repartir equitativamente las horas de la noche para que todos tengamos un pedacito de oscuridad? Vale, háganse todos los cambios que se quieran, los que se consideren necesarios. Pero háganse con serenidad y con cabeza. Siempre he pensado que, digan lo que digan algunos, la Semana Santa de Úbeda era una manifestación social, cultural y religiosa con una íntima, profunda estructura antropológica. Si esa estructura ya no se considera adecuada –porque sirve poco a la oferta turística– cámbiese: pero cámbiese por otra estructura, no por un manojo de ocurrencias.

(Publicado en COMPARTIR, Época II, Nº XIV, marzo 2008)

miércoles, 5 de marzo de 2008

DIOS EN LO PEQUEÑO -Reflexiones sobre la fe y el laicismo-



Habrá quien se pregunte si es correcto mirar el mundo desde la desesperanza y el desencanto. No sé, pero lo cierto es que no ofrecen nuestros días muchas oportunidades para la felicidad ni para el optimismo. Es como si viviéramos un tiempo agotado en el que todo parece diluirse, desdibujarse, confundirse: como si cada momento cayeran gotas de lejía sobre el carboncillo de la vida. Y sin embargo, tenemos que encontrar asideros para el alma: porque no se puede vivir eternamente sobre los restos del naufragio, que es el único programa de futuro que nos ofrece nuestro tiempo histórico.

Y es aquí, en este laberinto, donde tiene sentido la fe. Pero la fe es algo que daría para mucho más que para este artículo. Apuntalemos, pues, sólo unas cuantas reflexiones sobre ella.

Por ejemplo, no creo que la fe que ofrece la jerarquía eclesiástica española sea un tablón sobre el que levantar un ímpetu del alma: la tormenta es demasiado fuerte y poco consuelo encuentran los tormentos del espíritu en esas manifestaciones partidistas, sectarias, radicales. Allí, la sensación de pérdida, de orfandad es mayor aún, como si la Iglesia hubiera desandado todo el camino que trabajosamente desbrozó el cardenal Tarancón: abrir las manos y tender puentes. Cuando veo a los cardenales y los obispos clamar contra el laicismo, no me viene a la mente la fe pequeña en que busco mis esperanzas y en la que construyo mis refugios: las plazas abarrotadas desde las que claman las sotanas serias y circunspectas se me figuran una tribu asiática que llama a la lucha contra los infieles, no la Iglesia del Jesús de las Bienaventuranzas.

No hay otra sinceridad posible para ser cristianos que vivir nuestra fe en lo íntimo de los corazones: y para ello, el laicismo –que algunos repudian confundiéndolo con odio a la religión– es imprescindible. Porque la fe, la creencia en lo divino, puede ser algo maravilloso cuando se siente en las noches infinitas frente a las constelaciones y el océano, cuando nos sabemos pequeños y nos sobrecoge lo inabarcable del universo. Pero puede, por el contrario, convertirse en algo peligroso –piedra o quijada que levantar contra el hermano– cuando se pretende con ella construir un espacio social o político que rija los destinos de los que creen, de los que creen en otros dioses y de los que no creen en ninguno.

Allá yo con mi fe: allá el vecino con la suya. Es eso lo que nos dice el laicismo, esa es la profunda invitación a vivir más intensamente como creyentes. Porque el laicismo nos ofrece, definitivamente, la oportunidad de alcanzar la mayoría de edad de nuestra creencia: el laicismo nos deja en íntima comunión con nuestra fe, sin intermediarios, sin apoyos externos, solos Dios, nosotros y nuestro credo en el fondo de nuestras conciencias.

El laicismo nos dice que no necesitamos al Estado para creer. Ni los impuestos, ni las escuelas. Ni ejércitos que nos protejan o que expandan nuestra fe. El laicismo nos ofrece la oportunidad de dar a Dios lo que de Dios es sin negar al César lo que al espacio cívico de convivencia corresponde. A Dios, las dudas, las certezas, el alma, las melancolías de Semana Santa... al César el compromiso político, los deberes cívicos, el respeto a las ideas de los demás. ¿Contra qué laicismo, pues, clama la jerarquía, contra qué ataques, contra qué persecución?

No siento mi creencia –frágil creencia, temblorosa creencia– amenazada. Porque la mía es una fe que se aleja de las multitudes y de los altavoces, que se refugia en la memoria y en el espíritu para crecer. Una fe que busca a Dios en lo pequeño y que mira en dirección de lo profundo para encontrar argumentos. No sé si podremos construir una fe compartida y común, pero si esto es posible sólo puede ser a base de sumar vivencias, interrogantes, dudas.

Me gusta pensar como un creyente en la frontera: el que no duda no cree, que dijo Unamuno. Porque estamos siempre en la frontera de algo, que la vida es territorio fronterizo entre la nacimiento y la muerte. Los hay que han levantado castillos de certezas sobre rocas de seguridad: dudo que tengan el alma esponjosa y tierna. Más bien deben tenerla reseca y cuarteada, por no ejercitarla. El alma se ejercita en las emociones, en la vibración de los sentimientos: hay que zarandear al alma con las dudas que vienen de la visión del mal del mundo para que se fortalezca y crezca.

Mi fe –que es insegura y siente los azotes lacerantes de la duda– se refugia a menudo en sus vivencias. En sus mejores vivencias: algunas de ellas están en los días de Semana Santa.

He sido un niño y un adolescente y un joven y me hecho adulto delante de la puerta sur de San Isidoro, una tarde de Jueves Santo. Por el Rastro he visto vibrar las trompetas anunciando la tragedia del látigo sobre la espalda de Dios, y me metido apretujado con la gente emocionada por la calle Gradas para coger sitio antes de que el sol anuncie la media tarde y la nostalgia elevada. Y en el Claro Bajo –la primavera declinando apuntes líricos en los naranjos– he sentido como se elevaba la fe sobre un silencio primero, sobre un vendaval de incienso luego, sobre el olor de la flor y la música temblorosa unos instantes después. Y allí me han venido recuerdos, y allí he tejido una melancolía y allí he anhelado ser recuerdo de mis hijos y mis nietos un Jueves Santo en el que no estaré, y he vivido y sentido las campanas del espíritu tocar a rebato, ofreciendo una plegaria de dudas y naufragios. Entre la niebla estaba Dios –sereno rostro de un Dios ultrajado–, como entre las azucenas se queda una certeza diminuta, un hilo débil que cose el corazón antes de que un definitivo desasosiego lo desgarre para siempre: el “Desconsuelo” nos ha dicho muchas veces que no todo pasa. Se hace camino al andar, pero el Jueves Santo andamos un camino de emociones cardenales que otros ensayaron antes que nosotros, en el que otros han dejado su cabeza reclinada, mirando en la dirección de la tarde por entre las filas larguísimas y silenciosas de los penitentes de La Columna.

En esa belleza de lo pequeño, de los recuerdos que reconstruye cada Jueves Santo el taller de nuestro espíritu, allí cifro mi fe, mi esperanza, mi credo. Es ahí donde está el Dios que enjugó las lágrimas de la mujer adúltera y lloró ante el sepulcro del amigo Lázaro, el Cristo que se embelesó ante el canto de los pájaros y el traje de los lirios, el Dios que despreció a los mercaderes de la fe y se enterneció con la limosna de la viuda. Allí –cada Jueves Santo– en mis recuerdos y mis soledades, encuentro un evangélico Cristo de lo pequeño, que es más amor que el Jesús juzgador y despreciador de las concentraciones episcopales.

(Publicado en LA COLVMNA, núm. 13, febrero 2008)

jueves, 17 de enero de 2008

POÉTICA DE LA SERENIDAD



-VIAJE LÍRICO POR BAEZA, ÚBEDA Y LA CATEDRAL DE JAÉN-

¡Reposo dulce, alegre, reposado! Hay lugares para remansar el espíritu. Así, la catedral de Jaén. Así Úbeda. Así Baeza.

Perdidos tras una masa de olivos, se alzan los campanarios que a la tarde –el sol envejece sobre horizontes azules– se pueblan de pájaros. Campanarios y tejados que relucen en una búsqueda de la serenidad y la quietud, como un poema de fray Luis de León. Tal vez sean estos versos sosegados –plenitud del equilibrio lírico– los que mejor cuadran al sentido profundo que elevan Baeza, Jaén y Úbeda sobre las infinitas líneas de los olivares. Los versos y las torres, las horas y los gestos, hacen posible un viaje por entre la serenidad que destilan las piedras de estas ciudades alejadas de la playa pero no del sol: sólo que el suyo es un sol para el corazón, no para los bronceados. Por eso, recalar en estos puertos sosegados es viajar hacia dentro de nosotros: había algo nuestro que estaba no sabíamos dónde y que encontramos en las calles y en las plazas de Úbeda y Baeza, en las naves de la Catedral de Jaén.

Un no rompido sueño. Úbeda y Baeza marcan una impronta en el paisaje. (También las torres de la catedral marcan, en Jaén, una personalidad, una forma de ser del horizonte.) De hecho, determinan una manera de ver la realidad, de acercarse al tiempo y al siglo –a cada siglo sucedido desde que se alzaron sus piedras primeras–. Desde 1200 –más o menos– en cada palacio, en cada plazoleta, cada iglesia, cincuenta generaciones han dejado su corazón latente, que es su sello de sueños y esperanzas, pero también de miedos y fracasos. Y esa construcción colectiva de unos espacios únicos, personalísimos, determina qué paisaje, qué realidad, qué tono vital marcan la manera de ser de Baeza y Ubeda.

Todo ello manifiesta la posibilidad de tocar la historia con la mano. Estará el visitante acostumbrado a que le propongan esto en muchas guías de viajes: aquí sin embargo no vamos a mentirle: aunque la historia lo asaltará en cada recodo que tuerza, en los palacios abandonados y en las iglesias en penumbra, el moderno urbanismo ha hincado sus dientes en algunos de los lugares más bellos de estas dos ciudades. Esto, sin embargo, no supone que Úbeda y Baeza hayan perdido su esplendor: pueden habérselo mutilado, pero la belleza de los siglos idos resulta más hermosa cuando se la compara con el mal gusto del presente.

Más allá de los atentados –recentísimos algunos– cometidos contra iglesias o palacios o plazas, hay algo que supera lo meramente accidental, lo puramente visible: lo que eterniza el sueño colectivo de las dos ciudades es su vocación de transferirse hacia el futuro, de permanecer, de elevar el pasado a categoría viviente a través de silencios, recogimientos y soledades. Y así, ensayan Úbeda y Baeza una serenidad poética o –más exactamente– una poética de la serenidad a través del silencio y la soledad, de lo recogido, que es lo recatado. Ensayan, por lo tanto, las dos ciudades, una poética de la serenidad, capaz de soportar agresiones –violentas agresiones de arquitectos novísimos y políticos visionarios– por ser vocacionalmente conservadora: no importa que se desgarre el encanto del pasado en algunos lugares, pues quedan en el fondo el cántico de las campanas, el palacio deshabitado, la lírica del tiempo abandonado.

Es esa mirada a la eternidad –que supera lo contingente– lo que mantiene vivo el sueño que baezanos y ubetenses de todos los siglos han ido construyendo día a día, afán a afán: permanecer, estar, dejar testimonio de ciudades que soñaron con serlo todo y elevaron un mar de palacios, de iglesias y conventos, un bosque de torres y espadañas.

El aire se serena y viste de hermosura y luz no usada. Según las horas del día, podrá el visitante apreciar las distintas cualidades de Úbeda y Baeza. En la plenitud de la mañana –cuando aún es posible oír la armónica de los afiladores–las piedras parecen talladas a plomo: radiantes, orgullosas de enseñar sus escudos para decir el viejo poder de nobles o de clérigos. La mañana y sus claridades –reflejo de las prisas y los negocios– son lo que dan el tono de ciudad a estos dos enclaves.

Sin embargo, a la tarde se estrenará una luz diferente, hecha para recoger el alma, para evitar que siga siendo avasallada por escudos y tenantes. En el paseo del atardecer se descubre como una lentitud y se aprecia la conversión en pueblos de Úbeda y Baeza, con sus sosiegos y sus guiños al tiempo ido. La mañana es una avenida de la historia, hecha para los palacios y las torres. La tarde es como un callejón junto a San Pablo, en Úbeda, bañado de luz violeta. La tarde es asomarse al campo de Baeza –ese que Machado llevó en sus sueños más hondos– para descubrir el valle inmenso y hermosísimo que se abre desde la ciudad y hasta la lejana sierra, entre las campanas de la catedral elevadas sobre los vencejos y el sopor que sube desde la tierra labrada.

En sueño y en olvido sepultado. Úbeda y Baeza –cuajadas de edificios magníficos– también guardan restos de los siglos humillados por el hombre. Así, las ruinas de San Francisco en Baeza, capaces aún de declinar nostalgias. En el fondo, las ruinas levantan en nosotros un afán constructor porque estimulan nuestra imaginación y nos invitan a reponer lo que derribó la mano de otros hombres: allá una columna, acá un retablo, bajo el cielo una cúpula dorada, bajo la cúpula una lámpara de plata. Y así, vamos rellenando los huecos de la piedra agrietada por el musgo hasta completar lo que fuera la espléndida capilla de San Francisco.

Con las casas judías de Úbeda ocurre lo mismo. Duermen en la indigencia, alejadas de todo tránsito, al fondo de una plazoleta con palmeras que un día presidió la iglesia de Santo Tomás –hoy paredes arruinadas, cimientos arrasados–. Son casas pobres, de cal y adobe, con estrellas de David en los dinteles y cerraduras que se cerraron en 1492. Sentados en la Gradeta de Santo Tomás, siente el espíritu otra oportunidad para construir y levantar nostalgias, para imaginar la sinagoga y pensar en los últimos judíos que subieron estas escaleras, cargados de candelabros y rollos bíblicos, llevando las bisagras de sus puertas y las llaves que las cerraban, marchando al exilio.

Templo de claridad y hermosura. No todo es umbroso en el corazón de Jaén, ni todo tiene temblores románticos. Ahí están los tres grandes templos de la provincia – llenos de luz y elevados de músicas– para ensayar otras emociones: no las del recuerdo o la nostalgia, sino las de la finitud del hombre. Las catedrales de Baeza y Jaén y la Capilla de El Salvador en Úbeda son un rotundo triunfo de lo grandioso, de la perfección del clasicismo que, sin embargo, no es distante. Todos hemos estado en templos que nos aplastan, pero que nos dejan fríos. Sin embargo, al traspasar las puertas de las catedrales o al empaparnos en luz dorada bajo la cúpula de El Salvador sentimos, sí, que somos pequeños y que es cierto el verso de Machado que dice que lo nuestro es pasar; pero un susurro de duda nos cosquillea el alma para decirnos que a lo mejor hay algo que se queda.

Los tres templos están bañados de “resplandores eternales”. Son naves y cúpulas pensadas para luz, que es la mejor representación de lo divino. Dentro de ellos parece que se flota en lo que es a la par grandioso y humano: entre estos suelos y estas bóvedas el hombre ensayó su mejor condición, la de la carne con potencias de muerte y anhelos de inmortalidad. Y así, la piedra es la expresión de lo humano –la carne, lo frágil, la muerte– mientras la luz que rellena la piedra nos dice lo divino –el alma, lo eterno, la vida–. Por eso estos templos son fundamentales para entender el Renacimiento español: porque conjugan los valores y las esencias de su tiempo como ningunos otros edificios lo hacen.

Su luz va repartiendo y su tesoro. En julio de 2003 Úbeda y Baeza fueron declaradas Patrimonio de la Humanidad, reconociendo su aportación al Renacimiento español y su trascendencia artística en tierras de América. Sin duda, las dos ciudades marcan la impronta del mejor afán renacentista en España: no sólo por sus piedras, sino también por su espíritu. Ahora, la Catedral de Jaén pelea por sumarse a esa declaración, lo que tiene pleno sentido, pues en el templo matriz de la provincia se condensa todo un caminar artístico que jalona Úbeda –Hospital de Santiago, palacios de las Cadenas o los Ortega o los Vela de los Cobos– y Baeza –Escribanías Públicas, Cárcel de Felipe II, Universidad–, cosiendo un entramado urbano inolvidable. Decadente a veces –en callejas anteriores a la Reconquista, en las plenitudes ojivales de templos ubetenses y palacios baezanos–, esplendoroso otras, siempre original y sorprendente, la Catedral de Jaén es el punto de llegada inexcusable para la aventura ubetense y baezana.

Ahora, claro, falta que Úbeda y Baeza (más la aportación capital de la Catedral giennense) sepan estar a la altura de las circunstancias: para repartir por el mundo su luz única, su tesoro más escondido, que no son sus piedras –simples piedras– sino lo que ellas cobijan: sueño y elevación, evocación y afán, días y siglos, gentes idas y generaciones por venir. En definitiva, una eternidad hecha a la serena medida del hombre.

(Publicado en ESCAPADAS DE FIN DE SEMANA, Grupo Vocento S.A., Madrid, 2007)