Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lecturas. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de julio de 2016

PENSAMIENTOS TURCOS




I. El sábado por la noche las hordas que horas antes habían respondido al llamamiento de las mezquitas y se habían echado a la calle a parar el golpe contra Erdogan patrullaron las calles de la vieja Constantinopla armadas con palos: su objetivo era golpear a todos los que estaban en las terrazas bebiendo alcohol.  La experiencia no era nueva: a mediados de junio, un grupo islamista había irrumpido en un local en el que un grupo de seguidores de Radiohead iba a celebrar una fiesta y golpeó a los asistentes con bates y botellas por “beber alcohol durante el Ramadán”. La única diferencia entre lo sucedido el 18 de junio y lo sucedido el 17 de julio es que entonces los islamistas contaron con el rechazo de toda la parte sana de la sociedad turca y ahora, esa parte del país que aspira a continuar viviendo en los valores de la República laica, se encuentra amedrentada  cuando no francamente amenazada.

II. El simplismo con el que hemos analizado lo sucedido en Turquía puede hacer que nos preguntemos de qué tienen miedo los turcos que creen en las libertades públicas o en los derechos fundamentales, si los militares golpistas han fracasado en su intentona. Aquí estamos acostumbrados a trazar con pasmosa facilidad las líneas que dividen lo bueno y lo malo, lo blanco y lo negro. Y, sin embargo, Turquía, para pasmo de nuestro doctrinarismo, vive en una pantanosa zona gris. Una zona que cada vez se va pareciendo más al retrato de nuestro propio futuro: ¿lo que está sucediendo en Turquía no debería enseñarnos a pensar  un futuro en el que la democracia puede comenzar a ser algo muy distinto del régimen de libertades y de derechos? La democracia es un mecanismo para elegir gobernantes mediante una mera agregación de votos individuales. Y lo que podemos denominar “metademocracia” es un sistema que incluye el respeto a las minorías, la separación de la religión y el estado, un régimen de garantías de las libertades individuales, etcétera. Y esos dos conceptos son los que están en conflicto en Turquía y los que, muy pronto, pueden entrar en conflicto en toda Europa.

III. Técnicamente “democracia” es gobierno del pueblo. En términos prácticos se traduce en elecciones libres en el que la población elige a sus representantes. Una mayoría de turcos votó a Erdogan, un puñado mayor de británicos decantó a Gran Bretaña por la pendiente del fracaso colectivo, millones de austriacos pueden aupar a un fascista a la Presidencia de su país este otoño y por las mismas fechas los estadounidenses pueden entregar su nación a Donald Trump y los franceses pueden darle la República Francesa a Le Pen el año que viene. Si estas cosas nos chirrían es porque hemos convertido la palabra “democracia” en un tótem reverencial y, sin criterio, identificamos elecciones democráticas con excelencia moral, pese a los muchos ejemplos que nos demuestran que el hecho de que millones de votos concurran en una misma dirección (ora la dirección de la estupidez, ora la de la maldad) no significa que esa dirección sea la mejor moralmente: significa, simplemente, que es la dirección que han elegido más personas. Dados los ropajes sacros con que hemos revestido el cuerpo de la democracia (y considerando el talibanismo que impregna la vida pública española) atreverse a decir que en muchas ocasiones el electorado “se equivoca” y que el emperador está desnudo implica que la guardia pretoriana de las esencias democráticas te tatúe con el calificativo de “fascista”. Así que no pondremos aquí en duda la virtud suprema del sabio pueblo transfigurado en cuerpo electoral.

IV. Erdogan es un gobernante democráticamente elegido: millones de votos de islamistas lo auparon al poder. A mí, particularmente, un islamista me provoca el mismo escalofrío ético y político que los justificadores de monseñor Cañizares y creo que ambos son igual de dañinos para la salud de un Estado democrático. Pero la democracia no pondera el peso del voto en función de que los partidos sean más o menos respetuosos con la “metademocracia”: un voto a favor del partido de Erdogan o del Frente Nacional Francés vale lo mismo que un voto a favor de un partido socialdemócrata o de la derecha liberal. Erdogan es un gobernante democráticamente elegido por más que sus ideas busquen, esencialmente, arriar los altos valores de la “metademocracia” en cuya dirección Ataturk orientó la proa de la República .

V. La democracia también es un sistema que tiene reglas ad futurum: el gobernante elegido por las urnas no puede viciar las reglas que permiten que su mayoría actual pueda terminar convertida en minoría en unas próximas elecciones. Y en nuestro pathos ético se exige que el gobernante democrático respete el espacio de la “metademocracia”. Y en estos dos sentidos calificar a Erdogan como “gobernante democrático” es ya mucho más problemático. Su leyes de marcada inspiración religiosa y limitadoras de derechos civiles, sus persecuciones de opositores o de periodistas libres, son buen ejemplo del dudoso talante democrático del islamista Erdogan. Pero es que, al fin y al cabo, el islamismo es una forma contemporánea de totalitarismo y, como todas las ideologías totalitarias, a lo que aspira es a infiltrar su ideología en todas las instituciones, haciendo saltar los resortes del Estado de Derecho hasta que éste queda convertido en pura apariencia, en mera fachada decorativa sin contenido alguno. Y esto se acentúa cuando el pensamiento totalitario se funda en la idea religiosa porque, al fin y al cabo, para la religión toda la verdad lo es por proceder de Dios y por lo tanto es algo indiscutible y no sujeto al debate público sin el cual no hay verdadera democracia: la ley no puede permitir el consumo de alcohol durante el Ramadán porque es el mismísimo Dios el que lo prohíbe.

VI. Muchos líderes occidentales han puesto a Erdogan como ejemplo de la compatibilidad entre islamismo y democracia. No han hecho sino vendar los ojos de las sociedades europeas, que no han apreciado la dimensión de la infiltración que el islamismo ha realizado en las instituciones democráticas y en el aparato del Estado turco, socavando los cimientos de la República fundada por Ataturk que, él sí, entendió claramente que sólo podría avanzarse hacia la democracia y la “metademocracia” recluyendo, de manera radical si fuese necesario, las cosas de la religión al ámbito de lo privado.

VII. El viernes por la noche los medios de comunicación y los líderes occidentales decretaron el estado de alegría por el fracaso del golpe militar contra un gobernante democráticamente elegido como es Erdogan, mientras los clérigos musulmanes encaramados a los alminares llamaban a las masas a echarse a la calle. Nos dijeron que las cosas en Turquía son o blancas o negras y que a Erdogan le tocaba ser lo blanco y a los militares golpistas lo negro. Y sin embargo, a estas horas la contradicción turca lo rebasa todo como un poderoso tsunami: miles de detenidos en una purga sin precedentes en la administración y el ejército turcos contra todos aquellos que duden de las virtudes del islamismo, o la propuesta de reinstauración de la pena de muerte dan buen ejemplo de la democracia que ha triunfado sobre el golpe militar. Pero sobre todo, lo más ilustrativo de eso que Europa se ha lanzado a apoyar sin titubeos, sean esas masas victoriosas sobre los golpistas que llenan las plazas de Turquía no dando vivas a la libertad o a la democracia sino gritando “¡Dios es grande!”. Son, posiblemente las mismas turbas que apalean a quienes beben alcohol. Y el gran símbolo de la victoria de Erdogan es ese joven que golpea con una correa a los soldados detenidos ante la pasividad de la policía que debería garantizar sus derechos: es la imagen viva del islamismo triunfante sobre el sistema de garantías de la verdadera democracia.

VIII. Puede que el precio a pagar por la victoria de la democracia en Turquía sean todos los derechos y todas las libertades que tan trabajosamente, con tantas vueltas atrás, con tantas contradicciones, ha ido hilvanando la República de Mustafá Kemal Ataturk. Desde el viernes por la noche me acuerdo de Camus que, increpado en Oslo por un joven que le reprochaba no ponerse de parte de la justicia (y la justicia era la independencia de Argelia, aun al precio de las bombas y la tortura), respondió que si la justicia eran las bombas que se ponían en los tranvías en los que podía viajar su madre él se quedaba con su madre. Pensaba también en los muchos turcos, y sobre todo muchas turcas, que han vivido durante años en una plenitud de libertades civiles y sociales desconocidas en el resto de países de mayoría musulmana (con la excepción de Túnez, donde, por cierto, también el ejército se encargó de dejar claro que no toleraría una victoria islamista) y en ese sentimiento suyo de que entre una democracia fundada en la grandeza de Dios y unos derechos tutelados por los militares quizá hubieran preferido la segunda opción. Esa que nosotros desechamos sin interrogantes, con la absoluta certeza de nuestra arrogancia, sabiendo que nuestras mujeres tienen garantizados sus derechos y que nadie va a apalearnos por echarnos una cerveza en una terraza de verano.

IX. Urge, en estos días, volver a esa maravillosa fábula sobre el presente de Turquía que es Nieve, la novela imprescindible de Pamuk. Y allí veremos que todo es gris y que vivimos en la contradicción.

X. Urgiría, también, conocer lo que nunca conoceremos: la responsabilidad de la Unión Europea, de la OTAN y de los Estados Unidos en preparar un golpe condenado a fracasar y del que el gran beneficiado es el "amigo" Erdogan. ¿Quién preparó el golpe contra Erdogan que, al fracasar, ha permito a Erdogan dar un golpe de Estado definitivo contra la República de Ataturk? ¿Quién diseñó la estrategia (las listas de cientos de jueces, policías, militares y funcionarios depurados en cuestión de horas por no comulgar con la deriva islámica de Turquía) para aupar a Erdogan a un poder incontestable, desde el que pueda manejar mucho mejor negocios como la compra de refugiados que le hizo a Bruselas así como el que compra esclavos?

sábado, 22 de febrero de 2014

COMO SE FUE EL MAESTRO




Con muy pocas personas tengo la deuda moral, sentimental, literaria, patriótica y personal que tengo con Antonio Machado. Reconozco que con Antonio Machado me ciega la pasión y el respeto, la reverencia y la admiración, porque gracias a él aprendí a amar la poesía y porque gracias a él sigo teniendo una idea de España en la que creer. Le debo mucho a Antonio Machado, mucho. Por eso hoy es inevitable que me acuerde de él, con una emoción íntima, con ese sentimiento de que hoy muchos españoles tenemos algo importante que celebrar: hace setenta y cinco años moría, perseguido por los ejércitos fascistas, fuera de España, rodeado de la multitud hambrienta y desesperada con la que había cruzado los Pirineos, hace setenta y cinco años moría en un pueblecito de pescadores franceses el más grande poeta en español de todos los tiempos y uno de los más altos y dignos ejemplos de compromiso con nuestro país. El ejemplo y la voz de Antonio Machado fueron tan inmensos que ni siquiera la dictadura que lo había arrojado al exilio y que lo condenó a morir y a ser enterrado fuera de la tierra española que tanto amó, que ni siquiera esa dictadura pudo desterrarlo de sus libros de literatura y de sus bachilleratos y sus escuelas: pudo pasar de puntillas por la figura de Antonio Machado, que tan incómoda le era, pero tuvo que pasar por ella, porque era demasiado grande como para que un puñado de tierra francesa la tapase para siempre.


Pero hoy no se trata de ajustar cuentas con los verdugos de Antonio Machado. Hoy no se trata de lamentarse de que alguien como él (y en él concurren los dramas personales de miles y miles de españoles que tuvieron que morir fuera de nuestro país, al que habían defendido defendiendo la República) no descanse abrazado por la tierra de Soria. Hoy se trata tan sólo de dejar aquí constancia de una emoción personal, de algo pequeño y maravilloso que siento desde hace unos días al pensar en este día, mientras saboreo despaciosamente tantos y tantos versos maravillosos de Antonio Machado.

Dijo otro español grande, Manuel Tuñón de Lara:
"El 22, cara al Mediterráneo, casi desnudo como los hijos de la mar, en el pueblecito francés de Colliure, moría don Antonio Machado. Don Antonio el Bueno, que había atravesado la frontera participando en el éxodo de su pueblo, del que jamás se separó. Al día siguiente, unos oficiales de un escuadrón de caballería del ejército republicano, internados en el castillo de los Templarios, llevaron a hombros su ataúd, envuelto en la bandera tricolor del pueblo de España. Hoy, Colliure es un lugar de peregrinación de todos los españoles de buena voluntad. Entonces, el drama colectivo lo anegaba todo."
 Tengo pendiente ese viaje a Colliure, para dejar margaritas rojas, amarillas y moradas en la tumba de don Antonio Machado y para decirle gracias, por tanto, simplemente gracias por habernos dejado su palabra y por haber soñado un nuevo renacer de España.

viernes, 14 de diciembre de 2012

ENTRE LAS AZUCENAS OLVIDADO





Cuentan sus biógrafos que gustaba San Juan de la Cruz de embelesarse contemplando la belleza del universo y de sus criaturas: estando en El Calvario —en la sierra de Segura— sale fray Juan con sus frailes al campo y en lugar de leerles un libro les hablaba «de las maravillas de la creación, que tan espléndidas tienen ante sus ojos», dice el padre Crisógono de Jesús en su espléndida biografía del reformador del Carmelo. El olor de los campos en primavera, el canto de los pájaros o los peces de los arroyos, la inmensa oscuridad de la noche atravesada por constelaciones sin fin, el horizonte de la atardecida... todo provoca en el fraile carmelita una elevación espiritual, una especie de banquete de lo divino. Prior de conventos y rector de colegios en Alcalá de Henares o en Baeza, más debían gustar a San Juan de la Cruz —guardará siempre en el corazón su primera vocación de cartujo— los pequeños conventos de descalzos perdidos en «los valles solitarios nemorosos», esos conventos que invitaban al retiro íntimo, a la pura contemplación de lo existente, conventos rodeados de naturaleza desde los que la mirada podía internase sin atajos ni alivios por los senderos inciertos y precarios que quieren llevar a Dios. El convento de El Calvario, a poco más de dos leguas de Beas de Segura, por difícil camino; el de La Peñuela, en las faldas bellísimas de Sierra Morena; la granja de Santa Ana, regalada a los Descalzos de Baeza y situada a las orillas del Guadalimar, en el término de Castellar de Santisteban; o el convento de Los Mártires que desde el cerro de la Alhambra domina toda la Vega de Granada, tan hermosa... posiblemente en ningunos otros lugares fue Juan de Yepes tan feliz como en esos en los que bastaba con alargar la mano para tocar el misterio de la creación y para intentar saciarse de infinitudes, lugares en los que se le acrecentaba la sed de eternidades.

Dice Juan Pasquau que no se puede comprender plenamente a San Juan de la Cruz si no se parte «de un supuesto de intimismo», si «no se quiere reconocer que, dentro de cada alma, hay inmensas provincias inexploradas». Eso es lo que hace San Juan cuando se recluye en lo profundo del paisaje: explorarse por dentro, transitar los recovecos íntimos de su alma atravesada de ansias y de dudas, de albores radiantes —amaneceres como de verano— y de noches oscuras espesas, impenetrables. Todo, en San Juan de la Cruz, conduce a un abundamiento interior: sabe que lo de fuera, aún necesario para vivir, es siempre accesorio y postizo y que la única verdad es la que cada hombre pueda encontrar o construir en permanente diálogo consigo mismo. La soledad —«soledad de amor herido»— no es una cobardía ni asqueamiento del mundo o un vacuo apartamiento, sino manantial de riqueza; porque sólo el solitario puede construir un lenguaje con el que hablar a Dios y comprender el misterio desgarrado de la existencia. «Quien habla solo espera / hablar a Dios un día», dice Antonio Machado en un verso lleno de evocaciones sanjuanistas.

Por eso, para leer a San Juan de la Cruz hace falta desnudarse por dentro y ponerse en manos de lo infinito, como quien se adentra en el mar o en el amor: San Juan de la Cruz habla desde una radical intimidad, sin concesiones, y hay que comprenderlo y dialogar con él desde lo profundo de cada uno de nosotros, de abismo a abismo, sin intermediarios. Porque no hay trampas en la fe «oscura y verdadera» —verdadera por oscura— del santo de Fontiveros, fe no de santos sino de hombres que «viven acá como peregrinos, pobres, desterrados, huérfanos, secos, sin camino y sin nada». Sólo puede leerse a San Juan de la Cruz sin rodeos ni aparato, sin salida de emergencia, aunque duela este hombre que le habla a la herida del corazón y no a su medicina o a su consuelo. Vivir es el permanente dolor de andar buscando una alegría para que, al final —vanidad de vanidades o plenitud de plenitudes, quién lo sabe— cese todo y nos dejemos, dejando nuestro cuidado entre las azucenas olvidado.

(IDEAL, 13 de diciembre de 2012)

jueves, 13 de diciembre de 2012

JUAN EL EXISTENCIALISTA





En realidad, San Juan de la Cruz no ha dejado nunca de estar de actualidad. Es una de las figuras del Siglo de Oro español que mejor ha resistido el paso del tiempo y que más fresca ha conservado su vigencia: porque hace cuatro siglos San Juan de la Cruz comenzó a pensar y a escribir sobre cosas que no se convertirían en «temas centrales» de la literatura o de la filosofía hasta el siglo XIX y XX. Juan de la Cruz resulta cercano en todos los aspectos porque está atravesado por un sentimiento religioso y existencial plenamente actual: el santo de Fontiveros es el primero que se ocupa de la duda y la angustia que a la fe le plantea la invisibilidad de lo divino.

Se ha destacado mucho la poesía de San Juan de la Cruz, pero se ha obviado el carácter heterodoxo de su obra en cuanto que existencialismo extemporáneo, no se ha estudiado esa capacidad anticipatoria de una filosofía agónica que sólo sería posible tras la liberación del pensamiento en el Siglo de las Luces. En cualquier caso, San Juan de la Cruz es el primer poeta que mira en la dirección de Dios con encogimiento, con temor, con dudas y a veces también con rabia: «Como el cierto huiste, / habiéndome herido: / Salí tras ti clamando ¡y eras ido!», clama el poeta contra un Dios que juega al escondite. No es por eso la poesía de San Juan de la Cruz la poesía de un hombre que cree: es sobre todo —en un adelanto de la fe según Miguel de Unamuno— la poesía de un hombre que quiere creer y que con sus versos interroga el infinito silencio de Dios. No escribe San Juan de la Cruz desde la luminosa atalaya de los puros y de los ortodoxos que no conocen la duda: el «frailecico» es un hombre que escribe desde «la noche oscura del alma», esto es: desde el pozo de la duda. San Juan de la Cruz no escribe sobre la luz y ni siquiera escribe sobre la búsqueda de la luz: la poesía de San Juan de la Cruz es en sí misma una búsqueda de la luz. «La fe es el secreto y el misterio», dice San Juan en su Declaración de las canciones de amor entre la esposa y el esposo Cristo, sus bellísimas notas sobre el Cántico espiritual. Y es, precisamente, en el Cántico espiritual —uno de los poemas de amor y búsqueda más bellos y más desgarrados de todos los tiempos, uno de los poemas religiosos menos ortodoxos que se han escrito— donde se condensa todo ese existencialismo sanjuanista, que es un viaje hacia el interior de «el secreto y el misterio».

No es gratuito que San Juan de la Cruz comience a escribir el Cántico espiritual en la prisión de Toledo. Secuestrado por quienes dentro de la propia Iglesia se oponen a la reforma del Carmelo que postula junto a Teresa de Ávila, Juan de Yepes sufre el espanto de la tortura y de la soledad. Y es allí, cuando todo parece perdido, donde la angustia y la duda comienzan a apoderarse de él. El «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado» es el grito más desgarrador de la historia de todas las religiones, la queja más radicalmente existencial de cuantos se hayan escrito nunca: en el Cántico espiritual es como si San Juan de la Cruz no hubiese querido más que desarrollar ese abandono de Jesús en el Gólgota, ese miedo cósmico ante el dolor y el abismo, ante la muerte y la ausencia de Dios. Desde el interior de la cárcel, desde la privación radicalmente injusta e inexplicable a la que se ve sometido, piensa el carmelita en los «bosques y espesuras», en el «prado de verduras, de flores esmaltado», pero no es sino para sentirse más condenado, no es sino para acrecentar la duda y el tono angustioso de su pregunta: él, un hombre que adolece, pena y muere, no quiere ya más heraldos de lo divino ni más intermediarios ni más mensajeros, porque no saben decirle lo que quiere. «No quieras enviarme / de hoy más mensajero, / que no saben decirme lo que quiero» no son versos heterodoxos: son, directamente, versos heréticos, porque indican una renuncia de San Juan de la Cruz a la intermediación de la Iglesia, porque suponen una denuncia a la incapacidad del lenguaje ampuloso —el lenguaje «vaticano»— para expresar la intensidad de la experiencia religiosa y para calmar la sed de divinidad de las almas enriquecidas por la duda. Nada de eso le sirve ya a San Juan de la Cruz, y su encierro en la cárcel lo único que hace es rebelar el fondo de su espíritu: el fraile sólo quiere ya que Dios resuelva la ecuación de su duda y sane la herida que le ha provocado en el alma. «Acaba de entregarte ya de vero», le exige el fraile herido al Dios esquivo. El alma de San Juan está «llagada de amor», y más aún, se está «muriendo de amor, a causa de una inmensidad admirable que por medio de estas criaturas se le descubre sin acabársele de descubrir, que aquí le llama no sé qué, porque no se sabe decir». He ahí, en sus propias palabras, el San Juan de la Cruz atrapado —en una hermosísima y dolorosísima paradoja— entre la belleza del universo que lo conmueve y lo predispone hacia Dios y entre un Dios que no se acaba de descubrir y del que, por lo tanto, siempre queda algo que perfilar, algo que confirmar. Ese algo que es precisamente lo definitivo, lo resolutorio, la clave que permitiría convertir la fe, que es una duda, en una certeza: «esto que no acabo de entender me mata», dice San Juan en una frase conmovedora y que encontrará ecos magníficos en los existencialistas más honestos del siglo XX.

Esa honestidad existencial está ya en San Juan de la Cruz, que renuncia a jugar con trampas: pone todo en juego cuando invoca al Dios escondido, desesperado, arrebatado por la ira de quien quiere ver y oír y tocar lo que se ama y se desea y sólo obtiene la oscuridad, el silencio y la ausencia como respuesta. La Canción 9 del Cántico Espiritual es el punto culminante de esa interrogación casi enfurecida que el alma de San Juan de la Cruz pone a los pies de Dios, pidiéndole que se muestre para sanar el corazón que ha llagado y para reparar el corazón que ha robado. «¿Por qué, pues has llagado aqueste corazón, no le sanaste? Como si dijera: ¿Por qué, pues le has herido hasta llagarle, no le sanas, acabándole de matar de amor, pues eres tú la causa de la llaga en dolencia de amor?», dice San Juan antes de exigirle a Dios el único remedio que en verdad puede acabar con la duda: «véante mis ojos».

San Juan sabe que no se muere quien ve a Dios, sabe que lo único que mata son la duda y la angustia; por eso, «determinantemente», «sintiéndose el alma con tanta vehemencia de ir a Dios como la piedra», el carmelita le pide a Dios, le exige, que le descubra su presencia, porque «la dolencia de amor» —la duda íntima, la noche oscura del alma— sólo pueden curarse «con la presencia y la figura». Todo el Cántico Espiritual se resuelve en este punto: el fraile encadenado en la soledad y por la incertidumbre, el santo reformador que vacila, ha mostrado toda su alma. La duda es desnudez y desamparo, profunda y desgarrada humanidad, y eso que supieron captar los existencialistas como Camus, había sido ya anticipado muchos años antes por San Juan de la Cruz.

¿Por qué nunca ha perdido su actualidad San Juan de la Cruz? Porque es un santo que existe en la expresión de nuestros propios sentimientos, porque habla de lo que nosotros sentimos y porque en su voz reconocemos nuestra voz que vacila.

(UBEDA IDE@L, Núm. 13, noviembre de 2012)

domingo, 14 de octubre de 2012

LA LENGUA EN PEDAZOS




Teresa está sentada. En el teatro resuena sólo el golpe monótono del cuchillo cuando cae sobre la mesa tras haber partido la cebolla. Entra en la cocina un oficial de la Inquisición: viene a juzgar la obra que Teresa de Jesús ha principiado al abandonar el monasterio de la Encarnación para fundar el de San José —cuna de la reforma carmelitana—, viene a cortar de raíz la protesta espiritual del recién nacido Carmen Descalzo. Habla el Inquisidor y Teresa se encoge con temor, que está arrugada incluso cuando se pone de pie con su pobre indumentaria de monja que rechaza la vida lujosa de las carmelitas calzadas. Se le nota a Teresa el miedo en la voz, vacilante: sabe que el Inquisidor tiene poder suficiente para enviarla al potro de tortura y a la hoguera si se niega a volver a la obediencia del Carmen Calzado.

Y sin embargo la voz trémula de Teresa va rompiendo poco a poco el discurso pétreo con el que el Inquisidor quiere acorralarla para que renuncie a su proyecto. Más aún: el Inquisidor quiere doblegarla, partirla, vencerla, porque intuye en Teresa una amenaza terrible para el poder establecido, para la religión cosificada y ritualizada que reduce la fe a mercadeo de almas. Pero Teresa se revuelve: su voz es la de una mujer que conoce el duro papel que obliga el mundo a representar a las mujeres y que, sin embargo, no se resiste a aceptar ese sometimiento ni esa humillación. La carne de Teresa tiene miedo y tiembla, pero su voz suena pura, decidida. “A poco que hagamos las mujeres, se juzga exceso lo que hagamos”, dice Teresa cuando el fuego que abrasa su interior ha consumido todos los argumentos del Inquisidor. “Nos tiene el mundo acorraladas, mariposas cargadas de cadenas” recita Teresa cuando las palabras sin alma del Inquisidor no han bastado para doblegar su voluntad radicalmente libre, que sólo el tormento y la muerte podrían apagar ese ansia de elevación. Pero el Inquisidor no está dispuesto a llegar tan lejos: él es un hombre de seguridades, un puro de certezas inquebrantables capaz de hundir el mundo si así lo manda la ortodoxia, él cree que el sufrimiento se justifica si redime; pero él no va a llevar a Teresa a la hoguera, porque cree que su locura espiritual es ya una condena y que poco a poco se irá quedando sola en su Carmen Descalzo. Al final de la obra, el Inquisidor piensa que su decisión —dejar a Teresa sola con su “pequeño Dios”, para que sola muera— es un castigo terrible contra la monja rebelde, pero la única realidad es que Teresa y su espíritu indomable han vencido al Inquisidor.

Este es el argumento de La lengua en pedazos, una obra de Juan Mayorga que representó en Úbeda el 1 de octubre, con una interpretación sobrecogedora de Clara Sanchís y de Pedro Miguel Martínez.. Ha escrito Mayorga un texto bellísimo, que destila clasicismo y amor por la lengua y que contiene un mensaje demoledor, incómodo para los que nunca se cuestionan nada, un mensaje urgente y actual. La lengua en pedazos es una obra de temática religiosa, un intento de renovación eclesial —“la Iglesia ha de ser casa de iguales”—, un intento de hacernos ver que el único Dios verdadero es el que, estando entre pucheros, se enreda en la maquinaria de nuestra vida cotidiana y se nos hace cercano al corazón, un Dios pequeño que entiende las palabras pequeñas de nuestro día a día. Pero la obra de Mayorga es sobre todo un pregón de humanidad, una reivindicación del papel transformador de la mujer, una proclama a favor del derecho a dudar y del derecho a ser libres y a luchar por un mundo hecho a imagen de los justos. La lengua en pedazos sirve para estos tiempos negros en los que hay que defender el pan y la alegría de la furia de los inquisidores: “La lengua está en pedazos y es sólo el amor el que habla”. Es Teresa, que se dirige a nosotros, que estamos hechos pedazos, y se nos pone como ejemplo para que no escuchemos los cantos de sirena del poder, porque vivimos un tiempo en que “se llama desorden a lo que es espíritu”.

(IDEAL, 12 de octubre de 2012)

lunes, 23 de abril de 2012

SAN LIBRO





Lo siento, no lo puedo evitar: me gusta este Día del Libro. Me gusta la cívica costumbre de los catalanes de regalarse libros y rosas, y he asumido como propio ese ritual, ese generoso intercambio de cosas tan valiosas y en realidad tan baratas. Y un año más (también lo siento: tampoco lo puedo evitar) me causa pena que en un país tan necesitado de valores y de elementos que nos unan, no hayamos extendido por todo el viejo mapa de la piel de toro los puestos llenos de libros y de flores en las mañanas y las tardes de cada 23 de abril. El libro es el invento más revolucionario de la historia de la humanidad, el más versátil, el que más libertades ha construido y más tiranías ha derrumbado: me gusta mucho esta fiesta civil y laica del San Libro, que es valioso y sagrado como la inocencia de los niños, como la rebeldía de los soñadores, como el camino de los amantes. Me gusta mucho el pequeño gesto con el que los masones jiennenses han celebrado este día grande de los lectores y la cultura: han firmado con rosas los edificios más relevantes de ese genio que fue Andrés de Vandelvira. Me gusta mucho esta fiesta sin políticos ni tambores, sin solemnidades ni banderas, esta fiesta renovada cada primavera, nueva y limpia cada año, me gusta mucho esta fiesta íntima, personal, familiar, que une a los seres libres en las páginas de un libro que cambia de manos y en la belleza condenada de las flores.

Posdata. Ayer, Rosa Liaño, me celebró por lo grande las vísperas de este Día del Libro, regalándome uno de los rarísimos ejemplares que ha editado, por su cuenta y a su cargo, de la biografía de Juan Pasquau escrita por Adela Tarifa. Lástima que para obras culturales de esta envergadura las administraciones públicas, tan pródigas en aeropuertos inservibles y palacios faraónicos, no hayan encontrado una pequeña partida económica que hubiera posibilitado la publicación del libro, ganador del Premio Cazabán de la Diputación Provincial. Desde el punto de vista puramente egoísta, tengo que reconocer que como lector y coleccionista de libros me alegra ser uno de los privilegiados que lo tienen. Anoche me sentía poseedor de un tesoro valioso, supongo que igual que un coleccionista de escarabajos que caza uno realmente raro y escaso, y lo mira durante horas antes de pincharlo con un alfiler especial en su cajita de cartón; cuando Manuel se durmió, tuve que apagar el Kindle y suspender la lectura más monumental que nunca he acometido, la de los Episodios Nacionales de Galdós, para adentrarme en la vida y el corazón de Juan Pasquau. Y resulta que ese hombre que escribía como los ángeles, suponiendo que los ángeles escriban, es más grande, aún, de lo que yo pensaba.

martes, 7 de febrero de 2012

ACTUALIDAD DE DICKENS





Un viernes de 1812, 7 de febrero como hoy, nacía en Portsmouth un niño que con durante un tiempo viviría con su familia en la cárcel en la que su padre cumplía condena; que con 12 años comenzó a trabajar en una fábrica de betún, en una inhumana jornada de 10 horas diarias; que siendo ya un escritor famoso vería como de su trabajo se beneficiaban lectores y editores sin que él percibiese lo que le correspondía. Hoy hace doscientos años que nació Charles Dickens, uno de los escritores más grandes de todos los tiempos, uno de esos novelistas magníficos del siglo XIX que suelen criticar los escritores que convierten sus novelas en fuego de artificio de imposible lectura y nulo contenido, pero a los que se vuelve siempre porque late en sus obras un universo inabarcable. A Dickens, además, urge volver nuevamente porque sus novelas recobran actualidad: en nuestro mundo vuelven a estar enseñoreadas la hipocresía y la crueldad, el sufrimiento de los niños y el olvido de la justicia, como si la miseria de la era victoriana que Dickens apresó en sus novelas se hubiera escapado de sus páginas y se hubiera adueñado de todo lo que nos rodea.

Imposible no pensar hoy en Dickens, cuando desde Grecia nos llegan fotografías de los niños de sus novelas, resucitados en niños de carne y hueso, malnutridos. No sabemos si alguno de esos niños a los que la Unión Europea ha condenado a hacer cola en los comedores sociales será, dentro de treinta, cuarenta años, un escritor tan poderoso como Dickens, tan dotado para penetrar en el dolor del mundo, en la raíz de la injusticia.

lunes, 19 de diciembre de 2011

VÁCLAV HAVEL





De pronto, al enterarme de la muerte de Václav Havel, me han venido a la memoria mis años de estudiante en Granada, en los que devoré “Cartas para Olga”, “La responsabilidad como destino” o “El poder de los sin poder”, esos libros en los que el presidente checo desgranaba sus profundas convicciones. Hoy sé que Havel influyó mucho en mi manera de pensar y de entender el compromiso político y cívico, y su ejemplo de entrega y de honestidad me hizo comprender la grandeza de la vocación pública y política cuando de verdad se presta con generosidad, pensando en los demás y sin traicionar los ideales; mi trabajo en el Ayuntamiento se ha encargado, después, de desarmar las pulsiones políticas que tuve en la juventud, enseñándome que vocaciones y ejemplos como el de Havel son estallidos fugaces en la historia, que la política es otra cosa y que es una cosa que ensucia. Anoche, sin embargo, todas aquellas ilusiones de servicio público y compromiso que Václav Havel me regaló revivieron de forma muy intensa: cuando las hordas neoliberales encabezadas por frau Merkel están destruyendo Europa —el concepto moral de Europa, el proyecto ético europeo— la muerte de Havel revive las ascuas de la Europa digna de la que yo me siento ciudadano, una Europa en la son más necesarias que nunca unas inolvidables palabras del intelectual checo: vivimos uno de esos momentos históricos, una de esas encrucijadas decisivas, en las que el político debe actuar “simplemente como un hombre honrado”, olvidando análisis y cálculos relativizados, porque “la súbita aplicación de medidas humanas directas en medio del mundo deshumanizador de los manejos políticos puede obrar como un rayo que ilumina con su clara luz al paisaje confuso”. Medidas humanas: qué necesario se hace reivindicarlas ahora que han convencido a la mayoría de que la única política posible es la de las medidas del sufrimiento y del dolor, la política que nos devuelve a la infamia social del siglo XIX y que abre de par en par las puertas del radicalismo y de la violencia políticas que degeneraron en el totalitarismo contra el que Havel luchó.

Pero Václav Havel se ha muerto. Y con él una de las voces más altas y decentes de la historia europea de los últimos cincuenta años, uno de los últimos cantores de la esperanza colectiva. Defensor insobornable de la libertad y de la democracia, del compromiso cívico, de la capacidad de los ciudadanos, que son aquellos que no tiene poder, para instaurar un poder que renuncie “a los sugestivos argumentos de la capitulación”, defendiendo que hay alternativas, que siempre hay alternativas al pensamiento único —al pensamiento único del burdo estalinismo y al pensamiento único del sibilino neoliberalismo— y que “la pérdida real no equivale a la pérdida moral, y que la victoria moral puede convertirse más tarde en la victoria real, mientras que la pérdida moral jamás lo hace”. Qué ejemplo, qué palabras, cómo nos piden que nos aferremos a los mástiles de los derechos tan duramente conseguidos, de las libertades que nos han hecho mejores, para no sucumbir a los cantos de las sirenas transformadas en hienas. Cómo nos restauran la confianza en una especie de “sí, podemos”, para que sea posible que “la verdad vuelva a ser la verdad, el juicio, buen juicio, y el honor, nuevamente honor.”

Václav Havel era un hombre grande, que nos enseñó que la libertad tiene su épica, pero también que la democracia es la gestión normal de la cotidiano, con sus contradicciones y sus mil problemas. Havel era un hombre grande: en una de las cartas que le escribe a Olga desde la cárcel le cuenta que lo que lo ha atormentado en los últimos días es un terrible dolor de muelas, y en esa tensión entre el arco esperanzado de la libertad y la necesidad de aplacar los sufrimientos cotidianos encontramos la verdadera dignidad de un político, de un pensador, de un artista imprescindible en nuestras vidas que nos regaló una esperanza para fortalecer el ánimo y el espíritu, la conciencia cívica, incluso en tiempos tan oscuros y tan duros como los que vivimos y se avecinan: que la gente sepa, que todos nosotros sepamos, “que siempre se pueden conservar los ideales y su núcleo esencial; que es posible hacer frente a la mentira; que hay valores por los que vale la pena luchar; que aún existen líderes en quienes confiar; que ninguna pérdida política inmediata justifica un escepticismo histórico total, si los afectados son capaces de soportar dignamente su derrota.”

Al ver la foto de un Havel sonriente en las páginas de los periódicos que hablaban de su muerte he vuelto a sentirme como aquel joven cargado de esperanzas que fui hace muchos años.

jueves, 1 de diciembre de 2011

TAL COMO SOMOS





¿Y si uno de los principales problemas fuera que tendemos a considerarnos superiores a nuestros políticos en lugar de asumir que estos son la imagen que nos devuelve el espejo de nuestra ciudadanía atrofiada? Robert D. Kaplan charla con Lilian Parks, una inspectora de enseñanza de East Saint Louis ya jubilada. Charlan amistosamente; el marido de Lilian está sentado un poco aparte, aparentemente ajeno a aquello de lo que hablan su esposa y el escritor. Pero en un momento de la conversación, que gira sobre la organización de las ciudades y los gobiernos municipales y la nula capacidad de estos para entender el futuro o la importancia de la educación, el señor Parks no puede contenerse y rompe su silencio: «¡El gobierno de las ciudades es un mero reflejo de la cultura de sus habitantes!».

miércoles, 30 de noviembre de 2011

UN EJEMPLO





En los libros de Robert D. Kaplan no hay lugar para la complacencia. Es uno de los mejores exponentes del realismo político y sus descripciones de lo que pasa en nuestro mundo son certeras, despiadadas, están hechas con la mirada de un ojo que sabe que distinguir entre lo que realmente es y lo que debería ser, están hechas con las palabras de quien posiblemente ha llegado a la conclusión de que siempre gana lo que es. Cuando hace unos quince años pronosticaba que la democracia política pasaría a la historia y sería sustituida por democracias aparentes, en las que el poder lo detentarían, realmente, las multinacionales, los bancos, los grupos de presión y los medios informativos más poderosos, muchos lo tacharon de alarmista y de polémico; hoy, cuando el ejemplo italiano o griego le dan la razón, sin concesiones, sus detractores guardan prudente silencio.

Anoche, repasando Viaje al futuro del imperio. La transformación de Norteamérica en el siglo XXI, un libro magnífico, soberbio, me topé con un párrafo muy esclarecedor del compromiso de cada uno de nosotros con los demás. Refiriéndose a H.C. Milford, un miembro del Partido Republicano, blanco, y máximo responsable a finales de los 90 (fecha en que está escrito el libro) del departamento de economía del Ayuntamiento de East Saint Louis, en Illinois, dice: «Es uno de los miembros más valiosos de la sociedad norteamericana de finales del siglo XX, porque gracias a su profunda comprensión del concepto de democracia civil se ha dado cuenta de que, por definición, ésta se basa en la buena voluntad para ayudar a los más desamparados; de que el hecho de que sus vecinos ricos hayan decidido dar la espalda a los negros pobres no significa que él o la totalidad del país tenga que hacer lo mismo, y que no hay justificación moral posible para el abandono de los negros pobres sólo porque no cuenten en un orden económico superior.» Qué ejemplo de conciencia cívica, de compromiso político contra el sufrimiento, que altura de miras civiles, de no escurrir el bulto cuando las políticas que nos exigen generan tanto dolor y todos miramos hacia otro lado.

martes, 22 de noviembre de 2011

333.628





La emoción que uno siente al leer Los peces de la amargura de Fernando Aramburu es limpia como el corte de un bisturí, penetrante, incisiva. Va directa al tuétano del corazón, tanto como puede hacerlo una prosa luminosa y precisa, sin concesiones a la retórica, tan desnuda de aditamentos que se transfigura en pura literatura, en la mejor literatura. Es imposible leer ese viaje del escritor de San Sebastián al fondo del dolor de las víctimas del terrorismo de ETA sin sentir un estremecimiento, la permanente presencia de un nudo apretando la garganta: libros como éste deberían ser de obligatoria lectura en los centros escolares, para que nuestros hijos aprendieran el valor no ya de la libertad y la tolerancia sino el de la simple compasión con aquellos que sufren. Creo que sólo he sido capaz de comprender el drama humano de miles de personas sacudidas por la barbarie cuando he leído este libro, cuando este libro de relatos me ha puesto en la carne doliente y en la piel estremecida de las viudas, de los hijos, de los proscritos, de los señalados, de los que son acusados de españoles en el País Vasco, de aquellos cuyo dolor era justificado por los alcaldes y los curas y por el carnicero y por el vecino o el compañero de dominó, por toda una sociedad corrompida éticamente por la violencia política del terror. Lo leí durante el último tramo de la campaña electoral y no puedo borrarlo de mi mente, tan grande fue la impresión: creo que me ha dejado tan tocado que ahora mismo no podría volver a leerlo. Después de que este libro haya arrasado con su tristeza el fondo de mi persona, me resulta incomprensible, completamente incomprensible, que haya habido 333.628 “personas” que el pasado domingo votaron a los cómplices morales de quienes todavía no le han pedido perdón a esos que han quedado para siempre retratados en los inolvidables personajes del libro de Aramburu.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

TIEMPO DE PARAR, TIEMPO DE PENSAR





Los que son más sabios y están más preparados que nosotros expresan con más facilidad y más certeza la situación en que vivimos. Por eso traigo aquí las reflexiones que dos Premios Nobel de Economía y uno de los mayores intelectuales españoles del momento han hecho en la prensa en las tres últimas semanas. Creo que pueden ayudar a conformar cierta conciencia política de cara a las elecciones del domingo.

La primera reflexión es la que Santos Juliá hizo el pasado 6 de noviembre. Retrata con una precisión que espanta la situación dramática que vive la sociedad española y el ambiente político previo a las elecciones:

«Una crisis tan profunda y duradera como la que estamos viviendo ya no es una crisis, es otra cosa. Algo se nos ha roto entre las manos y nadie sabe cómo repararlo, tal vez porque no tiene remedio. No se trata solo de que la fiesta, en efecto, ha terminado: al cabo, todas terminan, sería insoportable todo el tiempo de fiesta. Se trata, o eso barruntamos, de que las cosas nunca volverán a ser como fueron en los años de euforia; que es preciso abandonar la idea de que, como esto es una crisis, algún día saldremos de ella. Esto ya no es una crisis, es un derrumbe, o mejor, una amenaza de ruina.»
«Ninguna metáfora expresa mejor el estado de espíritu dominante que la visión de esos aeropuertos desertizados por aviones y pasajeros: tan nuevecitos todos, tan limpios y, sin embargo, qué desolación, como las de esas autopistas por las que circula de vez en cuando un automóvil, o esas ciudades fantasma donde ni un alma se ve por las calles. Es la ruina de lo no estrenado, en la que nada ha tenido que ver la desregulación de los mercados, ni la codicia de la nueva oligarquía financiera. O más bien, de ellas sacó provecho una clase política que creyó asegurar su poder sembrando todo el territorio de promociones inmobiliarias, de aeropuertos, de líneas de alta velocidad, de autopistas, de subvenciones, de cadenas de televisión. Es como la triste cosecha de la mayor quiebra del pacto socialdemócrata de posguerra: habernos dejado llevar por el señuelo de la mano invisible, cuando los mercados derramaban dinero a espuertas, que los gobiernos vertían generosamente en políticas destinadas a pescar votos en caladeros segmentados.»
«La profundidad de la grieta es tan honda y su duración tan fuera de control, tan inconmensurable, que por necesidad han de sonar a hueco los programas aplicadamente elaborados por los partidos políticos para las próximas elecciones. Páginas y páginas de buenos propósitos, de promoveremos, reforzaremos, reformaremos, como si tuvieran en su mano promover, reforzar, reformar. Antes de proponer nada, sería menester un diagnóstico crítico, nada complaciente, de lo ocurrido en las dos últimas décadas, un diagnóstico que huya de los golpes de pecho, abomine de los "relatos" y rasgue los velos que ocultan la simple realidad de que hemos vivido muy por encima de nuestras posibilidades.»
«Quizá ninguna campaña electoral habrá discurrido en un clima de tanto escepticismo sobre la capacidad de nuestros partidos políticos, no ya para remediar, sino ni siquiera para diagnosticar verazmente esta nueva realidad que ha sucedido a los años en que los mercados no eran los malos de la película sino el séptimo de caballería que había venido a librarnos de los fantasmas del pasado. Escépticos y todo, la mayoría iremos a votar, no cabe duda, pero seguramente lo haremos sin la más mínima esperanza de que el resultado de nuestro voto, vaya a quien vaya, sirva para modificar ni un milímetro el curso de las cosas. Ha sido tan abrupto el despertar del ensueño, que será menester una buena ducha de agua fría antes de tomar la exacta medida de esta cosa a la que aun no sabemos cómo nombrar pero a la que algún día habrá que enfrentarse a fondo, por más que su feo rostro aparezca púdicamente oculto en los programas electorales.»
La segunda reflexión que asumo como propia es que realiza, también el 6 de noviembre, Joseph E. Stiglitz, relacionada a las causas que han provocado la justa y necesaria aparición de las protestas de los indignados y a lo que estos quieren, que resulta tan básico, tan elemental, que espanta darse cuenta de que tengamos que pelear por eso a estas alturas:

«Los especuladores que contribuyeron a colapsar la economía global tributan a tasas menores que quienes ganan sus ingresos trabajando.»

«Los manifestantes de España y de otros países tienen derecho a estar indignados: tenemos un sistema donde a los banqueros se los rescató, y a sus víctimas se las abandonó para que se las arreglen como puedan.»

«Para peor, los banqueros están otra vez en sus escritorios, ganando bonificaciones que superan lo que la mayoría de los trabajadores esperan ganar en toda una vida, mientras que muchos jóvenes que estudiaron con esfuerzo y respetaron todas las reglas ahora están sin perspectivas de encontrar un empleo gratificante.»
«En un nivel básico, los manifestantes actuales piden muy poco: oportunidades para emplear sus habilidades, el derecho a un trabajo decente a cambio de un salario decente, una economía y una sociedad más justas. Sus esperanzas son evolucionarias, no revolucionarias. Pero en un nivel más amplio, están pidiendo mucho: una democracia donde lo que importen sean las personas en vez de el dinero, y un mercado que cumpla con lo que se espera de él.»
«La desregulación de los mercados lleva a crisis económicas y políticas. Los mercados sólo funcionan como es debido cuando lo hacen dentro de un marco adecuado de regulaciones públicas; y ese marco solamente puede construirse en una democracia que refleje los intereses detodos, no los intereses del 1%. El mejor Gobierno que el dinero puede comprar ya no es suficiente.»
Y cierro con la que posiblemente sea la más desoladora: la de Paul Krugman del 30 de octubre. ¿Por qué es la más desoladora? Porque demuestra, partiendo del caso de Islandia, que las cosas podían haber sido de otra manera y que el sufrimiento de tantas y tantas familias, de tantos y tantos niños hijos de parados y excluidos, se podía evitar y es gratuito y responde a unos intereses ideológicos muy concretos.

«Mientras todos los demás rescataban a los banqueros y obligaban a los ciudadanos a pagar el precio, Islandia dejó que los bancos se arruinaran y, de hecho, amplió su red de seguridad social. Mientras que todos los demás estaban obsesionados con tratar de aplacar a los inversores internacionales, Islandia impuso unos controles temporales a los movimientos de capital para darse a sí misma cierto margen de maniobra.»

«¿Cómo le está yendo? Islandia no ha evitado un daño económico grave ni un descenso considerable del nivel de vida. Pero ha conseguido poner coto tanto al aumento del paro como al sufrimiento de los más vulnerables; la red de seguridad social ha permanecido intacta, al igual que la decencia más elemental de la sociedad.»

«Y nos enseña una lección al resto de nosotros: el sufrimiento al que se enfrentan tantos de nuestros ciudadanos es innecesario. Si esta es una época de increíble dolor y de una sociedad mucho más dura, ha sido por elección. No tenía, ni tiene, por qué ser de esta manera.»

martes, 15 de noviembre de 2011

BIBLIOTECA DEL ZAIDÍN





Cada vez estoy más convencido de que en la íntima resistencia y la profunda rabia que muchos sentimos ante el ataque que padece lo público se está fraguando una penúltima oportunidad para la decencia civil, cívica, democrática. Las sociedades europeas están mucho más capacitadas que la española para valorar la importancia que lo público ha tenido en la construcción de sociedades mejores desde el final de la II Guerra Mundial: aquí todavía pesan mucho el oscurantismo, el prejuicio y la agitación de los supuestos derechos de casta y de clase y de conciencia excluyente; lo de cada uno sigue siendo, en España, más importante que lo de todos, y es este fracaso del ideal civil en nuestro país lo que en gran medida explica la desarticulación de una sociedad sin apenas valores compartidos. Eso explican que sean muy pocos los que se movilizan y se oponen a los atentados contra la escuela pública, contra la sanidad pública... contra una humilde biblioteca pública de un barrio del costado de Granada.

La Biblioteca Pública del Zaidín era una biblioteca humilde, sencilla, en la que los abuelos leían el periódico por las mañanas y los niños se juntaban en las tardes de otoño y de invierno para hacer los deberes. No era una de esas pomposas infraestructuras culturales en las que nuestros políticos han enterrado millones de pesetas en los últimos años y que ahora no podemos ni costear ni dar uso, pero que no se cierran para que la casta política no tenga que reconocer su incompetencia y su soberbia. Lo que sobra, lo que sobrecarga el gasto público es, según parece, una biblioteca de barrio trabajador. Y por eso el Ayuntamiento de Granada la ha cerrado, desalojando a palos a los vecinos que la protegían como se cuida a un hijo, con la ternura de quien sabe que en los libros está la posibilidad mejor de redención ética. Al Ayuntamiento de Granada le ofendía esta biblioteca y entiende que los vecinos no necesitan libros sino un centro de bailes regionales.

Rosa Montero se conmueve con la actitud de esos vecinos valientes que defienden aquello a lo que tanto le deben y que es fundamental para sus hijos, y Antonio Muñoz Molina, que no duda en calificar como “sinvergüenzas” a los políticos municipales que han atentado contra la biblioteca, les propone que lo que se van a ahorrar en esa biblioteca que tanto les ofendía se lo gasten en mantener el monumento fascista de José Antonio que tanto les gusta artísticamente. Yo, hoy, siento renovado el asco y la rabia, pero también noto como dentro de mí vibra la conciencia de ciudadano que se siente solidario de aquellos que fueron sacados a rastras de la Biblioteca Pública del Zaidín por negarse a renunciar a ese tesoro de valor incalculable que son los libros, en los que está toda la poca esperanza que nos queda.

martes, 1 de noviembre de 2011

VENDRÁ LA MUERTE





Me topé con este poema después de muchos años. Lo colgó Ricardo Menéndez Salmón en su muro de Facebook, el viernes. He recordado que me gusta tanto...
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
—esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo—. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.

sábado, 29 de octubre de 2011

DECENCIA





La patronal ya pide abiertamente algo muy parecido al despido libre y sin indemnización, el copago sanitario, el fin de los convenios y de la representación sindical en las empresas. Mientras, el consejero de Sanidad de Cataluña niega que exista un derecho a la salud, lo que cuadra con la feroz política que contra la sanidad pública están desplegando los nacionalistas catalanes: ojalá se pudiese contabilizar todo el sufrimiento y todo el dolor, e incluso toda la muerte, que están generando con esa política. E Isak Andi, fundador de Mango, dice sin empacho que se ha terminado la época de los derechos y que ahora toca “pagar la fiesta”, como si todo lo que tan trabajosamente se consiguió en Europa durante décadas de lucha de los trabajadores fueran “fiestas” y no la sustancia del más alto estado de la civilización humana, como si la jornada de 8 horas, las vacaciones remuneradas (Salvador Sostres, uno de los más destacados elementos de la prensa ultra, clamaba hace unos días contra las vacaciones por considerar que estimulan la pereza), la prohibición del trabajo infantil, la protección de los desempleados, las pensiones para los jubilados o la escuela pública que permitía al hijo del trabajador ascender en la escala social hubieran sido un jolgorio que hay que liquidar. Qué terribles palabras, y que definitorias del tiempo que viene: hay una ideología dominante que ansía volver al siglo XIX, a esas sociedades fracturadas, rotas, donde la cuna determinaba de manera irremediable la vida de cada uno y donde la miseria y la pobreza de la mayoría eran la excusa perfecta para que los acomodados se limpiaran la conciencia con sus limosnas y sus beneficencias. Todas las recomendaciones y palabras de los patronos destilan un odio infinito, una gana de revancha larvada durante años, contra aquellos que después de derrotar a Hitler los pusieron en la tesitura de aceptar un pacto social por el bienestar o enfrentarse a la revolución de unas masas desesperadas a las que la depresión de los años 30 había entregado a los fanatismos. Nos están diciendo a los europeos que como nuestros abuelos les limitaron sus derechos y su poder, nosotros tenemos que pagar por esa osadía.

En realidad, lo peor es que da igual quién gobierne, quien gane las elecciones. La laminación del pacto social del bienestar ya no se fragua en Moncloa o en el Congreso de los Diputados: esa política viene impuesta por gobiernos sin rostro y organizaciones sin alma. Quien aplique lo que otros deciden es lo de menos. Lo que no podemos es cerrar los ojos ante la resurrección de una ideología despiadada, típicamente decimonónica, que mezcla a partes iguales el conservadurismo moral, tan hipócrita —la oposición al divorcio, a la igualdad entre hombres y mujeres, al matrimonio homosexual, la exaltación de la religión como cárcel de la conciencia—, y el más feroz liberalismo económico. Durán Lleida, tan democristiano él, resume esta nueva derecha en realidad tan vieja y tan alejada de la que contribuyó a fraguar, entre las ruinas de Europa, lo que Paul Krugman ha denominado como las “sociedades más decentes de la historia”. ¿Qué fue lo que hizo posible esa decencia social que no toleraba que hubiera niños trabajando y sin escuela? Todos esos elementos que hoy se ponen en almoneda, mintiendo cuando se dice que no es posible otra política, y que Miguel Pasquau enumeraba en este periódico tras hacer un llamamiento a liberales (en el sentido alto, moral, dignísimo, de esta palabra) y socialdemócratas para recuperar “la hegemonía moral” del discurso que hizo posible la Europa decente que nos desintegran: “respeto a las minorías, protección de los perdedores, compasión por los débiles (o debilitados), dignidad de los asalariados, escuela pública, derecho a la atención sanitaria, derecho a una jubilación remunerada, igualdad de oportunidades.”

(IDEAL, 28 de octubre de 2011)

lunes, 10 de octubre de 2011

TODO PARACUELLOS





En la última semana de agosto leí “Todo Paracuellos”, una recopilación de todos los cómics que durante los primeros años de la democracia (antes hubiera sido imposible contarlo so pena de acabar en la cárcel) Carlos Giménez dedicó a contar la “vida” de los niños en los hogares del Auxilio Social, de los que él mismo fue una víctima. Durísima crónica, impactante, por la que desfilan sin ahorrar sufrimientos todas las hambres, todas las humillaciones y todas las torturas que miles y miles de niños españoles sufrieron durante décadas en las casas habilitadas por el franquismo para recoger a los hijos de los fusilados, de de los derrotados, de los vencidos o, simplemente, de las innumerables familias que no podían darle de comer a sus hijos.

En muchas historias se pone el lugar y la fecha en que se perpetraron. De entre todas ellas, hay una que no se me puede ir de la cabeza. La de “¡Vade retro meón!”, que sucedió en el Hogar Bibiona de la calle Doña Carlota del Puente de Vallecas en 1947. Dice el autor que en el hogar “había niños de tres a seis años. Algunos de ellos se meaban en la cama”. Niños, pues, un poco más grandes que Manuel, que todavía sigue durmiendo con pañal porque no todas las noches es capaz de aguantar el pis. Un día, la directora, harta de los meones, los aparta en una fila, que dibujada espanta por la indefensión de los cinco niños que aparecen en ella. Pone un cubo de esos de lata y vacía dentro un bote de alcohol, echa una cerilla y obliga a los niños a sentarse sobre el cubo para que no vuelvan a mearse más encima. Los “noooo” de los niños, sus “mamá, mamaíta”, sus caras llenas de lágrimas, su llanto y el grito desgarrado que sale a través de las ventanas cuando los obligan a sentarse en el cubo ardiendo, levantan en nosotros las ganas de la necesaria venganza contra tanta atrocidad.

Que en medio de esa absoluta depravación moral, con la que se intenta infectar a los propios niños, pudiesen existir el compañerismo, la amistad, la sonrisa tan triste, son un resto de esperanza que se levanta dentro de mí entre el nudo en la garganta y la rabia que no se me han ido desde que terminé esta historia desoladora.

domingo, 9 de octubre de 2011

ACTUALIDAD DE CAMUS





Los “Carnets” de Albert Camus tienen la capacidad de encantarnos: uno los abre al azar y va saltando ya de uno a otro, sin poder dejarlos. Eso es lo que me sucedió anoche, después de mucho tiempo sin haber vuelto con cierto rigor a ese escritor que me gusta tanto y que tanto me ha influido. Hace un par de semanas ojeé los “Carnets”, pero anoche me dediqué a repasar las entradas que había marcado en mis años de estudiante en Granada; recordé que lo que me atrajo de estos textos de Camus era su pasión pagana y mediterránea por la vida, por la luz, por la carne. Pero de la lectura de anoche me quedó no con esa exaltación poderosa de la vida sino con un manojo de reflexiones políticas que aunque están escritas hace más de sesenta años son de plena actualidad. Tal vez lo que convierte en clásico a un autor es que nunca pierde vigencia, y por desgracia nuestra este hombre que habla de los políticos que se pliegan a los designios de Hitler parece estar describiéndonos a los políticos que hoy se ponen firmes ante los dictados de banqueros, empresarios y especuladores.

“La política y la suerte de los hombres están labradas por hombres sin ideal y sin grandeza. Los que llevan en sí la grandeza no hacen política.”
“No solamente no hay soluciones, sino que aún no hay problemas.”
“Repugnante es este mundo y esta marea universal de cobardía, este escarnio del coraje, esta parodia de la grandeza, este menoscabo del honor.”
“Cada vez que escucho un discurso político o leo los que nos dirigen, me asusta, desde hace años, no oír nada que produzca un sonido humano. Son siempre las mismas palabras que dicen las mismas mentiras. Que los hombres se conformen con ellas, que la cólera del pueblo no haya abatido todavía a los fantoches, es una prueba, a mi modo de ver, de que los hombres no conceden ninguna importancia a sus gobiernos y que juegan, sí, realmente, juegan con toda una parte de sus vidas y de sus llamados intereses vitales.”

“El aire está poblado de aves crueles y terribles.”

jueves, 6 de octubre de 2011

PARADOJAS DEL PERIÓDICO





Los periódicos son un ente paradójico. En unas páginas del periódico, el esperpento de la España de charanga y pandereta (Muñoz Molina ha bordado con frases de Valle Inclán la significación última de esta boda) que la fotografía retrata, la España eterna a la que vemos vestida de Carnaval, “pobre, escuálida y beoda”, para que no acierte la mano con la herida... Que el catálogo de payasadas de esos personajes decrépitos, como de película de Berlanga, haya sucedido en aquel lugar mítico de la infancia de Antonio Machado (“Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, / y un huerto claro donde madura el limonero”) no es más que otro motivo de escarnio para la España que quiere vivir y a vivir empieza, si es que esa España no está definitivamente ahogada por la España que bosteza, ora y embiste.

En otras páginas del periódico encontramos las referencias a Steve Jobs, un creador y un hombre de ciencia al que la muerte le ha podido la partida demasiado pronto. Puede que de España lo que al final quede sea la vergüenza íntima que muchos compatriotas sentimos hoy al ver las fotografías y al ojear las crónicas que llena periódicos aparentemente serios. De Steve Jobs quedará para siempre el discurso que pronunció en la Universidad de Stanford el 12 de junio de 2005, dirigido a cientos de jóvenes. Discursos como éste, que se adentran en lo mejor y más luminoso y determinante de la humanidad, deberían ser leídos en las escuelas e institutos públicos. Me quedo con algunas de las frases mejores, que nos ayudan con su civismo, su realismo, su dramatismo, que nos ayudan, a pesar de la foto y la fanfarria estrafalaria, a conservar la fe en el ser humano.

“Tenéis que encontrar qué es lo que amáis.”
“Recordar que voy a morir pronto es la herramienta más importante que haya encontrado para ayudarme a tomar las grandes decisiones de mi vida. Recordar que vas a morir es la mejor forma que conozco de evitar la trampa de pensar que tienes algo que perder. Ya estás desnudo. No hay razón para no seguir tu corazón.”

“Nadie quiere morir. Ni siquiera la gente que quiere ir al cielo quiere morir para llegar allí. Y sin embargo la muerte es el destino que todos compartimos. Nadie ha escapado de ella. Y así tiene que ser, porque la muerte es posiblemente el mejor invento de la Vida. Es el agente de cambio de la Vida. Retira lo viejo para hacer sitio a lo nuevo.”
“Vuestro tiempo es limitado, así que no lo gastéis viviendo la vida de otro.”
“No os dejéis atrapar por el dogma que es vivir según los resultados del pensamiento de otros. No dejéis que el ruido de las opiniones de los demás ahogue vuestra propia voz interior. Y lo que es más importante, tened el coraje de seguir a vuestro corazón y vuestra intuición.”
“Seguid hambrientos. Seguid alocados.”

lunes, 19 de septiembre de 2011

ADIÓS VERANO





Devuelvo a su lugar en las estanterías los libros de este verano: La enfermedad, de Alberto Barrera Tyzska; Capesius, el farmacéutico de Auschwitz, de Dieter Schlesak; Historia de las alcobas, de Michelle Perrot; La caída de Francia y El Maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales; Intervenciones, de Michel Houllebecq; El doctor Zhivago, de Boris Pasternak; Némesis, de Philip Roth; La historia más bella de la felicidad, de André Comte-Sponville, Jean Delumeau y Arlette Farge; El Gatopardo, de Lampedusa; y muchos artículos del voluminoso tomo La II República. Una crónica, 1931-1936 de Josep Pla, un libro que se resiste a ser devuelto a Ramón Beltrán, su legítimo propietario. Dejar los libros que se han leído en la estantería es una manera de despedirse de ellos; no un adiós definitivo, porque siempre se conserva la esperanza de volver a leerlos. Una emoción al recordar las emociones que en nosotros despertaron en los infinitos días de junio, julio y agosto, en las noches refrescadas de septiembre. El verano ha terminado.

lunes, 1 de agosto de 2011

LECCIONES DE PALOMARES





Supongo que el verano reúne todas las condiciones para que se desaten los miedos o las pasiones, para que los crímenes copen las portadas de los periódicos. Hace unos días, nos llegaba la noticia de que José Antonio Zamora había matado a tres personas en Cuevas de Almanzora, en Almería. Hoy, me topo en EL PAÍS con un reportaje brutal sobre el calvario que esta persona tuvo que pasar antes de cometer ese crimen: “Solo quería quedar en paz y acabar con los protagonistas de su larga pesadilla.”

“Su larga pesadilla”: José Antonio Zamora era un currante que trataba de sobrevivir a la crisis, estaba casado y tenía una niña; en 2008, los asesinados y su familia le robaron material de obra y cuando los denunció ante la Guardia Civil no dejaron de amenazarlo, de robarle en su casa y propiciar encontronazos con él para amedrentarlo; cuatro días antes del crimen le dieron una paliza en una gasolinera y unas horas antes, volvieron a apalearlo brutalmente y le dijeron que si no retiraba las denuncias previas irían a por su mujer y a por su hija. Esas son las circunstancias en las que se produce el crimen, ya cada cual puede dictar su veredicto.

Lo que ocurre es que antes hay que saber quiénes son los que realmente tienen que ser juzgados. Si algún día, por uno de esos lamentables espectáculos a que nos tiene acostumbrados la “justicia” española, José Antonio Zamora es declarado culpable y encarcelado por estas muertes, está claro que previamente tendrán que haberse sentado en el banquillo desde luego toda esa escoria que hace del matonismo su forma de vida y que cuenta con la complicidad de la ley y de las autoridades, desde luego las fuerzas de orden público y los jueces que no supieron garantizar la seguridad y los derechos básicos de este ciudadano y de su familia y que ahora han dado lugar a que esos familiares hayan tenido que abandonar el pueblo para no ser víctimas de las iras y las amenazas que abiertamente, impunemente una vez más, han proferido los matones mientras enterraban a sus cómplices.

Lo sé, sé que es fácil recurrir al adjetivo de “racista” cuando se leen estas cosas, pero en realidad quienes lo hacen se ponen una venda en los ojos y lo que hacen es brindar excusas y oportunidades a quienes lo que quieren es imponer una ley de la selva que machaque la ley democrática. No creo que José Antonio Zamora fuera racista, ni creo que el miedo que ha tenido que soportar durante años y la certeza de que su mujer y su hija podrían ser víctimas de los criminales que le hicieron la vida imposible no nos hubiera empujado a cualquiera de nosotros a cometer una barbaridad. No justifico su acto, que es injustificable, pero entiendo las razones de su alma aterrorizada. No soy racista, pero tengo claro que por cobardía a ser tachado como tal no se pueden seguir escondiendo los problemas que para la convivencia pacífica, cívica, plantean determinados colectivos, determinadas minorías étnicas que se han aprendido muy bien la manera de calificar como racistas a quienes cuestionan su modo de vida basado en sangrar los servicios sociales, imponer una política del miedo e implantar la ley del embudo.

Desde luego el caso de Cuevas de Almanzora tiene que hacernos reflexionar a todos, pero sobre todo a quienes tienen responsabilidades políticas, policiales y judiciales a cualquier nivel: cuando la democracia, acogotada por lo políticamente correcto, consiente la violación continuada de los derechos de los ciudadanos y da por bueno por el hacer de los matones, la democracia falla como sistema. Cuando la ley no protege a los decentes, es la ley la que los adentra en la norma de la selva. Cuando la ley le exige a los ciudadanos decentes un plus de heroísmo y un tener que soportar amenazas incluso contra sus hijos o sus esposas, la ley es un cadáver que no sostiene valores de ningún tipo. En Úbeda también hemos visto como un clan de matones impone sus ley e impunemente, a los ojos de todos, le roba sus pagas a los niños, ocupa casas, amenaza negocios y familias y lo hace sabiendo que la ley y la autoridad existen pero poco y que quienes alcen la voz contra sus desmanes serán acusados de racistas.

Lo decía con otras palabras en mi última entrada: los responsables directos del auge de la extrema derecha son las autoridades públicas que empujan a los ciudadanos al remolino del miedo: el miedo a perder el trabajo o la casa, el miedo a no poder pagar la luz, el miedo a los emigrantes, el miedo a que alguien pueda golpearte y amenazar a tu familia durante años sin que le ocurra nada. Si la democracia deja a miles de ciudadanos a la intemperie, y José Antonio Zamora lo estaba en mitad de la tormenta, no podemos extrañarnos luego de que cada vez más personas se refugien bajo el paraguas de los nuevos fascismos.

Más allá de tanta palabra, lo único que quería era ponerme en la piel de una persona normal que de pronto ve como toda su vida y la vida de las personas que más quiere se rompe y se desgarra, salta a las páginas de los periódicos y es puesta en venta por los matones que rompieron su tranquilidad, sus sueños, sus esperanzas, sus temores. Pienso en mi hijo y en mi mujer y sé que en el fondo de cada uno de nosotros anida un atisbo de piedad y de compasión para con el calvario de José Antonio Zamora. Ojalá que el Defensor del Pueblo, tan raudo en solidarizarse con las familias de los muertos por Zamora, hubiera pedido antes protección para quienes tienen que soportar y padecer los efectos del matonismo, porque tal vez así se hubieran podido evitar estas muertes y el exilio forzado, el terror de la familia de Zamora.