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viernes, 5 de octubre de 2012

POR SAN FRANCISCO





El día de San Francisco pone una nota de melancolía en la Feria de Úbeda: desde la atalaya de este día se contempla el horizonte entero de la Feria que se escapa entre los dedos, y todo invita a reflexionar sobre la fugacidad de lo existente. “Una Feria más”, contabilizarán los optimistas; “una Feria menos”, pensarán los que saben que estamos hechos con la materia de los sueños y que vamos pasando como pasan las ferias, como pasan las risas, como pasan las lágrimas.

Por San Francisco es como si la alegría de las multitudes que llenan el recinto ferial fuese ya consciente de la fragilidad de la felicidad, de la prontitud con la que pasa todo lo que es. Cada año, el día de San Francisco dibuja en el mapa de la ciudad una sonrisa escéptica de añoranza. Toda la efervescencia que la ciudad ha desplegado, exultante y vitalista, desde la tarde del 28 de septiembre se condensa en palideces de despedida en la tarde del día de San Francisco: se doblan por última vez los capotes en la plaza de toros y se limpia la postrera sangre de los toros sacrificados, apuran los niños las vueltas de los carruseles y los adultos el vino de Cariñena, compran los viejos el turrón y las almendras garrapiñadas que masticarán pacientemente hasta que —por Todos los Santos— llegue el momento de las castañas asadas, y las familias se congregan por última vez en los veladores de las churrerías de Torreperogil, los guiñoles ya descansan juntamente con las risas que provocaron en los niños en sus maletas de cartón. Y descubrimos que los carteles del teatro y de los conciertos se han marchitado de repente sobre las paredes y se amontonan en las aceras como un desconchón caduco de lo que fue útil y ya no lo es. Y cuando el olor a pólvora de los fuegos artificiales se eleva sobre las casetas del ferial y sobre las luces de colores —hasta perderse en la inmensidad negra de la negra de octubre— una especie de tristeza, una sensación de vacío inexpresable, se apodera de todas las calles y de las plazas de la ciudad: en ese momento el pregón de la Feria ha perdido su vigencia, ha caducado su convocatoria a la felicidad colectiva y a la ciudadanía de la alegría; y el espíritu centenario de la Feria de Úbeda —en el que se acurrucan cuarenta, cincuenta generaciones de ubetenses— espera con sosiego a que llegue el día en que otra pluma escriba sobre el folio en blanco de la vida colectiva qué y cómo será la Feria del año siguiente, la Feria nueva que echará de menos a los que ya no estén y recibirá con sus cohetes y sus gigantes y sus cabezudos a los que acaben de incorporarse a la lucha de la vida.

El bullicio de los días de Feria nos regalaba la ficción de que todavía era posible la alegría del verano: ahora, cuando en la noche de San Francisco se apagan las luces del ferial y se recogen las casetas y se desmontan los tiovivos y la noria y los escalectrix, ahora es cuando la ciudad descubre que las hojas de los árboles han comenzado a ponerse amarillas y que el fresco que se había combatido con un jersey ligero o con una copa de más en las madrugadas de la Feria, ha venido para quedarse y que ha llegado el momento de ir preparando los braseros y las faldillas; ahora, en esta noche en que se abandona el ferial con cansancio, es cuando Úbeda descubre que está ya presa del otoño y que el ritmo de la vida continúa sin paréntesis ni interrupciones, sin citas excepcionales, sin sobresaltos. La noche de San Francisco devuelve a Úbeda la rutina de lo cotidiano y la certeza de que cuando llegue otra vez el 28 de septiembre y la Feria irrumpa sin pedir permiso, como siempre ha hecho, todos tendremos más arrugas en la cara y más melancolías en el corazón.

(IDEAL, 4 de octubre de 2012)

miércoles, 3 de octubre de 2012

LA FERIA, AHORA MÁS QUE NUNCA





“No está el patio para fiestas” es uno de los argumentos manidos que se utilizan para justificar los recortes, a nivel general, tanto en cultura como en festejos. Repiten el argumento personas que de buena fe creen que no puede dedicarse a la fiesta un espacio en el calendario mientras el país se desangra con el paro, la exclusión social, la humillación de los humildes, la depresión económica o el saqueo del Estado del Bienestar en beneficio de los bancos. Pero es también el argumento repetido –con intención ideológica– por quienes saben que privando a la gente del sentido lúdico de la existencia que les ofrece una feria, una verbena o una fiesta cualquiera, se acrecienta el estado de postración moral y de temor que les permite a ellos acelerar el ritmo de destrucción de los derechos. “¿Cómo vamos a gastarnos dinero en conciertos, en teatro, en títeres o en verbenas, cuando hay tantas familias en paro?”, repiten con insistencia los mismos que ideológicamente justifican el recorte de las ayudas a esas familias en paro, que utilizan como excusa para recortar también en el ocio y en la cultura.

Es cierto que hemos vivido años de auténtico despilfarro en materia de cultura y de fiestas. Cualquier cantante de media cuarta cobraba una millonada por berrear en lo alto del escenario, y los ayuntamientos pagaban esa cantidad desorbitada con tal de “quedar bien” ante sus ciudadanos. Pero no menos cierto es que la feria o la cultura no tienen porque gestionarse desde el despilfarro y que, más allá del valor moral que en sí mismo poseen, pueden ser un elemento que estimule una economía muy decaída. El ministro de Educación ha justificado los recortes en cultura –que acabarán traduciéndose en la desaparición de orquestas, coros, bibliotecas, publicaciones, compañías de teatro, escuelas de danza y ese largo etcétera que compone un tejido cultural construido con mucho esfuerzo y que había puesto a España en un lugar puntero de Europa en materia cultural–, ha justificado los recortes en cultura, digo, alegando que la cultura es “un entretenimiento”. Y como no está la cosa para entretenerse, pues se justifica el recorte. Por suerte, el ministro en eso, como en todo, no lleva razón: la cultura, que nos divierte y nos entretiene, también nos ahonda como personas, nos hace crecer, nos hace sentir y elevarnos, nos hace pensar. Tal vez por eso le resulte molesta.

Pero es que aunque el ministro Wert llevase razón –que no la lleva–, es que aunque la cultura fuera un mero entretenimiento, habría que seguir apostando por ella: ahora más que nunca. Porque ahora más que nunca es cuando una sociedad casi sin esperanza necesita algo que le zarandee el espíritu, que la anime a echarse a la calle formando una colectividad consciente de todos los lazos que la unen. Nos lo decía el gran Juan Pasquau en su Pregón de la Feria de Úbeda de 1975: nos decía que los cohetes y los gigantes y las campanas y los ruidos del Ferial “están aquí para eso: para darnos esperanza, para quitarnos miedo, para decirnos a voces «¡Eh, que sois personas!».” Lleva razón Juan Pasquau: por eso es necesaria la fiesta, para eso es necesaria la feria, con sus ruidos y sus carruseles, con su dispendio y sus luces, con sus títeres y su teatro, con sus orquestas y sus copas, con su baile y con sus amoríos de una noche: para que podamos sentirnos personas, miembros de una comunidad, y para que respaldados por esa comunidad podamos sabernos fuertes. La fiesta humaniza, la feria, nos humaniza. El hombre es un animal político, un animal que habla, un animal que sabe que se va a morir… pero el hombre es sobre todo un animal que celebra, que festeja, que se reúne para eso, para derrochar la vida y sus dones sin más pretensión que la de “pasarlo bien”.

La celebración es tan antigua como la propia humanidad y es uno de los elementos que la definen. No hay una sola cultura en la que no haya rastro de fiestas y de ferias, de ese derroche de energía que en última instancia es la creación cultural. Los hombres de las cavernas vivían zarandeados por el hielo y en la más absoluta precariedad, y sin embargo encontraban tiempo para pintar bisontes ocres en las rocas o para elaborar collares y a buen seguro danzaban y cantaban alrededor del fuego en las noches cortas del verano. La fiesta y la cultura son elementos que vertebran las sociedades humanas desde siempre, que catalizan sus alegrías y también sus sufrimientos. Por eso, el 22 de diciembre de 1914 el director de la Opéra Comique de París contaba en los pasillos de la Cámara de Diputados como cada noche se agotaban las entradas y más de 1.500 personas se quedaban en las puertas del teatro sin poder entrar. Eran tiempos duros, durísimos: los padres, los hijos, los hermanos, los novios, los esposos, morían a millares en medio del fango y del hielo en las trincheras de Francia. ¿Quién acudía, en una situación de absoluto abatimiento como ese, al teatro? Acudían mayoritariamente mujeres de luto. “Vienen para llorar. Sólo la música mitiga y alivia su dolor”, dice el director del teatro. La cultura como bálsamo, la fiesta como elemento humanizador para hacer que cicatricen las heridas.

Durante el durísimo y brutal asedio nazi a Leningrado la cultura y la fiesta que hoy se denigran volvieron a convertirse en una tabla de salvación. “En las infernales condiciones del asedio que aislaba a los habitantes de Leningrado y los dejó a su suerte, la cultura se convirtió en un salvavidas. Tocó a la gente en lo más hondo y al hacerlo se convirtió en una poderosa fuente de afirmación”, dice Michel Jones. La gente se moría de hambre, literalmente, pero no dejaba de ir a las exposiciones de pintura, al teatro y al ballet. Y cuando la noche del 9 de agosto de 1942 la Filarmónica de Leningrado estrenó la “7ª Sinfonía” de Dmitry Shostakovich –que pudo oírse en toda la ciudad por la radio y por altavoces instalados en las principales calles– algo se transformó en el corazón de la ciudad sitiada. El director de Filarmónica en aquella noche mágica, Kart Eliasberg, dijo que la música permitió que la ciudad se reencontrará con su humanidad: “Y en aquel momento triunfamos sobre la desalmada máquina de guerra nazi.”

Seguramente en 1914 y en 1942 también había quienes decían que no era el momento de conciertos, de teatros o de verbenas. Y sin embargo, en situaciones límite, fue el “derroche” moral y económico de la cultura lo que salvó a esas sociedades del suicido espiritual. Porque al final es eso lo que no podemos consentir: que la crisis nos prive del sentido de la humanidad. Y sólo podemos ser humanos si seguimos conservando la razón y la necesidad de la celebración. De la celebración y de la cultura, que no son derroche –no es verdad que sean derroche o gasto inútil: hay que repetirlo una y mil veces– y que sólo tienen que recortarse cuando se han recortado otros muchos gastos realmente inútiles (la lista es casi interminable). ¿Qué es en realidad lo que pretenden los que defienden la poda económica de la feria y de la cultura y de los que piden acabar con ella “mientras dure la crisis”? Temen eso: que la feria nos permita reconocernos como personas y nos haga descubrir la fuerza que tenemos. Porque como dijo Juan Pasquau tenemos que “empeñarnos en reír juntos, a todos juntos, cinco minutos seguidos”. A ver si es que hay quienes quieren que sólo lloremos y por eso les estorban la feria y la cultura. A ver si es que la risa colectiva va a ser un gesto realmente revolucionario.

(IDE@L ÚBEDA, septiembre 2012)

viernes, 7 de octubre de 2011

TAUROMAQUIAS





En pocas facetas de la vida española como en el mundo de los toros se pone de manifiesto, de manera tan clara y a la par tan retorcida, la vocación de cinismo. Durante los meses pasados, y antes de la prohibición de las corridas de toros en Cataluña —más por inquina nacionalista a todo lo que suene a español que por amor a los animales—, taurinos de toda laña, desde figurones del toreo hasta simples aficionados, pasando por areneros, empresarios, ganaderos y demás, clamaban en defensa de “la fiesta” y exaltaban sus virtudes artísticas, ecológicas y antropológicas, amén de las económicas. Y sin embargo, lo acontecido en Úbeda durante el pasado fin de semana demuestra que los principales enemigos de la tauromaquia no son los nacionalistas catalanes, los defensores de los animales o esa inmensa y creciente mayoría de españoles que cada día más mira las corridas con absoluta indiferencia: los principales enemigos del toreo son los ganaderos que crían animales como esos que Salvador Domecq trajo a Úbeda, los principales enemigos del toreo son los toreros que exigen torear esos cerdos engordados con cuernos afeitados hasta las cachas, y las autoridades que consiente y los públicos que pagan por asistir a esas estafas continuadas en que se han convertido las corridas de toros. Los enemigos de la tauromaquia estaban reunidos el domingo por la mañana en las oficinas de la Plaza de Toros de Úbeda, el empresario que no paga y los apoderados sin escrúpulos de toreros de tres al cuarto que sólo en una época de absoluta degeneración taurina pueden pasar por figuras, y pienso sobre todo en este torero artificial y de diseño, huero, que es Cayetano.

Toda esta gentuza es la que está vaciando las plazas, la que hace imposible que cuaje en las nuevas generaciones la más mínima afición por un espectáculo que una vez ha sido privado de la emoción y del riesgo, de la certeza de que el torero se juega la vida, se convierte en un acto cruel y sanguinario porque al toro —sin bravura, sin fuerza, sin casta, casi drogado, sin acometividad, con los pitones afeitados— se le priva de cualquier opción seria de defender su vida tal y como sucedía en el viejo ritual, poético y trágico, de la tauromaquia. Y es que en la tauromaquia antigua había un halo de misterio denso, de elevación lírica, de tensión dramática conseguida por la presencia real y persistente de la muerte en el escenario del ruedo, que ha desparecido porque toreros, ganaderos, empresarios y demás vampiros relacionados con el mundo del toro lo han degenerado todo. Es sintomático que la máxima figura del toreo postmoderno, actual, sea Enrique Ponce, un torero que pese a llevar miles de corridas encima apenas tiene cosidas un par de cornadas en su carne: ¿qué épica, que lírica, cabe en ese toreo en el que la muerte no existe como actriz principal de la tragedia? ¿Tragedia? ¿Acaso el toreo no ha acabado convertido en comedia y de las malas? Digno sería que los taurinos, o sea, todos esos que comen y chupan de la fiesta, nos explicaran qué responsabilidad tienen los antitaurinos o los nacionalistas catalanes en que los toros se caigan, en que no embistan, en que haya desaparecido la suerte de varas, en que la corrida de toros sea uno de los espectáculos más aburridos a los que hoy se puede asistir. ¿Cómo podrán echar exculpar su responsabilidad única y exclusiva en todos esos males que vive la fiesta? Los antitaurinos, lo único que han hecho es aprovechar lo causado por los taurinos, las plazas vacías, para hacer que crezca como la espuma el desprecio por la tauromaquia.

Un amigo se preguntaba, esta Feria, por qué la gente va al teatro y no a los toros. Es fácil: uno sabe que El Brujo o Luis Merlo harán lo mismo en Madrid que en Úbeda, y eso es respetar al público. Por el contrario, en los toros se tiene la certeza de que en Madrid se hace una cosa y se torean unos toros y en Úbeda otros, y eso es despreciar y orinarse en los derechos de la gente, porque los euros de Madrid y los de Úbeda valen lo mismo.

(IDEAL, 6 de octubre de 2011)

miércoles, 5 de octubre de 2011

Personajillos de Feria. EL TÍO DE LA COLA


La Feria es un paraíso para Mariano porque la fila es una explosión multicolor de colas de todos los colores y tamaños y a Mariano lo que de verdad le gustan son las colas. Le da lo mismo para lo que sea y de lo que sea: Mariano, en cuanto ve a cuatro o cinco personas puestas en fila, se pone el último y hace su cola de rigor, aunque no le interese lo más mínimo el objeto para el que pacientemente esperan los demás. A él le da lo mismo que sea una cola en las taquillas de las casetas, una cola en la taquilla del Teatro o la monumental cola de la Plaza de Toros para la devolución de las entradas de la corrida suspendida: a Mariano lo que le gusta es el ecosistema de las colas, esas gentes que charlan comentando que hay que ver esperar tanto rato para al final tener que beberse la cerveza caliente y en vaso de plástico, o que cuchichean sobre la fila que les puede tocar en el teatro y el riesgo que hay que se te plante delante una columna, o sobre la vergüenza que ha sido la suspensión de la corrida de toros del domingo con las ganas que su mujer tenía de gritarle guapo al Cayetano, que para eso es para lo que ha quedado la fiesta de los toros. Y a Mariano es que todas esas conversaciones lo vuelven loco, no lo puede remediar, y cuando llega a la ventanilla, como él no quiere ni ticket de cerveza ni entradas para el teatro ni a él tienen que devolverle la entrada de los toros, pues se aparta a un lado, planta su silla de playa en la cabecera de la cola, abre un paquete de pipas y va estrechándole la mano a todo el que se va acercando a la ventanilla y contempla embelesado sus caras de resignación, de cabreo o de felicidad: “Aquí Mariano, un placer saludarlo. ¡Qué maravilla de cola! ¿Verdad?”, le dice a uno y a otro, cientos de veces, en una cola y en otra, mañana y tarde y noche, dándole un abrazo a ellos y un beso a ellas cuando abandonan la cola con sus papeletas de la cerveza o del pincho recalentado o con sus entradas. ¡Ay, ese amor que Mariano siente por las colas! ¡Ay, esa desolación que siente la noche del día de San Francisco apretujado en la última cola de la Feria, la de la gente que espera a comer churros en lo de Los Torreños antes de volver a Úbeda!


(IDEAL, 4 de octubre de 2011)

martes, 4 de octubre de 2011

Personajillas de Feria. LAS SERRANAS





Hubo un momento en que un grupo de amigas —constituidas en comando del facebok autodenominado “Las Serranas”, ellas sabrán porqué— decidieron que la liberación de la mujer pasa porque un día a la semana sus maridos se queden al cuidado de las criaturas, bañándolos, dándoles de cenar y durmiéndolos, mientras ellas se junta en un bar para echarse unas cañas, criticar y cosas así. Y ahora que llega la Feria pues han decidido juntarse todas y darse un rule por el Ferial en plan marchoso y demás. La experiencia les ha resultado completamente novedosa en esos aspectos que hasta ahora venían haciendo “sus santos” y que son las de hacer cola para sacar los tickets en las casetas, hacer cola para que te den la cerveza en la barra y luego no parar de levantarte para ir cogiendo los platos de la comida. Pese a eso, “Las Serranas” no se han amedrentado y se han hecho dueñas de la caseta, consiguiendo que todo el mundo las mirase cuando muertas de risa gritaban “ay, ay, ay, que me orino”, luego se han hecho dueñas del puesto de los chatos de vinos, más tarde se han apropiado de la Caseta Municipal y han bailado allí como posesas para pasmo de los viejos que por allí pasodobleaban, acto seguido se han marchado a la Caseta de La Sentencia para abastecerse de mojitos y luego han instalado sus reales en la Caseta de la Buena Muerte, donde han vuelto a dar una lección de bailes extraños. Sin miedo a la grasa, porque una noche es una noche, se han comido la hamburguesa más grande del mitrinidad, compitiendo con un grupo de jóvenes de esos que tienen el pecho como una tableta de chocolate: “¡qué diferencia con nuestros maridos!, ¡si esto nos hubiese pillado con quince o veinte años menos!”, dicen a voces, tan recatadas, mientras los miran embelesadas y piensan agotadas en el cuestarrón que les queda para llegar a Úbeda y la bendita hora que decidieron ponerse estos taconazos para lucir palmito treintañero por el Ferial...

(IDEAL, 3 de octubre de 2011)

lunes, 3 de octubre de 2011

Personajillos de Feria. EL YONATAN



Que se sale, el Yonatan está que se sale de contento desde que se ha comprado su Seat León de color amarillo canario y lo ha tuneado molón molón, con un equipo de altavoces que hace que el coche vibre y sus luces azules y blancas repartidas por el suelo, los asientos, el techo, el volante, el salpicadero, la palanca de cambios y el maletero. Le duelen hasta las meninges de pensar cómo lo van a flipar Er Pelusa y la Jeni y la Vane, que se van a mear en las bragas al ver la virguería de coche que se ha mercado: envidia es lo que le van a tener todos cuando lo vean aparecer por el botellón de la feria con su coche brillando como un platillo volante, con las zapatillas Nike con muelles que se ha comprado a juego con el coche, con su medallón con la cara del Ché Guevara —«¿quién coño será el Ché Guevara éste?», se pregunta el Yonatan cada día— y con el tatuaje que se ha hecho con la cara de su perro bugdoll, que se parece un poco a su tía Frasca, todo hay que decirlo. Sólo una pena tiene el pobre Yonatan, y es que el Ayuntamiento le ha tomado manía y no lo deja entrar con su coche en el ferial, con lo bien que quedaría él paseándose entre las casetas y enseñándole lo que es buena música, como esa tan fina que le gusta a él de La Húngara y Decai y el reggaeton y un poco de chunda chunda, que toda la música buena tiene que ser escuchada, claro, y no esa mierda de Siempre Así o El Canto del Loco que ponen los pijoteros en las casetas, que es que no hay quien entre allí porque se le pone a uno el cuerpo malo. Pero bueno, esa pena le dura hasta que llega a la Fuente del León y oye un «ohhhh» de admiración que le pone un nudo en la garganta al comprobar la envidia que le tienen todos: en ese momento a él le da lo mismo subir al ferial o no, y abre el maletero y saca su bebidas psicodélicas y le da tres vueltas de rosca al botón del volumen, hasta que comprueba que las vibraciones de la música provocan grietas en el muro de campo de fútbol y que los padres se cagan en sus muertos cuando les despierta a los chiquillos que dormían en el carricoche.


(IDEAL, 2 de octubre de 2011)

domingo, 2 de octubre de 2011

Personajillos de Feria. BORJA MARI




Borja Mari está encantado con su nombre, o sea. ¿Qué es tópico? Pues vale, pero lo diferencia de todos esos tristes que se llaman Manolo, Pepe o Juan. Borja Mari: «con dos huevos», como dice su padre, y él, tan contento de llamarse así piensa que todo el mundo se va a volver y le va a hacer palmas cuando atraviesa la portada del ferial, con su pelo engominado y sus caracolillos de la nuca al viento, con los cuellos rojigualdas de su polo caro caro levantados, acompañado por sus amigos Gonzalito, Nacho más conocido como Iñigo, Guillermo y demás, y por las inevitablemente rubias y muy pintadas y muy perfumadas Carlota, Sonsoles, Valeria y Jimena... Ellos llegan al ferial con sus zapatos castellanos y ellas con sus tacones de a cuarta, o sea, soportando las rozaduras como señores y señoras y por supuesto sin coger ni el trenecito ni el autobús, porque gente de su estilo y poderío no puede mezclarse con las clases populares, o sea, aunque llevan un tiempo planteando encadenarse a los árboles del ferial en plan Tita Cervera para protestar porque no puedan subir hasta la puerta de la caseta con su Audi descapotable, otra vez o sea. Y en las casetas son relamidos y educados, y lo piden todo por favor, o sea, así se trate de una cerveza o de un plato de olivitas, aunque eso sí, sólo van a las casetas donde los vasos sean de cristal, los cubiertos y los platos no sean de plástico y la comida te la sirvan los camareros en las mesas, porque ellos y ellas no pueden hacer cola como un cualquiera más que no tiene camisas de Lacoste, o sea. Por supuesto no se acercan a los puestos de hamburguesas mitrinidad ni por asomo, porque sus tripas acostumbradas al ibérico y los percebes salvajes y al salmón noruego no toleraría esa saturación de grasas y colesteroles y calorías, o sea, y ellas miran por encima del hombro a las que compran bolsos de imitación, pobreticas que no tienen para entrar en las boutiques de la Calle Nueva. Borja Mari y sus amigos y sus amigas son carne de feria refinada y relamida, o sea, y se les nota a leguas cuando se ponen a bailar, con los brazos pegados a la cintura, y moviéndose en semicírculos semiconvulsos como un Mister Potato sin pilas —¿los Mister Potato tienen pilas?— mientras agitan levemente la cabeza cual lechuza deslumbrada, o sea.

(IDEAL, 1 de octubre de 2011)

sábado, 1 de octubre de 2011

Personajillo de Feria. EL DORMILÓN


A Hilario lo que de verdad le gusta de la feria es dormir. Pero no dormir en su cama cuando llega reventado de la caminata que hay desde Úbeda hasta el ferial o de estar bailando como un loco en las casetas, no: a Hilario lo que le gusta es dormir en la feria. Hilario llega a una caseta, se sienta al lado del altavoz desde el que las horribles sevillanas de turno que puestas a todo volumen hacen vibrar las croquetas en los platos e impiden que nadie hable con quien tiene sentado al lado, y se queda frito como un bendito, acurrucadito, tan calentico... y si fuera están septiembre u octubre regalando un día de lluvia, pues hasta se enfada Hilario cuando el responsable de la caseta le dice que ha llegado la hora de cerrar y que tiene que irse. ¡Y en el Ideal Cinema! ¡Ay que sueños ha echado el bueno de Hilario en el teatro! Un día estaba tan a gusto durmiendo que le dio por roncar como una ballena con anginas y cuando el acomodador se acercó, lo enfocó con la linterna y le dio suavemente en el hombro para llamarle la atención, él, sin inmutarse, le contestó «No se preocupe, que siga hablando el actor, que a mi no me molesta...». ¡Y en la Plaza de Toros, Dios bendito, que siestones se ha cuajado Hilario en la Plaza de Toros mientras los olés y el pasodoble atronaban el ruedo! ¿Cómo hay quién puede afirmar que la Plaza de Toros de Úbeda es incómoda? Hilario llega, se apoltrona en su asiento y poco a poco, disimuladamente, se va dejando caer en el hombro del que tiene al lado hasta que se queda frito, y cuando el poco sufrido compañero de asiento le da suavemente con el bracillo para que se incorpore, él lo agarra por el codo y se arremete más contra la chaqueta del compañero, sintiendo como la baba se le cae de pura felicidad... En los toros solo tuvo un problema el día aquel de San Francisco en el que un malafollá le dio con el puro en la mano para despertarlo y del susto le dio un bofetón a la mujer del lado, montándose un revuelo en el tendido que costó suspender la corrida un rato hasta que se aclaró el picatoste. ¡Y en el Canguro Loco, Virgen del Amor Hermoso, que cabezadas en el Canguro Loco...!

(IDEAL, 30 de septiembre de 2011)

viernes, 30 de septiembre de 2011

Personajillos de Feria. EL BEATO


La feria le gusta, es verdad, pero... pero la feria tiene un pego: le falta el salchipirri de las procesiones y el trajineo de los santos para arriba y para abajo. Para él, la feria perfecta sería una en la que además del ferial y el teatro y todas esas cosas imprescindibles para que una feria sea feria, la feria perfecta sería una feria con sus penitentes y sus bandas de tambores y trompetas dando vueltas, en plan trenecito, del ferial al Hospital de Santiago y viceversa. Pedro piensa en esa pasarela del ferial atravesada por un palio en plan paso puente de Triana, y se le pone de gallina hasta la piel de las tripas. Pero claro, como eso no es posible, pues él se ha hecho su propia feria, y el 29 de septiembre madruga como si fuese Viernes Santo para irse a esperar la procesión de San Miguel en la puerta de los frailes, y luego va atajando, corriendo aunque las calles están vacías, para ver la procesión diez o doce veces. Cuando ya ha conseguido que los pies le duelan como si fuese Jueves Santo se marcha al ferial, soñando con que un día habrá un «tren de la mantilla», un «penitente loco» o dos costaleros pisando vinos en los puestos de rigor, que servirán roscos de Jesús en lugar de barquillos... Como la lechera del cuento, llega Pedro al ferial con sus fantasías, cargado con los artilugios cofrades que en su opinión mejoran sustancialmente la vida de las casetas de las cofradías, y antes de entrar en cada una de ellas se cala el capirucho de cartón, de los de toda la vida, le da dieciocho vueltas de campana al incensario —en plan Alfonso delante de la Columna— y tararea a voz en grito la marcha de la cofradía de que se trate; luego, antes de hacer cola en la taquilla y si para entonces no lo ha echado algún directivo, se dirige a la foto de los titulares que no suele faltar en esas casetas y enciende una docena de velas, que ensimismado ve consumirse mientras piensa en lo que bien que quedaría la representación de «Maranatha» dentro de la Muestra de Teatro de Otoño y se toma la manzanilla que se le derrama en la chaqueta cuando algún gracioso llega por detrás y a voces le dice eso de «¡¡¡toooos por igual!!!».


(IDEAL, 29 de septiembre de 2011)

APOLOGÍA DE LA FERIA





Mi amigo Diego Martínez, en su Pregón de la Feria de Úbeda del pasado martes, parafraseaba al grupo de la movida “Golpes Bajos” para hablar de que corren “malos tiempos para la lírica”, y en realidad lo que quería decir es que, por extensión, corren malos tiempos para la música, para la cultura, para el arte... y pos supuesto, para la feria. En estos tiempos en los que se aplica con saña la tijera en la escuela y la sanidad públicas, en los que se recortan pensiones y prestaciones a los parados, en esta época en la que se vilipendia a los funcionarios para legitimar su bajada de sueldos, en esta edad histórica de derrumbe del modo de vida que sostenía nuestros derechos y nuestro bienestar, la feria parece un gasto superfluo y prescindible. ¿Lo es? Si comparamos el gasto de feria con los otros gastos que están siendo recortados, la respuesta es sí. Pero es que posiblemente la única respuesta válida es otra pregunta: ¿de verdad es imprescindible, es “necesario”, recortar en sanidad, en educación, en protección de la vejez y de los parados...? ¿De verdad es imprescindible recortar en feria? Basta con que uno conozca un poco el engranaje de las administraciones y sobra con leer los periódicos para comprender que hay otros muchos gastos que pueden ser recortados, o directamente suprimidos, antes de que la tijera llegue al núcleo en el que una sociedad se cohesiona cívica y socialmente. ¿Las televisiones públicas, esas máquinas de propaganda del poder, son más necesarias que las escuelas y los hospitales públicos, más necesarias que la feria? Y las embajadas e institutos autonómicos en el extranjero, los cientos de asesores de los políticos de toda laya, los coches oficiales y las pensiones vitalicias de los políticos, ¿también son más importantes que la feria? Todo lo entenderíamos mejor si asumiéramos que los recortes que se nos venden como inevitables responden a un patrón ideológico, que puede compartirse o no, pero que existe y está ahí y tiene sus propios y particulares objetivos. ¿También la feria será víctima de ese ataque a lo que es de todos, a esos elementos que ofrecen espacios comunes y libres para la educación, para curación, para la protección de los débiles... para la diversión?

Me gusta la palabra “feria” y todo el entramado significativo que evoca con sus cinco letras. Se pronuncia “feria” y se sabe que se está hablando de alegría, de diversión, de esparcimiento... pero también, y sobre todo, se está hablando de ciudad, de ciudadanos, de vecinos, de esfuerzo, de proyecto, de democracia, de civilidad, de política en el sentido mejor de la palabra, de sociedad, de pueblo, de comunidad. La palabra “feria” está cargada de significado civil y cívico y laico, pues acota un espacio en el que se convoca a todos los ciudadanos sin distingos de ideas ni religiones, sin separación por razas o por creencias. Ninguna otra celebración de las que se suceden en el calendario apuesta tan fuertemente por construir una plaza abierta en la que cada ciudadano puede concurrir con sus penas y sus alegrías, con su poco y con su mucho, con su alegría y con su tristeza, con su dios y con su duda, con su particular pasado y con la necesaria esperanza común aún por construir. Algo tan importante no puede ser recortado sin más ni aparcado sin consecuencias. Al defender la feria no se defiende un gasto inútil en teatro o carruseles o cerveza: la defensa de la feria, que es posiblemente el primero y más antiguo de los servicios públicos, es también, una apuesta ideológica y ética por lo común, por lo compartido, por lo civil, una apuesta por lo público y por lo que integra y suma y construye más ciudad, que es un reducto frente a la barbarie y un bastión de la conciencia crítica, racional y progresista, que hoy se bate en retirada.

(IDEAL, 29 de septiembre de 2011)

jueves, 29 de septiembre de 2011

LA CONDICION POLÍTICA DE SAN MIGUEL





San Miguel ha marcado, históricamente, el punto álgido en la vida colectiva de los ubetenses. Fiesta estratégicamente enclavada al final del año agrícola y comienzo del siguiente, era el momento de recontar los beneficios de la cosecha del cereal y de la vid, tan abundantes antaño en nuestras comarcas, y de preparar los sembrados para el año venidero. Era ese el momento también en el que se elegía a los representantes de la ciudad: la democracia medieval ubetense, constitucionalizada en el fuero de la ciudad, permitía participar en aquellas elecciones a quienes, poseedores de caballo y lanza, estaban en disposición de sumarse a la defensa de la ciudad, dibujándose así un sistema político peculiar en el que irremediablemente se entrelazaban los derechos y deberes de un modo que recuerda el de los viejos modelos griegos. Así, el 29 de septiembre de cada año, desde hace casi ocho siglos, Úbeda asistía a la rendición de cuentas de los políticos salientes y a la declaración de intenciones de los entrantes, mientras que en las calles la abundancia del mercado y de las atracciones permitía gastar parte de lo allegado con el trigo y el vino. El patronazgo de San Miguel es, por lo tanto, un patronazgo esencialmente económico y político: la ciudad se acoge a la protección del arcángel para que las cuentas cuadren y las cosas salgan bien, para que las lluvias riegan los campos y los gobernantes acierten en sus decisiones.

Ahora, evidentemente, no hay elecciones anuales para los cargos de responsabilidad municipal, pero algo de esa condición política del patronazgo de San Miguel ha seguido planeando sobre la vida colectiva de Úbeda. No en vano este es el momento en el que, a través de los medios de comunicación, los políticos de todos los colores y muy especialmente aquellos que tienen la obligación de gobernar, explican sus intenciones, su programa, sus proyectos para el curso venidero, y hacen balance de lo acontecido. Es el momento en el que la sociedad ubetense reflexiona y coge impulso, tan necesario en estos tiempos en que pintan bastos. Que hoy esa faceta política de la fiesta y la feria haya perdido mucho de su visibilidad no significa que no siga existiendo o que no tenga que seguir existiendo, porque es necesaria esa estela de mensajes que sirven para articular la vida de la ciudad. Aún mermada, la herencia política de los fastos de San Miguel sigue sirviendo para hacer posible esa explosión cívica que en todo caso es la Feria del patronazgo.

Porque la Feria es, sobre todo, una fiesta civil, popular, en la que Úbeda despliega todas sus potencialidades, más incluso que en Semana Santa, una fiesta que convoca sin exclusiones ideológicas o religiosas, que supone un llamamiento para todos. Es bueno que ahora que impera una ideología de exaltación de lo privado y lo egoísta, nuestras sociedades sigan empeñadas en celebrar estas fiestas antiguas pero no viejas. Porque en estas fiestas un pueblo ofrece y muestra lo mejor de si mismo, y esto es muy apreciable en una ciudad como Úbeda en la que la Feria está trufada, de un modo casi único en España, de actividades culturales y teatrales que no son un relleno de la actividad feriera sino un núcleo esencial y definitorio de la propia celebración. Por eso también hay que entender que el recorte también tiene límites cuando se habla de la fiesta, y que algo como la Feria significa tanto, implica tanto en la vida colectiva, que no es algo superfluo ni un gasto innecesario. ¿Acaso la fiesta no conforma una parte irrenunciable de la vida de toda sociedad?

Hasta la generación de nuestros abuelos todo esto se entendió mucho mejor. Nosotros, por desgracia, miramos con cierta suficiencia la Feria de San Miguel, tal vez porque estamos tan saturados de celebraciones que no valoramos lo que las fiestas del 29 de septiembre significan. Pero nuestros antepasados sí lo sabían y sí valoraban esa importancia, y eso se demuestra en los símbolos, en los ritos. Pensemos, por ejemplo, en el repique solemne y hondo del campanón de la Torre del Reloj municipal: antes de que sonase como ahora suena, más a modo de cencerro que de campana, anunciaba los momentos más importantes y solemnes de la ciudad, la llegada y la marcha de la Virgen de Guadalupe, el día del Corpus... Pero había un momento en el que la campana del Reloj sonaba y no era para anunciar una fiesta religiosa sino para hacer un llamamiento a la celebración cívica y civil, laica y popular: el 28 de septiembre, a la tarde, en medio de los cohetes, la campana llamaba a los ubetenses a presenciar el cortejo grotesco de los gigantes y cabezudos, que son la antesala procesional de la fiesta que Úbeda organiza por San Miguel para celebrar que un año más quiere seguir existiendo como sociedad.

(Diario IDEAL, 29 de septiembre de 2011)

miércoles, 28 de septiembre de 2011

YA ESTÁN AQUÍ





Mi trabajo me regala, en fechas tan señaladas como ésta del 28 de septiembre, la oportunidad de sentirme como un niño. Es imposible levantarse ahora mismo del sillón, salir de la oficina y asomarse al patio o a la antigua capilla del Ayuntamiento y no sentir un hormigueo de felicidad cuando se ven los cabezones de cartón piedra de los cabezudos apilados en el suelo enchinado y los armazones de madera de los cabezudos apoyados contra la pared, saber que dentro de muy poco tiempo hay que dar la orden para que los cohetes comiencen a anunciar en todos los cielos que la Feria de 2011 se nos echó irremediablemente encima, la orden para que el viejo campanón del Reloj toque, como antaño, anunciando el júbilo de la víspera de San Miguel por encima de los tejados. Hoy no se es el “jefe de un negociado”: hoy soy “el jefe de los gigantes y los cabezudos” y no creo que ahora haya nadie con tanta responsabilidad en ningún lugar del mundo, ni banqueros, ni políticos, ni los que están especulando con el sufrimiento de la gente. Porque dentro de un rato, cuando el engranaje de la Feria comience a crujir con su lentitud de siglos acumulados, cuando comience a funcionar todo eso para lo que con aciertos y errores pero con voluntad y entusiasmo se ha trabajado desde hace muchas semanas, cuando eso ocurra, el niño grande que ahora mismo soy tendrá en sus manos la felicidad de miles y miles de niños de Úbeda. Y esa responsabilidad, ¿quién puede igualarla?

Mi propia Feria, y ya van doce, está a punto de comenzar. Me lo dice el olor polvoriento de los ropajes de los gigantes, que comienzan a desperezarse desde el fondo de sus cajas de cartón para estar relucientes dentro de dos horas. Me lo dice este mismo cosquilleo de temor e ilusión que siento cada 28 de septiembre desde el año 2000. Los Gigantes y los Cabezudos ya están aquí.

lunes, 15 de noviembre de 2010

UNA SIMPLE LÍNEA



Acabo de llegar de Peal de Becerro, de cumplir con una de esas obligaciones que a uno le gustaría no tener que cumplir nunca. Obligación sobre todo de amigo, aunque en cierta medida también lo era profesional: acabo de llegar de abrazar a mi amigo Andrés Vico y de llorar con él. Conozco a Andrés desde hace más de diez años, cuando comencé a trabajar como Jefe del Negociado de Cultura y Fiestas en el Ayuntamiento de Úbeda; él era, y sigue siendo, Presidente de la Asociación Provincial de Feriantes. Durante este tiempo nos hemos visto muchas veces, hemos discutido unas cuantas –Andrés tiene un corpachón inmenso y un genio desmadrado que esconden, debajo de su coraza de hombre duro, un corazón tan grande como una noria–, pero siempre hemos sabido ser amigos. Hoy, al abrazarlo, sin poder aguantar las lágrimas, he sentido una infinita compasión, una ternura sin límites por ese hombre. Ayer por la mañana perdió, de golpe, a su hijo, a su nuera y al nieto que iba a nacerle dentro de una semana. Venían de la boda de unos amigos en Torredelcampo, y cuando a penas quedaban unos kilómetros para llegar a su casa, la mala suerte se les cruzó en forma de coche conducido por jóvenes que venían de fiesta, según comentaban. ¡Cuánto hubiese dado por no haber tenido que ver nunca así a Andrés Vico!

El caos, el azar, la sucesión fortuita de acontecimientos: ¿cómo pensar en un orden que rija el universo, cómo pensar en una forma trascendente de amor, cuando comprobamos que la línea que separa la vida de la muerte es tan delgada, tan frágil, tan volátil, tan caprichosa, tan injusta, tan arbitraria, tan incomprensible? ¿Cómo no pensar, en estos momentos, que somos resultado –nosotros, el universo entero– de una mera agregación desordenada de acontecimientos, no de una causalidad sino de la casualidad, de la pura y trágica casualidad? ¿Cómo invocar a un orden anterior a lo existente cuando todo lo existente es un desorden, un gran chapuz sin raíles ni sentido ni dirección? Lo ha dicho mi amigo Alberto escribiendo sobre este mismo accidente: la línea que nos separa de la nada es tan fugaz, tan inesperada como un frenazo en la carretera, nada más. Y al otro lado del frenazo sólo quedan esa tristeza infinita que yo acabo de ver en las personas deshechas por el dolor que abrazaban los cuerpos sin vida de sus hijos (y de su nieto) antes de que la muerte los desapareciera definitivamente por los caminos del tiempo que se marcha.

Creo que nunca he escrito en este Camino una entrada tan triste, tan desolada. Lo noto porque me tiemblan los dedos mientras escribo, pero es que ahora mismo no tengo otra manera de intentar deshacer el nudo que me aprieta la garganta que escribir esta rabia y esta desolación.

martes, 28 de septiembre de 2010

RAZONES PARA NO SECUNDAR LA HUELGA GENERAL




PRIMERA. Los sindicatos convocantes estaban, hasta ayer mismo, a partir piñones o dándose besos en los morros con el gobierno Zapatero; aún hoy está por ver si todo esto no es un montaje y si no hay un pacto de no agresión entre sindicatos y Gobierno para que mañana ganen todos. Si la convocatoria de huelga no va acompañada de un acto puramente político –llamando al voto en blanco o a la abstención en las próximas citas electorales, como únicas alternativas cívica y éticamente responsables–, comprenderán los sindicalistas que su propuesta no es nada creíble. Antes al contrario, su convocatoria de huelga responde sólo a la necesidad de desmarcarse del gobierno e intentar salvar la cara, pero sin hacer que caiga el gobierno. ¿Si una huelga general no es un golpe en las espinillas del gobierno, qué coño de huelga general es esa? Al acudir a la huelga se justifica la actitud de unos sindicatos sectarios, que convocan la huelga cuando han visto que el descrédito del gobierno los fagocitaba también a ellos. No les ha preocupado que cientos de miles de trabajadores perdieran sus empleos y fueran enviados al drama del paro mientras ZP negaba la evidencia de la crisis; entonces, en plena campaña electoral, los sindicatos callaban. Su huelga general es un intento de justificación, nada más.

SEGUNDA. No hay ambiente de huelga general. Las encuestas de los periódicos señalan que los trabajadores, masivamente, apuestan por ir a trabajar ese día. Por lo tanto, los sindicatos, son conscientes de que para no cosechar una derrota histórica, tienen que desplegar una violencia extrema, imponer un clima de terror sindical en las calles que impida que funcione el transporte público, que abran los colegios y guarderías, los hospitales y oficinas, los bares y comercios, que impida que los trabajadores accedan a sus centros de trabajo. Frente a esta movilización violenta de los piquetes, sólo cabe la movilización ciudadana: hay que acudir a trabajar ese día, hay que acudir a las actividades festivas programadas allí donde se celebren fiestas patronales. Acudir a la huelga supone bendecir, respaldar y justificar la violencia sindical. (Por cierto: como los miembros de los piquetes suelen ir identificados, en cuanto se presenten en los centros de trabajo o en los comercios o donde sea para intentar que se cierren por la fuerza, hay que acudir a las comisarías o a las cuartelillos a interponer denuncias contra las organizaciones sindicales, por amenazas, coacciones e intimidación, delitos todos ellos tipificados en el Código Penal.)

TERCERA. Para los duros tiempos que están por venir, los trabajadores españoles van a necesitar unos sindicatos que los defiendan, pero estos sindicatos no sirven para eso. Fracasando el próximo día 29, podrá comenzar a recomponerse el sindicalismo español, con nuevas bases, con altura de miras y sin sujeción a los sectarismos políticos. Para que nazca el nuevo sindicalismo es necesario que fracase estrepitosamente el actual. Al acudir a la huelga, se respalda y se apoya un movimiento sindical agonizante, inoperante e inútil, que sobrevive no por su capacidad de representación de los intereses de los trabajadores sino por su carácter de subvencionados del Estado.

CUARTA. Subida imparable de los recibos de la luz, el gas o el agua. Subida de los impuestos indirectos. Subida de los precios de los alimentos. Congelación o rebaja de salarios o de las pensiones o de las prestaciones sociales. Hipotecas millonarias. ¿Alguien piensa que la situación económica de las familias se puede permitir un día sin sueldo sólo para satisfacer la necesidad de los sindicatos de quedar bien? Al acudir a la huelga se perjudican los intereses económicos de nuestras familias en beneficio exclusivo de Méndez y Toxo.

QUINTA. Desconocemos –y no hay manera de conocerlo– si los miles de liberados sindicales que participen en la huelga –muchos de ellos conformado los piquetes violentos–, verán descontada de su nómina la cuantía correspondiente al salario del 29 de septiembre. Y desconocemos –y no hay manera de conocerlo– si los liberados sindicales de los municipios en que el 29 de septiembre es festivo han pedido, igualmente, ese descuento, por pura «coherencia sindical». Hacer huelga mientras no se aclare la situación supone amparar el comportamiento de los liberados y perjudicarnos salarialmente mientras los «trabajadores de pata negra» no lo hacen.

SEXTA (NOTA LOCAL). El día 29 de septiembre es fiesta local en Úbeda. Día del patrón, celebrado desde hace más de setecientos años. Uno de los dos días grandes de la Feria. ¿Utilizarán la violencia los sindicatos para cerrar el ferial a las 00:00 horas del día 29, cuando se encuentre abarrotado de ciudadanos, o a esas horas la huelga la dejarán en suspenso, esperando a que salga el sol para poner en marcha el terror sindical? ¿Utilizarán la violencia los sindicatos para impedir que se celebre la procesión de San Miguel la mañana del 29 y para impedir que abran sus negocios bares y cafeterías y churrerías? ¿Utilizarán la violencia para impedir que miles y miles de familias, con sus niños, acudan al ferial la mañana del 29 de septiembre? ¿Utilizarán la violencia para impedir que abran carruseles y casetas? ¿Utilizarán la violencia para impedir el acceso a la Plaza de Toros o para robarles a los niños el espectáculo infantil de la por la tarde? ¿Utilizarán la violencia también contra los niños? ¿Utilizarán la violencia para cerrar el Teatro o para cerrar la Caseta Municipal? Frente a la previsible violencia que van a desplegar los piquetes sindicales –seguramente vendrán, para intimidar a los ciudadanos ubetenses, los bárbaros de Jódar– sólo queda la respuesta cívica, pacífica y serena de los ubetenses, que deberíamos echarnos masivamente a las calles en defensa de nuestro derecho a divertirnos... incluso ahora que los paniaguados nos quieren aguar la fiesta, más aún.

CONCLUSIÓN. No respaldar esta huelga no significa estar a favor de un gobierno incapaz y absolutamente ineficiente y, por supuesto, nada "socialdemócrata". No significa apoyar una reforma laboral, irreversible, que machaca los derechos de los trabajadores. Significa, simplemente, no estar dispuesto a remar en la dirección de los sindicatos, responsables directos de la situación actual, no estar dispuestos a lavarles la cara. Que fracase la huelga, y el 30 de septiembre que los sindicalistas expliquen por qué se han convertido en personajes tan odiados por una sociedad a la deriva, como la española.

domingo, 31 de enero de 2010

O FIESTA O POLÍTICOS: UNA DE DEMAGOGIA




Ayer, al frescor de unas cervezas, me contaba un amigo que tuvo la curiosidad de asistir al último pleno del Ayuntamiento de Úbeda, celebrado el martes pasado, que en un momento del mismo un concejal de Izquierda Unida tomó la palabra y lanzó un “vibrante” y jaleado discurso. Discurso que se dirigió contra las fiestas y fastos y actos culturales organizados en la ciudad, proponiendo que el dinero de la Feria de San Miguel, los toros, los conciertos y demás se destine a la construcción de una residencia para disminuidos.

¿Es necesaria una residencia para disminuidos? Sin duda: debería darnos vergüenza el trato que estas personas han venido recibiendo por parte del Ayuntamiento, alojados para realizar sus talleres en el antiguo y agrietado Matadero Municipal con más pena que gloria. Pero, ¿la mejora en el trato y los servicios que reciben estas personas tiene que hacerse suprimiendo las fiestas y actos culturales de que disfruta la mayoría de los ubetenses? Es ahí donde radica la cuestión: en que parece que las fiestas son el colmo de todos los males, el vértice de todos los derroches, el summun de todos los despilfarros. ¿El único dinero malgastado por el Ayuntamiento es el destinado a fiestas? ¿El dinero destinado a fiestas es dinero malgastado?

La fiesta, aunque algunos no se lo quieran creer, son consustanciales a las sociedades, a todas las sociedades: no hay una sola sociedad que incluso en los momentos más difíciles no se haya reunido, ayuntado, para conmemorar las fiestas trazadas con tinta roja en el calendario. Los datos ofrecidos en este sentido por la antropología son abrumadores, pero los propios datos de la historia de Úbeda también nos indican que en otras épocas de crisis la gente ha sentido la necesidad de “echar la casa por la ventana” para celebrar, conmemorar, para afirmarse como sociedad. Para espantar –¿no es lícito el esparcimiento ocasional de quienes viven agobiados por los problemas cotidianos?: eso es la fiesta– los agobios y burlar la cruda realidad.

En El sitio de Leningrado Michael Jones cuenta el estreno de la 7ª Sinfonía de Shostakovich, el 9 de agosto de 1942. A esas alturas del sitio alemán, los habitantes de Leningrado habían conocido todos los horrores del hambre, las enfermedades, y decenas de miles habían muerto y habían sido enterrados en fosas comunes o se habían quedado congelados bajo el hielo y la nieve. Mientras, los dirigentes del Partido Comunista y sus familias gozaban de todos los lujos: calefacción, comida abundante y lujosa, champán, cigarros, vodka. En medio de ese caos y esa desesperación, Karl Eliasberg reúne a los pocos músicos de la Orquesta de la Radio de Leningrado que sobreviven y ensayan la Sinfonía. Los músicos están heridos, hambrientos, muchos se desmayan durante los ensayos: pero ahí algo que los impulsa a seguir, y es la convicción de que en la música –un derroche, algo superfluo en una ciudad acosada por la muerte–, en la interpretación de la Sinfonía, en ese acto cultural y casi festivo por lo dilapidador, es posible habilitar un punto de encuentro moral de todas las víctimas de Leningrado. Los supervivientes del sitio han contado la emoción profunda que sintieron aquella tarde, cuando los altavoces de la ciudad y del frente llevaban la música a aquellas gentes famélicas y desesperadas, la capacidad para reafirmarse como unidad, para superar sus miedos y sus angustias personales.

Evidentemente la situación de la Úbeda del siglo XXI no es comparable al Leningrado de los años 40, pero esa anécdota ilustra sobre el valor que incluso en las situaciones más difíciles tienen los gestos que parecen pequeños, tontos, innecesarios, como un concierto, una corrida de toros o una feria con sus carruseles y sus payasos.

¿Es necesario atender mejor a las personas con problemas? Sí. ¿El único dinero derrochado por el Ayuntamiento es el de las fiestas y las culturas y es de la supresión de ese gasto de donde debe salir la cantidad suficiente para atender los “problemas sociales”? No.

La política es marcar prioridades y asignar y gastar en aquello que se considera más prioritario. Para Izquierda Unida es prioritario atender a los disminuidos y cree que para ello hay que pinchar el globo de las fiestas. Pero Izquierda Unida juega con trampa, porque no revisa qué otros gastos tan derrochadores e innecesarios como los de la Feria, o más derrochadores e innecesarios, podría suprimir el Ayuntamiento. O podría, incluso, suprimirlos antes y con menos “coste social”, porque como la Feria va destinada a todos los ubetenses su supresión afectaría potencialmente a todos, pero la supresión de otros gastos sólo afectaría a los pocos destinatarios de los mismos.

Demagogia por demagogia, le propongo un juego a los que tanta inquina le tienen a la política cultural y de festejos que proponen la supresión de su gasto municipal. ¿Qué gasto debe suprimirse antes el de la aportación a la Semana Santa y los Carnavales y el Festival de Música o el de las “indemnizaciones” a los concejales por asistir a comisiones –60 euros, aunque ni hablen ni paulen– o a plenos –120 euros, aunque se dediquen sólo a levantar la mano–, el de la Feria o el de las asignaciones a los grupos municipales, el de las Fiestas del Renacimiento o el sueldo del alcalde y los concejales con responsabilidades? Pero nadie propone suprimir o recortar o ajustar todos esos gastos que, a ojo de buen cubero, deben rondar los 400.000 euros anuales, y que son gastos ciertamente más innecesarios, con menos repercusión social y evidentemente peor vistos por los ciudadanos que los gastos de fiestas y cultura. ¿Qué esta entrada es demagógica? No menos que lo que mi amigo querido me contó del pleno, se lo aseguro.

viernes, 16 de octubre de 2009

CANSADOS DEL MIEDO





La pasada Feria de San Miguel puso la guinda del pastel: la banda de étnicos (y por lo tanto marginados e incomprendidos, pobrecitos míos) que se ha apoderado de las calles de Úbeda, sembrando el miedo y haciendo que resplandezcan por su ausencia escandalosa el Estado de Derecho y el imperio de la ley, se dedicó a intimidar, atracar y asaltar a los menores que se cruzaban en su camino y que no son protegidos –los decentes no– por ninguna ley del menor. Sus fechorías no acaban ahí, y a su palmarés hay que sumar los puntos de sutura que luce la barbilla de un ciudadano decente o la paliza que se llevó su hijo por defenderlo. La única solución parece ser no salir a la calle, porque la calle ya no nos pertenece a los ubetenses. Pero he ahí que un grupo de padres hartos de esta situación –más algún talibán consciente de que a río revuelto ganancia de pescadores– se han unido para crear una plataforma que diga basta ya.

Úbeda ha sido siempre una ciudad tranquila. Y ya no lo es. Y no lo es porque faltan redaños para que las autoridades –¿dónde está el Subdelegado del Gobierno, matarile-rile-rile?– tomen cartas en el asunto y practiquen una política de acoso y derribo contra esta gente, actuando en el margen mismo de la ley para hacerles la vida imposible. Es urgente –urgentísimo– convocar una reunión de todos los que hasta ahora han hecho la vista gorda ante la grave situación que vive Úbeda: Ayuntamiento, Subdelegación del Gobierno, policía, Guardia Civil... y jueces, que tienen que apoyar sin titubeos –que no se la cojan más con papel de fumar, que recuerden de dónde salen sus sueldos– las medidas de ingeniería jurídica y acoso policial destinadas a acabar con la amenaza que esta gente supone. Y no vale la presunción de inocencia: la aparcaron –porque saben que son muy peligrosos, lo saben a ciencia cierta– cuando la gran redada de comienzos del verano. Claro, que entonces no se trataba de proteger a los ciudadanos sino de evitar problemas en el juicio en el que algunos serían juzgados por asesinato: supongo que en ese momento ni la Audiencia Provincial ni la Subdelegación del Gobierno se acordaron de la presunción de inocencia ni de la ofensiva Ley del Menor ni de nada parecido. Entonces se trataba de garantizar su seguridad y de ahorrarse problemas, y ya sabemos que los derechos de los criminales sólo salen a relucir cuando chocan con los del sufrido ciudadano.

Alberto Román lo ha dicho en este periódico con meridiana claridad: en Úbeda hay MIEDO. Miedo a caminar a ciertas horas por las calles, incluso por las calles más céntricas y concurridas. Miedo a dejar que los hijos salgan a darse un paseo. Miedo a cruzarse con estos sujetos. Y cuando la ciudadanía tiene miedo el Estado de Derecho ha fracasado estrepitosamente: si el derecho del Estado no sirven para defender la vida, la seguridad y la libertad de los ciudadanos el derecho no sirve para nada y nos aboca al derecho de la selva o la II Enmienda de la Constitución estadounidense. En Úbeda, mucho me temo, estamos muy cerca de esa situación.

(Publicado en diario IDEAL el día 15 de octubre de 2009)

lunes, 5 de octubre de 2009

Personajes de Feria. EL QUE CIERRA LA FERIA





Llegó a la Feria entes de que el Alcalde le diese al botón de las luces y no se irá hasta que esta noche suene el trueno gordo. En medio, se ha montado en todos los carruseles y el de los ponis tuvo que echarlo a patadas cuando intentó montarse en el más chico, ha probado los platos del día de todas las casetas, les ha ayudado a barrer a los de la caseta de la Buena Muerte cada madrugada con una escoba que robó en el Tren de la Bruja, no ha dejado un barquillo vivo en los puestos de los chatos, ha intentado ligar con todo ser viviente que llevase faldas y el marido de la rubia vestida de gitana le dio un bofetón cuando le derramó una cerveza en el escote, quiso colarse en la comida de los viejos y le han tocado dos salchichones, un queso de cabra y tres peluches en las tómbolas y bingos, ha comprado turrones y garrapiñadas suficientes como para empachar al Loro, tiene la camisa llena de lamparones de pringue de chorizo y un chupón en el cuello que ahora no recuerda quién se lo hizo, en los bolsillos lleva tickets de tres o cuatro casetas, atascó una máquina de puñetazos metiendo fichas de los coches de choque que confundió con monedas de dos euros, ha comido churros religiosamente y cree que alguna patata asada también, ha bailado sevillanas y rumbas con el lucero del alba, lleva colgado a modo de llavero el hueso de un jamón, no es capaz de discernir si lo que tiene en el vientre es un estómago o un plástico arrugado y sin son tripas o tubos de desagüe eso que lleva tres o cuatro días sonando extrañamente como un disco rallado de Camela, diez o doce veces empezó a contar las bombillas del Ferial para ver si es verdad que hay doscientas mil (como dice el Concejal de Fiestas), en un par de ocasiones ha intentado dormir la siesta en una de las falsas tiendas del Campamento que los de la Sentencia han montado en su caseta, tiene rozaduras en los pies y un chichón en la frente y hace un rato se ha encontrado con el único policía municipal que hay en el Ferial y le ha pedido un plano de Úbeda, porque la Feria se acaba y él tiene que volver a su casa y no se acuerda donde vive. Antes de marcharse está buscando el botón con el que el Alcalde encendió las luces, para apagar la portada, en la que sus padres han colgado un cartel ofreciendo una recompensa a quien lo encuentre.

(Publicado en Diario IDEAL el día 4 de octubre de 2009)

domingo, 4 de octubre de 2009

Personajes de Feria. EL MÚSICO





“¡¡¡Múuuuuuuuuuuuuuuusica perrones!!!”. He ahí el invariable grito que cada tarde de toros se puede escuchar en el Coso de San Nicasio, donde, como todos sabemos, la gente va a oír pasodobles y ver como el toro se va desorejado al patio de caballos. Y se pide música aunque lo que pase en el ruedo sea más aburrido que un debate de los diputados: eso, en realidad, no importa, porque de lo que se trata es de que los músicos le den a los mofletes y soplen en las trompetas y las flautas. Ocasiones ha habido en que la música se ha pedido con bastante menos educación y la banda, dirigida por ese músico genial y hombre de temperamento que es Manolo Herrera, se ha metido los instrumentos debajo del brazo y no ha tocado por más que en ruedo se bordase el toreo. Pero aquello, cierto es, eran otros tiempos.

Ahora los músicos llevan una vida más relajada, digámoslo así. Aunque su programa de Feria sigue siendo apretado –cabalgata, toros, concierto en el Hospital de Santiago– no tiene nada que ver con aquellos tiempos en los que no había día de Feria en que no sonasen los pitos de la banda: que si dianas floreadas y madrugadoras, conciertos y verbenas, toros y gigantes... A todas horas y todos los días, músicos para arriba y para abajo, con el trombón a cuestas y el bombo a la espalda. Y pese a todo, todavía tienen que pasar por el calvario del aficionado a los pasodobles que en lugar de comprarse un cd grabado por la banda de Madrid, que además es más barato que la entrada a la corrida, se va a la plaza a gritar “¡¡¡Múuuuuuuuuuuuuuuusica perrones!!!”.

Para el músico la Feria es un suplicio, un calvario, una semana de pasión o, más exactamente, de penitencia: uno de los grandes misterios de la Feria es saber cuánto gasta en zapatos en músico. Pero más grande misterio es saber cuánta gente en realidad presta atención a su trabajo, a su esfuerzo. Soplan en las boquillas del oboe o la trompa, estremecen los platillos y el cuero del tambor y nadie les hace caso. Es como si la banda fuese un relleno necesario y nada más. Y sin embargo todavía conservan los músicos una labor, al menos una, que resulta fundamental: ahora que ya no hay cohetes ni suena la campana del reloj, son los músicos los que la tarde del 28 de septiembre anuncian que estamos en Feria. Y eso no es mérito menor.

(Publicado en Diario IDEAL el día 3 de octubre de 2009)

sábado, 3 de octubre de 2009

Personajes de Feria. EL DE LA SENTENCIA






El feriante cofrade se lo curra: cuelga farolillos, pinta chapas, asa chorizos y acaba las noches de Feria abrazado a sus compañeros costaleros o trompetillas, marcando el pasito alante pasito atrás mientras en los altavoces de su caseta suena A ti Manué o Tus dolores son mis penas interpretados por la Banda del Sol. Ya digo que el cofrade feriero es un personaje trabajador, y a veces, incluso, cansino, sobre todo cuando explica la diferencia entre el costero y el contraguía o el porqué del habla bonita de los capataces. Pero de entre todos los feriantes cofrades toca hablar de los de La Sentencia.

¿Qué por qué? Pues porque se han currado una caseta de lujo en la que han instalado ese trocito del corazón de muchos ubetenses que es el Campamento de La Barrosa. Y allí, en medio del Recinto Ferial, están las tiendas en las que hemos dormido tantas veces, la lista de las cervezas de los monitores, el cajón de objetos perdidos, la Virgen de Guadalupe o el monumento desde el que Antonio Gutiérrez lo mira todo sonriente. ¡Hasta la Mesa del Pino han plantado los tíos en medio de la caseta! Y eso si que es un detalle: después de más años de la cuenta, gracias a ellos he podido volver a echarme un tercio en esa Mesa en la que tantos momentos buenos he dejado. Ya les digo: ni un detalle se les ha pasado a los de La Sentencia. Y es que cuando se proponen algo, se lo proponen en serio y lo consiguen, vaya si lo consiguen.

El cofrade de La Sentencia es un cofrade esencialmente serio y ligado a la vida de su hermandad –ejemplar vida cofrade– con lazos de hierro. Y además este año ha sido un cofrade terco: parecía que el tiempo para montar las casetas iba a dar sólo para poner tres chapas y dos mesas, y los setencieros –“palanganas” les llamaría cariñosamente uno que conozco– han montado el Campamento. Y han logrado que muchos nos emocionásemos al entrar en su caseta y ver allí al bueno de El Viejo y a su Chiquitilla del Gavellar, o la ropa en los tendederos, o las camisetas de tantos años. Y como el que escribo soy yo y como Alberto me deja escribir en su página lo que me da la gana, pues este artículo se lo tenía que dedicar a los de La Sentencia, esos grandes personajes de la Feria. (Cuando terminen de leer, dediquen unas palmas a la caseta campamento, porfi.)

(Publicado en Diario IDEAL el día 2 de octubre de 2009)

viernes, 2 de octubre de 2009

Personajes de Feria. EL DE LOS CHATOS DE VINO





Resistir, lo que se dice resistir, el tío de los chatos de Cariñena, que comienza en abril a mover las pantorrillas, y llega la noche de San Francisco y todavía está el tío pega que te pega pisando uvas. ¡La de cosas que habrá visto ese gachón, tan feo, con esa boca amorfa y esos ojos como de sapo con conjuntivitis! Y es que allí, acodados en el aluminio de la barra de los puestos de vino, pasan las cosas más insólitas, al calor de una copichuela y de unos barquillos de canela.

Allí la novia le pide al novio que por enésima vez pruebe suerte en la tómbola, para ver si por fin sale la sota de bastos y se toca un cocodrilo de peluche que mide dos metros. Y el tío, pisa que te pisa y mira que te mira el escote de la chavala y la cara de mosqueo del novio.

Allí el aficionado a los toros comenta la faena de la tarde, la maravillosa faena de la tarde –¿no saben ustedes que en Úbeda todas las faenas son maravillosas y todas merecen dos orejas y rabo?–, mientras su sufrido acompañante da cabezazos y está apunto de atragantarse con una pizca de galleta. Y el tío, en lo alto de su barril, pisa que te pisa y oye que te oye la cantinela tonta del aficionado y los ronquidos de su ya ex-amigo.

Allí la pandilla de amigos cumple con un ritual de muchos años y se pide una ronda y paga aquél, y luego otra y paga éste, y el dueño de la barraca –un tipo listo– pone otra pagada por la casa, y los amigos siguen pagando rondas y el dueño sigue poniendo una de regalo, y al final de las rondas, cuando ya ninguno es capaz de contarlas ni de comerse los barquillos que se acumulan en el mostrador, el más rumbero de los amigos está a punto de saltar la barra y encaramarse en el lagar y, abrazando al tío de los chatos, marcase unas rumbas, una sevillanas o una jota aragonesa, que es lo que la amiga de su novia canta a voz en grito poniendo por testigo a la Virgen del Pilar, que no quiere ser aragonesa, digo francesa, digo... Y el tío de los chatos pisa que te pisa más deprisa, por si salta el bailarín la barra y quiere abrazarlo y besar su carota fea y tiene que salir corriendo.

Y al final de la noche, cuando el tío cesa en su tonto baile sin ritmo, siempre queda un iluso que lo mira entre nubes de alcohol y le propone brindar por la Feria y las mujeres, justo antes de caerse de espaldas en la acera.

(Publicado en Diario IDEAL el día 1 de octubre de 2009)