Triángulos, círculos, cuadrados, el número uno, el dos, el tres, las primeras veces que ha escrito su nombre, identificar la letra A y la i, así con puntito, hacer líneas con el punzón, practicar la línea recta y adentrarse en el misterio de la curva, el poema de la plaza y de la torre, la canción de palomita en clase de Religión, las clases de inglés con don Ángel, los recreos con Nacho y Luis y David, los bichos, los dinosaurios, los angry birds, las fiestas de Navidad y de Carnaval y de fin de curso, los churros de San Antón, sus cuadernos llenos de dibujos y sus libros, y Ramiro siempre paciente y cariñoso, y todo en una escuela pública ejemplar e imprescindible pero cuyo horizonte están pintando azul oscuro casi negro... Manuel ha hecho vacaciones, ya, a esta hora, y tiene a sus espaldas su primer curso escolar, que a todos se nos ha pasado volando, y frente a él un verano sin límites y alto como la felicidad de los niños.
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viernes, 21 de junio de 2013
jueves, 27 de diciembre de 2012
CUENTO DE NAVIDAD
NOCHEBUENA.— María tiene una sonrisa que no puede borrarse de su cara y unos ojos marrones y grandes que parecen un anuncio de bombones. José se enamoró de ella sobre todo por los ojos, porque pensaba que era imposible naufragar en la vida si la primera ventana a la que uno podía asomarse al despertar eran los ojos sin fondo de María. Cuando los dos perdieron sus trabajos y su casa y se vieron sin nada en la calle, fueron esos ojos los que lo salvaron, porque en ellos veía un futuro o, al menos, algo que se le parece mucho. Gracias a los ojos de María construyeron una casita casi chabola en un descampado de las afueras de la ciudad, junto a inmenso sauce llorón que en diciembre tiene unas ramas infinitas y desnudas que siempre están cubiertas por la escarcha. Gracias a los ojos de María acogieron un ternero que alguien había dejado abandonado junto al sauce y a un burro lleno de magulladuras, y les construyeron un establo pequeño y pintado de azul junto a su casa. El ternero resultó ser macho y no servía para dar leche y aún así lo querían con devoción porque tenía unos ojos lánguidos, como una tarde frente al mar, como los de María; al burro lo utilizaron para ir por los pueblecitos de alrededor vendiendo los juguetes de madera que construía José y los broches de fieltro con mil formas diferentes que María hacía en las largas noches sin televisor.
Una noche de finales de marzo, con la primavera recién estrenada y con las ramas del llorón cuajadas de yemas verdes y de pájaros, María se quedó embarazada. Se lo dijo a José mientras le calentaba el café y a punto estuvo él de atragantarse con la magdalena. Aquella mañana, los ojos de María brillaban con una luz distinta y José supo que en el fondo de aquella luz había un milagro, tal vez una promesa, algo desconocido y lleno de ternura. Muy pocos días después, el embarazo de María comenzó a complicarse y tuvo que guardar reposo absoluto. No pudo seguir haciendo muñequitos de fieltro y no podía acompañar a José, montada sobre el burro de terciopelo canela, por los pueblos. Pero, feliz, porque en ella la felicidad era un estado constitutivo, se pasaba los largos días del verano sentada en la puerta de su casa, echando maíz y cáscaras de melón y sandía cortadas en pedazos minúsculos a las gallinas, contemplando los olivos, la tierra áspera de los campos recién segados, el ciprés en toda su plenitud de hojas colgantes y de cantos de gorriones.
Les costó mucho vender el ternero y el burro, porque sabían que los dos acabarían en un matadero, convertidos en filetes y en despojos, pero no tuvieron más remedio porque las medicinas de María costaban caras. Cuando el marchante de ganado puso el fajo de billetes sobre las manos de José, él no pudo evitar las lágrimas. Pero sintió detrás los ojos de María, entornados no para ocultar la tristeza sino para cobijar el futuro, y entendió que la vida es así, cruda y desagradecida, y que ellos no podían cambiarla, tal vez ni siquiera comprenderla. Se trataba, tan solo, de poder vivirla, con esa naturalidad desprendida con la que los ojos de María nombraban todas las cosas del mundo con tan solo mirarlas. Y con ese amargo convencimiento fueron pasando para José las lunas del otoño y los días cortos de diciembre, hasta que la noche del 24 María se puso de parto.
José, torpe y nervioso, descubrió que no tenían dinero para pagar una clínica y le aterraba pensar que María tendría que parir en la chabola. Pero los ojos de María lo invitaron a no tener miedo, a tener confianza. Le dijo, cogiendo su mano y calmándolo como se calma a un niño, que buscase a Melchor y a Gaspar, dos amigos, enfermeros, que trabajaban en un hospital de la beneficencia por sueldos ridículos. José y María habían sido sus padrinos de boda, y ella sabía que con su ayuda bastaría para que el niño naciera bien. «Búscalos, José, el niño esperará hasta que ellos vengan, no desesperes... ¡y quítate esa cara de pasmarote, que me dan más dolores de solo verte!». Y José, al atardecer, salió disparado a buscarlos: no estaban en su casa, ni en el pub en el que solían tomar café. Ya de noche llegó al pequeño hospital en el que trabajaban y el celador que había en la puerta le dijo que habían salido a atender a un enfermo de cáncer que se estaba muriendo. José se deslizó sobre los azulejos viejos y limpios, y en el suelo se lo encontró Baltasar.
Baltasar había llegado hacía muchos años desde algún país de África. Había cruzado el mar en una barca de plástico, había sobrevivido a un naufragio y había logrado salvar el título de médico que traía envuelto en un tubo de aluminio. Nadie lo quiso cuando llegó y se dedicó a trabajar en ese hospital humilde, casi sin recursos, en el que se atendía a los desahuciados y a los enfermos crónicos, a los que no podían pagar sus quimioterapias y sólo les quedaba el consuelo de morir sin dolor.
—¿Qué te ocurre, José? —la voz de Baltasar era húmeda, rica, llena de nieblas y de soles. Baltasar había visitado a María durante todo el otoño, acompañando siempre a Melchor y Gaspar y a José le encantaba oírlo hablar con su mujer de recetas con productos humildes que se podían coger en el campo, los dos sentados en la puerta al sol de la atardecida, charlando como dos amigos que se conocen desde siempre.
José le contó desesperado lo que pasaba y sin darle tiempo a suplicarle que fuese con él para ayudar a parir a María, Baltasar lo cogió de la mano y lo levantó, le dijo al celador a donde iba para que le diese aviso a los dos enfermeros y se marchó caminando deprisa, en medio de la ventisca que atizaba en el filo de la medianoche, hacia la casucha de José. Y allí —Melchor y Gaspar habían llegado justo cuando el niño asomaba su cabeza por entre los muslos poderosos de su madre—, mientras el gallo desafiaba a la nieve y al viento con su grito orgulloso, nació un niño al que pusieron por nombre Jesús.
NAVIDAD.— El día de Navidad, María resplandecía en su cama blanca. José nunca le había visto los ojos tan grandes ni tan brillantes. Tenía hambre y desayunó unos picatostes con chocolate que les habían traído Melchor, Gaspar y Baltasar. Se habían ido los tres ya tarde, después de recoger y limpiar todo lo que el parto había ensuciado, después de besar a la madre y al niño y de tapar con una manta a un José que se había quedado dormido, de puro cansancio y pura felicidad, en el sillón desvencijado de la chabola. Y habían acudido temprano, acompañados por un puñado de amigos que llegaron para felicitar a los padres y contemplar la inocencia feliz del niño. Sabían que José y María estaban casi sin nada y trajeron pañales, leche y biberones para Jesús. José y María, cogidos de la mano, lloraron de emoción; el niño, simplemente de hambre.
LOS INOCENTES.— María estaba aquella mañana sola en la casa. Había vuelto a hacer figuritas de fieltro, y ahora, sin ella saber por qué, sus manos sólo sabían hacer niños sobre margaritas, pájaros rompiendo el cascarón y panes adornados con rebanadas de queso. Estaba descansando mientras amamantaba a Jesús cuando irrumpieron en su salón los policías y el juez, con sus uniformes y su toga de raso brillante.
—Han levantado su casa de manera ilegal y sobre un terreno que no les pertenece. —El juez tenía una voz afilada, como de navaja recién comprada; los policías la miraban con una mezcla torpe de deseo y de asco—. Aquí tiene la orden del ayuntamiento para destruir esta mierda de casa, que yo no sé cómo pueden criar aquí a un niño. Aquí tiene la orden del juzgado para que abandonen este terreno que pertenece al banco. Aquí tiene la citación para el juicio; acudan con abogado y procurador. Firme los tres papeles encima del nombre de su marido. —Uno de los policías, al acercarle los documentos, intentó tocarle el pezón, pero ella le apartó la mano dulcemente, sin aspereza, mientras lo miraba con una mirada que él nunca había visto antes y que lo dejó temblando en un sentimiento desconocido que no sabía si era vergüenza
—No voy a firmar. Esta casa y este terreno no son míos ni de mi marido, son de mi hijo. En ellos nació, en ellos come y duerme, en ellos toma el sol y escucha como cantan los pájaros.
El juez la miró con asco y tiró los papeles dentro de la cuna que José había hecho para Jesús.
—Da igual, si no quieren por las buenas, tendrán que ser por las malas. Puta escoria...
María le contó esto a José y tuvo que abrir sus ojos más que nunca para que en ellos cupiese todo el miedo del humilde carpintero de juguetes. «No estaremos solos», le dijo mientras secaba sus lágrimas. Y al tercer día, una multitud de hombres y mujeres de buena voluntad se agolpaban en las puertas de la casa de la humilde familia para impedir que los echaran.
Lejos de aquellos gritos y de aquella rabia y de aquella esperanza, en el fondo amoquetado de su despacho, el presidente del banco descolgó el teléfono y marcó el número directo del ministro.
—Ministro, no podemos tolerar lo que está sucediendo en esa chabola dichosa. Me dice el director de mi oficina que hoy había congregadas miles de personas con sus hijos pequeños, utilizándolos como escudos humanos... sí, sin duda... una gentuza sin escrúpulos... sí, utilizar a sus hijos para eso es de no tener vergüenza... sí, que sí, pero que me deje hablar... verá, el caso es que esto no para de salir en todas las televisiones y me temo que el caso acabe afectándonos en las cotizaciones en bolsa... sí, claro, una solución rápida... sí, yo tengo pensado algo, efectivo, claro, como el corte de un bisturí... claro, lo mejor es mandar un pelotón de guardias o de soldados y ordenarles que disparen... evidentemente lo mejor es disparar contra los niños... está claro que en cuanto los padres vean a quince o veinte de esas criaturas zarrapastrosas muertas se acojonarán y dejarán de dar por culo y nosotros podremos ocupar nuestro terreno... claro que el derecho de propiedad es sagrado, ministro, y que todo el mundo entenderá su orden de hacer que se respete nuestro derecho y al final, cuando construyamos allí el prostíbulo y el casino y creemos puestos de trabajo nadie se acordará de los muertos ni mucho menos de esa familia de los cojones... eso es extraordinario, hablar con el fiscal general y con el presidente del consejo general del poder judicial para que dicten autos diciendo que no se aprecia vulneración de derechos constitucionales en la operación policial es una idea extraordinaria... claro que con esa seguridad la policía trabajará más a gusto y por supuesto que nosotros libraremos una partida extraordinaria para darles una gratificación a los agentes, faltaría más... es que no hay otra manera de que una sociedad funcione si no es restableciendo el orden y cooperando nosotros y ustedes, todos al servicio del interés general, como siempre ha sido... no tienes que agradecerme nada, ministro, soy yo el que en nombre de mis accionistas tengo que darte las gracias por esa lección de patriotismo que vas a dar en las próximas horas... sí, un beso también para tu mujer y tus hijos...
Y los policías dispararon durante toda la tarde, sin descanso, llenando y vaciando el cargador con la monotonía de los que no tienen prisa por cumplir una orden certera. «Disparen contra los niños».
Por la noche, todo el descampado estaba lleno de padres y madres y abuelos que lloraban sin consuelo. Los cadáveres de los niños parecían flores tronchadas sobre los charcos de sangre congelada. Los policías acechaban hoscos, fríos. El secretario judicial, a voz en grito, ordenaba despejar el descampado porque si no la policía tendría que actuar no con la blandura hasta ahora demostrada sino con verdadera contundencia. Los padres recogieron los cadáveres de sus hijos, los liaron en mantas, en tocas de lana, y se fueron marchando lentamente, arrastrando los pies, masticando su deseo de revancha, sus ganas de desquite.
NOCHE DE REYES.— Dentro de la chabola José recogía lo poco que les habían dejado. Les habían dado media hora para marcharse. En la puerta los esperaban Melchor, Gaspar y Baltasar. Habían traído un pequeño ataúd blanco.
María metió dentro a Jesús, le limpió el cuajarón de sangre negra de la nariz, la leche reseca de la boca a medio abrir. Le cerró los ojos ya turbios por la muerte. Le ató sus patucos de lana. Lo tapó con una manta y se abrazó a José: no había nada dentro de los ojos de su mujer, eran todo superficie barrida por el viento de la noche oscura.
—Hará frío en el fondo de la tierra... es invierno, siempre es invierno, José, siempre es invierno.
(UBEDA IDE@L, Núm. 14, diciembre de 2012)
VERSION ÍNTEGRA
martes, 18 de diciembre de 2012
LOS NIÑOS SON SIEMPRE LOS NIÑOS
Los niños son siempre los niños. No conocen fronteras ni religiones, no saben de banderas ni de dioses sin entrañas ni de constituciones estúpidas, no tienen la culpa de la imbecilidad de sus padres ni de la cobardía moral de los políticos y sus lágrimas de cocodrilo y sus cálculos electorales. Los niños son siempre los niños. Y son las víctimas de las utopías y de las ideologías, de los libros sagrados y de las redenciones, de la creación y de las teorías económicas, de los profetas y de los locos, del argumentario de los jueces y de la equidistancia de los correctos. Los niños son siempre los niños. Su sufrimiento no tiene excusas ni explicaciones, porque no puede tenerlas, y hay que rebelarse contra cualquier justificación del dolor de un niño, contra cualquier excusa, contra cualquier guiño, contra cualquier complicidad: el dolor de un niño, de un solo niño, es siempre el mal absoluto y como tal es imperdonable, e intentar comprender ese mal sin paliativos transforma en cómplices a quienes lo hacen, porque lo que daña a un niño, a un solo niño, ya está contaminado de maldad. Los niños son siempre los niños. Y quien los cuida y los salva, salva y cuida a la humanidad entera, y sólo estos pueden brillar con plena justicia entre los justos. Los niños son siempre los niños. Y su muerte es siempre un crimen, qué importa que el culpable sea Dios y su creación sádica o sean los hombres y las leyes. Los niños son siempre los niños. Y son lo único realmente sagrado que existe, lo único intocable. No lo olvidemos. Nunca.
martes, 20 de noviembre de 2012
EN LA MENTE DE LOS VERDUGOS
El problema, sin duda, es mío: por esta manía de pensar que cuando alguien es víctima de un crimen horrible es capaz de transformarse aumentando su capacidad de sensibilidad para ponerse en el lugar de los que sufren, aliviando su dolor; o por creer que cuando alguien ha sido beneficiado con el perdón para sus crímenes horribles asume el compromiso firme de no volver nunca a causar dolor. La realidad, sin embargo, nos demuestra que esto no es así y que es muy fácil que las víctimas encuentren mil razones para convertirse en verdugos, y que los verdugos que fueron perdonados una vez inventen teorías nuevas para volver a causar dolor. En la medida en que los pueblos están formados por personas, la psicología social puede ser una suma de psicologías individuales: la psicología de un pueblo sobre el que se cebó el drama de la historia, es la psicología de las personas que lo componen y que poseen la memoria de las heridas y de las lágrimas, de las ausencias, de los desaparecidos; la psicología de un pueblo autor y cómplice de un crimen inenarrable, es la psicología de quienes entonces sabían y callaron y de quienes mataron y fueron perdonados, la psicología de sus hijos y nietos hecha de memoria que quiere olvidar no sólo crimen sino también el perdón que lo siguió.
Pensar que, pese a tantas evidencias, las personas son buenas o pueden ser buenas después de haber padecido el horror o de haberlo cometido y haber sido perdonadas, es un error que, en estos días, encuentra su justa réplica en Gaza y en Alemania.
¿Qué menos podía esperarse del pueblo judío, del Estado de Israel, nacidos del sufrimiento más grande de la historia de la humanidad, del mayor crimen jamás cometido, que menos podía esperarse que la piedad para con los niños? En realidad todos los niños de la historia son iguales: víctimas inocentes de la furia de los adultos y de su sinrazón. Los niños asesinados por el ejército israelí en estos últimos días recuerdan demasiado —sus mismas caras cenicientas, su mismo rictus de dolor, sus mismos ojos cerrados— a los niños asesinados por los alemanes en el Holocausto: por eso el crimen de Israel es tanto más grande, tanto más grave, tanto más imperdonable por más que quiera justificarse en el fanatismo de quienes tienen en contra. Porque Israel, levantado sobre la memoria de aquellas decenas de miles de niños asesinados, se ensaña ahora con los inocentes. “Quien salva una vida salva al mundo entero”, dice el Talmud de los judíos. ¿Y su dios y sus profetas no dice a quién mata quien asesina a un niño, a un solo niño?
El otro caso que me provoca naúseas es el del pueblo alemán. En 1945 las potencias aliadas vencedoras de la Guerra Mundial tenían razones sobradas para haberlo diezmado, para haberlo aniquilado, para haberlo reducido a la servidumbre: había aupado al poder a un criminal y a su corte de depravados, durante años los habían jaleado y arropado, se habían lanzado con ellos y con absoluto convencimiento a una guerra despiadada y a la comisión de crímenes nunca vistos en la historia de la humanidad. Los que no participaban, sabían; y los que sabían, callaban y se beneficiaban de los crímenes, del trabajo de los esclavos. Los pocos alemanes decentes que se sacrificaron para oponerse al nazismo no justificaban aquel perdón que llovió sobre los alemanes en 1945 y sin embargo el perdón llegó. Por eso, que quienes pudiendo haber sido dispersados, destruidos como pueblo, borrados como sociedad de la faz de la historia y no lo fueron y fueron integrados en la sociedad de las naciones democráticas, viendo como se corría sobre su crimen un silencio y el olvido, que aquellos sean ahora los que ensoberbecidos se arroguen el derecho de machacar el futuro de pueblos enteros y de entregar a la miseria, la pobreza o la desnutrición a niños de Grecia, de Portugal o de España sólo puede provocar perplejidad y rabia.
Qué paradojas cómicas tiene a veces la historia: en estos días del otoño de 2012 los criminales y las víctimas de los años negros de Europa, los alemanes y los judíos respaldando en las encuestas y en las elecciones las políticas de la rabia y el odio que practican Benjamín Netanyahu y Angela Merkel, los dos pueblos que protagonizaron el Holocausto —los unos como criminales, los otros como corderos sacrificados— hermanados en su condición de verdugos colectivos. Qué difícil entender lo que estos días piensan millones de ciudadanos de esos estados: no hay nada que cause tanto pavor como intentar ahondar en la mente del verdugo.
sábado, 17 de noviembre de 2012
LO IMPOSIBLE
Fui anoche a ver Lo Imposible, la película de J. A. Bayona y muy pocas veces he sentido en el cien ese torrente de sentimientos. Qué difícil respirar cuando nos sentimos aplastados por la tromba de agua del maremoto y golpeados por los mil objetos que el mar arrastra tierra adentro con miles de esperanzas y de sueños y de vidas, qué difícil respirar cuando el nudo se nos atraganta y las lágrimas burbujean en la frontera de los párpados. Qué fácil identificarse con los protagonistas, con su angustia y su sufrimiento, con su dolor íntimo y dignísimo, con su solidaridad, con su deseo de sostener la vida de los que aman, con su desesperación por encontrar a los tragados por el mar, con su profunda sensación de impotencia y de desolación, con su angustia, con su alegría egoísta cuando comprueban que todos los suyos están vivos.
Lo Imposible es una película excepcional que recrea el drama humano que la furia de la naturaleza provocó el 26 de diciembre de 2004: de todo aquello quedaron trescientos mil muertos, decenas de miles de personas que desaparecieron para siempre y que no pudieron ser recuperadas por sus familiares, medio millón de heridos, cientos de miles de personas desplazadas y sin hogar. Conmueve, especialmente, el sufrimiento de los niños, que siempre se llevan la peor parte de los desastres de la naturaleza y de los desastres de los hombres. Lo Imposible es una película extraordinaria no ya sólo por el virtuosismo con el que recrea aquel drama de dimensiones apocalípticas y al que nosotros asistimos desde la comodidad de nuestras casas, sino sobre todo por la capacidad para introducir en nuestro interior un profundo sentido de la humanidad, de la humanidad concebida en un sentido radical, con todo lo malo que los seres humanos llevamos dentro de nosotros, pero sobre todo con tanto bueno como somos capaces de demostrar: nuestra capacidad de amar, nuestro amor reptiliano por nuestras parejas y nuestros hijos y nuestros padres y nuestros amigos de corazón, esa necesidad de proteger lo que queremos y de sentirnos amparados por ello, nuestras posibilidades para superar lo peor y para encontrar siempre dentro de nosotros una llama de luz diminuta que nos permite ponernos en el lugar de los que sufren y de los que lloran.
Y ese es el mérito principalísimo de Lo Imposible: que al poner de manifiesto lo absurdo del Universo, su absoluta carencia de sentido o finalidad, que al demostrar que somos producto del azar y del caos y que por lo tanto estamos sometidos a los caprichos y las arbitrariedades del azar y del caos que en cualquier momento pueden romper de un manotazo feroz la frágil red que sostiene nuestras vidas y nuestros proyectos y nuestros amores, que al enseñarnos todo eso nos enseña que estamos solos en esto de la vida, que nada cabe esperar de fuera de nosotros mismos y que por lo tanto sólo de nuestra capacidad para conformar lazos de compasión, de generosidad y de entrega para aliviar el sufrimiento de los demás depende el hacer una vida mejor y más decente. El gran drama del ser humano es que somos los únicos seres conscientes de lo absurdo de la existencia y de su fragilidad; la cara de esa pesada carga que llevamos con nosotros desde que el primero de los nuestros tuvo miedo y amontonó lágrimas en los ojos ante el dolor o la muerte de alguien a quien quería, la cara de esta carga tantas veces insoportable, nos la enseña Tom Holland en su excepcional papel como Lucas en Lo Imposible: somos seres que sufren y que tienen miedo, pero somos sobre todos seres que hemos aprendido a tender la mano. Esa mano que rescata a los niños atrapados por los matojos amontonados por el maremoto, esa mano que levanta el pie sangrante de la madre para ponerla a salvo en lo alto de un árbol y que luego le da gajos de mandarina para aliviar su sed, esa mano que guía al padre sueco hasta la camilla en que la está su hijo, esa mano que estrecha a los hermanos y al padre en el momento feliz del reencuentro. Al fin y al cabo lo que diferencia a los seres humanos del resto de los animales es un cerebro capaz de pensar y de hacernos sentir y una mano dotada de un pulgar excepcional, capaz de plegarse sobre sí mismo para sostener comida y para agarrar las manos de los que necesitan ser levantados y para cerrar los ojos de los que se nos van muriendo.
Al salir del cine a la noche estrellada y fría, era imposible no sentirse perdido en medio de tanta inmensidad pero feliz de tanta generosidad como puede anidar en el corazón de las personas. Ser generosos en medio de este laberinto sin sentido: he ahí el mensaje implacable de Lo Imposible.
viernes, 16 de noviembre de 2012
A LA CALLE
Durante años —todos los que dura esta situación mitad depresión económica mitad estafa política— cientos de miles de españoles han perdido sus hogares. Familias con niños pequeños, parejas de recién casados, adolescentes, ancianos, enfermos de cáncer y terminales, parados, mujeres maltratadas, personas con discapacidades graves, impedidos… una legión incontable de seres humanos que de un día para otro vieron como se presentaba en su puerta la delegación judicial al servicio de los dictados bancarios con la orden de ponerlos de patitas en la calle: con sus pastillas de quimioterapia y sus biberones y sus cuadernos con los deberes a medio hacer y con su taza de leche caliente y con su suero y sus pañales y con los moratones de la última paliza que les dio su marido y con las lágrimas secas sobre las mejillas. Así, de un momento a otro, miles y miles y miles de conciudadanos nuestros perdían todo lo que tenían, su casa y sus recuerdos, su esperanza y su dignidad.
No ha habido, pese a tantas toneladas de sufrimiento inútil y gratuito, declaraciones de los partidos políticos ni de los sindicatos policiales ni de los decanos de los jueces ni de los alcaldes ni de los colegios de abogados ni de los obispos ni de la patronal de la banca. Durante miles de desahucios, los jueces no se han sentido «meros cobradores del frac de la banca» ni el sindicato de la política se ha planteado la necesidad de objetar contra esta función inmoral que los agentes ejercen; los alcaldes no han retirado sus fondos de las cajas y bancos que atacaban a las familias con una ley de hace cien años ni anunciaban que las policías locales no colaborarían en esa atrocidad; los dos grandes partidos no han sentido ninguna necesidad de reunirse con urgencia para poner fin a ese dolor inenarrable, ni se han planteado la necesidad de prohibir que realizaran desahucios los bancos que recibían ayudas públicas; durante tantos años los bancos no han paralizado los desalojos más sangrantes desde el punto de vista humano. Durante años prácticamente nadie ha hecho nada y todos hemos asistido impasibles y cómplices a ese desgarro personal de muchos de los nuestros.
Pero durante estos años ha habido ciudadanos a los que no les ha importado dar la cara, aún sabiendo que muchas veces se las iban a partir las porras de la policía, muchos ciudadanos que armándose de coraje cívico se han plantado delante de las casas de las que se iban a expulsar a las familias, sin importarles si eran españoles o emigrantes. Muchas veces han paralizado los desahucios y sólo a los ciudadanos de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca o a los del Movimiento 15M o a los de Stop Desahucios, todos ellos acusados por las personas respetables de «perroflautas» o de «vagos y maleantes», sólo a ellos cabe imputar la reducción de sufrimientos y dolores. El resto de la sociedad española nos hemos dedicado a mirar para otro lado, como si todo aquello no fuese con nosotros.
Hace dos semanas PP y PSOE se oponían a la iniciativa de la izquierda sobre la dación en pago, y el Consejo General del Poder Judicial despreciaba un informe que denunciaba la radical injusticia del «procedimiento de ejecución hipotecaria». ¿Qué ha pasado en estos días que de pronto les haya entrado a todos este salpullido de preocupación por los desahucios? ¿Qué ha pasado para que de repente jueces, banqueros, alcaldes, diputados, gobierno, socialistas, obispos y policías sobreactúen en el tema de los desahucios como poseídos por el mal de San Vito? Ha pasado una sentencia europea que habla de la brutalidad de la ley española del desahucio. Pero han pasado, sobre todo, dos muertos, que son un aviso para los que hoy quieren apuntarse un tanto con el sufrimiento de los ciudadanos. Ahora, PP y PSOE buscan con urgencia una «solución» para este drama y todos los cómplices que obedecían sin más o que no denunciaban se ponen de perfil: no porque les importe el dolor que han causado y están causando sino porque los muertos les han hecho sentir en la nuca el aliento de algo que sube de la calle y que ya no es indignación, que es ira, rabia y justísimo deseo de revancha.
(IDEAL, 15 de noviembre de 2012)
martes, 13 de noviembre de 2012
A LA HUELGA, COMO CIUDADANO
Puedo buscar mil razones egoístas, puramente personales, para sumarme mañana a la huelga general. Soy funcionario, y por tanto he perdido sueldo, me han robado la paga de Navidad y cada día veo como los políticos dudan de la profesionalidad del colectivo al que pertenezco. Soy padre de un niño que va a la escuela pública en la que se recorta sin piedad. Yo hijo de una persona que necesita ahora más que nunca de una sanidad pública en la que el único interés sea cuidar a las personas. Soy amigo de pequeños empresarios y profesionales a los que les han subido el IVA y que ven como sus negocios van tirando a mal porque la gente sólo tiene miedo en los bolsillos. Soy amigo de trabajadores a los que sus jefes les han modificado las condiciones laborales según les ha venido en gana y sin importarles ni sus derechos ni su derecho a disfrutar de su familia, amigos que mañana no podrán sumarse a la huelga porque han sido amenazados por sus jefes y que ni siquiera podrán denunciar esas amenazas porque pasarían a engrosar las listas del paro. Soy amigo de parados que no tienen perspectivas de encontrar trabajo digno. Soy hermano de jóvenes que sólo encuentran horizontes fuera de este país. Soy familiar de pensionistas que sólo a duras penas pueden llegar a final de mes. Soy uno de esos millones de españoles que el año pasado tuvieron que pagar más de 1.800 euros para salvar a los bancos, lo que significa que el poder político le robó a mi familia más de 5.400 euros y se los traspasó, vía presupuesto, a la banca.
Puedo encontrar mil razones políticas —de política de bajo vuelo— para sumarme a la huelga general de mañana. Estoy convencido de que hay mil razones para hacer una huelga contra el PP y el PSOE y contra toda la casta política que nos gobierna, una huelga contra los bancos, contra Merkel, contra los propios sindicatos convocantes, contra la patronal, contra la monarquía y la Conferencia Episcopal, una huelga del enfado y de la indignación contra casi todo y contra casi todos.
Pero sin embargo no tengo la sensación de sumarme a una “huelga general” clásica. No voy a la huelga bajo la bandera de ningún sindicato ni de ningún colectivo ni de ningún partido. Voy a una huelga cívica, civil: me sumo a la huelga como ciudadano y mañana mi única bandera es la de mi conciencia. Simplemente como ciudadano. Nada más y nada menos que como ciudadano. Porque veo que el país en el que creo está siendo desguazado. Yo no puedo sentirme patriota de la bandera ni de Lepanto ni de la españolización de Cataluña: yo me siento patriota de la escuela y la sanidad pública, de la compasión por los que sufren, de las ayudas a los dependientes, de las becas a los hijos de los trabajadores, de los investigadores y los artistas. Y esa patria decente y posible, digna, civil, democrática, solidaria, está siendo ahogada por la política de los recortes de derechos que costó mucho sacrificio conseguir y que se le arrancaron a los poderosos con huelgas como las de mañana: no lo olvidemos. Para mí, que me siento ciudadano antes que patriota, la huelga es, ya digo, un acto de conciencia civil. Y además no quiero que, por la noche, el gobierno y su fascinante método de contabilidad de apoyos sociales me contabilicen entre los contentos con la situación. Pero deberían sumarse a ella también los patriotas que piensan que España es un ente incorpóreo: porque la soberanía nacional de esa patria suya está siendo violada por las imposiciones que vienen de Alemania.
Mañana me sumo a una huelga de ciudadanos.
viernes, 9 de noviembre de 2012
HAY UN PAÍS QUE FUNCIONA
La cruda realidad del país no invita al optimismo. Hospitales y centros de salud que se cierran o se privatizan, unidades de lucha contra el cáncer o de tratamiento contra el dolor que desaparecen, proyectos de investigación que dejan de subvencionarse, transferencia masiva de fondos desde una escuela pública cada vez más abandonada a una escuela católica concertada cada día más pujante, alumnos con necesidades específicas para los que nos se contratan maestros y profesores, dependientes que se quedan sin ayudas y son arrojados a la precariedad absoluta, familias desahuciadas por la complicidad de jueces y políticos y banqueros, niños malnutridos, una pobreza creciente. Este es el panorama con el que cada día nos topamos en los periódicos y en las radios y en las televisiones. Pero también en nuestras calles, porque esta es una realidad de (cada vez menos) carne y (cada día más) hueso. Pero frente a ese estado que invita a coger las maletas y salir huyendo de este país enfermo, hay también otra realidad: la de profesionales comprometidos con su trabajo y con su vocación, la de las personas que siguen dando lo mejor de sí mismos, la de los servicios públicos ejemplares e imprescindibles que enseñan que hay una parte de este país que, con su quehacer cotidiano, demuestra la superioridad social, moral y organizativa de lo que nos pertenece a todos. Nos topamos con estas personas a diario, por más que los anteojos del pesimismo nos impidan reconocer su perfil. Son personas enlazadas en la madeja de nuestros actos cotidianos. Son, también, personas que se cruzan en las vidas de las personas a las queremos.
Mi hijo ha comenzado este año su periplo vital por la escuela (pública, por supuesto) en el colegio “Sebastián de Córdoba” de Úbeda. Y ha tenido la suerte de encontrarse en el camino con Ramiro Moya Cañadas, un maestro como de la Institución Libre de Enseñanza, de aspecto despreocupado y de tonos y gestos amables y pausados, un maestro que cada día demuestra un amor por su trabajo que sólo poseen los que están convenidos del valor que tiene lo que hacen.
Por motivos menos felices el pasado viernes conocí a Pedro Sánchez Rovira, un médico de manos grandes y bien definidas, como de artista o mago o malabarista, y con una mirada que seda y que tiene el brillo inagotado de la adolescencia y de la permanente curiosidad. Esa inquietud y la capacidad para conmoverse con el sufrimiento y la angustia de los enfermos de cáncer, ha hecho de Sánchez Rovira uno de los oncólogos más reputados del país. Al salir de su consulta y toparnos con el aire gris de la tarde de noviembre, sentía una íntima satisfacción: ese hombre ejemplar trabaja en Jaén, forma ya parte de nuestro paisaje y de nuestro paisanaje, es uno de nosotros.
Son hombres y mujeres como Ramiro o como Pedro los que hacen mejores nuestras ciudades, son ellos y no los políticos ni los banqueros ni los empresarios sin alma los que demuestran que hay una España que funciona y que se resiste a entregarse a la ola de justo desánimo que nos invade. Les han recortado los sueldos y los medios necesarios para hacer mejor su trabajo, y supongo que han suplido esos recortes y esas carencias con resignación o rabia y con imaginación, para que los niños y los enfermos noten lo menos posible la inquina de los políticos. Ven, cada día, como los gobernantes cargan contra el funcionamiento de lo público y contra los funcionarios mientras ensalzan las dudosas virtudes de lo privado, y pese a ello siguen acudiendo a su escuela y a su hospital, demostrando que lo público es superior moralmente a lo privado porque no discrimina en función del dinero y porque nos iguala en el derecho a reparar nuestra ignorancia o a sanar nuestro dolor. Uno sabe que las personas a las que ama están en buenas manos si están en manos como las de Ramiro o las de Pedro, ciudadanos que siguen haciendo que haya un país que funciona. Un país decente: pese a los políticos, pese a los bancos, pese al euro, pese a Merkel.
(IDEAL, 8 de noviembre de 2012)
miércoles, 31 de octubre de 2012
JALOGÜÍN
Manuel lo pronuncia así: JALOGÜÍN, con tilde en la i. Para él, la fiesta de Jalogüín, que no sabe lo que es, es algo tan natural como la Navidad o la Semana Santa o la Feria, porque su entorno —la escuela, las clases de inglés, la series de dibujos animados que ve, sus amigos—, Halloween y su caravana de seres espectrales que más que miedo causan risa, es algo naturalizado. Y anda encantado con su precario disfraz de diablo —un tridente y unos cuernos ruidosos de un mercachina, una capa que le ha hecho su abuela— y con su calabaza rellena de chucherías revestidas de fantasmas y calaveras, mezclando esto que forma parte ya de su cultura con las gachas de Todos los Santos que forman parte de la cultura de sus padres.
jueves, 25 de octubre de 2012
DESAHUCIO
Un grupo de jueces habían redactado un informe contrario a la legislación actual del desahucios, que data de 1909, de los tiempos de la “ley de fugas” y cosas similares. Calificaban esos jueces el procedimiento de ejecución hipotecaria (palabrería jurídica con la que se denomina el dejar en la calle a los niños) como de “excesivamente agresivo” y proponían medidas para corregir los abusos a los que los bancos están sometiendo a cientos de miles de españoles en los últimos años: miles de dramas personales que suceden muchas veces en silencio, ignorados por todos salvo por esos grupos rebosantes de coraje cívico que se plantan en las casas de las víctimas para evitar que las dejen en la calle. Pero el Consejo General del Poder Judicial, obediente a los dictados de su amo, ha pasado de puntillas por ese informe, como si no fuese con ellos, como si no fuesen una injusticia clamorosa que golpea las puertas de los juzgados tantos y tantos casos de abuso bancario. Como si no fuese un atentado contra la democracia que los jueces se pongan al servicio de los bancos, como ha sucedido en ese desahucio de Córdoba en el que sin previo aviso y mientras la madre llevaba a sus hijos al colegio, la policía y el funcionario judicial se presentaron en la casa para entregársela al banco. ¡Qué valiente la juez que firma esa orden de desahucio sin previo aviso! Ya digo: fieles a la voz de su amo.
Hoy, en el Barrio de La Chana, en Granada, se ha ahorcado un hombre de 54 años. Lo iban a desahuciar y el miedo a verse en la calle, sin nada, lo ha llevado a suicidarse. Se llamaba Miguel Ángel Domingo. Tenía familia, amigos, sueños rotos por la crisis, tenía angustias, desesperanza, miedo. Era como nosotros, era uno de los nuestros. Pero eso no le importa a los miembros del Consejo General del Poder Judicial: el sufrimiento de miles de conciudadanos suyos resbala por sus togas como la lluvia de este día gris.
Hoy, en el Barrio de La Chana, en Granada, se ha ahorcado un hombre de 54 años. Lo iban a desahuciar y el miedo a verse en la calle, sin nada, lo ha llevado a suicidarse. Se llamaba Miguel Ángel Domingo. Tenía familia, amigos, sueños rotos por la crisis, tenía angustias, desesperanza, miedo. Era como nosotros, era uno de los nuestros. Pero eso no le importa a los miembros del Consejo General del Poder Judicial: el sufrimiento de miles de conciudadanos suyos resbala por sus togas como la lluvia de este día gris.
viernes, 19 de octubre de 2012
ESPAÑOLIZAR
Mientras Cruz Roja pide por primera vez para los pobres españoles, Cáritas atiende a más de un millón de personas: la asistencia de Cáritas ha crecido un 175% desde que comenzó la depresión económica y hay que cubrir necesidades básicas como alimentación, medicinas o vestido. La preocupación en Cáritas es grande, porque sus recursos son limitados, porque hay que pedir a los ciudadanos que donen legumbres, leche y aceite, y porque la protección que hasta ahora vienen dando las familias está en las últimas. Mientras, los políticos que laminan las políticas sociales que podrían paliar el sufrimiento y la humillación de millones de ciudadanos, se organizan actos benéficos, como si la pura caridad pudiese sustituir a la justicia social. Esa dramática situación que retratan los datos de Cáritas se corresponden con los fríos datos oficiales. Más de 1,7 millones de hogares españoles tienen a todos sus miembros en paro y España sufre la mayor caída de poder adquisitivo de los últimos 27 años: el nivel económico de los ciudadanos se hunde a niveles de 1985. Sólo en el último año la riqueza de los hogares españoles descendió un 18,4%, la caída más intensa de la zona euro. En ese periodo los hogares españoles perdieron 177.000 millones de euros, y lo más sangrante es que el Estado está transfiriendo (mediante el pago de intereses de la deuda y el rescate bancario) el dinero que sale de los hogares a los bancos y grandes corporaciones que hundieron al país en la ruina. Según datos de la poco sospechosa OCDE en 2008, al comienzo del desastre, la desigualdad entre ricos y pobres era la más alta desde la dictadura y la situación se ha agravado como consecuencia del continuo recorte en los servicios básicos del Estado del Bienestar, hasta convertir al nuestro en el país con más desigualdad social de la Unión Europea.
Detrás de todos esos datos demoledores hay seres de carne y hueso destruidos lentamente por la desesperanza. Detrás hay, sobre todo, niños, a los que se les niegan la risa de hoy y el futuro. Con más de 2,2 millones de niños viviendo en la pobreza, UNICEF exige ya un “plan nacional de lucha contra la pobreza infantil”. Y según la UNESCO, España encabeza el mundo desarrollado en lo que se refiere a fracaso escolar y desempleo juvenil y dice que es “apremiante” para nuestro país invertir en educación.
La situación social produce vértigo —¿cuándo estallará la justa rabia?— y la gran preocupación del Ministro de Educación es “españolizar” primero a los niños de Cataluña como respuesta a la “catalanización” impuesta por los nacionalistas catalanes, y después a todos los otros descarriados, ya saben: niños vascos, hijos de progresistas o de ateos o de padres radicales que hacen huelga contra los recortes. El reto de Wert no es que los niños se formen con seriedad, calidad y como ciudadanos, sino que los niños sean adoctrinados en el del ideal patriotero del nacionalcatolicismo: la escuela es solo la caja de resonancia del catecismo de la España eterna. Poco importa que los niños acudan a clase sin haber cenado, que sus padres no puedan comprarles los lápices, que no se contraten maestros para los niños autistas. No, en España no importa la educación, no sea que se formen ciudadanos que se rebelen contra la monumental estafa en que vivimos. En España importa —y, ojo, esto no es privativo del actual gobierno— el adoctrinamiento: para que los ciudadanos tengan claro que las leyes están para violarlas si se es político o para cumplirlas aunque sean injustas, según proclama el ínclito Alfonso Alonso, para quien las manifestaciones son cosa “de batasunos”. Lo que importa es adoctrinar para que permanezcan prietas y silenciosas las filas, para que nadie proteste cuando lo pisoteen dando así “ejemplo de civismo” —según el parecer de los obispos— mientras se nos hunde en la miseria. Quieren una escuela para “españolizar”, que es contar una España distinta a la de los españoles.
(IDEAL, 18 de octubre de 2012)
viernes, 21 de septiembre de 2012
CÁRITAS CONTRA LA CONSTITUCIÓN
El último informe de Cáritas es tan demoledor, tan incontestable, refleja tanto sufrimiento, tanta humillación, tanta miseria, que parece que está referido a otro país y no a un país en el que todavía sigue vigente una Constitución que dice que la Nación española declara su voluntad de “promover el progreso de la cultura y de la economía para asegurar a todos una digna calidad de vida.” Pero el país que Cáritas retrata es el que proclama en su Constitución que todos los españoles tienen “derecho al trabajo”, que “los poderes públicos aseguran la protección social, económica y jurídica de la familia” y que “los niños gozarán de la protección prevista en los acuerdos internacionales que velan por sus derechos.” El país que del que habla Cáritas es el país que proclama en su Constitución que los poderes públicos garantizarán “la asistencia y prestaciones sociales suficientes ante situaciones de necesidad, especialmente en caso de desempleo”, que “todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” y que “toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general.”
Cáritas habla de España y reconoce que no puede seguir asumiendo funciones que corresponden a los poderes públicos. La tragedia social que vive este país es tan grande y la inhibición del Estado constitucional (secuestrado por los fanáticos del déficit cero) tan irresponsable y escandalosa, que Cáritas compara los recortes brutales de los que se ufana el gobierno con un cierre masivo de hospitales en un país en guerra. Y es que en medio de esa catástrofe social de la que Cáritas habla en un informe que pone el vello de punta, el Estado está desmontando todo el sistema que permite proteger a los desvalidos, a los marginados, a los que han sido sacados a empujones de la vida digna y confortable.
No, no son los independentistas catalanes los que dejan desnuda a la Constitución de 1978: es el informe de Cáritas el que demuestra que la Constitución de 1978 está desnuda y violada, y más aún muerta y enterrada, y que sólo se agita su espantajo para defender la unidad de la España una, grande y libre que algunos reviven a pasos agigantados mientras los españoles se hunden en la desesperación y la miseria. No han acabado con la Constitución los nacionalistas sino los que la han vaciado de contenido: si las colas ante los comedores sociales son cada día más largas es porque la Constitución ya no existe, si las colas en los roperos de Cáritas son cada día más largas es porque la Constitución ya no existe, si hay niños que no pueden desayunar o cenar es porque la Constitución no existe ya, si hay enfermos que se mueren alojados en una lista de espera es porque la Constitución ha dejado de existir. Al poner sobre la mesa el resultado de la política neoliberal de los recortes, Cáritas ha echado la última palada de tierra sobre una Constitución que ya descansa en paz.
lunes, 10 de septiembre de 2012
RITUAL DE SEPTIEMBRE
En la mitad de la mañana del lunes de septiembre, las calles del centro de Úbeda hervían de gente. Las personas que presurosas bajaban a Santa María para apurar los últimos días antes de que la Virgen vuelva al Santuario; las que van de tiendas o vuelven de la Plaza de Abastos o miran consternados el boleto que sale del cajero automático; los viejos que toman el sol en los portalillos de la Plaza; los carteros, los repartidores de pan o de cerveza; los camareros que van montando las terrazas con la paciencia de quien une las piezas de un puzzle... Y en medio de esa rutina del comienzo de la semana, hoy han irrumpido en bandada los niños que vuelven a la escuela después de las vacaciones o los que, como hijo, iniciaban hoy una andadura decisiva en su vida. Caminaban de la mano de sus madres con la formalidad que les daba su ropa como de domingo menor, su olor a colonia, su media sonrisa de responsabilidad que tienen que asumir dibujada en la boca, cargando su cartera con libros o lápices o cuadernos que pese a los intentos del gobierno por convertirlos en productos de lujo, siguen teniendo esa capacidad de evocar con su olor tiempos en los que sólo era posible la felicidad, ajenos a los esfuerzos de sus padres para poder comprarles el material, para que no les falte nada, ajenos a ese sentimiento de pequeña desolación que produce el ir viendo como se van adentrando en la suma de los años que los convierte en mayores.
En mitad de la mañana del lunes de septiembre, las calles se han vestido de gala con el ritual del inicio del curso escolar. Manuel forma ya parte de ese ritual, porque hoy ha sido su primer día en una escuela pública, porque su madre y yo estamos convencidos de que es la mejor escuela posible, y al verlo allí, en la que será su aula o su patio de juegos, con su maestro y con sus compañeros, nervioso e inquieto de tan feliz, radiante por sentirse y saberse “mayor”, comprendía el valor que tiene eso que mantenemos entre todos con nuestros impuestos, esa escuela en la que no se discrimina por las ideas o los sexos y que es, en realidad, la única escuela posible para que nuestros hijos crezcan en los valores de la libertad y de la tolerancia. Hoy Manuel se ha incorporado al ritual cívico de cada septiembre, que es algo más que un simple final de las vacaciones, que es en realidad una apuesta por unos valores, por un sentido. Él, sin saber nada de esto, estaba feliz. Nosotros –sin pensar en nada de esto en ese momento, sólo mirándolo a él– también.
sábado, 28 de julio de 2012
APOLOGÍA DEL SUFRIMIENTO
El Ministro Gallardón –que hasta casi ayer mismo pasaba por ser la imagen de una derecha moderna, cívica y laica– ha anunciado que se va a reformar la ley del aborto para volver a una ley de supuestos y no de plazos. Soy de los que piensa que la ley de supuestos reconoce la existencia de un conflicto ético entre dos bienes que merecen protección y amparo por parte del ordenamiento jurídico, y reconociendo esta colisión ofrece una mejor solución ética al dilema. Solución que por la propia naturaleza de este asunto –esencialmente delicado, radicalmente humano– no puede nunca ser satisfactoria, que es siempre contradictoria, difícil, insatisfactoria, pero que por eso mismo es una solución eminentemente democrática: porque se funda en el reconocimiento de que la ley de los derechos humanos y de las personas libres es una ley que siempre tiene que generar una insatisfacción o, incluso, un mal menor para reparar un daño mayor. Ahora bien, de reconocer la valía ética de la ley de supuestos a aplaudir la propuesta de reforma del Ministro Gallardón hay un paso. Y un paso gigantesco: el que separa la opción de vivir con una conciencia en conflicto íntimo de realizar una apología del sufrimiento de los más débiles.
En la ley de 1985, avalada por una sentencia del Tribunal Constitucional que es una verdadera lección de ética democrática, se reconocía a la madre el derecho a abortar cuando el feto presentase malformaciones. (Malformaciones graves: un médico recordaba en la radio que no se amparaba ni se justificaba el aborto de un feto que tenía cuatro dedos en la mano derecha.) Javier Esparza –un neurocirujano infantil de prestigio internacional– relataba en El País los sufrimientos y padecimientos a que tienen que enfrentarse durante sus cortas vidas los niños que nacen con malformaciones tan terribles como la espina bífida: parálisis muscular, hidrocefalia, incontinencia fecal y urinaria, dolores muchas veces terribles. Era imposible leer el artículo del médico sin sentir un nudo en la garganta, una infinita compasión por esos niños que nacen condenados a una vida indigna e indecente –no: no hay dignidad ni decencia en el cuerpo de un niño que sufre y agoniza con cada latido de su corazón–, a una muerte lenta y dolorosa, víctimas absolutamente inocentes de un crimen moral de dimensiones cósmicas, genésicas, que apunta directamente al corazón de lo divino. Al leer a Esparza ocurre como cuando se lee a Camus o a Dostoievski: se entiende que nada justifica el sufrimiento de los niños.
Bien. Gallardón ha anunciado que ese supuesto –cargado de compasión más allá de cualquier tipo de contradicción íntima– va a desaparecer de la nueva ley del aborto: las madres no podrán decidir si abortan cuando sus hijos presenten malformaciones terribles. Gallardón ha sido arrebatado por una pulsión religiosa que legítimamente puede guiar la actuación de los particulares pero que sólo faltando a la ética de la democracia puede informar el ordenamiento jurídico que a todos afecta. Gallardón, basándose en los principios morales de su religión y no en la ética conflictiva y relativa de la democracia y del sistema de derechos humanos, va a obligar a nacer a niños condenados a sufrir. En la religión de Gallardón el sufrimiento es un mérito moral, una palma de martirio que garantiza un lugar en el paraíso tras haber atravesado el infierno. Eliminando la posibilidad que las madres tenían de abortar si su hijo tenía graves malformaciones, el gobierno de Gallardón realiza una apología del sufrimiento, tanto más atroz e indecente cuando en paralelo se recortan las ayudas que podían paliar el sufrimiento de estos niños. Que nazcan, sí: pero que se jodan una vez que hayan nacido, porque la sociedad que los obligó a nacer los deja en el desamparo y el abandono. Consentir esto es una indecencia social, otra más. “No creo que ninguna sociedad tenga el derecho, y menos pudiendo evitarlo, de cargar a ningún ser humano con sufrimientos más allá de lo imaginable”. Lo dice Javier Esparza, el hombre que ha visto con sus ojos el dolor de los niños condenados.
(IDEAL, 27 de julio de 2012)
miércoles, 11 de julio de 2012
COMO UN JUEZ DE TOLEDO
Poco antes de participar en la procesión del Corpus Christi con el recogimiento y devoción que la ocasión requiere, la Cospedal había demostrado su valentía y arrojo político despidiendo a las enfermeras que atendían la unidad de Oncología Pediátrica de un hospital de Toledo. Entre las enfermeras que se fueron al paro estaba una amiga.
Ahora, esa amiga ha encontrado trabajo. Ha sido una cuestión de suerte: en su camino, y en el camino de miles de enfermos, se ha cruzado uno de esos escasos jueces que todavía deben creer en la justicia. Después de que el esbirro político que ostenta la gerencia del Hospital Virgen de la Salud de Toledo decidiera cerrar varias plantas del mismo, con el consiguiente recorte en personal, los pacientes se hacinaban en los pasillos en una situación inhumana y vergonzosa. Hasta que un familiar se fue al juzgado a poner una denuncia contra lo que allí estaba pasando: desesperado, se agarró a la última esperanza, a la de que los jueces tienen que restablecer la justicia y la dignidad que los políticos se han empeñado en vulnerar. Tuvo suerte: su denuncia fue a parar a la mesa de un juez decente y con alto sentido de su función moral que ordenó la inmediata apertura de la cuarta planta del Hospital para atender a los enfermos dignamente, conforme mandan las normas españolas. Esto hizo que el gerente tuviera que proceder con urgencia a la contratación de, entre otro personal, doce enfermeras entre las que estaba mi amiga.
Es importante que mi amiga tenga un contrato para tres meses. Pero más importante me parece constatar que hay jueces como ese juez de Toledo. Porque estoy convencido de que los únicos que pueden poner freno a las tropelías de los políticos son los jueces. En un país normalizado, la fiscalía perseguiría a los políticos del recorte, pero aquí la fiscalía está al servicio de esos políticos. Por eso nuestra única esperanza es que se cruce en nuestro camino un juez que crea, de verdad, en la Justicia.
Recuerdo que en la asignatura de Filosofía del Derecho se hablaba de los altísimos valores que deben inspirar las normas legales para que estas sean legítimas. Cuando esos valores están siendo violados, los jueces, en uso de su conciencia y atendiendo a su compromiso con los valores que dicen defender, tienen que rebelarse, como hicieron en su día algunos jueces italianos que lograron rescatar momentáneamente la democracia italiana de la absoluta desvergüenza y del descrédito total. Los jueces no pueden asistir impasibles y como si no fuese con ellos a la arbitrariedad y a la consolidación de las injusticias que convierten en papel mojado la mayor parte del articulado de la Constitución de 1978 y allí donde es evidente que se están atacando los derechos de los ciudadanos (ataques a los funcionarios, reforma laboral, disminución de becas, precarización de la sanidad pública, devaluación acelerada de la escuela pública) los jueces deben dictar órdenes perentorias que restablezcan la decencia democrática. Si para ello tienen que hacer ingeniería jurídica, su obligación es hacerla. Como ha hecho el juez de Toledo. Porque permanecer agazapados detrás de las togas, en este momento crítico de España, viendo como se despoja a los ciudadanos de los derechos amparados por los altos valores de la Constitución de 1978 y como se nos arroja al pozo de la desesperación y de la ira, los convierte en cómplices. Son urgentes muchas rebeliones en España: pero la rebelión imprescindible es la de los jueces.
martes, 29 de mayo de 2012
CARA DE NIÑO
Los datos de la Federación de Entidades de Atención y Educación a la Infancia y la Adolescencia (FEDAIA) para Cataluña, y los datos de UNICEF y de indicadores europeos como AROPE y EUROSTAT para el conjunto del país, sólo pueden provocar estupor, indignación, hastío, rabia... a poco que se conserve un mínimo de decencia y sensibilidad. Los datos son demoledores y expresan la realidad mucho mejor que cualquier juego de palabras. Pero lo peor es que esos datos, referidos al año 2010, tienen que haber empeorado en estos dos años de abundamiento de la depresión económica y de los recortes del Estado del Bienestar: UNICEF indica que los Presupuestos Generales del Estado de 2012 inciden en el recorte del gasto público relacionado con los niños que se viene produciendo desde mayo de 2010, lo que forzosamente tiene que traducirse en un deterioro mayor de la situación de la infancia.
Si se conserva algún resto de sensibilidad, digo, los datos ponen de punta el vello del alma. Según UNICEF, un 26,5% de los niños españoles vivía, en 2010, en situación de pobreza. Dos millones doscientos mil niños. Pero según el indicador AROPE la cifra habría ascendido en 2011 al 29,8%: casi dos millones y medio de niños. De 2008 a 2010 un 10% más de niños (205.000) pasaron a vivir por debajo del umbral de la pobreza. Y el número de menores que vivía en la pobreza extrema era del 13,7% (más de un millón cien mil niños), casi cinco puntos más que en 2008, una cifra escandalosa sólo superada por Bulgaria y Rumanía. La pobreza crónica infantil ha crecido seis puntos de 2007 a 2010, situándose hace dos años en el 16,7%. Las prestaciones por hijo a cargo sin discapacidad de la Seguridad Social, ligadas a rentas muy bajas, han pasado de 760.000 en 2007 a 1.029.000 en 2010, lo que indica, según UNICEF, la repercusión que la crisis económica está teniendo en las familias con niños y adolescentes. Y es que según la organización, el desempleo se ha cebado especialmente en familias jóvenes con hijos pequeños: según EUROSTAT el número de hogares con niños con todos los adultos en paro era, en 2010, de 714.000, y el colchón que en un primer momento pudieron suponer los subsidios de desempleo estaría agotándose en muchos casos. Pero también la disminución real de los salarios –imparable desde la entrada en el euro– habría incidido en el aumento de la pobreza infantil: un 15,4% de los hogares con niños en los que al menos trabaja un adulto, viviría en situación de pobreza. Sólo Grecia y Rumanía nos superan.
Los estremecedores datos de EUROSTAT para nuestro país completan el mapa de la injusta situación en que estamos permitiendo que vivan nuestros niños. Su sola enumeración revuelve las tripas. El 5,6% de los niños vive en situación de privación material severa. Un 8,3% de los niños vive en hogares con muy baja intensidad de trabajo. El 44,2% de las familias numerosas se encuentran en situación de pobreza relativa. El 41,2% de las familias con niños no pueden permitirse ni una semana de vacaciones al año. El 37,2% de los hogares con niños no pueden hacer frente a gastos imprevistos básicos como la compra de unas gafas para sus hijos. El 22,6% de los niños españoles viven en casas con goteras, humedades en paredes, suelos o cimientos, o podredumbre en suelos o marcos de ventanas o puertas.
En el caso de Cataluña, donde el gobierno de CiU ha extremado con furia de fanático los recortes practicados a nivel general por los gobiernos de Zapatero y Rajoy, la situación sería especialmente preocupante. Las entidades sociales avisan de que cada vez atienden a más niños que se van a la cama sin cenar o que no desayunan antes de ir al colegio (un 4% de los niños catalanes viviría en esta situación). ¿Cómo no ligar esto al ajuste presupuestario y a la política de recortes? Según UNICEF, el gobierno catalán redujo en 2011 en un 74,6% (un 74,6%, sí, han leído bien) el presupuesto que destinaba a las ayudas a familias con niños. Una situación que UNICEF denuncia se ha generalizado en el conjunto del Estado, reduciéndose las ayudas y becas relacionadas con estudios, libros de texto y servicio de comedor escolar para familias con pocos ingresos. El panorama de reducción de inversión pública en protección social, agotamiento de las prestaciones por desempleo y reducción de los salarios, se agrava, según UNICEF, con la imparable subida de los impuestos y el incremento de los precios de los productos básicos y de la energía. Esto hace, según FEDAIA, Cruz Roja y UNICEF, que muchos niños no dispongan de material escolar o de ropa adecuada a la época del año o a actividades como las deportivas, que no puedan participar en las actividades extraescolares o excursiones y que tengan una alimentación deficiente (el número de hogares catalanes que no pueden comer carne o pescado fresco se ha duplicado desde 2007). Una situación muy complicada y dolorosa que no afecta ya sólo a las clases que tradicionalmente venían siendo usuarias de los servicios de asistencia social: Cáritas y Cruz Roja dejan claro que cada vez acuden más familias de “clase media” a requerir sus ayudas y su asistencia.
Todo lo anterior tiene repercusiones en la felicidad de los niños. La angustiosa situación de miles y miles de familias, está provocando que padres e hijos desarrollen problemas de salud mental, y déficit en la integración y relación así como en el aprendizaje, y ello sin hablar del empeoramiento de las condiciones de alimentación o de vida del hogar. Las organizaciones humanitarias tienen claro que lo que pasa en las familias se filtra a los niños, que en muchas ocasiones pueden llegar a sentirse culpables de lo que ocurre en su hogar.
Pero no estamos condenados a convivir con esta situación moral insoportable: aún suponiendo que la política de ajuste fuese inevitable (que es mucho suponer), decidir dónde se recorta y dónde no o dónde se incrementa la recaudación, obedece a criterios estrictamente ideológicos. Paloma Escudero, representante de UNICEF en España, reclama al gobierno de la nación que incluya en su agenda política la protección de la infancia, que en España se ve abocada a una situación de completo desamparo: “Los costes de no actuar ahora, no sólo afectan a los niños y a las familias más vulnerables ahora, sino que comprometen el crecimiento de la sociedad a medio y largo plazo”. UNICEF, en un desesperado llamamiento ético, pide a los políticos, a los agentes privados y a la sociedad en su conjunto que tenga en cuenta el interés superior de los niños a la hora de tomar decisiones, pues hasta el momento los niños y niñas, que son los últimos responsables de la crisis, son los que “están sufriendo sus consecuencias de forma tan o más grave que otros colectivos o grupos sociales”. Y ello, con el agravante de que en la infancia la visibilidad del impacto de la política de recortes es menor porque carecen de capacidad para enfrentarse a ella y a sus consecuencias, alerta UNICEF.
Las decisiones políticas no son neutras: hasta el momento han afectado a los más débiles, a los más vulnerables. En los niños, dice UNICEF, repercuten las decisiones políticas que reducen el gasto público en ayudas a familias o en becas, e impactan sobre ellos “las decisiones generales en materias de impuestos o deuda pública, o las reducciones de presupuestos destinados a servicios sociales, educativos o de salud”. La conclusión de Paloma Escudero es clara, tajante: “Los niños están siendo enormemente castigados por la crisis”, y por ello, UNICEF pide que todos trabajemos en una recuperación económica “con rostro humano”.
Los niños son lo único realmente sagrado e intocable. Una sociedad que permite que sus hijos –a los que debería dedicar sus mejores esfuerzos– se hundan en el pozo de la exclusión, de la miseria, de la tristeza cotidiana, es una sociedad esencialmente indecente. No todo es economía ni política deshumanizadas, no todo son leyes ni necesidades históricas: la ética, la dignidad humana, también tienen que contar. Por eso, desde un punto de vista estrictamente ético, si sumamos los datos que retratan la situación en la que viven cientos de miles de niños españoles y nuestra aceptación resignada de las políticas que han dado lugar a esta situación, sólo se puede llegar a una conclusión: España es un país indecente. Porque en nuestro país cada año que pasa, con cada norma que se publica en el BOE, hay más niños pobres y los niños pobres lo son cada vez más. Después de tantos años instalados en el oropel y la pompa, en la ínfula de creernos un ejemplo para el mundo, las organizaciones dedicadas a proteger a la infancia nos han puesto delante del espejo. Y queramos o no hemos visto nuestro verdadero rostro: “La pobreza ya tiene, definitivamente, cara de niño”. La cara de los niños pobres es la cara de España.
(SISTEMA DIGITAL, 23 mayo 2012)
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