lunes, 20 de septiembre de 2010

EL HOMBRE LABORDETA




José Antonio Labordeta era uno de esos hombres en los que la coherencia y la decencia seguían materializándose cada día. Por eso, Labordeta no era una anécdota de nuestro tiempo, sino una categoría: la de aquellos hombres que verdaderamente se opusieron al franquismo, que verdaderamente lucharon por la libertad –por las libertades de todos, también por las nuestras, por esas libertades hoy puestas en almoneda– y que verdaderamente nunca se traicionaron. Tal vez en Labordeta era fácil no traicionarse: no tenía que construirse un pasado inexistente para aureolarse de antifranquista, y eso le permitió morir siendo fiel a las ideas que siempre defendió. En él, «la izquierda» no se había desquiciado en posturitas progres vacías de contenido: él era el hombre comprometido hasta el final con unos valores que siguen siendo tan válidos hoy como ayer. Su muerte ha coincidido con el declive de la socialdemocracia sueca y con el auge de la derecha y los nuevos fascistas; coincide también con la publicación de un reportaje en el periódico alemán Frankfurter Allgemeine centrado en los y las «socialistas» españoles –también da sus palos a los políticos de otros partidos–, a los y las que denomina como «socialistas fashionistas», presentado al gobierno de España como un mero desfile de ministras ataviadas cada día con un modelito diferente: «las muñequitas de la moda de Zapatero», dice refiriéndose a las ministras. (Extraordinaria la definición de Bibiana Aído: la llaman la señorita «Papá, que soy ministra». La han calado.) ¿La muerte de un hombre íntegro, verdaderamente progresista, y ese retrato de la triste situación de la izquierda europea son mera casualidad? Puede ser, pero también puede ser que todo sea un aviso en toda regla de lo que nos queda por vivir: agostada la izquierda con peso, con contenido –y si la socialdemocracia sueca no pesa ya me dirán que izquierda va a pesar en Europa–, avanzamos en la dirección de la caverna.

Más allá de todo lo anterior, Labordeta fue principalmente un bocazas de la verdad –¿cómo olvidar ya sus memorables intervenciones en el Congreso de los Diputados, al que llenó con la fresca voz de una calle harta de los políticos?–, un hombre con pinta de socarrón y bonachón que durante un tiempo jugó a la política y lo hizo con una integridad que estremece y un hacedor de himnos. De entre todos, me quedo con ese cántico íntimo y moral a la libertad, que tarareábamos en las noches de campamento y que sigue siendo como un aliento de la historia sobre nuestro cogote: «habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad». Lo escucho y me emociono y siento que el que lo canta es un gran hombre, porque yo creo que uno sabe que ha muerto un gran hombre cuando al enterarse de la noticia, uno siente como si le vacía un pedazo de la vida, y con la muerte de Labordeta muchos hemos tenido esa sensación.

Con su mochila llena –«lleva quien deja/ y vive el que ha vivido»– descanse en paz, él, que fue como esos viejos árboles...

viernes, 17 de septiembre de 2010

HUELGA GENERAL



Una tarde de invierno, en Granada, cuando era estudiante, iba camino del Cine Club y al pasar por delante de la Facultad de Ciencias me paró un tipo para atracarme, lo que hizo casi entre ruegos de que le diese el dinero. Me decía que le faltaban 300 pesetas para comprarse «un pico» y, ya les digo, casi me pidió por favor que se las diese, porque si no tendría que darle un tirón a una anciana y no quería hacerlo. No hizo falta que me sacase ni jeringuilla ni navaja, porque me dio tanta lástima que le di las 500 pesetas que llevaba en el bolsillo y me di la vuelta para mi casa, sin ver la película.

Les cuento esta historia porque la huelga general del próximo día 29 me recuerda mucho aquel atraco de mis tiempos mozos, que visto en la distancia resulta tan cómico como cómica le resultará a nuestros hijos esta huelga. Y es que los sindicatos han convocado la huelga casi rogándole al gobierno que los perdone, suplicándole que los entienda, mendigándole una bendición. Y el gobierno, buen amigo de sus amigos y si no que se lo pregunten a Botín, les ha dado el permiso moral para convocar la huelga. Sólo así se entiende el buen rollo que todavía existe entre los que quieren dar el palo –los sindicatos– y quien previsiblemente debería soportarlo –el gobierno y el PSOE–, tan distinto a aquel ambiente abismal que existía el día antes del mítico 14-D. Sin duda, aquél era otro gobierno y aquellos otros sindicatos.

No se crean, por otra parte, que la esquizofrenia propia de esta huelga afecta sólo a sindicatos y gobierno, porque se ha contagiado a todo el especto político y mediático. Por una parte, la derecha –el Partido Popular y sus voceros de radios y periódicos– sabe que un éxito rotundo de la huelga es un varapalo grande para ZP, lo que redunda en beneficio de la cosecha de votos que los populares otean en el horizonte. Pero por otro, tienen muy claro que el previsible fracaso de la huelga por el descrédito generalizado de los sindicatos, pone a estos en situación de coma, lo que a largo plazo beneficia los intereses sociales, económicos y políticos de la derecha. Sólo así se entiende la visceral campaña que se ha desatado contra los sindicatos, que realizan aprovechando las decenas de excusas que los sindicatos y sus representantes –que no representantes de los trabajadores– ofrecen para ser zarandeados. Por otra parte la «izquierda» representada por el PSOE tiene el corazón partido, pues por un lado quiere a toda costa que se mantenga ZP en el poder (pese a haber demostrado que es difícil hacer peor las cosas) y por otra quieren cuadrar el círculo con un éxito de la huelga. Su máxima aspiración sería una huelga general que fortaleciese al gobierno socialista y a los sindicatos, juntamente, pero eso es imposible.

Y en medio de este batiburrillo que la huelga está generando sólo quedan dos figuras coherentes y sensatas. Una es la del militante de Izquierda Unida, que suele ser un iluminado muchas veces fuera de la realidad pero que ahora lleva más razón que un santo al denunciar el ataque feroz que están sufriendo los derechos de los trabajadores y el propio Estado del Bienestar, tan precario en España. La otra figura coherente y sensata es la de los miles y miles de ciudadanos españoles hartos de todo, hastiados de este circo insoportable, cansados de que las facturas de la historia siempre tengan que pagarlas los de abajo mientras la bocaza de todos los políticos se llena de frases pomposas y vacías o de solemnes imbecilidades, como la que ZP pronunció en Oslo el otro día a cuenta del drama personal de los parados. Para conseguir que la huelga triunfe, los sindicatos tendrán que sacar a la calle todas las divisiones acorazadas de sus piquetes coactivos. Porque es tal el hartazgo de la calle, que el éxito de la huelga sólo puede ser directamente proporcional al grado de violencia que desplieguen los sindicalistas.

Hoy por hoy, la única huelga general con visos de ser masivamente seguida, atronadoramente aplaudida por los españoles, sería la que se convocase contra el gobierno y contra la oposición, contra el PSOE y contra el PP, contra los empresarios y contra los sindicatos. Bien harían todos los subvencionados con nuestros impuestos –partidos, sindicatos y patronal– en reflexionar porqué hemos llegado a esta situación.

(Publicado en IDEAL el 16 de septiembre de 2010)

martes, 14 de septiembre de 2010

ETA VENCIDA





Ciertamente ha habido muchos años en los que la presión de ETA era tan grande que se hacía necesario «negociar» para intentar frenar la espiral del sufrimiento. Cuando los asesinos eran capaces de poner sobre la mesa decenas de muertos, cada año, el Estado quiso acabar con tanto sufrimiento también sentándose a negociar con los terroristas. Pero estos, ciegos en su fanatismo racial y nacionalista, creyeron que podrían presionar al Estado Español indefinidamente, hasta alcanzar la independencia del País Vasco por mero cansancio y hastío de la sociedad española. Y mientras los etarras combinaban los coches bomba y el asesinato de niños con las treguas ficticias, todos los gobiernos democráticos han ido estrechando el cerco social, político y policial sobre la banda terrorista y su entramado sindical y político. Hoy, gracias a tantos años de lucha antiterrorista –y pese a los intentos de todos los presidentes de apuntarse el tanto de la paz, y pese a los intentos de algunos de someter también la lucha contra ETA al circo electoral–, ETA es una organización agonizante, moribunda. Por eso, su nueva tregua, o su alto el fuego, o su adiós a las armas, o lo que demonios sea lo que ahora han proclamado, carece no ya de ningún mérito moral –que es imposible que ETA lo tenga– sino de ninguna capacidad de maniobra política.

Hace tiempo pudo tener sentido negociar con ETA, relajar las condenas de sus presos, para frenar los asesinatos. Hoy, ETA casi carece de capacidad de matar y los eventuales atentados que pueda cometer serán ya tan escasos, tan improbables, que pueden ser perfectamente asumidos por la sociedad española. En los crudos términos de la política, España es hoy un país maduro en el que sus instituciones y su convivencia no se ven amenazadas por uno o dos muertos al año. Es difícil escribir así sobre hipotéticas vidas que pueden ser segadas por los terroristas, pero sólo desde esta dura convicción se puede entender la única respuesta que el Estado debe dar al anuncio de ETA: el tiempo de cualquier negociación ya terminó, la hora de la generosidad para con los terroristas es una hora de ayer. Ahora, sólo cabe seguir acosando a los terroristas, seguir deteniéndolos, seguir juzgándolos sin piedad y con justicia, seguir encarcelándolos largos, larguísimos años en la cárcel.

ETA ha defendido siempre que sus actos criminales eran operaciones militares englobadas en un conflicto bélico contra el Estado Español. Pues bien, cautiva y desarmada, ETA ha perdido la guerra. ¿Cabe la generosidad para con los derrotados? Ya no. Muchas veces intentó la sociedad española superar su rabia y su odio para ofrecer regalías a los asesinos con la condición de que parasen y abandonasen las armas. Pero ellos se negaron, y si ahora lo hacen no es por piedad o por generosidad, sino por simple cálculo. Se saben vencidos pero aún quieren apurar alguna migaja del Estado. Y ocurre, simplemente, que a estos vencidos no cabe darle ni las migajas: si mordieron la mano cuando la mano se les tendió, caiga sobre ellos la fuerza del puño del Estado, sin temblar en el golpe.

No sé si existe la tentación de acelerar la agonía de ETA mediante una estrategia de diálogo, que hemos defendido en otras ocasiones. Pero ese diálogo sería ahora –ahora que sabemos que tragándonos los nudos de la garganta y viendo las lágrimas de las viudas y los huérfanos hemos ganado limpia y justamente la partida– una ofensa terrible a las víctimas. Una burla sin sentido. La generosidad con los criminales repulsa siempre, pero puede ser éticamente aceptable si tiene la contraprestación de dejar de matar. Pero cuando ya los criminales no pueden matar porque son simples sombras vencidas, ser generoso con ellos ofende sin paliativos, sin excusas. ¿Que ETA está de tregua? Pues siga la democracia española encarcelando asesinos, acosando a sus voceros y quede claro que sólo la cárcel tiene un horizonte posible para los que mataron.

(Publicado en IDEAL el 9 de septiembre de 2010)

lunes, 6 de septiembre de 2010

«LA ESTACIÓN»




Los libros de los mejores escritores centroeuropeos anteriores a 1939 describen un mundo que todavía tenía mucho de mágico, de sorprendente, un espacio abigarrado de nacionalidades y lenguas y culturas heredero de los grandes imperios multinacionales. En las novelas que retratan la vida bulliciosa y problemática de esa vasta extensión de territorios, uno puede recorrer el mapa europeo desde el vagón de un tren, sentado en los bancos mientras ve pasar los paisajes y las ciudades como una letanía de lugares que evocan otras edades del hombre, más precarias pero más intensas: Praga, Bratislava, Salzburgo... A veces, siento una melancolía imposible de aquellos trenes que unían París y las provincias austrohúngaras, y me imagino sentado en el vagón-restaurante, con un café caliente y espeso entre los platos y las copas vacías, masticando galletas de vainilla y nueces mientras, simplemente, veo pasar el paisaje. Seguramente aquellos vagones, aquella posibilidad de viajar sin prisa y sin destino, aquella Europa, se han perdido para siempre. Porque ya no existen los trenes que hicieron posible esa realidad.

¿Para siempre...? No crean. Hay algunos lugares que con el tiempo alcanzarán la condición de míticos –literariamente míticos, si quiera a nivel personal– porque permiten que los enamorados de los tiempos que no vivimos recuperemos lo que nunca tuvimos. Uno de esos lugares es el restaurante «La Estación», en Úbeda.

Situado en lo alto del barrio de San Millán, uno se acerca a «La Estación» con la sensación de entrar, pongamos por caso, en la Gare d’Austerlitz, apretando el billete que tiene que llevarnos a los Cárpatos o las tierras de los magiares, sintiendo que bufan los cilindros de la locomotora... Dentro, y con esa capacidad para sumergirnos en un espacio singular que sólo tienen los sitios extraordinarios, nos espera un equipo de profesionales de primera categoría, capitaneados por «el Ché» y compuesto por camareros tan amables que no parecen españoles y por cocineros selectos y por una bodega pequeña y exquisita que engolfa el paladar con evocaciones de otras tierras –a cada trago del blanco espumoso sentimos que trabaja a pleno rendimiento la caja de fuegos, que la máquina del tiempo funciona, que otra época se ha apropiado de nosotros y que somos extranjeros de la nuestra–. Uno quisiera que esa recreación de un vagón de un tren de hace ochenta o cien años que es el restaurante, consumiera mapas y raíles, serpenteando por la costa o por entre valles de nombres impronunciables. Pero el tren no se mueve y nosotros viajamos con la imaginación mientras nos sirven una ensalada de bogavante de exquisita presentación y mejor sabor, o un pulpo frito que sólo puede catalogarse de sublime. Porque en «La Estación» provocan nuestro paladar para estimular en las zonas desconocidas y ancestrales de nuestra mente la impresión de que nos dirigimos a otros lugares, vestidos como un escritor de fama de principios del siglo XX. Esa impresión se acrecienta cuando probamos el primer bocado de ventresca de atún, que parece salida de un fogón veneciano y tiene color de atardecer sobre el Adriático. O cuando el chocolate caliente del postre reviste con añoranzas vienesas el fondo de nuestra garganta.

Fuera de «La Estación» permanece inalterado el arco mudéjar del Losal; no nos hemos movido de ese despeñadero milenario de Úbeda y sin embargo la aventura iniciada por «el Ché» nos ha permitido, por unas horas, sentirnos protagonistas de una novela escrita mientras el mundo todavía podía ser feliz.

(Publicado en IDEAL el 2 de septiembre de 2010)

viernes, 3 de septiembre de 2010

Cartografías de verano. A ZAGA DE TU HUELLA




LA DESCANSADA VIDA

Pasamos el dedo por sobre el mapa de Jaén y vamos señalando los lugares en los que el frailecico habitó, enseñó, soñó y murió. ¿Había leído San Juan de la Cruz los versos de fray Luis de León? «¡Qué descansada vida/ la del que huye el mundanal ruïdo/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!»... Muchas veces vino a Jaén a buscar esa senda que lo llevase a lo interior, a la paz y a la serenidad. Territorio apartado, recatado Jaén, en él encontró fray Juan de la Cruz refugio y hogar para su alma anhelante de belleza y de eternidades. «Mil gracias derramando...»

Cuando logra fugarse de la cárcel toledana en que lo han recluido los carmelitas calzados, se marcha hasta la ermita de El Calvario, entre Villanueva del Arzobispo y Beas de Segura, donde Teresa de Jesús había fundado ya un convento de carmelitas reformadas. Hay que hacer un esfuerzo con la imaginación para reconstruir aquel idílico lugar de hace cuatrocientos y pico años, aquella ermita rodeada de álamos y chopos bajo los cuales fray Juan comenzó a escribir su “Noche oscura del alma” –«¡oh noche amable más que la alborada»–, tal vez feliz, sin duda sereno, posiblemente henchido de eternidades cuando a la madrugada de verano se asomase a la puerta del pequeño cenobio carmelitano y contemplase el cielo cuajado con miles de constelaciones titilando sobre los infinitos campos de olivos y vides de La Loma. Desde la ermita, fray Juan subía para atender espiritualmente a las monjas teresianas de Beas de Segura. ¿Hacía el camino en burro? Invitaba el camino, sin duda, a detenerse para contemplar las maravillas de la Creación. Sí, debía hablarle la hermosísima naturaleza serrana de Jaén a Juan de la Cruz, susurrándole a su corazón un cántico de eternidades, brindándole la oportunidad de elevarse hasta el Amado. «Mil gracias derramando/ pasó por estos sotos con presura...».

Y se extasiaba el de Fontiveros ante la vista de los pinos erguidos y cuajados de olor a resina, ante el cielo alanceada por los buitres y las águilas, ante el sonido de los mil animales escondidos que surgía de las entrañas del bosque. No debía, no, apretar el santo el paso del burro, para que se desvaneciese la visión y el oído de tanta belleza. Y debían, sin duda, resonar otra vez en el cuenco generoso de su alma los versos de fray Luis: «¡Oh campo, oh monte, oh río!/ ¡Oh secreto seguro deleitoso!»

Y EN CIEGA NOCHE EL CLARO DÍA

Vino también fray Juan a fundar un convento de carmelitas en Mancha Real –por entonces, pueblo de casi nueva factura–. Y habíanlos ya fundado algunos frailes descalzos en Úbeda y en Baeza. Precisamente en Baeza, fray Juan encontraría un faro que le servía para iluminar su atormentada conciencia o, más que atormentada, su clarividente conciencia.

Desarrolla el abulense su obra reformadora en pleno reino de Felipe II, cuando se apagan en España los fecundos ecos del cristianismo erasmista, cuando se ciega cualquier posibilidad de entendimiento con los cristianos separados y cuando la Iglesia se despeña por el precipicio de la más feroz intolerancia. El propio Juan de Yepes padeció en sus carnes la cárcel y la tortura de los inquisidores, de los ortodoxos. Por eso debía mirar con cierta extrañeza, cuando no con abierto miedo, la deriva, el rumbo sin rumbo del catolicismo español. ¿Dónde habían quedado aquellos frutos fecundos de los pensadores del reinado del emperador? ¿Dónde aquella posibilidad de dialogar con los grandes intelectuales cristianos del momento? Una losa de silencio parecía cernirse sobre la monarquía filipina. Y sin embargo, el bueno de fray Juan encuentra un resquicio, un último islote donde el erasmismo ha cuajado en un discurso académico y en un potentísimo discurso artístico.

Úbeda y Baeza, a las que ya Vandelvira –no ha que cansarse de reivindicar la importancia que Vandelvira tiene como hacedor de un Jaén de cuño erasmista– había dado una impronta imperecedera, se convertirán en ese refugio que el santo anhela para poder ver claro en medio de la tormenta que se avecina. Las dos ciudades jiennenses se habían convertido, de una manera particular, en un reducto de heterodoxos, de gentes hechas al modo del reinado anterior que se niegan a abrazar sin más la nueva ortodoxia olvidando las lecciones de Erasmo. Esto será muy palpable en la Universidad de Baeza, de la que Juan de la Cruz sería parte activa: allí, en aquellos muros preciosos, dorados, debía sentirse cómodo el poeta que hablaba con Dios.

Tres años permanece fray Juan en Baeza, como Rector del Colegio Mayor. Se gana en ese tiempo el aprecio y el cariño de los baezanos, el respeto de sus compañeros de claustro. Su pensamiento, hilado con serenidades y líricas, pero profundísimo –el de San Juan de la Cruz es un pensamiento denso, hondo, aquilatado, que pesa–, debió encontrar un campo propicio en la Universidad baezana, siempre en el punto de mira de los ortodoxos. Pasados esos tres años, fray Juan es destinado a Granada y luego a más altos cargos de la Orden que él ha fundado, hasta que 1591, los rencillas internas hacen que sea destituido de todos sus cargos y destinado a Segovia.

ROTO CASI EL NAVÍO

Camino de Segovia, fray Juan tiene que pasar otra vez por tierras de Jaén, puerta natural de las Castillas. Pero es el verano, crudo, y el «medio fraile» va enfermo. Se para en el convento que los carmelitas tienen en La Peñuela, en las puertas mismas de Despeñaperros. Tal vez se toma la parada como un breve descanso, como una parada para reponer fuerzas antes de seguir caminando hacia arriba por el mapa de España. Pero la estancia se alarga: lo retienen la enfermedad y lo ameno del paisaje, la tierra rojiza, los árboles que refrescan al atardecer, los muros blancos y gruesos en los que protegerse del sol. ¿Se acordaría fray Juan de otras noches en Jaén, cuando era más joven y las fuerzas no fallaban?

Pero el verano pasa y la enfermedad no cede. Antes al contrario se recrece. Aumenta la fiebre y las pupas de la pierna adquieren un aspecto que asusta. Y el convento de La Peñuela es pequeño. Carece de medios para atenderlo en condiciones. ¿Por qué no se marcha fray Juan a Baeza, donde los carmelitas tienen una casa grande y donde es conocido y querido y no faltaría quien le diese sobradamente los cuidados que necesita? Pero fray Juan, que es pequeño y sin duda terco, se empeña en ir a la casa de Úbeda, donde no lo conoce nadie y donde el prior le tiene cierta inquina. Y allí se encamina, acompañado por un lego y montado en un pollino, una tarde se septiembre. A medio camino, en el puente de Ariza, pide espárragos y milagrosamente se los encuentra el fraile que lo acompaña. Llega a Úbeda en vísperas de la Feria de San Miguel, y tiene que atravesar las calles y plazas en las que se preparan los festejos, las corridas de toros.

No lo quiere, no, el prior del convento de Úbeda y le hace la vida imposible. Pero todo lo soporta el carmelita enfermo y poco a poco, sin salir de los muros del convento de San Miguel, se va ganando el cariño de la gente de Úbeda. El médico que lo atiende debe contar maravillas de su capacidad de sufrimiento y las mujeres que lo lavan y le curan las pestilentes heridas. Y el cariño que ya se había ganado en Baeza, estando en las calles, se lo gana postrado en una apartada celda conventual. Seguramente Juan de la Cruz es ajeno ya a todo esto, consumido entre los dolores terribles y las fiebres y entre la sed de poder ver a Dios. Y otra vez debía acordarse de fray Luis en ese anhelo que lo devora en sus últimas semanas ubetenses: «Un no rompido sueño,/ un día puro, alegre, libre quiero.»

Cuando llega diciembre, Juan está herido de muerte y la noche del 13 de diciembre anuncia que al día siguiente, que es sábado, dedicado a la Virgen, se irá a cantar maitines al cielo. Y cuando dan las doce en el reloj de la Plaza de Toledo, fray Juan expira: «¡Oh, que bellas margaritas». Todo se ha consumado en la madrugada del 14 de diciembre. «Quedeme y olvideme,/ el rostro recliné sobre el amado/ cesó todo, y dejeme,/ dejando mi cuidado/ entre las azucenas olvidado.» Y levantamos entonces, con no sabemos que emoción sin nombre, el dedo del mapa de Jaén, y vemos de desde Beas y Villanueva del Arzobispo hasta Úbeda, hemos levantado un trazo sin nombre, una ruta imposible por la que San Juan de la Cruz buscó la belleza y el apartamiento, y encontró la serena respuesta de la muerte.

(Publicado en IDEAL el 29 de agosto de 2010)

jueves, 2 de septiembre de 2010

Cartografías de verano. TIERRA DE CASTILLOS




EL TIEMPO DEL CASTILLO

Los castillos, claro, también perdieron su vigencia. Debió ser, más o menos, por el tiempo en que los Reyes Católicos pusieron contra las cuerdas al Reino de Granada y las fortalezas, que salpicaban toda la frontera con el territorio nazarí, dejaron de ser elementos defensivos y se transformaron en instrumentos corrosivos del poder real, que agigantaba sus dimensiones a marchas forzadas. Y ahí están los ejemplos de los alcázares moros de Baeza y Úbeda para ejemplificar lo que decimos, pues ambos castillos, situados en un costado de las ciudades, se habían convertido, en los estertores de la Edad Media, en elemento de lucha entre los clanes nobiliarios de ambas ciudades. «Vaso de ponzoña» llamaría la reina Isabel a Úbeda, «Nido de gavilanes» a Baeza, harta de las luchas entre sus más importantes familias. El caso es que para entonces, tomada ya Granada, el castillo había perdido su función primera. Y no dudó Isabel en ordenar el derribó del alcázar baezano, como pocos años después haría su hija doña Juana con el ubetense: si ya no servía para protegerse de los musulmanes, no tenía sentido que fuese utilizado para pelearse con los vecinos.

Mejor suerte corrieron, sin duda, los viejos castillos para los que el Renacimiento, enseñoreado ya sobre Jaén, encontró otra función, un estilo y un uso acorde con el nuevo tiempo. La nobleza, que en pleno XVI no necesitaba ya de la fortaleza para levantar un parapeto contra las «razzias» musulmanas, se adueña del castillo para reconvertirlo en palacio. El símbolo militar se convierte ahora en un símbolo de poder social, de prestancia y fortaleza moral. Ataviados con tapices y cuadros y trípticos flamencos los muros en los que antaño colgaron lanzas y espadas y escudos ensangrentados, pudieron desafiar el paso de los siglos los castillos de Alcaudete (venido a menos tiempo después, cuando la decadencia española), Canena o Sabiote.

Pero fuere como fuere, pasada las turbulencias medievales, los castillos estaban ya como fuera de lugar, como viviendo en la prórroga de un tiempo que había dejado de pertenecerles y al que no podían pertenecer. El mapa de Jaén está salpicado de castillos: aún hoy se nos figuran fuera de lugar y nos retrotraen a un periodo cargado de aventuras y desgracias. El castillo, llegó a convertirse en una molestia y era tan ajeno a la realidad del nuevo mundo nuestro, que incluso en los años del desarrollismo no se dudó en dejarlos caer en el olvido más absoluto o, incluso, se envió la piqueta para que diligentemente diese en el suelo con sus sillares, como ocurrió con el castillo de Bailén.

MEMORIA DE LA FRONTERA

Pese al tiempo y la desmemoria de los hombres, pese a nuestra escasa capacidad para poder imaginar otros siglos y otras vidas acaecidas entre los muros fuertes y las torres altas, aún conserva el reino de Jaén decenas de castillos. Muchos de esos castillos son meros montones de piedras lamidas de lluvias ancestrales y carcomidas de musgos y jaramagos, que en los recodos más altos de nuestros pueblos se levantan como testigos mudos de unas edades finiquitadas. Sobreviven a duras penas estos vestigios de las viejas fortalezas en Albanchez de Mágina, Bedmar, Begíjar, en Jabalquinto y Cambil o Cabra de Santo Cristo, en Huelma, en Chiclana de Segura, en Villardompardo... En otros pueblos y ciudades, el castillo todavía levanta orgulloso unos lienzos de muralla, puede que coronados aún por almenas, unos torreones. Así ocurre en Arjonilla y su mítico «Torreón de Macías», en La Iruela (qué difícil cansarse de repetir las evocaciones que levantan las ruinas espléndidas de su castillo templario), en Martos y en Santisteban del Puerto; ocurre así en el castillo de El Berrueco, en Torredelcampo... o en Alcalá la Real, con su imponentes restos de la fortaleza de La Mota, uno de los lugares más bellos de la provincia. Y luego, claro, quedan los castillos que han reunido las fuerzas suficientes, siglo tras siglo, para desafiar las furias de la historia sobreviviendo a todos los envites. Entonces, los castillos elevan una prestancia singular, una capacidad avasalladora para impresionar sin límites. El castillo de Jaén, reconvertido en uno de los hoteles más lujosos de España, o el de Hornos de Segura, o el castillo de La Aragonesa en Marmolejo o el imponente de Segura de la Sierra, que apresa el blanco caserío serrano para ofrecerlo al cielo como voto de eternidades... Y sobre todos ellos, destaca la fortaleza de Burgalimar, milenario castillo de Baños de la Encina, que supone un compendio del arte de levantar fortalezas y que representa uno de los más hermosos perfiles de la provincia. ¿Cómo no soñar, delante de ese castillo con trazas de nao capitana que se adentra en el horizonte del mar de olivos, con otros tiempos, tiempos de héroes y romances y leyendas? ¿Cómo no dejar que la imaginación se eleve y se recree?

Ruinas, torreones, lienzos de muralla más o menos erguidos, aljibes de ladrillo en los que se conservaba el agua, almenas residuales...; levantados en el centro de los pueblos, en lo alto de un roquedal empinado hacia los buitres o sobre una loma que suavemente asciende sobre los sembrados; ¿qué guardan dentro los castillos, si es que algo guardan?, ¿de qué edades del hombre nos hablan?, ¿de qué historia de Jaén nos acercan un murmullo de enseñanzas?... No hay castillo que no venga adornado por la leyenda de su fundación. A algunos, la genética legendaria los retrotrae al tiempo de Roma, otros pudieron ser levantados en tiempos de los reyes godos... Lo cierto es que la gran mayoría fueron levantados por los señores árabes, primero para protegerse de sus propios vecinos y compañeros de religión, y luego para ofrecer una red de resistencia para la amenaza cristiana que venía allende Despeñaperros. Muchos fueron tomados ya por Fernando III y puestos bajo el control de las órdenes militares. Otros fueron tomados en tiempos posteriores, pero casi todos tienen una historia de asaltos y contraataques, pasando de manos musulmanas a cristianas y de cristianas a musulmanas una y otra vez, en ritmos de oleaje que dejan sobre el tapete de la historia los nombres de heroicos maestres militares, de reyes moros y de soldados aguerridos, de matanzas del enemigo, de reconstrucciones... Porque a lo que, en el última instancia, nos empujan los castillos de esta tierra es a unos siglos larguísimos en los que Jaén ofició de frontera norte con el reino de Granada, unos años en los que los viejos castillos moros fueron mimados por los castellanos conscientes de que en ellos y desde ellos podían ofrecer una resistencia, un bastión protector, frente a los ataques musulmanes. Bien claro deja la historia de la salvaje oleada de Pero Gil que gracias al alcázar, dentro de cuyos fuertes muros se refugiaron, pudo salvarse la población ubetense de morir bajo las armas de los moros granadinos, que arrasaron la ciudad. Y así debió ser otras muchas veces, otras mil ocasiones de las que posiblemente no queda más constancia que el lenguaje inexpresado de las piedras que asistieron atónitas a tanta sangre y tanta lágrimas, pero que también acogieron tantos lances de amor y tantos cánticos.

Jaén, tierra de castillos, tierra de frontera: una forma de ser una tierra de aventura, una tierra para retroceder en el tiempo y reconstruir los nombres exactos de los fundadores de las fortalezas, de sus castellanos y sus habitantes, de las damas que los habitaron y los caballeros que en ellos rezaron la noche antes de la batalla y de la muerte. Jaén, tierra de castillos. Castillos de Jaén, memoria de la frontera.

(Publicado en IDEAL el 28 de agosto de 2010)

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Cartografías de verano. LA RUTA DE VANDELVIRA




EL HACEDOR DE JAÉN

¿Cuánto de la hechura física y aún de la espiritual de Jaén es parte del legado dejado por Andrés de Vandelvira? Esta pregunta no puede tener una respuesta fácil, pero sí es fácil comprobar como la llegada de Vandelvira a nuestra tierra marca un antes y un después en su historia y en su periplo artístico. Y es que antes de Vandelvira, Jaén se dispersa todavía en senderos y recovecos arcaizantes: ahí está la apuesta del obispo Alonso Suárez de la Fuente del Sauce por los modos góticos en pleno siglo XVI. Antes de Vandelvira, Jaén se asoma con timidez de doncella al nuevo mundo que el Renacimiento ha abierto en Italia un siglo antes, lo que supone una íntima contradicción para Jaén. Y supone una contradicción, porque mientras sus hombres se han sumado a la tarea modernizadora –plenamente renacentista– iniciada por los Reyes Católicos, tienen todavía que expresar sus ansias trascendentes y de poder en términos artísticos caducos. Las tres primeras décadas del siglo XVI suponen un balbuceo histórico para Jaén, que no encuentra el idioma artístico, el estilo en el que definir su personalidad.

Y en esto, llega Vandelvira, nacido en Alcaraz, a Villacarrillo, para intervenir en las obras de la grandiosa iglesia de la Asunción. Llega a tierras de Jaén y aquí se casa y tiene familia y va criando un nombre y una fama. Y aquí echará raíces y morirá no sin antes haber cambiado para siempre el modo expresivo del Reino del Santo Rostro, que ya sólo podrá indicar sus aspiraciones y temores con las formas creadas por Vandelvira. Al menos en lo que en Arte se refiere, Jaén es lo que Vandelvira quiso que fuera, porque fue el albaceteño el que estableció, con pleno éxito, un canon artístico capaz de identificar a Jaén fuera de sus fronteras. Y esto, claro está, permite reconstruir una ruta vandelviriana por las tierras de Jaén, hecha de palacios, templos y conventos que siguen una misma pauta pero que a la vez nos ilustran sobre el creciente dominio que de su oficio va adquiriendo Andrés de Vandelvira y sobre su compleja asunción de múltiples discursos externos, en una trayectoria netamente renacentista de amor por el conocimiento y de expresión mesurada y racional pero con aspiraciones de trascendencia. Y es que desde sus primeras intervenciones en el templo de la Asunción de Villacarrillo y en la Capilla del Camarero Vago, en San Pablo de Úbeda, hasta sus diseños cumbres –diseños cumbres en la trayectoria personal de Vandelvira, pero también culminantes del ciclo renacentista a nivel europeo– en el Hospital de Santiago ubetense y en la Catedral de Jaén, Andrés de Vandelvira articula un vastísimo universo expresivo tan variado y la par tan uniforme, tan íntimamente tocado por lo particular del hombre Vandelvira, que resulta difícil encontrar un modelo de autenticidad artística tan pleno, tan notorio, tan poderoso.

Esa autenticidad de las formas vandelvirianas, esa búsqueda constante de nuevas maneras de expresarse sin traicionar lo que se considera fundamental, esa elegancia generalizada de su producción artística, esa fidelidad a sí mismo, son tal vez los rasgos que permiten perdurar a Vandelvira como el gran hacedor de Jaén, como el gran diseñador de su modernidad artística. Porque él supera los resabios goticistas, decadentes, y adentra a Jaén en la senda de la modernidad, ofreciéndole un idioma artístico nuevo que le permite expresar las ansias con las que el reino fronterizo se suma al proyecto imperial de la Monarquía Hispánica. En plena época de búsqueda, tras la derrota comunera y desde la certeza de que todo el tiempo viejo ha caducado definitivamente, Andrés de Vandelvira llega a Jaén y ofrece una salida, abre una puerta que conduce a un sendero amplio.

LOS CAMINOS DE VANDELVIRA

La diosa Fortuna tuvo que sonreír a Vandelvira el día que la Capilla de El Salvador del Mundo, que Francisco de los Cobos –el todopoderoso Secretario de Estado del César Carlos– mandó construir en Úbeda para enterramiento suyo, se cruzó en su camino. Aunque gran parte del diseño corresponde a Diego de Siloé, éste abandona el proyecto ubetense –proyecto menor, al fin y al cabo– para dedicarse de lleno a la obra grandiosa de la Catedral granadina. Y entonces, Vandelvira, que se queda al mando de la obra, puede introducir en la misma algunos rasgos particulares de su visión personal, de sus discurso personal. Y lo hace con tanto acierto –aciertos puramente vandelvirianos son las portadas laterales, magníficas, de la Capilla o su soberbia Sacristía, donde el mejor Vandelvira esboza su esquema de manera impoluta, o la mágica portada de acceso a la misma, obra maestra del arte de todos los tiempos– que se convierte en el arquitecto de cabecera de las grandes familias jiennenses y la iglesia del Santo Reino. Los encargos le llueven y todo el mundo quiere una capilla tan fastuosa como la de los Cobos en Úbeda, un palacio tan impresionante como el Vázquez de Molina, casi lindero con la capilla de su tío.

Úbeda quedaría íntimamente ligada, definitivamente ligada, al quehacer de Vandelvira, tal vez más que ninguna otra ciudad jiennense. En la capital de La Loma, dominada por el poder omnímodo de los Molina, Vandelvira dará absoluta rienda suelta a su faceta de creador, dejando obras más que notables. El palacio de Vela de los Cobos, la capilla del Deán en San Nicolás o el soberbio palacio que el mismo Deán Ortega se manda construir junto a El Salvador, o los ya citados palacio de Las Cadenas o Capilla de Francisco de los Cobos u Hospital de Santiago, determinan en Úbeda un modo artístico que sólo será válido en la medida en que se ajuste al modelo de Vandelvira. Pero Úbeda, que se convierte en núcleo primerísimo de su producción –y esto no deja de ser trágico, porque el éxito alcanzado en Úbeda y rápidamente extendido por todo el Reino supone, quizá, una reclusión de Vandelvira en este territorio apartado, lo que lo aleja de la fama que habría alcanzado trabajando en Sevilla o Granada o Toledo–, no puede quedarse con la exclusividad de la labor de Vandelvira. Ya hemos dicho que rápidamente es llamado por los párrocos y los grandes señores de Jaén para que intervengan en las obras que se traen entre manos.

Así, el señor de Jabalquinto, en Baeza, le encarga la fastuosa capilla mortuoria que se manda construir en el convento de San Francisco; el propio Alonso de Vandelvira diría, con legítimo orgullo de hijo, que esa era “la mejor capilla particular y más bien ordenada y adornada que ay en nuestra España”. Y en la misma Baeza, dejaría su impronta en la Catedral –impresionantes resultan las vandelvirianas bóvedas «enjarjadas»– , a la que llena de luz y altura, o en el actual Ayuntamiento. Y en La Guardia de Jaén, se encarga de la construcción de la magnífica iglesia del convento de Santa María Magdalena. Y en Huelma se hacer cargo de la iglesia parroquial, y en Sabiote trabajó desde casi recién llegado en la de San Pedro. E interviene también en Santa María de Linares cuando la villa compra a Felipe II su independencia de Baeza y quiere marcar su relevancia llamando al más importante arquitecto de Jaén. Y obra suya es también, nada menos, que el Santuario de la Cabeza, en Andujar. Y el magisterio de Vandelvira –otra vez ligado a la persona de Francisco de los Cobos– se desborda en eso que hoy es un espacio mágico, sobrecogedor, y que en tiempos fue la iglesia de Santa María, en Cazorla. Y todavía demostraría su magisterio, esta vez como ingeniero, en puentes como el de Ariza –condenado a desaparecer por la incuria de las autoridades y la pasividad del pueblo jiennense– o la puente Mazuecos, ya casi desaparecida.

Pero sería en la capital –donde había intervenido en el convento de San Francisco, destruido en el siglo XIX– donde el genio vandelviriano pudiera expresar la rotundidad de su trayectoria y su aprendizaje. ¿No es la catedral un monumento digno de las grandes capitales, una obra tal vez extraña en un rincón casi olvidado del mundo? Ah, fascina la catedral de Jaén, asombra su capacidad de exprimir las formas y posibilidades de la piedra, la manera de decir tanto con tan pobre material. Porque en la catedral de Jaén, Andrés de Vandelvira trasciende lo puramente humano para recrear un espacio sobrenatural que habla de discursos divinos y lo hace desde la humanísima condición del arquitecto, que con la explosión de bóvedas baídas –una de las más bellas y originales formas arquitectónicas de todos los tiempos– intenta acercar lo divino al hombre o el hombre a lo divino, no sabemos.

Y así, partiendo de Villacarrillo o Sabiote, pasando por Úbeda y Baeza, por Huelma, por la Guardia, por Linares, hasta plantarnos delante de la Catedral jiennense, es posible reconstruir una ruta netamente vandelviriana, una ruta en la que reposa y se decanta la más prístina expresión artística de Jaén. Sin imposturas, sin fastuosidades, con la simpleza elemental de lo que se puede decir con pocas palabras para no apartar del camino de la verdad. ¿No es este arte sin énfasis, esta lenguaje artístico sin fuegos de artificio, un arte a la manera de la personalidad de Jaén, tan sobria como un campo de olivos una tarde de otoño? Si es así, el primero que captó ese recatamiento del alma jaenera fue Andrés de Vandelvira, trazando sobre nuestro mapa una ruta sentimental cuajada de hermosísimos edificios.

(Publicado en IDEAL el 22 de agosto de 2010)