miércoles, 31 de octubre de 2007

EL 28-O DE JOSÉ ANDRÉS


El 28 de octubre hará veinticinco años de la primera victoria electoral de los socialistas. Yo era un niño ese día de 1982: recuerdo vagamente la tarde de sol y las colas ante las urnas; fui allí con mis padres, como para participar de la emoción colectiva. La memoria de ese día pondrá una sonrisa y una nostalgia en el corazón de mucha gente. Pienso ahora en José Andrés Torres Mora, el Vicepresidente de la Comisión Constitucional del Congreso de los Diputados. Porque para José Andrés el 28-O traerá la emoción de aquella noche en que España se vistió de cambio, pero también le devolverá la memoria de sus muertos: el domingo estará en Roma para asistir a la beatificación de su tío abuelo, Juan Duarte Martín.

Juan Duarte tenía 24 años y era seminarista. Tras el golpe de Estado del 18 de julio, estando de vacaciones en casa de sus padres, se esconde en el sótano: tenía miedo. Pasan las semanas, lo delata una vecina de Yunquera, los milicianos lo detienen el 7 de noviembre, es encarcelado y torturado –cruelmente torturado– durante una semana. Luego, lo trasladan al barranco de Álora y allí lo asesinan: le abrieron el vientre y se lo llenaron de gasolina. Le prendieron fuego. Murió perdonando a los que lo asesinaban, diciendo que veía a Cristo. Era la mañana del 15 de noviembre de 1936: tirotearon el cadáver durante días, le partieron las piernas.

Ahora, más de setenta años después de aquel horror, Juan Duarte será elevado a los altares. Y José Andrés estará presente en la plaza de San Pedro, recordando en esos momentos a sus mayores, que vivieron aquella tragedia y que la cosieron en el fondo del corazón. Sabemos que José Andrés estará feliz: algunas veces me habló del asesinato de su “tío Juan”, del deseo de su familia de verlo convertido en santo, de la perplejidad que sintió cuando Zapatero habló de “socialismo libertario”, pues lo de “libertario” le recordaba a los asesinos de 1936. El recuerdo de su tío Juan era un acicate personal para reparar a los otros muertos –los de las fosas comunes– y una enseñanza: la de que no hay ninguna idea capaz de justificar el asesinato, tanto más cruel cuando el asesinado sólo se ha servido de la palabra para expresar su compromiso.

Asesinaron a Juan Duarte Martín por ser católico. Asesinaron a muchos otros por esa misma condición. Asesinaron a decenas de miles por haber militado en el PSOE, en Izquierda Republicana o por haber sido maestros al estilo de don Gregorio, el de La lengua de las mariposas. El domingo, José Andrés sentirá las felicidades que le vienen de sus muchas herencias. También yo me siento feliz: porque un diputado socialista puede defender la innegable justicia de recuperar los cuerpos y la memoria de los que murieron dando vivas a la República y la libertad, mientras celebra en Roma -el mismo día en que la nostalgia aviva recuerdos de 1982- que su tío abuelo sea beatificado por morir dando vivas a Cristo Rey. El domingo, en José Andrés, estará la imagen de la España en que creo.

(Publicado en Diario IDEAL el 25 de octubre de 2007)

JODIDOS S.A.



No lo dicen los datos oficiales, pero con escuchar un rato las conversaciones de los españoles de a pie uno descubre que, hoy por hoy, no hay colectivo tan amplio en España como el de los jodidos. Que suelen estar, a partes iguales, desencantados y cabreados. Y todo ello con razón. Porque las cosas que pasan en este país siempre les pasan a los mismos: las cosas buenas las disfrutan los de arriba, las cosas malas las padecen los de abajo.

¿Qué España es el país con más muertos por terrorismo laboral? Pues esto lo padecen los currantes, claro. ¿Qué ganamos en precariedad laboral? Pues esto también los sufren los trabajadores. ¿Qué la leche y el pan y el butano y los huevos van camino de convertirse en bienes de lujo? Pues pasa que cuanto menos gana el españolito más se jode con las subidas. ¿Qué en los últimos cinco años han bajado los salarios? Pues bajan los de las cajeras y los barrenderos, los de los oficinistas y los maestros, los de los que se levantan a las siete y echan diez u once horas en la empresa para acabar cobrando entre setecientos y mil euros al mes. ¿Qué el euro –ese trágico invento– ha dejado las economías familiares en niveles de subsistencia? Pues son las familias de las clases medias y trabajadoras las perjudicadas, faltaría más. ¿Qué hay que equipararse con Europa? Pues se equiparan los precios, pero jamás los sueldos: precios de Alemania con sueldos de Grecia, eso es España.

Ahora bien, ¿qué los sueldos tienen que subir para llegar a fin de mes? Pues se lo suben los diputados, que para eso mandan. ¿Qué hay que indemnizar a quien pierda su trabajo? Pues se indemnizan sus señorías, en el colmo de la desvergüenza: a partir de ahora tenemos que compensar a los que pierdan su escaño. (Vamos, que o siguen los que hay o la broma nos cuesta un ojo de la cara.) Ahora que nos castigan por no votarlos, no estaría mal recordarles a algunos diputados –y a toda su casta– las veces que han proclamado que para que la cosa del empleo fuese mejor habría que reducir las indemnizaciones por despido. Pues eso: que una cosa es predicar y otra dar trigo, que cuesta ya como el petróleo.

El patio está jodido. Pero para darse cuenta de eso hay que tener los pies en el suelo. Los políticos no se enteran de qué va la cosa y por eso miran atónitos el río de la abstención, que baja crecido. Y más que bajará de aquí a marzo si, las lúcidas mentes que nos gobiernan, siguen empeñadas en asuntos tan importantes como las realidades nacionales y las guerras de banderas. En la estratosfera de los parlamentos andan en eso, que no le importa a nadie, mientras a ras del suelo la gente echa cuentas para poder pagar las hipotecas crecientes con sueldos menguantes. No estaría mal que los que nos metieron en lo del euro se apliquen al cuento de lograr un acuerdo sobre los salarios: o lo que cobra la gente se ajusta a la realidad de lo que cuesta ir tirando o JODIDOS S.A. no parará de crecer.

(Publicado en Diario IDEAL el 18 de octubre de 2007)

TRES REFLEXIONES SOBRE LA HISTORIA Y LA MEMORIA



PRIMERA.- La democracia de 1978 tiene pendiente la construcción de un universo simbólico y un espacio histórico propios: no puede seguir concibiéndose como un sistema sin conexiones históricas. Al imponer el olvido como algo necesario para el diálogo, la Transición alumbró un sistema político carente de pasados en que reconocerse y sustentarse: para llegar a un entendimiento con los franquistas, fue necesario obviar la historia constitucional española, el movimiento regeneracionista y, sobre todo, la democracia republicana de 1931.

Pero la democracia española no puede existir simbólicamente ni sobre el vacío ni sobre la herencia de la dictadura: es necesario rastrear experiencias que le den solidez histórica. Sin duda, el referente más cercano y valioso es la II República. Más allá de la concreción real de la República y de sus innegables errores, los españoles de hoy deben tener en consideración los valores políticos que sostuvieron su ideal: la concepción de un espacio público de ciudadanos, el alto sentido patriótico de los republicanos, la expresión de la pluralidad territorial desde el legado común y el profundo sentido social. En mayor o menor medida, estos cuatro elementos han encontrado eco en el sistema político actual. Pero han fallado en su expresión concreta, sobre todo en lo referente a la materialización de un ideal patriótico asumible por la mayoría y desligado del universo franquista. Por ello, es necesario que la democracia española (y de manera muy especial la izquierda con vocación nacional: o sea, el PSOE) revitalice el ideal cívico y patriótico de la II República, concretando la empresa colectiva de recuperar nuestra historia democratizadora y el patriotismo de raíz liberal inaugurado en 1812.

SEGUNDA.- El legado histórico y el espacio simbólico de la democracia sólo pueden construirse desde el juicio histórico sobre el franquismo. En la Transición, que fue un pacto entre las fuerzas decrecientes –pero aún poderosas– de la dictadura y su oposición, cualquier juicio moral sobre la dictadura hubiera hecho imposible el acuerdo con los franquistas; pero lo que en entonces no pudo ser, hoy es absolutamente necesario desde el punto de vista de la ética pública. No se trata ya de juzgar a los que asesinaron o colaboraron con la Brigada Político Social o con los comités de depuración. Eso, realmente, es agua pasada; muy dolorosa, pero pasada. Sin embargo, es una aberración negarle a la democracia española el derecho de juzgar histórica y éticamente la dictadura de Franco, condición indispensable para poder asumir efectivamente la herencia democrática.

El juicio moral sobre el franquismo conlleva, inevitablemente, consecuencias jurídicas. Un ejemplo: es un escándalo histórico, ético y jurídico que no se hayan anulado los procesos judiciales contra los militares que, en 1936, cumplieron con su juramento de lealtad al gobierno legítimo de España y fueron luego juzgados por ¡rebelión militar!. La repulsa democrática del franquismo conlleva, igualmente, actuaciones sobre sus símbolos. Es impensable que las calles alemanas lleven los nombres de Eichmann o Goebbels o que se levanten estatuas de Hitler en las plazas, pues estatuas y calles implican homenaje. Mientras los países de nuestro entorno han saldado cuentas con sus dictaduras, en España aún se ve normal que una plaza lleve el nombre del Generalísimo, lo que –en el ámbito simbólico– nos acerca más a la Rusia que aún venera la momia de Lenin que a nuestros socios europeos. Y sin embargo, la consolidación del pathos ético del sistema de 1978 necesita la eliminación de esta simbología, que mueve a confusión en cuento puede hacer creer que la democracia es un franquismo razonablemente continuado y la Constitución una consecuencia lógica de la Leyes Fundamentales, y todo ello gracias a que hasta ahora se han mantenido sin problemas los espacios simbólicos de la dictadura. Nadie puede presumir de demócrata mientras se niega a que se retiren los símbolos franquistas: el Partido Popular y la Iglesia Católica deben ayudar decisivamente en este proceso de eliminación simbólica del franquismo, impulsando la desaparición de sus emblemas y nombres en los ayuntamientos en que gobiernen o en los templos en que aún perduren, homologándose así a sus colegas europeos: es inconcebible que la Democracia Cristiana alemana justifique la presencia pública de símbolos del nazismo.

TERCERA.- Juzgar el franquismo nos lleva al tema de sus víctimas. Terminada la guerra, el estado franquista inició un proceso de rehabilitación de los muertos del bando nacional, resarciendo a las familias y las memorias de los "caídos por Dios y por España". Las víctimas de los vencedores quedaron, lógicamente, excluidas de este proceso. Y así, miles de personas asesinadas durante la represión azul o por sentencias de tribunales franquistas desde 1939, yacen aún en fosas comunes repartidas por todo el país. La última batalla ganada por los franquistas fue obligar, durante la Transición, a renunciar al resarcimiento de las víctimas del franquismo.

Sería inmoral que los ministros de España estuvieran presentes en las beatificaciones del 28 de octubre próximo, mientras ciertos sectores católicos se dicen perseguidos porque las familias de los represaliados por el franquismo solicitan ayuda pública para encontrar y enterrar dignamente a sus muertos. El franquismo asumió la recuperación de muertos del bando nacional: el Estado democrático debería, como cuestión de justicia, financiar los gastos de exhumación e identificación de muertos del bando republicano. Humanamente, no se le puede negar a las familias el derecho a recuperar los restos de sus seres queridos. Políticamente, la recuperación de los asesinados en la retaguardia nacional y por la dictadura es el gesto postrero para una cicatrización definitiva de las heridas de la guerra: el último capítulo de la guerra de 1936 se cerrará cuando todas las víctimas estén decentemente enterradas: mientras haya huesos hacinados en fosas sin nombre, el recordatorio de aquel drama colectivo seguirá latente en la vida de los españoles.

El tema de las víctimas plantea un problema mayor cuando se enlaza con la reconstrucción de la herencia histórica de la democracia: la reivindicación ética de las víctimas. ¿Hay víctimas que otorgan a la democracia una ética de lucha por la libertad? ¿Quiénes son estas víctimas? ¿Ninguna del bando nacional? ¿Todas las del bando republicano? Sea cuál sea la respuesta a la primera pregunta, la de la segunda está clara: la democracia no puede reivindicar como propias –porque no puede asumir su herencia ética o política ni su ejemplo– a todas las víctimas del franquismo. La democracia española debe asumir como propio el legado de Besteiro, Zugazagoitia, Azaña o Indalencio Prieto, pero no puede hacer suyo el legado de los muertos del Partido Comunista, la CNT o la FAI. Una cosa es el imprescindible gesto humanitario de dar dignidad a estos muertos y otra asumir su herencia ética: la democracia está obligada a lo primero, no a lo segundo.

El espacio histórico y ético de nuestra democracia debe construirse sobre la memoria de los que murieron en las zonas templadas del espíritu. La República dejó de existir, en la práctica, en julio de 1936: luego, existió en el corazón de un puñado de hombres horrorizados ante los crímenes que se cometían en la retaguardia republicana. El ejemplo de esos hombres es el que debe reivindicar y asumir nuestra democracia: nunca el de los que asesinaron en nombre de la revolución o de esa República que violaron con cada uno de sus crímenes.

(Publicado en Diario IDEAL el 13 de octubre de 2007)

QUE TRATA DE ESPAÑA



Cansa, agota ser español. Desespera ser español, porque parece una condición maldita, heredada de generación en generación con toda su carga de sangre antigua y agriada, que sirve para despreciar al otro pero no para entregarse en un proyecto común. Condición para revolver muertos y alzarlos como bandera y quijada, cuando debieran ser recuerdo y homenaje, si acaso. Pero aquí no cabe la generosidad: los que elevan mártires a los altares niegan el derecho a desenterrar los huesos que duermen sin nombre; los que tararean la melodía de Riego cuando salen a la luz los cuerpos olvidados, maldicen a los que cayeron en otro paredón. Y así es imposible encontrar la memoria, que debiera ser una plaza para vivir España como quería Espriu: eternamente en el orden y en la paz, en el trabajo, en la difícil y merecida libertad.

Sigue habiendo dos Españas: una, la que eternizó sus muertos en las fachadas de las iglesias –visibles, aireados– y viajará a Roma el 28 de octubre para beatificar a los que dieron su vida por la fe de Cristo, que era una fe sin armas pero que ha dado uniformes a muchos generales y ha justificado demasiados horrores; otra, la que duerme dentro de fosas comunes, en barrancos hondos donde las tardes de otoño filtran las lluvias para que la tierra pudra huesos y germinen flores: ahora –¡setenta años después de los fusilamientos!– podrán sus familiares minar la tierra hasta encontrarlos y besarles la noble calavera y desamordazarlos y regresarlos, que dijo Miguel Hernández.

¿Tan difícil es entender las razones del sufrimiento? Que lloren los hermanos o los sobrinos al joven que asesinaron “los rojos” por ser seminarista o catequista, pero que no se niegue el derecho de los hijos a desenterrar al padre que asesinaron “los fachas” por ser maestro o por haber tejido sueños un 14 de abril. Que se entienda de una vez que no todos los de un bando fueron malos, ni buenos los del otro: que hubo criminales en el bando republicano y en el nacional, que en los dos bandos se asesinó a personas buenas, generosas, que hubieran sido necesarias para hacer un país mejor, para coser heridas e hilar futuros. Que se entierren definitivamente los muertos que murieron en los extremos de ambos bandos, pero que se reconstruya un espacio ético con los caídos en las zonas templadas de las dos Españas: con los socialistas moderados y los republicanos de Azaña, pero también con los católicos de centro y los republicanos de Maura. Que se condene definitivamente una dictadura vil que parece habernos envilecido para siempre. Y que se salve el inmenso legado histórico de una República que naufragó porque en los tiempos de Hitler y Stalin fue imposible la democracia.

Y podamos –entonces– ser españoles. Sin cansancios. Sin fiebres patrioteras ni banderazos rojigualdas. Sin ajustes de cuentas, sin rencores. Españoles con destellos de luz, tranquila y remota como la de una estrella, como nos pide el Presidente Azaña desde la patria eterna. Vale.

(Publicado en Diario IDEAL el 11 de octubre de 2007)

LA NIÑA Y EL VELO


Shaima Saidani es una niña marroquí que ayer comenzó a ir a una escuela pública de Gerona cubierta con un velo. La Generalidad de Cataluña ha autorizado esta situación después de que los responsables del centro educativo hubieran vetado, razonablemente, la presencia de la prenda.

Vayamos por un momento al plan puesto en marcha por Ratzinger para modernizar la Iglesia Católica. Supongamos que junto a la propuesta estrella de poder oficiar misa en latín –lengua actualísima–, el Papa decretara que, para evitar actos y miradas impuras, en los centros católicos las chicas tuvieran que llevar velo. ¿Se imaginan las voces histéricas de determinadas personas y colectivos? ¿Y las acusaciones –justificadas– de machismo contra el Vaticano? Bueno, pues todos estos y todas estas que chillarían en ese momento, son los mismos y las mismas que ahora callan y salen con la canción del respeto a todas las creencias para defender la presencia de velos en las escuelas públicas. Ya hemos visto los dobles raseros de los y las que defienden, por ejemplo, la obligación de la Universidad de Granada de realizar, en sus comedores, menús sin carne de cerdo para estudiantes islámicos, pero pondrán el grito en el cielo cuando los estudiantes católicos pidan menús sin carne para los viernes de Cuaresma. Y si en el tema del condumio en lugares sostenidos con dinero público, la respuesta debiera estar tan clara como con lo de las lentejas, que quien quiere las come y quien no las deja, igualmente clara debería estar en el tema del velo.

La madre de Shaima la ha cambiado de colegio porque en el anterior estaba discriminada. Hemos visto fotos de la niña en este periódico –velada y con una falda monjil que sólo deja visibles sus pies– y habrá que preguntarse si la discriminan los niños o la martirizan los padres. Lo que es seguro es que el calvario será peor cuando Shaima sea adolescente y no pueda hacer cosas propias de la edad, perdiendo tantas cosas que quedarán ahogadas bajo el velo.

Desde luego cada uno es muy libre de vestir cómo le venga en gana. Y de llevar una cadenita de plata con una cruz, una media luna o una estrella de David. De lo que uno no puede ser libre –por lo menos, y por suerte, en Occidente– es de obligar a su mujer o a su hija a enclaustrarse de por vida dentro de un vestido para evitar que las miren otros hombres. Poco hemos conseguido si después de tanto luchar para que un hombre no pueda pegarle a su mujer impunemente, nos parece normal que una niña sea encerrada bajo un velo (¿les parecerá bien, mañana, a los multiculturalistos y a las multiculturalistas que una niña acuda con burka a la escuela?) porque su padre quiere conservarla intacta de miradas hasta que la venda a algún macho que continúe esta espiral de sometimientos. La escuela laica debe respetar todas las creencias, pero rechazando el sometimiento femenino que propugnan algunas creencias: por respetar cierta religión no se nos puede colar el respeto al machismo. A no ser que ahora nos estén inventando otro laicismo.

(Publicado en Diario IDEAL el 4 de octubre de 2007)

MUERTE EN EL COSO DE SAN NICASIO



Levantada la Plaza de Toros de Úbeda sobre el solar y con las piedras del convento de San Nicasio, los salmos de las monjas dieron paso a la sangre y la carne abierta. Porque también tiene su historia trágica esta plaza de San Nicasio. Tragedias menores, si se quiere, en la historia del toreo, pero cargadas de fracasos, tristezas… olvidos. Tragedias por eso con halos románticos.

Así, el 4 de octubre de 1915 un toro de Anastasio Martín da al traste con la vida del banderillero Hipólito Sánchez Rodríguez. Pocos datos tenemos de esta primera víctima de los toros en Úbeda: no sabemos la cuadrilla de la que formaba parte ni cómo se desarrolló aquella trágica corrida. Sabemos, sí, que murió en el Hospital de Santiago esa misma tarde y que fue enterrado de caridad en el nicho 210 del patio viejo del cementerio de San Ginés. Podemos imaginar aquellas horas amargas del otoño, la soledad del cuerpo vestido de luces y desangrado en las ruinas de la ermita de San Ginés y a la mañana siguiente el entierro con prisas –sus compañeros tendrían que partir hacia otras plazas, hacia sus lugares de origen– y pobre –¿cuánto vale un banderillero muerto en una plaza de pueblo?–.

Luego –aquí la historia es confusa–, el 18 de julio de 1939, en el primer espectáculo taurino tras el fin de la guerra, encontró la muerte en los pitones de ¿un novillo? el torero Juan Tirado, miembro de una larga saga taurina. Cuenta la leyenda que murió en la misma plaza, pero que para facilitar el traslado a su Jaén natal el médico certificó que se le trasladaba herido. Eran tiempos durísimos de represión política, difíciles para trasladar un cadáver sin multitud de permisos. La complicidad médica permitió que el cuerpo muerto de Tirado llegase a Jaén esa misma noche, lo que haría que luego se dijese que murió en la capital, a la que realmente llegó sin vida.

Pero el más famoso muerto en la Plaza de Toros de Úbeda es Félix Merino Obanos. Alguien lo ha calificado como una medianía en el torero. En cualquier caso es un torero que levanta melancolías y tristezas, pues la suya es la vida de un fracaso. Nació en Valladolid el 25 de febrero de 1895. Debutó como torero en Madrid en una novillada nocturna celebrada el 31 de agosto de 1916, a la que siguió una brillante cosecha de éxitos que lo catapultó como una promesa del toreo. Tanta fue su fama como novillero, que el 16 de septiembre de 1917 tomó la alternativa en Madrid, con toros de Pérez Tabernero, siendo su padrino Joselito “El Gallo” y su testigo Juan Belmonte: los dos más grandes toreros de la historia quisieron refrendar con su presencia la promesa que era Félix Merino. Pero aquella tarde cosechó su primer fracaso, estrepitóso. La desilusión fue seguida por campañas cortas y deslucidas y, amargado, volvió a ser novillero: perdida la gloria quedaba tan solo la necesidad de conseguir el pan.

Como novillero llegó a Úbeda para lidiar unos novillos de Palha. La corrida era el día de San Francisco de 1927. Félix Merino abría un cartel en que también figuraban Pepe Iglesias y Sanluqueño, que sustituía a Cantimplas. Los novillos –grandes, bien armados– habían llegado a los corrales la madrugada del 2 de octubre. Luego, en la plaza, fueron peligrosos. Dicen las crónicas de la época que la tarde fue “de susto, cogidas, carreras, pánico al por mayor.”

Comenzó la tragedia cuando rompió la tarde de San Francisco sus acordes de pasodoble. En el tercio de varas –aún no llevaban peto los caballos– el primer novillo derriba al rocín y le da una cornada en la ingle al picador Rafael Trajero. Acto seguido, coge a Félix Merino por la parte media del muslo derecho. La cogida es gravísima: el pitón atraviesa el muslo de parte a parte. Lo retiran a la enfermería urgentemente: es operado y desde el Hospital de Santiago, al anochecer, lo trasladan al Hospital de Toreros de Madrid. ¡Qué trágico traslado por aquellas carreteras de entonces! ¡Qué lenta la agonía, qué largo camino! (En el cuarto toro, José Iglesias tuvo que entrar a la enfermería con rasguños y arañazos en la cara por un revolcón del toro). Y allí, en Madrid, moriría Félix Merino el día 8 de octubre, al amanecer. Fue enterrado en Valladolid, donde vivía. En la plaza de San Nicasio había dejado su vida, víctima de una pasión por torear que le dio alguna gloria y muchas amarguras.

(Publicado en Diario IDEAL el 4 de octubre de 2007)

LAS PRIMERAS 274 BOMBILLAS DE LA FERIA

En 1892, los padres de nuestros abuelos serían jóvenes que paseaban Real arriba Real abajo, buscándose con las miradas para iniciar noviazgos vigilados. En aquellas tardes de verano, el Ayuntamiento preparaba la puesta en marcha de una de las más grandes revoluciones que Úbeda ha conocido en toda su historia: la instalación de la electricidad. Porque desde enero, la Compañía Eléctrica de Facundo Álvarez Jimeno instalaba postes y tiraba cables, preparándolo todo para que la tarde del 28 de septiembre –cumplido el rito de los gigantes y cabezudos– se inaugurasen las primeras bombillas que lucieron en Úbeda. Aquellas bombillas legendarias –de luz temerosa y vacilante– no acabaron definitivamente con los viejos faroles de petróleo que se estrenaron allá por 1831, pues veinticuatro de ellos siguieron funcionando.

El experimento eléctrico tendría un breve paréntesis entre mayo de 1899 y febrero de 1900, meses en los que se volvió a las farolas de petróleo. Sin embargo, a partir de la Feria de ese mismo año la luz eléctrica se instala definitivamente en la ciudad: precisamente en 1900 se sumaron a las consabidas bombillas –de “diáfana luz”– doce focos en los lugares más concurridos por el público durante la Feria.

Pero volvamos a la primera iluminación eléctrica, aquella de 1982. ¡274 bombillas! Ese fue el número del primer alumbrado extraordinario de la Feria de San Miguel, lo que supone 149.726 bombillas menos –bombilla arriba, bombilla abajo– que las que se han instalado para esta feria de 2007. Y aunque ahora apenas prestamos atención a la iluminación artística –una bombilla es para nosotros la cosa más normal del mundo– tenemos que imaginarnos a aquellos ubetenses del 28 de septiembre de 1892 amontonados delante de cada bombilla, esperando que el reloj de la Plaza diese las seis de la tarde para ver el milagro de la luz inmaterial. Y tenemos que imaginárnoslos luego –a las seis y un minuto– extasiados delante de las bombillas encendidas, en corrillos sorprendidos, comentando el artilugio y descifrando sus misterios. Mientras, los más viejos –algunos habrían nacido en tiempos de la invasión de los franceses– considerarían, despreciativos, que esos inventos del diablo acabarían trastocando la paz del mundo.

Nunca ha habido una iluminación tan extraordinaria para la Feria como aquella de 1892. Han pasado desde entonces ciento diecisiete ferias: los que vieron encenderse aquellas bombillas sabiendo que jamás olvidarían ese momento, son ya polvo sobre los mapas de la nostalgia colectiva. Y sin embargo, hay una parte de la Feria de hoy –cuajada de relucientes bombillitas ultramodernas– que nos recuerda aquellos días de 1892. Porque Úbeda conserva la vieja costumbre de llevar la luz de feria desde la puerta del Ayuntamiento hasta el recinto ferial, recorriendo las viejas calles en que por vez primera los ubetenses oyeron hablar de Edison.

(Publicado en Diario IDEAL el 3 de octubre de 2007)