viernes, 16 de julio de 2010

OTRA ESPAÑA




España ha ganado el Mundial de Fútbol. Un grupo de jóvenes millonarios, unidos por unos ideales simples, ha ganado un trofeo deportivo. El más importante del mundo, dicen. Está bien esta alegría para un país que nunca gana un Nobel de Medicina; para un país en el que muchos jóvenes son mirados con desprecio por sus compatriotas cuando estudian e investigan. Pero no se trata de juzgarnos, sino de respirar con alivio porque después de tantos meses de angustia ha sido posible una alegría efímera. Una alegría que es algo más, una lección, también.

Porque la victoria futbolera barre complejos y heridas viejas y por eso contrasta con la manifestación separatista de Barcelona. Y es que gracias al fútbol, la bandera española es ya una bandera nacional, o sea, una bandera de todos: que llena las plazas sin complejos y que se asoma coqueta en los balcones con geranios, liberada del secuestro al que la sometió el franquismo cuando la pasean los niños hispanoamericanos o asiáticos por los arrabales de España Bandera múltiple de un país que acoge y recoge. Paradoja de las banderas: la bandera que amortajó al tirano ha liberado de fantasmas pretéritos a los jóvenes sin memoria, reconciliándolos con su historia, que no conocen porque no se la enseñan en las escuelas. (La otra bandera nacional es ya testigo de un pasado dulce que no pudo ser, y la bandera roja y amarilla es desde el domingo la bandera de todos los españoles felices y, más aún, de todos los españoles libres y de las bocas que se besan sonrientes.)

Y la victoria es también un símbolo: en ella, España ha encontrado un discurso común y un ejemplo a seguir. El esfuerzo, la humildad, la unión de españoles de todos los territorios, el sacrificio, la elegancia, vuelven a ser valores a tener en cuenta. Falta, claro, que eso no sea –como es en España todo lo deslumbrante– flor de un día y que encontremos un manual para aplicar ese espíritu futbolero a las cosas realmente importantes, que son la economía y la convivencia y el esfuerzo colectivo. Valor simbólico, y valor moral: porque en el triunfo, España ha recuperado parte de la alegría robada por los políticos y los banqueros y los empresarios y los obispos. ¿Las calles desbordadas de pieles femeninas erizadas de sudor no eran calles divorciadas definitivamente de la casta gris y política, que azuza divisiones postizas? ¿Esas calles no mostraban una sociedad que quiere vivir en paz, feliz, unida? La sociedad española ha revisado su pasado pensando en el futuro, mirando hacia delante, anhelando estrechar manos, recuperando y consolidando el espíritu de comunidad que tuvo en los años 70. Vale lo que suma: el fútbol que suma, la bandera que suma.

Los mil rostros de la victoria. Y yo me quedo con su sabor poético, idealizado en Sara Carbonero, en cuyos ojos se abisma el precipicio luminoso de la patria, en cuya boca resuena la risa feliz que estremece inusitada y unánimemente la piel de toro, como nueva Marianne de la nación revestida de un orgullo legítimo que se expresa sin tormentos ni cainismos en el «waka waka» de Shakira, en el optimismo que quiere vivir y a vivir empieza pese la losa que son los zetapés y los rajoy. Desde el domingo sabemos que podemos y que para poder sólo nos falta querer: querer ser felices, querer vivir juntos, querer cambiar tanto como necesita ser cambiado para que España no tenga más cara de lunes ni resacas de vino barato.

(Publicado en IDEAL el 15 de julio de 2010)


miércoles, 14 de julio de 2010

¡ENERO, VUELVE!




Nada, que no hay manera: soy incapaz de comprender cómo puede haber alguien (sensato, medianamente inteligente) a quien le guste el verano. ¿Pero que le ven estos inconscientes a estos días en los que la vida dentro de los pisos se hace insufrible? ¿Pero qué encanto le encuentran a tener el cuerpo acalorado y sudoroso todo el día, a desear una ducha cada cinco minutos, a tener la boca más seca que una estera de esparto en el Sahara? ¿Qué maravilla se le figuran estas noches horribles donde es imposible dormir? Nada, nada, que me quedo con el invierno frío y acogedor y... y si me apuran, hasta progresista. ¿Progresista el invierno? Sí, porque una manta es infinitamente más barata que un chalet con piscina o que unas vacaciones en la playa. El invierno –aún con toda su crudeza, aún con sus hielos y sus nieves y sus noches descarnadas en las que el frío aúlla detrás de los postigos– tiene un encanto imposible en el verano, que es una especie de tiranuelo progre que vende un discurso de lo más chip –que si las muchachas en flor, que si las terrazas y la cerveza fresquita, que si los bikinis y la siesta– pero que luego, ya lo sabemos, siempre está del lado de los poderosos y los ricos o, cuando menos, de los más afortunados, que son aquellos que por lo menos tienen una alberca en la que darse un chapuzón. El resto, claro, mendigamos una limosna de frescor, un poco de caridad divina en forma de vientecillo furtivo y fresco, mientras maldecimos a julio y agosto y a septiembre, porque el mandamiento de nosotros, los invernales, es “Odiarás al verano sobre todas las cosas”. Sin chalet y sin posibilidad de disfrutar de las piscinas públicas que pagamos con nuestros impuestos, pues han sido tomadas por las minorías instaladas en el demagogo discurso de la discriminación, no nos queda otra que recontar los días que quedan para que vuelvan los fríos liberadores y civilizadores.

Porque esa es otra: el verano, además de ser tan postizo como todo lo progre –lo progre es la versión kitsch del progresismo–, es esencialmente bárbaro. ¿Qué civilización, que civismo, qué cordura, puede haber por encima de los 30 grados? Y cuándo el termómetro supera los 35 o los 40 grados, ¿se puede sostener que ese infernal lugar del mundo sigue perteneciendo al “concierto de las naciones civilizadas”? El otro día comentaba con un amigo que nos gustaría vivir en uno de esos países que se conforman con 25 grados en agosto, esos países moderados, posibles, razonables... frescos o fríos: Dinamarca, Noruega, Suecia... Yo estoy convencido de que los grandes avances de esas sociedades han sido posibles, entre otras cosas, por una cuestión básica: porque allí es difícil que el termómetro recuerde la última vez que intentó matar a todo ser vivo con una llamarada de calor.

Es imposible que de este calor salga nada bueno: estos veranos que desatan sobre nosotros las furias del Averno, nos han condenado a ser por siempre la tierra por donde cruza errante la sombra de Caín, que no era sueco ni holandés, sino que vivió y se crió tostándose al sol del desierto de la Tierra Prometida, que también manda huevos el erial y el solano que les prometieron a aquellos. Yo, ni por todo el oro del mundo lo querría, que me quedo con un prado verde, a la orilla de un lago, o un mar del norte, donde la prenda más ligera sea una camisa de manga larga.

Enero... ¿oyes nuestros gritos afligidos? ¡Vuelve, hombre, vuelve! ...Y rescátanos.

(Publicado en IDEAL el 8 de julio de 2010)

martes, 13 de julio de 2010

ESTUVIMOS EN SAN FERMÍN




Estoy convencido de que estas palabras sólo podrán entenderlas en toda su dimensión quienes alguna vez han estado en los sanfermines, que son algo casi mágico tejido por el pueblo de Pamplona. Nosotros –mis amigos y yo–, estuvimos allí el pasado sábado, aprovechando la excusa que suponía la despedida de soltero del Petos. Y, por lo que a mí respecta, puedo asegurar que una parte de mi corazoncito se ha quedado para siempre en la fiesta de San Fermín. Reconozco que soy enamoradizo de lugares, pero es que resulta imposible no enamorarse de la Pamplona en fiestas: el enamoradizo de lugares que no se enamora de Pamplona como es el enamoradizo sin más que no se enamora de Sara Carbonero.

Son muchas las razones que pueden favorecer ese enamoramiento.

Por ejemplo, el sentimiento que se tiene de no ser extraño: acude uno vestido de blanco y con el pañuelo y el fajín rojo, y con el alma llena de ganas de pasarlo bien, y se siente ya parte del paisaje y del paisanaje, y no siente uno que no ha nacido en Pamplona ni ningún pamplonés lo mira a uno por encima del hombro o como alguien que molesta.

Por ejemplo, el sentido de comunidad que se aprecia en los pamploneses, en ese amor a sus tradiciones (de un encanto mágico, sin igual, resultan cosas tan aparentemente sencillas como el encierro o como la comparsa de Gigantes y Cabezudos rodeada de cientos de críos vestidos de mozos, o las multitudes igualadas en el vestido, sin caballos ni coches de caballos que diferencien y separen); en ese sano esfuerzo por divertirse sin más en una fiesta total que explota en cada esquina sin necesidad de feriales apartados y relamidos; en ese espíritu acogedor que llena todas las calles y plazas cada hora del día y en el que es imposible no sentirse pamplonés, como he dicho.

Por ejemplo, en la impresión de que los sanfermines son una fiesta de pueblo, nada más y nada menos, que conserva todas las esencias de las fiestas democráticas y populares (tan contrarias a las fiestas elitistas de Andalucía).

No sé, son tantas las emociones, las risas, las alegrías, las lecciones de sociología traídas de Pamplona que es imposible contarlas todas en estas líneas. De lo que estoy seguro es de que nunca podré olvidar cada una de las horas del sábado 10 de julio de 2010, mi primer día en los sanfermines con Alberto, Alfonso, Pepe, Juan, Parri, los Navarretes, los Fuentes, los Matas y así hasta veintidós mozos ubetenses que fueron pamploneses un sábado radiante.

viernes, 9 de julio de 2010

ESPAÑA CAMPEONA






Bueno, pues ya sólo queda dar un empujoncito final para que millones de españoles puedan celebrar el domingo por la noche la fiesta que se supone hay que festejar si España gana el Mundial de Fútbol, aunque luego llegue el lunes y como todos los lunes ni entienda de mundiales ni de fútbol ni de pulpos Paul ni de vuvuzelas ni de campeones ni de nada, que es lo malo que tienen los lunes, que lo estrellan a uno contra la tapia de la cruda realidad. A Manuel se le pone cara de lunes cada vez que oye el estruendo futbolero, y aunque le da patadas y lanza su pelota mientras grita “gol” con su lengua de trapo, soporta poco los nervios –con sus ¡uy! y sus ¡¡gol!!– que el fútbol acarrea. Por eso, tiene los ojos colorados de llorar el día de la semifinal, y no de emoción sino de pena cada vez que los gritos, en el bar de Alejo, lo espantaban hasta el infinito. Y creo que ni el chupachup le lució en medio de la marea roja...

Pero a lo que íbamos es a empujar a la selección para que nuestros compatriotas puedan tener al menos una alegría (lo peor de que la Selección gane, aparte del engordamiento de las cuentas corrientes de los jugadores a costa, supongo, del erario público, es tener que soportar esa ralea insoportable que son los periodistas deportivos, especialmente los de la radio): y para ello, aquí sumamos esta foto de Manuel, españolísimo pese a la barraquera, y otra de esas canciones animosas y optimistas que el Mundial nos ha regalado.

Y aunque uno es poco dado a efusiones y gritos y demás manifestaciones del espíritu simiesco del ser humano, y dado que por una vez parece que no lo acusan a uno de facha ni de franquista ni de nada por el estilo, pues que coño... ¡VIVA ESPAÑA!

jueves, 8 de julio de 2010

SOBRE LA LIBERTAD Y LA BLASFEMIA




(Este artículo se escribió para ser publicado, en Semana Santa, en la revista editada por la Cofradía de la Oración del Huerto de Úbeda, pero no pasó la censura previa y su publicación fue prohibida. Ramón Molina, con el respeto por las ideas ajenas que lo caracterizan a él y a “Ibiut” lo publicó en su revista.)

Las últimas semanas han traído a las portadas de los periódicos temas coincidentes y reincidentes: el calvario padecido por Kurt Westergaard –el autor de las viñetas de Mahoma–, que tiene que vivir escondido y bajo protección policial porque ha sido condenado a muerte por los islamistas; la Universidad de Granada que se ha visto obligada a retirar la exposición “Circus Christi”, de Francisco Bayona, por la reacción de los sectores católicos más radicales de la ciudad y ante las amenazas de muerte recibidas por el autor; la apertura de la Feria de Arte Contemporáneo de Madrid trufada de escándalo, por las airadas quejas que Israel ha presentado por la presencia en la misma de dos polémicas obras de Eugenio Merino. Como telón de fondo de lo anterior está el hecho de que determinados sectores de creyentes de estas tres religiones consideran que las obras citadas son una blasfemia, una ofensa contra sus creencias, un pecado digno de castigo. Y detrás de todas estas polémicas laten preguntas fundamentales: ¿debe ceder la libertad de expresión y creación ante la ofensa de una creencia?, ¿deben prohibirse y perseguirse las blasfemias para proteger el derecho de los creyentes a creer?, ¿la blasfemia es un concepto interno de cada religión o debe operar sobre el espacio público?

He ahí uno de los debates cruciales en nuestro tiempo. El arte siempre ha tenido un componente provocador, rupturista, y aún cuando esa provocación pueda resultar a veces gratuita y en realidad no añada valor al discurso estético de la obra en cuestión, lo cierto que la creación artística y literaria y filosófica no habrían podido ser si en cada momento no se hubieran enfrentado a la realidad del poder establecido. En muchas ocasiones la creación o la investigación o el pensamiento han tenido que revestirse de blasfemia para poder ser. Por blasfemo fue condenado Giordano Bruno y San Juan de la Cruz padeció prisión por rozar la blasfemia en su atrevida concepción literaria y religiosa. Esto demuestra dos cosas: primera, que la ofensa tiene una frontera móvil que ha ido retrocediendo a medida que la historia avanzaba y se afianzaban los ideales de la razón y la libertad; segunda, que si la libertad creadora declina una vez en beneficio de la ofensa, esta gana terreno y va constriñendo más cada vez el espacio de aquella.

Cuanto más alejada está la concepción religiosa de los parámetros de la modernidad, más fácil es sentirse ofendido por los discursos de los otros. Por eso es más fácil encontrar musulmanes iracundos contra novelistas o humoristas: en el Islam la libertad individual y el respeto a los otros, aunque blasfemen, están mucho menos arraigados que en el cristianismo, que desde hace tres siglos tiene que afirmarse en sana competencia con quienes no creen, con quienes denuncian sus abusos o quienes simplemente se ríen de sus contenidos. A mí me parece que el cristianismo es mejor, más sincero y más íntimo desde que ha sido contestado o desde que ha entendido que es positivo moralmente aceptar las críticas, las burlas o las reinterpretaciones de sus creencias. Y por eso me chirrían tanto los grupúsculos católicos que se sienten radicalmente ofendidos cuando alguien como Bayona o Merino utilizan los símbolos del cristianismo para elaborar su expresión artística. No entro a valorar el contenido artístico de la obra, ni su realidad estética ni me pregunto en qué quedaría esa realidad si se le privase del discurso provocador –¿tiene valor artístico real, en sí, la fotografía de una prostituta si no se dice que es la Virgen María buscando a San José?–, pero estoy firmemente convencido de la necesidad de amparar el derecho de los artistas a expresar con su estética el discurso que estimen conveniente.

En realidad yo estoy convencido de que la ofensa blasfema no puede suponer una limitación para la libertad de expresión o de creación. Cada uno es muy libre de sentirse ofendido por lo que quiera, pero no puede condenar al que ofende simplemente porque no comparte su visión del mundo y porque no considere blasfemia lo que para el creyente lo es. Y en última instancia no debemos perder de vista la realidad de que puede que haya quien se sienta ofendido por ver procesionar delante de su balcón un cuerpo clavado en una cruz, agonizante y chorreando sangre: nuestra verdad no es la verdad. Pero hay que aprender a vivir con las ofensas, aunque sean gratuitas, porque son absolutamente necesarias para garantizar algo tan valioso y tan costosamente conseguido como es la libertad.

La ofensa también invita a la reflexión del creyente, también abre un territorio para que el creyente se adentre y dialogue y repiense su sistema de ideas. Me gusta una religión como la cristiana que asume que puede ser sometida a burla y ofendida y que no condena a muerte, y no me gustan quienes desde el cristianismo exigen que se retiren exposiciones o llaman por teléfono a los artistas que blasfeman para amenazarlos de muerte: la gran virtud de la ofensa o de la blasfemia artística es que sitúan a cada creyente delante de su espejo ético. Y me causan desazón las reacciones iracundas, los gritos de venganza que se elevan cuando cualquier creyente se siente ofendido y pide la intervención del poder público para sancionar al blasfemo o, más radicalmente, cuando se exige la condena directa y sin paliativos del mismo. El siglo XXI no puede ser el siglo de la religión replegada sobre sí misma, el siglo de una religión amenazante y peligrosa para la convivencia y para el pluralismo democrático. Si la religión se repliega, se pudre y se convierte en un tumor para el cuerpo vivo de la sociedad.

Cuando los españoles se marchaban de España allá por la década de 1960, cargados de complejos identitarios y de taras espirituales y con su cerril educación católica a cuestas, descubrieron que era posible seguir manteniendo cierta religiosidad sin necesidad de someter a la mujer o de renunciar a los placeres de la vida, y eso –más la llegada masiva de turistas– permitió que el país se abriese, se airease y que del velo negro se pasase a los bikinis, no sin escándalo de los puritanos, siempre tan peligrosos. Por eso me llama la atención –y me preocupa– que cuando los musulmanes vienen a Europa no quieran para sus hijas o sus mujeres, por ejemplo, los derechos de que gozan nuestras hijas y nuestras mujeres. Los católicos españoles que emigraban a Europa se deslumbraron con los esplendores del mundo desarrollado, y eso fue bueno para la sociedad española y obligó a la Iglesia a dialogar con la realidad; los musulmanes que emigran a Europa odian lo que ven y se repliegan sobre sí mismos, afirmándose excluyentes en su religión. La religión que se abre tiene que aprender a tolerar a los otros –siquiera a regañadientes–, disminuyendo los espacios en que se siente ofendida, llegando incluso a entender la necesidad de soportar ser ofendida para garantizar el bien superior de la libertad; la religión que se repliega, se ofusca y desprecia a quienes no comparten su espacio moral, se siente ofendida a la más mínima y no entiende como no son ferozmente castigados quienes la ofenden, y por ello no sirve ni para la libertad ni para la convivencia.

Sinceramente, me quedo con la religión que se abre y que soporta la ofensa. Es una religión que habla y dialoga, no una religión que rebuzna y da coces. El problema es que parece que va ganando espacio esa religión que no se entiende como experiencia y sentimiento sino como seña de identidad y como bandera. Compte Sponville habla de una urgencia social, “porque estamos amenazados por dos peligros simétricos: por un lado, el fanatismo, el integrismo y el oscurantismo, y por otro, el nihilismo.” El nihilismo, ya lo sabemos, conduce al “todo vale” de los campos de exterminio; el fanatismo y el oscurantismo de nuevo cuño –revestidos de respetuosa doctrina de los derechos humanos– conducen sibilinamente a la creación de espacios vedados a la libertad. ¿Las viñetas de Mahoma, las fotografías de Bayona o los religiosos orantes de Merino atentan contra el derecho de católicos, musulmanes y judíos a creer lo que les venga en gana? No creo, pero la exigencia de católicos, musulmanes y judíos de que se prohíban esas expresiones artísticas, por muy ofensivas que sean, sí atentan contra el derecho a la libertad de expresión y creación.

Es necesario que los creyentes nos reafirmemos en la defensa de la libertad y que asumamos la ofensa como el precio de la convivencia en una sociedad plural. Me gusta este mundo en el que hay católicos, ateos, agnósticos, dudosos, evangelistas, judíos... No quiero que mis ideas se impongan ni reduzcan esa variedad, no quiero que mi verdad sea la verdad y no quiero que se justifiquen los ataques a la religión diciendo que todos los creyentes somos oscurantistas y amenazadores: quienes hacen eso, considerando que el adversario es la religión en general, “están metiendo a todos los creyentes en el mismo saco que a los fanáticos, que es lo que estos quieren”, nos advierte Compte-Sponville antes de señalar que el adversario no es la religión, que el adversario es el fanatismo. Esto supone un llamamiento también a los creyentes para que nos opongamos los fanáticos de “nuestro bando”: debemos estar con el filósofo y ateo francés cuando postula una alianza de todos “los espíritus libres, abiertos y tolerantes, crean o no en Dios” para luchar contra los fanáticos y contra el oscurantismo. Porque es preferible vivir en un mundo el que los artistas pueden blasfemar que en un mundo en el que los blasfemos son mandados a la hoguera.

(Publicado en IBIUT, núm. 167, abril 2010)

lunes, 5 de julio de 2010

LA CAUSA DE LA SELECCIÓN: NUESTRO EMPUJÓN




Reconozco que lo que más me emociona de estos días de fútbol es ver a tantos niños por las calles con las camisetas de la Selección Española y con las banderas rojas y gualdas pintadas en los brazos. Seguramente, ellos no saben muy bien que sea todo este patrioterismo, porque en este país el patriotismo sigue siendo algo trufado de sospechas, pero esta bien que al menos por estos días entiendan que la bandera o el himno son patrimonio de todos. Y está bien verlos por las calles con sus inquietudes españolas a cuestas, tan distintas, por otra parte, de las inquietudes de politiquillos y demás. Tal vez por esa explosión española en las calles, es por lo que, por vez primera en mi vida, me acerco al fútbol con cierta curiosidad y, porqué no confesarlo, con cierta emoción: estoy convencido de que con tantas pedradas como están soportando tantos españoles, este pueblo tan poco digno de admiración se merece al menos esa alegría de que su selección gane. Y se lo merecen sobre todo los niños que sin saber lo que es España sienten estos días la emoción de España en las camisetas con que los visten y en las banderas que cuelgan de tantos balcones. Es difícil que estos niños se sientan parte de nada, pero para quienes ser españoles es una manera incómoda de estar en el mundo, esta sensación de que por una vez estamos unidos por algo, nos hace sentirnos bien. Ojalá derrocháramos esta pasión para empresas mejores.

Por eso, y confiando en que empujando un poco a la ilusión colectiva, se puede conseguir que España juegue el domingo la final del Mundial, volvemos a poner una canción, simpática y tonta, como todas las canciones del fútbol y del verano. Como ni por pienso voy a echarme a la calle a gritar ni jalear, quede al menos esta entrada como muestra de apoyo a la Selección en el partido crucial que juega el miércoles frente a Alemania. Por cierto, me gusta esa frase de la canción que dice que "hoy no parece inútil soñar que lo podemos lograr": ¿y si ese optimismo pudiese trasladarse a lo realmente importante?

viernes, 2 de julio de 2010

PROFECÍA DE LOS PELÍCANOS




Los pelícanos no podían levantar el vuelo. Estaban empapados de petróleo, que ascendía desde el fondo del mar con la lentitud soberbia de lo imparable, de las grandes tragedias. Durante muchos años, la mancha negra había ido conquistando playas, deltas de ríos, y las ciudades en las que antaño relució el sol se habían despoblado. El viento del otoño, más gélido de lo normal, batía las ventanas abandonadas. En algunas casas ardían las fogatas encendidas por mendigos que habían preferido no viajar por las carreteras de lo desconocido, habitando en el hambre y el olvido que se adueñaron del lugar en que nacieron. El pesimismo y la resignación se habían extendido por todo el mundo, y todas las gentes vivían en un estado próximo a la esclavitud mientras contenían el aliento en espera de un nuevo desastre, de que otro periódico anunciase la quiebra de otro país, otra huída de capitales, otro cierre masivo de fábricas, la necesidad de un último recorte. Mientras la humanidad se desvanecía, no habían dejado de nacer pelícanos, cada día más escasos; en cuanto abandonaban los nidos construidos sobre los cañaverales negros, se encontraban embutidos dentro de la pringue del petróleo. Desaparecidos los peces en muchas millas a la redonda, se habían acostumbrado a alimentarse de los insectos y de los pequeños roedores que, encrespados por mil mutaciones fatales, poblaban los sembrados abandonados y las orillas grasientas de los ríos, donde un agua permanentemente podrida oleaba despaciosamente su canción mortuoria.

La noche de la última luna llena del otoño, volvieron a bajar de sus templos los sacerdotes de la nueva religión sin consolaciones postreras. Sus túnicas negras, mecidas por el aire de la tarde, se confundían en el ambiente ceniciento y sólo el brillo de los cuchillos destacaba en medio de los parajes desolados. Los nidos de los pelícanos esperaban la culminación del ritual mientras los hígados y las tripas de los pájaros musitaban una aspiración de paz. Doce eran los pelícanos que tenían que se destripados: cada noviembre, sus entrañas anunciaban el futuro de todos los hombres.

También el último pelícano tenía negros los intestinos y las vísceras. La profecía era concluyente y los sacerdotes apresuraron el paso hacia su guarida, antes de que la tormenta ciñese por completo las últimas bocanadas luminosas de la luna. Tenían que poner sobre aviso a los gobernantes: se avecinaba una era de revoluciones y las masas desesperadas tomarían al asalto los parlamentos, los bancos, las sedes sociales de las multinacionales. Habían visto clavadas en picas las cabezas de los banqueros y en un mar de horcas se agitan como espantapájaros los cuerpos de los ministros. Uno de los hígados, con una hebra fresca y rosada en su interior, les había avisado de que en algún lugar los hombres habían recuperado la memoria de los tiempos en que había hospitales, escuelas para los niños, protección para los desempleados. Un borbotón de sangre les había indicado que esa memoria se extendería por el mundo con la fuerza rabiosa de un puño cerrado. Los gobernantes tenían que saber lo que se avecinaba: para preparar a sus ejércitos y sus policías, para aleccionar a sus periodistas. La profecía de los pelícanos no había errado nunca los futuros más negros, pero los poderosos tenían resortes para burlarse de los hígados parlantes.

(Publicado en IDEAL el 1 de julio de 2010)