lunes, 17 de noviembre de 2008

VUELVE LA ZARANDA



El País da hoy la noticia de que el grupo de teatro La Zaranda estrena en Toulouse su nueva obra, que lleva por título Futuros difuntos. Y al leerlo no he podido evitar un estremecimiento: La Zaranda vuelve a poner en marcha su maquinaria teatral y la cultura más internacional de España puede volver a tomar aire. Porque La Zaranda se trata de eso, de un grupo de teatro que sublima lo español y lo transforma en la más bella esencia del teatro que nunca se haya presenciado. Les garantizo que presenciar una obra de La Zaranda es una experiencia única: la escasez y la altísima poética de los textos, la belleza inabarcable de las imágenes que la compañía compone sobre el escenario y, sobre todo, el mensaje desolador, metafísico, radicalmente humano de cada una de sus obras es algo que se queda grabado en el fondo del espectador. Yo aún recuerdo la primera vez que asistí a un espectáculo de la compañía jerezana: fue el 26 de septiembre de 2000, una tarde de tormenta en un teatro casi vacío y no puedo olvidar la imagen del entierro de la protagonista a los sones de una marcha de Semana Santa. Ha sido, seguro, la experiencia teatral y cultural más intensa que he tenido en mi vida.

Ese tipo de experiencias, claro, lo marcan a uno. Y por eso La Zaranda es una compañía de culto y quienes gustamos de su teatro lo hacemos con la pasión de los creyentes. Porque uno es de Curro y de José Tomás, del poeta tal o del filósofo cuál… y lo es sin condiciones. Y uno, qué remedio, es de La Zaranda porque sí, porque se siente una fuerza irreprimible que se convierte en acto de devoción cuando se asiste a una representación de La Zaranda, tal es la fuerza con que se expresan las emociones por parte de los chicos de Paco de La Zaranda. Esto ha hecho que hoy por hoy esta compañía sea no sólo la “mejor” de cuantas existen en España sino la única que sigue siendo objeto de veneración más allá de las fronteras españolas: su lenguaje es universal y toca las fibras más sensibles de cualquier persona en cualquier lugar del mundo.

Por tres veces hemos podido presenciar las obras de La Zaranda en Úbeda. La primera vez fue con la obra La puerta estrecha, la segunda con Ni sombra de lo que fuimos y la última, el pasado 27 de enero de 2007, con Los que ríen los últimos. En cada una de estas obras apenas ha habido cien personas en el Teatro Ideal Cinema. Y sin embargo defiendo que han sido tres de los más importantes actos culturales que se han celebrado en Úbeda en los últimos años.

Rosana Torres dice en El País que “son adorados y premiados en medio mundo”, pero que “escasean en los escenarios españoles”. Es cierto y por eso (y por como está el patio cultural en Úbeda) será casi imposible que los podamos ver en nuestro Teatro, entre otras cosas por que no serían “rentables”: cuando viene La Zaranda, el teatro no “se llena”. Nos queda la esperanza, claro, de que acudan a Cazorla o Jaén para desplazarnos. Y lo haremos, ya lo he dicho, con el gesto emocionado de quien acude a abrir las carnes de la belleza para ver que dentro sólo existe la miseria del ser humano.

Ha vuelto La Zaranda y la cultura española, y aún la del mundo entero, debería estar de enhorabuena. Este Camino, desde luego, está que no cabe de gozo por una noticia como ésta, y espera poder ver esta obra para que la felicidad sea completa.

viernes, 14 de noviembre de 2008

LOS DÍAS INCENDIADOS



Joseph Conrad: “Creí que era una aventura y, en realidad, era la vida.” También yo me equivoqué: creí que Granada era una aventura y cada otoño descubro que Granada era y es la vida. El otoño me trae una añoranza de las ciudades en las que viví días felices: Madrid cercado por los verdes cansados del Guadarrama, desgajando tardes mortecinas y bellas de lluvia desde los cafés o entre las estanterías de la Casa del Libro; o Segovia recostada sobre una estepa amarilla y desnuda; y Granada. Vuelvo a Granada cada día a abrevar en los recuerdos de los días primeros del curso, cuando la ciudad quedaba transfigurada por un incendio de hojas caídas, de tardes lluviosas en las que gustaba el refugio de la cafetería de la facultad para ver la lluvia mansa corriendo entre los chinos, lavando fachadas y cúpulas, empujando hacia el lecho de los charcos las hojas prendidas en la llama de noviembre.

Después del ritmo agotador del verano –el sol, el calor, la necesidad de escapar a la calle– el otoño ofrece una pausa para el alma. Una necesaria pausa: hay que remansarse en las tardes amarillas para luego crecer. Hay que coger fuerzas y recabar estímulos para que sean posibles los brotes nuevos de la vida. Pero el otoño y el invierno han perdido su buen nombre. Son estaciones que no se estilan. Y no se estilan, no se llevan, porque cuadran poco con los ritmos de esta época nuestra: ahora mola el verano.

El otoño eriza el alma de claustros y recogimientos. Y lo que asusta es el alma recogida, no sea que le dé por discurrir y transitar corredores umbrosos donde se guardan las melancolías. ¡Lejos de nosotros las melancolías! ¡Lejos de nosotros el recogimiento que invite a la reflexión! ¡Fuera lo que pueda inventar honduras y profundidades que le compliquen la existencia al espíritu! ¡Fuera también el espíritu, que estamos en la época postiza del cuerpo y la cósmetica y de lo gaseoso, que es lo progre! ¡Paso expedito a una vida sin profundidades!

No, definitivamente no se lleva el otoño porque aspiramos a convertir la vida en un permanente verano, en juego fugaz y estúpido, lleno de músicas hueras y vocingleras que impidan cualquier conversación. Conversar: he ahí lo que realmente nos aterra. No sólo conversar con los otros y descubrir que podemos estar equivocados: lo que más nos aterra es conversar con nosotros, para no ver que hay dentro de nuestra carne moribunda un lecho de hojas amarillas y de flores mustias que son los recuerdos que nos hacen, los anhelos que se derrotaron, los fracasos que hemos ido cosechando desde que nos exiliamos del cielo de Granada, los amores y los días que perdemos en cada segundo de vida. Nos da miedo escuchar una voz que nos susurre que esto de vivir no se trata de una aventura de cómic sino de la vida, en toda su dimensión. Y que la vida, ay, tiene siempre el fin triste de las hojas caídas: pudrirse sobre el suelo para alimentar las flores de la primavera. Pero carecemos de la generosidad de las hojas incendiadas por noviembre.

(Publicado en Diario IDEAL, ediciones de Jaén y Granada, el 13 de noviembre de 2008)

martes, 11 de noviembre de 2008

...PARA AQUELLO QUE SIENTEN EXCESIVO



”Estamos tocando el fondo.” Lo dijo Gabriel Celaya hace muchos años y comienza palparse este cansancio en las calles y las plazas de Úbeda, sobre todo ahora que las notificaciones del “catastrazo” comienzan a llegar como aguinaldo adelantado a las casas de los ubetenses, en muchas de las cuales la angustia del paro comienza a colarse por las ventanas que la crisis abre todos los días, pese a la felicidad reinante en los ministerios. Hoy, tres o cuatro amigos me han comentado este tema del “catastrazo” en la calle, entre sorprendidos e indignados y se preguntan si no se puede hacer nada. (Aparte, claro, queda la situación de una amiga a la que le han notificado que tiene que pagar 100 euros de basura por una oficina de seguros que apenas arroja una bolsita de papel al día, con lo cual mi recomendación ha sido que de baja el agua para el local y así se ahorra el atraco de la basura). Un amigo, justamente cabreado y con el convencimiento de haber sido estafado, me pregunta si todos los partidos del Ayuntamiento aprobaron el “catastrazo” y le respondo que no lo sé. Si lo que buscaba era cambiar su voto en las próximas elecciones y pasarse al bando de los asqueados, tendrá que seguir buscando la respuesta a su pregunta.

También le he respondido que en este tema los políticos ubetenses, de todos los pelajes, juegan con ventaja y lo saben. No sé que votaron los “hunos y los otros” en el Pleno de la subida, pero no me extrañaría que todos apoyasen el tema. En definitiva todos los partidos salen beneficiados: ninguno sabe quién gobernará en 2018 y ven absurdo oponerse a esto cuando saben que la pasividad ubetense se lo traga todo, por lo que la oposición al tema tiene nulo rendimiento electoral, que es lo que aquí importa. Por este tema no se va a mojar ningún partido, porque la indignación es algo cada vez más extendido hoy pero será algo sin traducción política mañana. Pero lo mismo que ningún partido se mojará tampoco surgirán presiones desde la base social para que se frene este atropello: ya lo he dicho, por la boca de los ubetenses cabe todo, incluso lo más gordo y largo, con perdón. Incluso algo tan largo y tan gordo como el "catastrazo".

Un profesor que tuve cuando estudie en Granada nos dijo que no hay más política que el presupuesto. Lo que viene a decir, entre otras cosas, que el retrato ideológico de los responsables políticos lo hace su política tributaria. Y resulta curioso que mientras en los últimos años se están rebajando los tipos del IRPF (el impuesto más justo) no cesan de subirse todos los impuestos indirectos, o sea lo que cada españolito (en este caso cada ubetensito) paga sea cuál sea su riqueza: he ahí el retrato de las ideas políticas de los inicios del siglo XXI español. El artículo 31 de la Constitución de 1978 constitucionaliza el sistema tributario, seguramente porque los padres constituyentes se fiaban poco de sus hijos, que razones sobradas están dando para esta desconfianza. Y así, la Constitución establece que los ciudadanos contribuirán “al sostenimiento de los gastos públicos de acuerdo con su capacidad económica mediante un sistema tributario justo inspirado en los principios de igualdad y progresividad que, en ningún caso, tendrá alcance confiscatorio”. Y es ahí donde llegamos al meollo de la cuestión: ¿es justa la subida del impuesto de Bienes Inmuebles?, ¿cada ubetense contribuirá, con este “catastrazo”, al sostenimiento de la máquina municipal de acuerdo con su capacidad económica?, ¿de verdad este subidón se inspira en los principios de igualdad y progresividad?, ¿alguien puede garantizar que el “catastrazo” no tendrá carácter confiscatorio en algunos casos? Responder a todas estas preguntas llevaría muchas entradas de este Camino, pero me quedo con la última y la respondo con otra pregunta: ¿qué hará el Ayuntamiento de 2018 (seguramente incluso antes) cuando una viuda o un pensionista o una familia en paro o un trabajador normal no pueda pagar el IBI?, ¿le embargará sus exhaustas cuentas? Es ese el meollo de la cuestión, no nos engañemos: la única verdad es que el catastrazo puede degenerar en confiscación de dinero necesario para la subsistencia de los más desfavorecidos, no dejando de ser una paradoja sangrante que estas subidas generalizadas de los impuestos injustos tengan lugar ahora que pintan bastos para las clases trabajadoras y medias.

Tal y como va este país lo más triste no es que la Constitución se haya quedado a la izquierda de todos los programas y de todas las actuaciones de todos los partidos políticos: lo más penoso es pueden haberse quedado a la izquierda hasta las Leyes Fundamentales del franquismo. Y mientras, la gente, ya digo, sigue atónica, buscando alguien que articule una repuesta, que de forma a la rabia, que llene las plazas con la indignación. Tal vez está llegando el tiempo de ensanchar los pulmones de “cuantos, afixiados,/ piden ser, piden ritmo,/ piden ley para aquello que sienten excesivo.” Amén.

viernes, 7 de noviembre de 2008

O KEYNES O FRIEDMAN



Son indecentes. Pueden ser otras cosas, pero a mí me parece que los que dicen esas cosas son indecentes: no puede uno, por muy ministro de nosequé que sea, decir que toca apretarnos el cinturón y arrimar el hombro. No hombre, no: que algunos tienen el cinturón más que apretado y llevan arrimando el hombro mucho tiempo y por sueldos de risa que dan para comer pollo y hacer cuentas a partir del 10 de cada mes. Así que los ministros y toda la caterva de políticos vividores deberían dejar de decir estas sancedes. Mejor harían –ante la gente y ante su conciencia, suponiendo que no la tengan depositada en la caja fuerte de un banco suizo– apretando el cinturón y aflojando la cartera los que se lavan con champán y se limpian el culo con lonchas de jamón ibérico. O exigiendo que arrimen el hombro los que durante los años de las vacas engordadas con el sudor de los currantes, se llevaron las vacas, las ordeñaron, las hicieron filetes y se las comieron y ahora dejan las boñigas para que las limpiemos nosotros. Si en los tiempos buenos no subieron los sueldos pero sí los beneficios de bancos y empresas, ¿por qué en los tiempos malos tienen que ser los trabajadores los que se sacrifiquen para apuntalar las ruinas provocadas por las alegres invenciones financieras de unos golfos?, ¿por qué no se limitan las indemnizaciones y los sueldos y los beneficios de los bandoleros que se sientan en los consejos de administración de los negocios del mundo?

La crisis está mandando a millones de personas a ese cajón de sastre en el que conviven la desesperanza y el rencor: la clase política es profundamente estúpida y está repitiendo las condiciones que en los felices 20 permitieron el florecimiento de los totalitarismos –Italia vuelve a ser el abanderado de lo que viene detrás–. Conocen lo ocurrido hace ochenta años: masas de gentes desesperadas se lanzaron en brazos de los iluminados que prometían la redención y la prosperidad. Lo que tendremos que recordar dentro de unos años es que esa desesperación está siendo causada por estos políticos, que se resisten a abrirle las puertas a Keynes y a meter en la cárcel de la historia a Friedman y a Reagan y a Teatcher.

La perdiz está ya más que mareada: el imperio del capitalismo sin trabas ni ataduras ha fracasado. El Estado democrático –que aspiraba administrar los asuntos del mundo con la diligencia de un buen padre de familia– fue asaltado por la revolución conservadora y neoliberal y quedó reducido a la nada. Y de pronto, en los bordes del abismo se descubre que el Estado vuelve a ser necesario. Los totalitarios del capitalismo –Bush y los suyos– quieren que cuando saque las castañas del fuego el Estado se retire, hasta que vuelvan a pintar bastos. Pero el Estado tiene que venir para quedarse: ya tenemos ejemplos históricos para comparar. Y para elegir: o el mundo próspero y ordenado del bienestar socialdemócrata y demócratacristiano o la barbarie animal de los neoliberales y los neocons. O Keynes o Friedman, no hay más.

(Publicado en Diario IDEAL el 6 de noviembre de 2008)

miércoles, 5 de noviembre de 2008

I AM AMERICAN CITIZEN



Estoy convencido de que ayer muchos hombres y muchas mujeres de Estados Unidos vivieron uno de los días más intensos de sus vidas, desde muy temprano haciendo largas colas para poder depositar su voto a favor de Obama. Muchas personas (de todas las razas, de todas las clases sociales, de todas las religiones) llevaban ayer su voto apretado en el bolsillo plenamente seguros de estar participando en un día histórico: un día realmente histórico, que es un día único, de esos que una persona no olvida mientras vive. Ayer muchos estadounidenses sabían que tenían en sus manos la esperanza del mundo entero, y la posibilidad de hacer que las cosas cambien a mejor. Y yo, sin embargo, me acordaba ayer y hoy de un paisano mío que habrá vivido en Nueva York este día memorable. Se llama Antonio y es escritor, su familia es humilde y él –quiero pensarlo así– vería apoyado en su ventana el largo desfile de ilusiones y esperanzas que acudían a las urnas a votar por un hombre negro. Y tal vez Muñoz Molina haya sentido en Nueva York la misma envidia que hoy siento yo por un país que con todas sus miserias es capaz de las más grandes hazañas y de ejercer la democracia y el civismo como señas de un patriotismo basado en la libertad del hombre y en el esfuerzo.

Yo no sé si Obama podrá dar cumplimiento a todas las ansias de transformación que su victoria electoral ha levantado desde Kenya hasta Dakota. Seguramente no, pero su palabra vibrante y su anhelo de construir un mundo nuevo pueden ser suficientes para desatascar muchos de los caminos que el nefasto gobierno de Bus ha venido atascando.

La victoria de Barack Obama no es la victoria de un hombre negro contra sí mismo y contra su destino, no es la victoria del esfuerzo y de la voluntad contra las condiciones sociales, no es la victoria de la razón contra el racismo ni la victoria del sueño americano restaurado: es todo eso, pero es sobre todo la victoria de una era en que la política podrá ser un oficio de personas decentes. Porque sobre todas las cosas, la victoria de Obama es la derrota de las formas de perpetrar política que iniciaron en los años 80 Reagan y Thatcher, es la derrota de los neocons y de los neoliberales, es la derrota de los que pensaron que todo vale y que nada importa el sufrimiento de los débiles. Para quienes nos resistimos a perder la esperanza, esto debería ser suficiente: al final la victoria moral no la pueden tener, por muy grande que sea su poder momentáneo, los que se asientan sobre las lágrimas y la marginación. Al final siempre hay una puerta al final del pasillo que, una vez abierta, nos permite vislumbrar la luz. Y eso es lo que ayer millones de norteamericanos hicieron: abrirnos las puertas de la luz.

Nada nos será regalado: pero el liderazgo del mundo parece ahora dispuesto a sembrar esos caminos de la luz. No sé, tal vez sea un ingenuo y pueda en mí esa necesidad de que no se agoste la esperanza porque quiero que mi hijo nazca en un mundo donde sea posible la vida en paz, la dignidad del trabajo, la decencia del esfuerzo. Tal vez sea un poco tonto por seguir pensando que si un hombre llamado George ha podido poner el mudo al borde del precipicio otro llamado Barach Hussein puede limpiarlo, oxigenarlo y darle fuerzas para que busque un futuro en el que el sueño americano sea el sueño de todos los que aún tienen algo que soñar.

A mi sólo me queda dar las gracias y decir que hoy, yo también me siento americano: I am american citizen.


sábado, 1 de noviembre de 2008

CARTA A LOS CIUDADANOS DE ESTADOS UNIDOS: TRAIGAN LA ESPERANZA



El 11 de junio de 1963, el Presidente Kennedy pronunció en Berlín uno de sus más famosos discursos, que concluyó diciendo “Yo también soy berlinés”. Antes había dicho que “Todos los hombres libres, dondequiera que ellos vivan, son ciudadanos de Berlín.” Estoy convencido de que hoy somos muchos los ciudadanos del mundo, los hombres libres del mundo, que donde quiera que vivamos querríamos decir el próximo martes 4 de noviembre que somos ciudadanos de Estados Unidos. ¿Qué es necesario para ello? Pues que ese país fascinante deje atrás estos ocho años de oprobio y vergüenza, que deje atrás Iraq y Guantánamo y que abra las puertas de la esperanza. Eso es lo que esperamos millones de personas en todo el mundo: que de las urnas americanas surja un camino que abra las puertas de la esperanza.

Desde que puse contadores en este Camino, lo han visitado más de 120 personas desde los Estados Unidos. ¿Son muchas? No lo sé, pero son suficientes para hacerles llegar un mensaje pequeño, perdido sin duda en el infinito mar de expectativas que Barack Obama ha levantado en todo el mundo. Un pequeño mensaje:
no se queden en casa, denle una oportunidad al cambio, que es la esperanza. Denle una oportunidad a Obama y háganlo por convencimiento, pero también en nombre de todos los que el martes no podremos votar para elegir el hombre más poderoso del mundo. Si ese hombre es Obama, muchos estamos convencidos de que el mundo no cambiara de un día para otro, pero tenemos el convencimiento íntimo de que podrá empezar a caminar por un camino diferente, que es mucho en este tiempo oscuro. Por eso, en mi nombre y también en el de mi hijo que nacerá en febrero y para el que no quiero un mundo gobernado por los esbirros de Bush, me gustaría sumarme a ese río de ilusión expectante que en todo el mundo aguardará a que se conozcan los resultados electorales de Estados Unidos para desbordarse en un mar de ilusiones.

Sería bueno que todos los ciudadanos estadounidenses supiesen que el martes tienen en sus manos no sólo su futuro, sino el de todos nosotros y el de nuestros hijos. A mí, el miércoles al amanecer, me gustaría escuchar por la radio que el próximo Presidente de Estados Unidos se llama Barack Obama. Entonces podré decir que yo también soy ciudadano estadounidense. Y será un honor, no un baldón, porque podremos ser entonces ciudadanos en espíritu de un país que ha dado hombres ejemplares como Lincoln o Kennedy.

¿Sirve para algo este mensaje? No lo sé, pero creo que si el mundo se mueve por la suma de fuerzas positivas, este pequeño esfuerzo tiene que servir para algo, para que podamos cambiar el mundo. ¿Podemos cambiarlo? YES, WE CAN. Sí, podemos esperar un día soleado y despejar las nubes. Podemos, queremos poder. Ha comenzado la cuenta atrás para esperanza, y ustedes tienen en sus manos la oportunidad (tal vez la última) de hacer un mundo mejor. No la desaprovechen. Pueden traer la esperanza: háganlo, en nombre de todos los hombres y de todas las mujeres libres y decentes del mundo.


JUZGAR A DIOS



Era de esperar: la actuación de Garzón para juzgar a los jerarcas del franquismo por crímenes contra la humanidad ha acabado como acaba todo en este país esperpéntico, deformada por los espejos del Callejón del Gato, que sigue siendo la máquina desde la que la Madre España alumbra periodistas, políticos, fiscales y ciudadanos para diversión de quienes transitan esos caminos del mundo. En medio de los garrotazos periodísticos nos hemos olvidado de que en el fondo Garzón tiene razón: el franquismo no es que cometiera crímenes, es que era un régimen criminal, que es distinto. Pero la izquierda –que necesita lanzar balones fuera por la cosa de la crisis– no se conforma ya con enterrar dignamente a los muchos muertos por el odio de Mola y de Queipo, sino que sueña con reescribir la historia, olvidando que el honor de la República no lo hundieron los militares rebeldes sino los radicales a los que la democracia de Azaña les sudaba la revolución (y se hincharon quemar iglesias y de dar paseos al amanecer, que era lo propio de la ley revolucionaria, no de la ley republicana) y los nacionalistas vascos y catalanes que lucharon la guerra por su cuenta, porque en su infantilismo político ellos no se juntaban con la República, que era tonta y además española. La derecha, por su parte, no quiere ni oír hablar de juicios morales contra la dictadura –ellos sabrán qué le deben a aquellos años y a aquellos horrores–, y mientras acude beata y contrita a las canonizaciones de los curas y las monjas asesinados por los rojos, niega a las familias de los fusilados por los fachas el derecho de desamordazar y regresar a sus muertos, que son millares y están dormidos en las tierras olvidadas de la patria, comidos por el musgo y el silencio. Y esto de la memoria histórica acabará quedando en darnos de calaverazos los unos a los otros, que fue lo que más o menos ocurrió con la democracia laica y españolista de la II República, que unos la fusilaron por la derecha y otros la dinamitaron por la izquierda mientras aquellos del norte querían venderla al mejor postor, como hacen ahora con su voto para los presupuestos generales.

Pero yo hoy quería hablar de una memoria histórica mucho más antigua, que es la de todos los dolores de la historia. Y es que Esperanza Aguirre –sí, la ministra del “Sara Mago”– ha dicho, graciosa ella, que puestos a pedir partes de defunción se puede pedir el de Napoleón para ver cómo lo enchiqueramos por lo del 3 de mayo de 1808. Como en España otra cosa no, pero pedir se nos da de vicio, pues se acabarán pidiendo los partes de defunción de Martínez Anido y de Fernando VII, y de ahí para atrás será un no parar hasta los inquisidores que levantaban hogueras para brujas y herejes, o más lejos todavía hasta los cristianos que mataban moros en la guerra de Granada y los moros que mataban cristianos en tiempos de Almanzor. Y a lo que yo iba: ya puestos a decir tonterías como las de la Aguirre, pues haber cuando sale el lumbreras que le de al mundo ejemplo de memoria histórica animando a todas las víctimas de todos los maremotos, terremotos, huracanes y enfermedades de la historia a que pidan el parte de defunción de Dios, para juzgarlo si vive. Porque –más allá de los esperpentos con que vestimos en España a toda cosa seria– ese es el juicio histórico verdaderamente importante: averiguar quién es el responsable de tanto muerto como ha habido en el mundo desde el último día de Pompeya hasta los huracanes hermanos del Mitch, desde la peste de Marsella hasta el SIDA, quién el responsable de tantas lágrimas y tanto sufrimiento, de tanto dolor. Y, por supuesto, ver quién se hace cargo de esa estupidez que supuso la creación del ser humano.

Hasta ahora, en los minutos de desesperación mirábamos hacia Dios con impotencia y también con rabia y con restos de esperanzas rotas. Nietzsche dijo que Dios ha muerto, pero no aportó el parte de defunción. Y así, no podemos saber si Dios vive y podemos seguir juzgándolo cada vez que nos acosan los sufrimientos o si, efectivamente, se murió cansado no ya de los desmanes de su creación sino del grado de idiotez que cabe en un hombre, ese pedazo de barro desperdiciado.

(Publicado en Diario IDEAL el día 31 de octubre de 2008)