viernes, 21 de diciembre de 2007

...Y NO VOLVEREMOS MÁS



Estremece escuchar el villancico: “la Nochebuena se viene, / la Nochebuena se va, / y nosotros nos iremos / y no volveremos más”. Sorprende que algo así se diga en un villancico, que al fin y al cabo es oración cantada. Esos versos resumen toda la desesperanza de la vida: son la versión navideña del “vanidad de vanidades y todo vanidad”. Son la letra de la desilusión, de una derrota, tal vez el canto para constatar que todo pasa y que lo nuestro es pasar…. ¿Y entonces la esperanza?… ¿y entonces la fe?… ¿y entonces la promesa de la eternidad?… Ah, poco pueden esperanza, fe y eternidad cuando en la tarde de Nochebuena las mareas de la melancolía dejan sobre las playas del corazón los naufragios de lo que fuimos, la memoria de lo que no podremos vivir. Sí, la Nochebuena declina un acorde de nostalgias: porque allí duermen algunos de los mejores recuerdos en los que soy. Y levantan las añoranzas el edificio de un tiempo en el que no estaré, la imagen de una Nochebuena en que seguirán los que quise y me quisieron, ya perdido por los túneles de la memoria: yo me iré y seguirán los pájaros cantando, que dijo el poeta.

¿Qué es la Nochebuena? Puede que esta feliz tristeza que siente el alma. O la reconstrucción de los rostros de aquellos con los que un día cenamos. Tal vez la sonrisa de nuestros hermanos cuando, en la medianoche, poníamos al Niño Jesús en el pesebre y los Reyes Magos daban su primer paso, para llegar al portal la mañana del 6 de enero. Tal vez el frío del anochecer y el lamento de la lluvia, en esa hora en que se encienden las casas y los braseros y las familias se reúnen y una lágrima enternece las corazas del corazón. Y así tejemos la Nochebuena que viene, y así vamos rescatando la Nochebuena que se va, con el convencimiento de que pese al tiempo estúpido que nos ha tocado vivir habrá siempre un puñado de personas que se reúnan la noche del 24 de diciembre: para compartir la carne y la risa, el vino y el dorado mazapán, la ilusión y los recuerdos, que son el único rescoldo en que se calienta el alma cuando se derrumba el decorado del mundo.

Albert Camus pronosticó que nuestra tarea sería no la de crear nada sino la de evitar que se deshaga el mundo. Vivimos en esa resignación, que es certidumbre de que el mañana será peor: Kaplan nos advierte de que no se han inventado las palabras para nombrar los horrores que alumbre el siglo XXI. Pero tenemos palabras que acunan la memoria con el salmo delgado de la Navidad. Y tenemos el recuerdo de la escarcha en la noche de Dios y el hogar encendido: tenemos la Nochebuena para contener por unas horas la desintegración del mundo, porque en ella han fondeado los navíos de nuestras soledades y de todos los amores. No hay tiempo para la esperanza. Pero aún así brindemos el 24 de diciembre: no por nosotros, que nos iremos para no volver, sino por los que mañana celebrarán la Nochebuena entre las ruinas y el caos. Y pese a todo, no olviden ser felices: merece la pena intentarlo.

(Publicado en Diario IDEAL el 20 de diciembre de 2007)

jueves, 20 de diciembre de 2007

LA VIEJA CASA DEL DOLOR



“Muchos materiales”.– El Hospital de Santiago tiene prestancia de catedral. Y aunque ahora el moderno urbanismo haya mermado su visión, debemos imaginárnoslo hace ochenta, cien años, cuando los tapiales de sus corrales eran la última frontera de Úbeda: visto desde el camino de Baeza debía presentar entonces un aspecto imponente, de navío varado sobre el caserío. Tal vez ante esa visión alguien pensó que sus torres habían sido elevadas para acariciar el viento… aunque la mole gigantesca de piedra que es el Hospital de Santiago más que acariciar lo que hace es empequeñecer el alma, como preparándola para saber de los muchos dolores que sus piedras han conocido. Porque el Hospital es, sobre todo, una vieja casa del dolor.

Como tal ordena su erección –en el lugar de la antigua ermita de San Lázaro y frente al convento del Señor San Nicasio– el obispo Diego de los Cobos. El documento fundacional data del 17 de abril de 1562 y en el mismo ya dice el obispo que tiene comprados muchos materiales “para lo hacer”, que no era poco. Ahora sabemos la altura de los muros y la largura de la fachada, pero no podemos calcular las toneladas de piedra que allí se acumularon: “muchos materiales”, sí, que fueron dando forma a las torres –inútiles las primeras, antaño coronadas de campanas las segundas–, a la escalera que un viajero del siglo XVIII calificó como “la más bella de España”, a los patios… y a la extraña capilla en forma de H, que hoy es imposible apreciar. Porque el Hospital ha sufrido mutilaciones y vejaciones importantes: ahí siguen las torres de su fachada en una situación surrealista, impropia del más grande edificio de la provincia tras la Catedral de Jaén.

“Mejor curados y alimentados”.– Hay en el Hospital de Santiago deseo de manifestar el poder de una estirpe, la de los Cobos ubetenses, que había dado grandes hombres de Estado en la España poderosa de Carlos V: sólo así se entiende la escalera palaciega y las dimensiones monumentales del edificio. Pero, si nos atenemos al documento matriz de la Fundación, hay sobre todo un deseo de paliar los dolores del mundo: “que los pobres e las demas personas que estubieren en el dicho hospital sean mejor curados y alimentados”.

El documento que firma el obispo en Jaén transmite una emoción intensa: debía ser deplorable el cuidado que en aquellos años se dispensaba a los enfermos, y por ellos se preocupa ese hombre –miembro del Consejo de Estado de Felipe II– que ordena que se separen las habitaciones de los hombres y de las mujeres, para que estén honestamente. Pero preocupado del alma, no olvida el cuerpo devorado por la fiebre y la enfermedad: y por ello dispone que a las puertas se le pongan cancelas, para que estén más abrigados los enfermos, y quiere que estén alumbrados toda la noche por una lámpara, pues sabe el obispo como se derrota en la oscuridad el esfuerzo que hace la salud para imponerse. Y continúa ordenando que haya cincuenta camas, con sus ropas –¡ah, el miedo del frío, en las noches de enero!–, para que los cincuenta pobres enfermos puedan ser bien tratados.

“Una cama de damasco azul”.– Muy presente está el tema del alimento en el documento de abril de 1562: y así, manda don Diego que a los enfermos sean atendidos durante un máximo de quince días en su Hospital, sin que durante ese tiempo les falten las medicinas y los alimentos.
Dispone, igualmente, la retribución alimentaria que tiene que recibir el personal del Hospital: las seis mujeres –“honestas, de buena vida y fama que no sean casadas para que mejor puedan servir”– encargadas de cuidar a los enfermos cobrarían “una libra de baca y libra y media de pan cocido y medio acumbre de vino”, el veedor “una libra de carnero y dos libras de pan y medio acumbre de vino” y los despenseros “una libra de baca, dos libras de pan” y la correspondiente porción de vino, todo ello diario y sin perjuicio de los maravedíes que cobraban como salario anual.

¿Por qué tanto interés por el hambre por parte del obispo de los Cobos? Aunque se le ve delgado en los retratos que de él se conservan, dudamos mucho que el obispo hubiera tenido nunca el estómago vacío, salvo que cumpliese con los duros preceptos de la época para el ayuno de Viernes Santo. Pero estamos seguros de que el obispo, como todos los grandes y poderosos hombres de la época, había visto a la gente morir de hambre, en las calles, en los sembrados, en los caminos. La España rutilante de los primeros Austrias es la España del Lazarillo, que es la España no de la picaresca, sino del hambre. Y allí está el obispo cediendo sus bienes –juros en La Iruela, censos en Quesada, casas y viñedos y huertos de granados e higueras en Úbeda– a la obra pía que funda para calmar el hambre del siglo, el dolor del cuerpo, la agonía del alma. Todo lo cede el obispo a su Hospital: en sus últimas voluntades –de 2 de julio de 1565– le deja en herencia hasta la lujosa cama que tenía en la zona palaciega de Santiago: “una cama de campo de damasco azul, y quatro sobreventanas de tafetán dobles azul y amarillo”, que tiene que quedarse en el Hospital para que en ella, a modo de Monumento, se encierre el Santísimo Sacramento el día de Jueves Santo.

“Vestido de Pontifical”.– Quiere el obispo que lo entierren en la capilla del Hospital una vez se acaben sus obras –reposó mientras su cadáver en su capilla del monasterio de La Merced–, pero cumplido el traslado de su cuerpo, no se cumplió su orden de hacerle un sepulcro “de mármol blanco muy bien labrado”, sobre el que debía situarse su efigie, vestido de Pontifical. Dispuso también la celebración de una magna procesión, todos los años, el día de Santiago. No sabemos si, igualmente, se incumplió esta disposición de un hombre quizá atormentado, que por no haber paliado en vida el dolor de los pobres quiso dejar remedio para cuando él muriese. Sabemos, sí, que sus restos siguen descansando en la capilla de su Hospital, perdidos entre los armazones que han arruinado la visión de tan original planta, olvidados. Sabemos, sí, que durante siglos acogió el Hospital las agonías de los ubetenses, los llantos nuevos de los recién nacidos, las oraciones dejadas en su capilla en noches de operación grave, la mirada suplicante a la Virgen de Guadalupe cuando en el Hospital paraba dos veces cada año, en recuerdo de aquella visita de 1681 en que en compañía de Jesús Nazareno dio por milagrosamente finalizada la epidemia de peste.

Sabemos, por último, que alza el Hospital de Santiago su prestancia de catedral, su corazón inmenso de piedras y mármoles. Y no deberían la fanfarria social y los espectáculos que en su recinto se suceden hacernos olvidar ese temblor de siglos: porque atravesar su puerta –siempre que se atraviesa una puerta se entra en otro mundo– es atravesar mucha historia de Úbeda, y aún resuenan los silencios de treinta generaciones en sus corredores, en sus galerías luminosas, en su capilla blanca. Basta disponer el alma para poder escucharlos.

(Publicado en Diario IDEAL el 11 de diciembre de 2007)

miércoles, 19 de diciembre de 2007

TVertedero



– No, si lo crudo no es lo que yo digo sino la televisión nuestra de cada día…
– …también se ven programas interesantes…
– …a condición de que tengas vocación de murciélago. Porque si hay un programa interesante te lo cambian veinte veces de día y hora, al final te lo ponen a las tantas de la noche y te lo adornan con mil anuncios. Consecuencia: pues que se acuesta uno cabreado de que la televisión reparta la semana entre el atracón de deportes y la orgía de programas de tontos.
– Siempre se puede grabar…
– Y ¿por qué tenemos que ser nosotros los que grabemos y no los tragavisceras que a todas horas se hinchan de tomates, diarios de patricias y cosas similares?
– Si eso es lo que la gente quiere ver, pues hay que respetarlo.
– Claro que sí. Y como este país se ha instalado definitivamente en ese vasto territorio en que reinan la estupidez y la irresponsabilidad, pues tengo que soportar que mis hijos vean la historia de una muchacha descuartizada, no sé cuántas violaciones y a un fulanito que dice que quiere mucho a la menganita y tres días después se la carga… Eso sí es interesante y respetable.
– Esos programas describen la realidad tal y como es. No se la inventan, eso está ahí y se lo cuentan a la gente, porque es lo que la gente quiere que le cuenten.
– Una cosa es contar y otra es revolcarse en el charco de las miserias, que es lo que hacen todas las cadenas. Creo que están pecando de banales y que hay cosas con las que no se puede jugar. Claro, que luego algunos se quedan tan anchos con salir y decir que no se puede culpar a las cadenas de dar alas al terrorismo machista por emitir cosas como la última hazaña del “Diario” ese. Mira esto es para preocuparse, porque no se puede jugar con la salud moral de nuestros hijos que, a la misma hora en que nosotros veíamos a Espinete, están viendo como algo normal el desfile de violadores, asesinos, maltratadores y de una panda de imbéciles que viven de contar a quién se ventilan.
– Si no quieres que tus hijos vean eso, apaga la tele.
– ¡O los meto en un convento de cartujos, no te jode! En vez de imponer la cordura en las televisiones, estigmatizáis a los que no comulgan con las ruedas de idiotez que se propagan vía catódica.
– Y cordura es lo que tú quieras porque tus gustos son los correctos y los mejores, ¿no?
– Yo no he dicho eso. Pero me parece que cuando Belén Esteban y Antonio David, los presentadores del Tomate y los concursantes de Gran Hermano o el tal Mariñas pueden vivir a cuerpo de rey –y sin dar ni golpe– a costa de propagar la plaga de imbecilidad, es que este país está muy enfermo, de lo qué sea.
– Serán imbéciles para ti, pero hay mucha gente a la que eso le gusta
- Mira, déjalo. Y sigue viendo tranquilamente esos programas, a ver si entre tú y todos los invitados de Ana Rosa sumáis para un cerebro.

(Publicado en Diario IDEAL el 13 de diciembre de 2007)

PD. Se ofrece aquí la versión original del artículo, no la versión aparecida en Ideal, en la que se modificó la estructura en diálogo del artículo, haciendo que el mismo perdiera gran parte de su sentido.

LA COSA DE LOS VILLANCICOS

Desconozco quienes habrán sido los corajudos ciudadanos que han presentado las quejas contra el hilo musical instalado en las calles del centro. ¡Ya era hora! Algunos llevamos años clamando contra esa insoportable tortura que, desde veinte días antes de la Nochebuena y hasta el día de Reyes, teníamos que soportar. ¿Ha probado alguien a ponerse, siquiera veinte minutos, debajo de uno de esos altavoces en el que los Lunnis cantan algo parecido a un villancido o en el que unos niños de voces estomagantes se desgañitan con los peces y el río? Y si alguien lo ha hecho ¿no ha sentido ganas de bajar corriendo al Alcázar y saltar por la muralla?

Yo no sé el sentido comercial que tiene la horrible música con que se arrasa la paz espiritual y la salud comercial de los vecinos del centro durante la Navidad Grande (de día de la Constitución al día de Reyes). Pero suponiendo que sí, que la música estimule a la fiera del consumismo, que es en lo que estamos en esta Navidad postmoderna, ¿no sería mejor una música suave, delgada, con espíritu navideño?

Lo de los villancicos siempre me ha llamado la atención. En un pueblo en el que un jardín dura intacto una noche, en el que se destrozan papeleras y bancos y parques infantiles, en el que se mea en las fachadas de las iglesias y se pinta en la puerta de los palacios, en el que se aparca en pleno corazón del Patrimonio de la Humanidad y se rompen las cabezas de las estatuas, en el pueblo más bárbaro y menos civilizado de cuantos he visitado me ha extrañado, siempre, que nunca, ningún bárbaro, en un arrebato de civilización haya arrancado los altavoces que escupen villancicos. En fin, cosas de Úbeda.

viernes, 7 de diciembre de 2007

UN PLATO DE SOPA



El Estrecho es una frontera delgada y oceánica que separa el hambre y los supermercados. Hace unos días hemos visto a tres hombres desesperados intentando cruzarlo sobre una tabla de surf, con remos de juguete, pensando burlar el rostro de la muerte, que en esas latitudes asoma detrás de cada ola. Lo burlaron, sí: no se los tragó el mar porque los rescataron a tiempo las autoridades españolas (a Mohamed VI le importa poco que la sal marina endurezca los pulmones de sus súbditos o de los que vienen desde la costa de Senegal). Pero no pudieron burlarse del destino y han aprendido que la esperanza es algo que tiene nombre de peñón y mide catorce kilómetros, que son, en realidad, catorce eternidades o catorce espejismos que nadie dibuja sobre el mapamundi.

Desde la comodidad de nuestro mundo es difícil entender las razones que llevan a miles de personas a jugarse la vida en pateras, cayucos… o simples tablas de surf. Tal vez sea la seguridad de que nunca viviremos los dramas de esas personas que ahora llenan nuestras calles –con sus sueños y sus frustraciones– lo que nos impide ponernos en el lugar de su frío y su hambre. Y sin embargo, al mirar sus ojos mansos –ojos rojos– sobre la piel negra, su silencio bovino hecho de humillaciones y sumisiones, no podemos evitar un escalofrío. ¿Seríamos capaces nosotros de subirnos, en la noche de otoño, a una barca deshecha, agitando el pañuelo de una ilusión para decir adiós a nuestras pobrezas y nuestras familias? ¿Podríamos beber orines y mascar maderas de proa? ¿Soportaríamos el hedor de los muertos amontonados en la popa, ya tan sin esperanzas ni recuerdos? ¿Podríamos tirar a barlovento el cuerpo del amigo vencido, del hermano muerto, para verlo hundirse suavemente en la fosforescencia antigua de la mar? ¿Sobrevivíamos en un país extraño y hostil, cuya lengua desconocemos, en el que sus limpios ciudadanos se reirían de nosotros cuando entrásemos a un bar para vender relojes o discos piratas? ¿Podríamos dormir en un cajero, envueltos en una manta, mientras el frío puede más que el plato de sopa que algún alma buena –o sea: que no es de terrateniente– nos dio para cenar?…

Cruzan el mar y, cuando se descorre el telón de Occidente, descubren que los papeles ya están repartidos: a ellos les toca el de perdedores y todas sus intervenciones empiezan por desesperanza. Y que no plantarán árboles con sus cenizas, porque para crecer los árboles necesitan sangre que mascó pan y la suya está en ayunas desde que Dios abrió la taquilla del mundo. Y saben que no podrán romper los versos de su vida, porque tristezas y penas son su único equipaje, su patria última. Y tal vez piensen si no estarán mejor los que, persiguiendo sueños rotos, han revivido ya en corales y posidonias y andan cosiendo olvidos con el hilo de los ojos de alguna sirena, que sólo existen en la memoria de todos los derrotados de la historia, esos que descansan en el entendimiento de la melancolía, que es una vieja canción de Los Secretos.

(Publicado en Diario IDEAL el 6 de diciembre de 2007)

miércoles, 5 de diciembre de 2007

EL PALACIO DE LOS OROZCO: SUITE NOSTÁLGICA



A Ramón Beltrán

El palacio de los Orozco es una de las más bellas construcciones de Úbeda. Levantado en el siglo XIX, regala a la plaza de San Pedro una apostura romántica, que es capacidad para confortar recuerdos de tiempos idos. Están allí las acacias supervivientes, la fuente agonizante, los muros fuertes de San Pedro y el tapial del huerto de Santa Clara e, inopinadamente, se levanta un palacio decimonónico que expresa un anhelo de civismo, de cortesía, de refinamiento, una casa gentil que orquesta en la plaza una delicada “suite” de evocaciones cosmopolitas. Es el palacio el que determina el espíritu de la plaza y mantiene su personalidad, pese a los retales con que las últimas obras la parchearon. Porque el palacio marca el punto de originalidad de ese recinto: al pasear por Úbeda es difícil pensar en una plaza como la San Pedro, presidida por un palacete de reminiscencias francesas. Y sin embargo ahí están las molduras de yeso –modernistas– en la fachada, la puerta para los coches de caballos, su balaustrada, los balcones, el ventanal en el ático… Ahí está el palacio de los Orozco como manifiesto de una elegancia impropia de la ciudad y de la época, como señal de un gusto por lo exquisito que más nos hace sentirnos en cualquier civilizada plaza del centro de Europa que en la de un poblachón “entre andaluz y manchego” que ve derrumbarse, desde la barra de los bares, algunos de sus más bellos edificios.

Porque el palacio de los Orozco se cae. Se está cayendo.

Se van desprendiendo de su fachada el revestimiento de yeso, las figuras talladas con delicadeza y primor de orífice gótico. Están desapareciendo las guirnaldas vegetales que coronan los arcos carpaneles de sus balcones y ventanas; y aquí toda pérdida es irreparable: cuando el yeso sea sólo polvo sobre las piedras mojadas, nadie será capaz de reconstruir el gesto delicado, ese bucle sublime que construyeran unas manos en el siglo XIX, porque no existen hoy artesanías capaces de refinar tanto la expresión de un material humilde como el yeso para convertirlo en frágil “delicatessen” de la expresión decorativa. Puede, sí, que algún día –cuando se haya perdido todo el revestimiento original de la fachada– acuda cualquiera a hacer un arreglo, lo que –la experiencia no engaña– será hacer una chapuza, apañar otra fachada. Puede que algún arquitecto iluminado invente soluciones originales para dar un toque que recuerde lo que el palacio fue. Pero entonces el palacio se habrá ido ya, para siempre, y con él esa insinuación de serenidad francesa, esa elevación europea que levanta su fachada clara en la plaza de San Pedro, tras la sombra de las acacias.

Tal vez Úbeda no es capaz de apreciar el contrapunto de modernidad europea que la casa de los Orozco sugiere en su estampa urbana. Tal vez sea demasiado distinguido este palacio, demasiado exquisito, demasiado poco “renacentista” como para ser valorado. No sé, tal vez sea necesario adelgazar mucho el espíritu para que pueda recogerse en la sombra de esta casa, en su visión, en la evocación de su interior. Porque… ¿qué guarda dentro este palacio modernista y romántico a la par?…

Muchas veces nos hemos imaginado un patio de mármol con columnas de hierro y cúpula de cristales de colores. Y pasillos largos y silencios y habitaciones altas, soleadas, con suelo de madera. Y puertas grandes –blancas– y techos con escayolas y lámparas de araña. Y hemos creído vislumbrar en nuestros sueños una biblioteca de tomos viejos: novelas del XIX –¿estarán allí las primeras ediciones de los “Episodios Nacionales”, de “Guerra y paz” o de “La Cartuja de Parma”?–, libros de ciencia, breviarios religiosos. Y un despacho con una mesa que guarda papeles –¿las letras olvidadas de un poeta?, ¿las notas de un jurista?– bajo la sombra mortecina de una lámpara verde. Queremos pensar que de las paredes colgarán acuarelas y óleos con paisajes al modo inglés y carteles de Toulouse-Lautrec. Y estamos seguros de que en algún aparador habrá un bronce taurino. O un juego de café de porcelana con motivos orientales. Y sabemos que todavía reverbera entre corredores y escaleras el gemido de un violín o la canción triste de un piano que sonó la tarde de Nochebuena.

Tal vez los habitantes primeros de este palacio pudieron vivir en La Habana. O en Manila. O pudieron viajar por Europa, trayéndose cosidas al alma las plenitudes que el siglo dejaba en la Praga de Alfons Mucha o el París de Renoir. Y alguna hora se asomaron a esos balcones que hoy se derrumban mientras sonaban las campanas en la tarde lluviosa, añorando otros tiempos y otras plazas y otros palacios y otros países, que la vida es siempre añorar los tiempos que se van o esos que nunca viviremos. Puede que sea esta nostalgia que respira el palacio lo que nos lo hace cercano. Como se lo hizo a Muñoz Molina, que en él residió su primera gran novela, “Beatus Ille”. De ser Úbeda una ciudad verdaderamente culta tendría ya una ruta de lugares dedicados al escritor y a su obra. Y eso podría haber salvado a la casa de los Orozco del olvido en que hoy se desintegra, lentamente.

El otro día un amigo me contaba que un día soñó con establecer un “Club Inglés” en ese palacio. Pero yo estoy convencido de que, en Úbeda, es mucho soñar el hacerlo con una mañana de domingo adornada de periódicos, café recién hecho y cruasanes en un salón apartado, amplio, luminoso, como la vida a la que aspiramos. Como es mucho soñar ver convertido este palacio en un Ateneo cívico y republicano o en biblioteca pública. Demasiada civilización para tan poco pueblo: antes lo veremos arruinado o reinventado en hotel, que será otra manera de robarnos sus nostalgias francesas.

(Publicado en Diario IDEAL el 4 de diciembre de 2007)

lunes, 3 de diciembre de 2007

PROFECÍA CUMPLIDA


En el número de enero de la revista TEMAS PARA EL DEBATE publicaba el artículo "El proceso de paz en una democracia de banda estrecha", que más abajo se incluye íntegramente. En él, y metido a las tareas de profeta, aventuraba que vista la deriva que estaba tomando el asunto del proceso de paz y sobre todo la actitud de un amplio sector de la derecha, que igualaba a socialistas y terroristas, llegaría el día en que en los entierros de las víctimas los militantes del PSOE (yo me refería en el artículo a los ministros socialistas) volverían a ser insultados, zarandeados, vejados. No ha hecho falta esperar ni un año: ya pasó ayer, antes y después del entierro del pobre muchacho asesinado por ETA, cuando el Presidente del Gobierno y sus ministros fueron llamados, por parte de patriotas de pata negra, "cobardes", "asesinos" y otras lindezas más. Y ha vuelto a pasar hoy en Madrid, en el minuto de silencio guardado delante del Ayuntamiento, cuando a los concejales socialistas se les ha insultado gravemente y han intentado pegarles. La profecía se ha cumplido, aunque tampoco era difícil el cumplimiento visto el mensaje machaconamente repetido por el PP acusando al PSOE de connivencia con los terroristas.

Cuando ETA mató a los jóvenes ecuatorianos hace unos meses no se insultó a los socialistas porque a estos que se hierven la sangre cada mañana con Federico les importa poco la vida de dos "sudacas". Pero ahora, con un guardia civil muerto y otro agonizando, están en su salsa patriotera, con banderas e himnos, y por eso se lanzan a insultar a los socialistas y todo el que de buena fe pensara que era posible acabar con los asesinatos hablando con los terroristas.

Mañana hay convocada una gran manifestación en Madrid. Los sectores de la ultraderecha ya han dicho que no estarán presentes, al menos corporativamente. Pero, ¿qué pasará si algunos de sus miembros se filtran en la masa silenciosa y se dedican a caldear el patio contra los socialistas que estén presentes en la manifestación? ¿Qué veneno verterá mañana Jiménez Losantos desde la cadena de los obispos contra los socialistas? ¿Va a pedir el PP calma y se va a desdecir de todo lo que ha dicho hasta ahora o sigue pensando que Zapatero es tan responsable del atentado del sábado como los que apretaron los gatillos? Esta identificación, que los máximos dirigentes del PP no se han cansado de repetir durante meses, está teniendo ahora sus frutos. Lo peor es que mañana, en Madrid, puede acabar en un desorden importante, con unos y otros, caldeado el ambiente, a mamporro limpio. A ver entonces si Eduardo, Federico y Ángel también les hechan las culpas a los socialistas.

En fin, que hoy es un día triste y lo peor es que no sabemos la dimensión del incendio que algunos llevan alimentando desde hace meses. En cualquier caso, ahí va el profético artículo. Ojalá nunca hubiera habido que escribirlo.

"Una imagen de la infancia. ETA había asesinado a un militar y en su entierro, Narcís Serra –Ministro de Defensa– fue zarandeado e insultado por los asistentes: lo llamaban “asesino”. Nunca podré olvidar esa imagen, aunque tal vez el tiempo transcurrido haya modificando los detalles. Pero esa visión está grabada muy dentro de la memoria de aquel niño español de los ochenta, cuando Fraga acusaba, desde la tribuna del Congreso de los Diputados, al gobierno de Felipe González de debilidad y connivencia con los asesinos.

Desconozco cuáles son los motivos que hacen que a un niño se le graben estas cosas. Pero ésta es una imagen recurrente que viene a mi memoria ahora, cuando el Partido Popular vuelve a acusar a los socialistas de filoterrorismo mientras muchas de las víctimas de ETA se posicionan políticamente frente al PSOE, acusando directamente al Gobierno de la Nación de claudicar frente a los terroristas. Viendo las manifestaciones convocadas por la Asociación de Víctimas del Terrorismo, la memoria me devuelve aquel entierro en que Narcís Serra –no se me borra su mirada, tras las gafas grandes de pasta, plena de impotencia y dolor– era insultado, zarandeado.

La tensión desatada por el proceso de paz no es síntoma de una enfermedad pasajera del sistema político, supuestamente provocada por el 11-M. Creo que es síntoma de una enfermedad grave, de algo dañino y preocupante que urge sanar.

Gran Bretaña como ejemplo. Mucho se ha intentado comparar los incomparables procesos vasco e irlandés. Menos se ha reflexionado en España acerca del comportamiento de los actores que han intervenido en el proceso de Irlanda del Norte. ¿Por qué las tensiones que sacuden a la sociedad española no se manifestaron en Gran Bretaña cuando Blair comenzó a negociar con el IRA? Esta pregunta me ha obsesionado en los últimos meses: venía a mi mente la imagen de Serra y automáticamente surgía la pregunta. ¿Por qué ocurre esto en España?

La respuesta esconde un drama mayúsculo cuyas consecuencias sufriremos todos si la cordura no se impone con carácter de urgencia. Básicamente, en España es posible utilizar el terrorismo como arma electoral porque la nuestra es una democracia que navega por la banda estrecha: una democracia construida sobre un frágil suelo de escasos valores compartidos, en ausencia de un proyecto común de país, sustentada en la desconfianza hacia unos ciudadanos a los que se mantiene en permanente estado de imbecilidad política.

Es impensable que los conservadores británicos hubieran adoptado la actitud del PP en un tema como el del terrorismo. Pero es que el sistema británico ha acrisolado, a lo largo de muchos años, un conjunto de consensos sociales básicos sobre elementos esenciales de la vida política. La ausencia de estos consensos y de actores de altura histórica –Tony Blair, Gerry Adams– necesarios en procesos de este tipo, explica la presente situación de la vida española.

En el sistema británico la discrepancia –entre oposición y gobierno, pero también dentro de los partidos– es un pilar del régimen de libertades. Pero es imposible que la discrepancia acabe degenerando en un tenderete cainita donde se mercadea con los intereses generales. Cuando el gobierno de Londres –del color que sea– aborda temas fundamentales, siente en su nuca el aliento del Parlamento y el respaldo de la oposición. La profunda tolerancia con la opinión del discrepante, el convencimiento de que el adversario puede mañana ser mayoría y la convicción de que hay valores que superan la diferencia partidista, explican el comportamiento de los políticos británicos. Y ello, sin olvidar la importancia del sistema electoral, elemento capaz de determinar el funcionamiento del conjunto del sistema político. El sistema electoral británico, al vincular estrechamente al elegido y al elector, garantiza espacios amplios para la independencia de criterio y actuación de los parlamentarios.

Desde el páramo de la política española resultan envidiables la altura política y la profundidad y pluralidad del debate del sistema de Westminster. La pluralidad y la responsabilidad con que allí se han abordado temas como la paz en Irlanda del Norte o la guerra de Iraq son algo imposible en España. El británico es un sistema vivo en que los parlamentarios tienen margen para actuar con independencia de criterio. El Parlamento británico está vivo porque lo están los partidos políticos: basta recordar el último congreso laborista, tan diferente de los de los partidos españoles. Libertad, independencia, discrepancia... valores que siempre se expresan desde la responsabilidad del sentido de Estado, el gran ausente de la política española.

En 1774, en su Discurso a los electores de Bristol, Burke señaló que “el Parlamento no es un congreso de embajadores de diferentes intereses hostiles que deben defender, como agentes y abogados, frente a otros agentes y abogados. El Parlamento es, por el contrario, la asamblea deliberante de una única nación, con el único interés del conjunto”, significando que en la misma “no deben prevalecer los objetivos ni los prejuicios locales, sino el bien general que deriva de la razón general de todo el conjunto”. No es aplicable esta filosofía a todos los aspectos de la política pues los hay en que son inevitables las diferencias entre izquierda y derecha. Pero hay asuntos que por afectar al conjunto del cuerpo político por encima de intereses particulares –así, el caso del terrorismo– deben afrontarse desde “la razón general de todo el conjunto” y pensando en “el único interés de todo el conjunto”. Esta es la definición del sentido de Estado.

El caso español. Mientras Blair era apoyado por los conservadores en el tema de Iraq, un grupo considerable de parlamentarios laboristas se opuso a él en este asunto. El hecho de que en España esta combinación sea absolutamente impensable, explica la facilidad con que nuestra vida política se pone a punto de ebullición, jugándose alegremente con temas fundamentales. En mayor o menor medida los partidos políticos españoles carecen 1) de sentido de Estado y 2) de democracia interna, lo que influye en el funcionamiento de la vida política.

Ciertamente no cabe a todos los partidos la misma responsabilidad en el enfrentamiento descabellado al que asistimos a propósito del proceso de paz. Difícilmente puede negar el PP que contó siempre con el apoyo del PSOE en política antiterrorista. Ningún ministro del PP fue nunca acusado de “asesino” en los entierros de las víctimas de ETA. Ninguno tuvo que salir escoltado de los cementerios. Mientras gobernó el PP, el PSOE prestó fiel apoyo en la lucha contra el terrorismo, fuesen cuáles fuesen las opciones de Aznar. Este apoyo se prestó aún tragándose los socialistas desprecios e insultos del PP, que ante el más mínimo matiz planteado acusaba al PSOE de seguir el juego de los abertzales. Y eso, sin considerar la arrogancia con que el PP se apropió de los muertos, como si todos hubieran militado en sus filas. Frente a esta actitud, los dirigentes socialistas optaron por callar, por aguantar, para no perjudicar la lucha antiterrorista. En esto no puede negársele a Zapatero y al PSOE una alta responsabilidad.

Los años de mayoría absoluta de Aznar y el apoyo socialista en este tema han llevado al PP a arrogarse el derecho de marcar unilateralmente el camino correcto para acabar con ETA. Sólo su interpretación de la realidad es válida y ante ella sólo cabe asentir si no se quiere ser acusado de compadrear con los terroristas. Para adobar esta postura se ha servido el PP de sus conexiones en la AVT, utilizando el respetabilísimo dolor de las víctimas como idea fuerza de sus posiciones. Pero olvidándose de que aunque todos hemos llorado de rabia con las víctimas, sus lágrimas no pueden determinar el futuro de todos: la obligación ética del Gobierno –de éste y de cualquiera– es evitar que mañana se repita en otros hogares el sufrimiento que se cebó en los que hoy manifiestan su odio contra Rodríguez Zapatero.

El Gobierno ha cometido errores importantes en su gestión. También en el proceso de paz. Esos errores han debilitado su posición ante ETA, tanto más frágil cuanto más se aleja el PP de las zonas templadas de la confrontación política rompiendo todos los puentes con el Gobierno. El PP buscado fórmula alguna que le permita apoyar al Gobierno, haciéndole rectificar si lo considera necesario pero consolidando la posición del Estado frente a ETA. Antes al contrario ha utilizado los errores socialistas para amasar un totum revolutum en el que caben el proceso de paz, la política territorial y el 11-M, imputando a los terroristas la capacidad de determinar el camino del Gobierno Zapatero. Mezclando el proceso de paz y las dudas generadas en amplísimos sectores de la sociedad por “la pésima gestión que del proceso de reordenación territorial necesario para construir la España del siglo XXI ha hecho el presidente Rodríguez Zapatero” (Javier Moreno, El País, 22-11-06), los populares proclaman, alegremente, que el Presidente está negociando la anexión vasca de Navarra –previsión, por otra parte, absolutamente constitucional–, la derogacion de la Constitución de 1978 y la independencia vasca. En medio de este disparate teórico se han olvidado de dar respuesta a una pregunta fundamental: ¿cómo piensa el PP que Rodríguez Zapatero podría consumar tal suma de despropósitos sin convocar ni un solo referéndum? Tal vez piense que como bastó la foto de las Azores para ir a la guerra de Iraq, bastaría una hipotética foto de Zapatero con Otegui bajo el árbol de Guernica para proclamar el estado vasco y liquidar la Constitución.

En nuestro sistema todo parece diseñado, decidido y cerrado por las cúpulas de los partidos en función de los intereses electorales, del corto plazo. En medio de este laberinto el proceso de paz vive un momento crucial. Para desatar el nudo sería necesario que nuestros políticos pensaran en el futuro, que va más allá de las elecciones de 2008. Pero mucho me temo que pasado mañana mis hijos podrán ver en el Telediario las imágenes de un ministro socialista acusado y zarandeado en el entierro de una nueva víctima mientras los diputados del PP lo acusan de connivencia con los terroristas. Es lo que tiene la banda estrecha: que cuesta avanzar porque en ella el tiempo se detiene en las peores páginas."